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Escritores | Mireya Goñi Camejo: "La poesía no resuelve el dolor, pero lo nombra y le da forma"

En el poemario De orillas, robles y madreselvas, "la pérdida y el exilio no son solo temas, sino presencias que atraviesan el cuerpo, la memoria y la poesía, creando una forma de resistencia y de redención ante la tristeza", declara Goñi Camejo.

La poeta y narradora cubana Mireya Goñi Camejo.
La poeta y narradora cubana Mireya Goñi Camejo.

Conocí primero los poemas. No a Mireya Goñi, sino esa zona de su voz donde la pérdida no se declara, sino más bien trabaja por dentro, deja una canción en voz baja, una sombra, un camino... En De orillas, robles y madreselvas (2025), publicado por Betania, encontré desde el inicio una escritura que no se entrega al grito, aunque venga del desgarro; una poesía que sabe contenerse, no para ocultar, sino para darle cauce al dolor, la espesura.

Después vino el encuentro en Madrid, durante la presentación del libro en el Café Taller Escala House. Allí, mientras hablábamos de poesía, de exilio, de Cuba, de los padres muertos, de lo que se pierde y de lo que insiste en acompañarnos, sentí que el libro se abría de otro modo. Ya no era solo una lectura: era también una conversación con una mujer que ha atravesado varias intemperies.

Las poetas cubanas Ileana Álvarez y Mireya Goñi durante la presentación del libro “De orillas, robles y madreselvas” (2025) de Goñi en el Café Taller Escala House, Madrid. 28 de marzo de 2026.
Las poetas cubanas Ileana Álvarez y Mireya Goñi durante la presentación del libro “De orillas, robles y madreselvas” (2025) de Goñi en el Café Taller Escala House, Madrid. 28 de marzo de 2026.

Hay en Mireya una serenidad que no debe confundirse con sosiego. Detrás de esa voz pausada arden la nostalgia, la memoria familiar, la rabia ante la Cuba que duele, y también una fidelidad muy honda a la belleza. Su poesía no se endurece, aunque sabe de la pérdida; no se vuelve amarga, aunque conoce la ausencia; no renuncia a la música, aunque en algunas zonas del poemario busque otros territorios, otras tesituras, una respiración más libre.

Como escribí en la reseña a su poemario, De orillas, robles y madreselvas "no es un libro cerrado": más que una llegada, propone un trayecto; más que fijar una voz, busca expandir su respiración. Esta entrevista nace de aquella íntima tarde en Madrid entre amigos cubanos y de una lectura que siguió creciendo después. Conversar con Mireya Goñi fue, también, seguir entrando en ese libro abierto: en sus pérdidas, en sus orillas, en su manera de hacer de la poesía no una respuesta, sino una forma de permanecer tras las pérdidas.

Cubierta del libro "De orillas, robles y madreselvas” (Editorial Betania, 2025) de Mireya Goñi Camejo.
Cubierta del libro "De orillas, robles y madreselvas” (Editorial Betania, 2025) de Mireya Goñi Camejo.

Quisiera empezar por el origen del libro. De orillas, robles y madreselvas parece nacer de una zona muy honda de desgarro, memoria y pérdida. ¿Desde qué herida sientes tú que nace realmente este libro?

Creo que nace, ante todo, de la nostalgia, de la tristeza y de la reflexión sobre todo lo vivido. El libro contiene poemas de mi libro anterior, que fueron revisados y actualizados, y otros completamente nuevos, escritos en los últimos tres años. Eso implicó no solo volver sobre lo que ya había escrito, sino también preguntarme, con más distancia, qué publicar en este segundo libro.

Fue un proceso difícil. Seleccionar, discriminar, ser mi propia crítica, lo cual es muy difícil, porque cada verso tiene su historia y las emociones no son buenas consejeras cuando hay que dejar un poema fuera.

Durante ese tiempo yo estaba concentrada en la escritura en prosa, sobre todo a partir de la experiencia tan dura de la muerte de mi padre en Cuba. En ese sentido, volver a la poesía no era del todo coherente desde el punto de vista del trabajo literario. Pero sí lo era desde la necesidad de canalizar la tristeza. La prosa, en cambio, me llevaba más hacia la rabia, la frustración y el impulso de desenmascarar la hipocresía del sistema en la Isla.

Este libro no nace de una sola herida, sino de un proceso. El exilio se va atravesando. Hay momentos de ruptura, de pérdida, de reconstrucción, y la escritura se va moviendo con eso. Este libro, en ese sentido, es un tránsito. Quizás por eso volví al ritmo, a la musicalidad, a la familia, a ese espacio de la poesía, como forma de decir lo que no podía de otra manera. Y, de algún modo, de cerrar otro ciclo.

La poeta y narradora cubana Mireya Goñi Camejo.
La poeta y narradora cubana Mireya Goñi Camejo.

Dices que el libro se nutre de "pérdidas irreparables, desavenencias, inseguridades y emociones imparables". ¿Cómo se convierte esa materia tan íntima en poesía? ¿En qué momento el dolor deja de ser solo experiencia personal y encuentra una forma verbal?

Cuando siento una acumulación de emociones, necesito expresarlas. A veces es de madrugada y no puedo dormir; doy vueltas, pienso, y si no me levanto a escribir, no descanso.

No es lo mismo que hablar con alguien. La escritura es otra cosa, es un proceso más lento, más interior. Cuando escribo es porque ya he rumiado durante mucho tiempo. El momento de escribir es casi íntimo. Cuando pongo el texto en blanco y negro, algo se ordena; lo que estaba dentro de mí pasa a existir fuera. Ahí empieza otro tipo de relación. Lo leo, lo ajusto, lo dejo reposar. Ya no me afecta de la misma manera. 

Creo que es en ese paso, cuando la emoción deja de ser solo vivencia y encuentra una forma, donde comienza la poesía. No siempre ocurre de la misma manera, a veces aparece con ritmo, con cierta musicalidad; otras veces es más cortante, más seca, más afilada. Depende de lo que esté sintiendo en ese momento. Pero en todos los casos hay un punto en que el dolor deja de ser solo mío, porque ya está dicho. Entonces, puede ser trabajado, transformado.

En este libro el exilio no aparece solo como circunstancia biográfica, sino como experiencia interior, espiritual incluso. ¿Qué fue lo que verdaderamente dejaste atrás al salir de Cuba? ¿Por qué decidiste irte? ¿Y qué sientes que siguió viviendo dentro de ti, aún lejos de Cuba?

Atrás dejé la vida tal como la conocía, una estabilidad construida durante años, afectos, rutinas, un lugar en el mundo. La decisión de irnos no respondió a una sola causa, sino a la confluencia de muchas. Teníamos preocupaciones reales por el futuro de nuestros hijos, límites materiales y profesionales cada vez más evidentes, y también circunstancias familiares que aceleraron ese proceso. No fue una elección simple. Fue, al mismo tiempo esperanzadora y profundamente desgarradora.

Más que algo concreto, lo que siguió viviendo dentro de mí fue una forma de pertenencia. Durante muchos años trabajé como profesora en la International School of Havana, un espacio donde se creó una comunidad muy sólida, tanto en lo humano como en lo profesional. Allí crecimos, aprendimos, hicimos cosas que sentíamos valiosas. Dejar ese lugar fue, para mí, una pérdida real.

Extrañé mucho ese mundo compartido, a mis alumnos, el trabajo cotidiano; lo que había fundado allí como profesional. Perdí la sensación de estar construyendo algo junto a otros. Aquel lugar era una apertura al mundo, incluso dentro de un espacio limitado y vigilado, pudimos mirar más allá de los límites que nos imponían las circunstancias.

Al llegar a Estados Unidos, el contraste fue fuerte. Tuve que volver a empezar, como todos, acepté trabajos muy alejados de mi vocación y de mi experiencia. Fue un proceso muy difícil, traumático y frustrante, pero también parte de ese tránsito inevitable que implica el exilio.

El exilio no es solo un desplazamiento geográfico, eso ocurre de una vez; pero, emocionalmente, es una reorganización constante. Lo que se deja atrás no desaparece, cambia de lugar dentro de uno porque uno ha cambiado de lugar.


Desde tu condición de cubana en el exilio, ¿cómo vives hoy la situación de Cuba? ¿Qué lugar ocupan en tu sensibilidad figuras como Luis Manuel Otero Alcántara, el Movimiento San Isidro y tantos jóvenes que han hecho del arte, del cuerpo y de la palabra un espacio de resistencia, pues veo que le dedicas un poema muy entrañable?

La situación de Cuba hoy es profundamente desconcertante. Nunca pensé que llegaríamos a hablar de nuestro país en términos que antes asociábamos con el fascismo o con las dictaduras más duras de América Latina.

Mi tesis de graduación fue sobre la literatura chilena del exilio después del golpe de Estado. En aquel momento lo estudiaba como algo distante, como parte de otra historia. Y hoy me encuentro viviendo en carne propia muchas de esas dinámicas. Eso cambia la manera de mirar.

Los jóvenes que mencionas: Luis Manuel Otero Alcántara, el Movimiento San Isidro y tantos otros, han colocado el cuerpo, el arte y la palabra en un lugar de riesgo real. Son los mártires y los héroes de este tiempo porque están asumiendo un costo enorme. Están abriendo un espacio de verdad en un contexto donde decir tiene consecuencias. Creo que ya forman parte de esa etapa de la historia de Cuba que ahora se está escribiendo.

¿Sientes que para una poeta cubana exiliada escribir hoy sobre la situación de la realidad de Cuba implica también una responsabilidad moral? ¿Puede la poesía acompañar, testimoniar o resistir, cuando tantos dentro de la isla viven bajo silencio, miedo o represión?

La literatura es el arte de la palabra, y el arte es una forma de relacionarse con la realidad. Cualquier posición, decir o callar, es ya una respuesta. En ese sentido, no se puede evadir del todo.

Como escritora cubana exiliada, sí creo que hay una dimensión moral que no se puede ignorar. No la entiendo como una obligación de escribir de una determinada manera ni de asumir un tono específico, sino como una conciencia muy clara: soy privilegiada. Puedo viajar, puedo escribir y puedo decir cosas sin enfrentar las consecuencias que otros, dentro de la isla, sí enfrentan. Y eso introduce una responsabilidad.

En contextos como el cubano, el lenguaje ha sido forzado a separarse de lo que se piensa. Se dice una cosa, se calla otra, se disimula para sobrevivir. La poesía puede moverse precisamente en ese espacio, no como un discurso directo ni como un testimonio literal, sino sosteniendo un lenguaje que no esté sometido, que no repita, que no simplifique, que no encubra. No siempre lo hace desde la frase directa. A veces lo hace mostrando la grieta, dejando ver lo que no encaja, lo que no se puede decir de frente.

Creo que ahí hay una forma honesta de asumir esa conciencia. No puedo apropiarme de la voz de quienes están dentro, porque lo que viven y sienten no hay manera de saberlo desde afuera y desde una posición de privilegio, pero tampoco puedo desentenderme. Escribir sabiendo desde dónde se escribe, y lo que eso implica, es, para mí, una forma de responsabilidad moral.

Promoción de la presentación del libro "De orillas, robles y madreselvas" (Editorial Betania, 2025) de Mireya Goñi Camejo. Proyecto cultural Artefactus, 21 de junio de 2025.
Promoción de la presentación del libro "De orillas, robles y madreselvas" (Editorial Betania, 2025) de Mireya Goñi Camejo. Proyecto cultural Artefactus, 21 de junio de 2025.

En el libro la pérdida y la muerte no son solo temas: son presencias. A veces parecen sombra, a veces conversación, a veces herida abierta. ¿Cuál es tu concepción de la pérdida? ¿Es ausencia definitiva, forma de permanencia, o una manera en que lo amado sigue acompañándonos?

Me gusta mucho esa lectura, porque en realidad no escribo desde una idea tan organizada. El pensamiento está, pero el lenguaje va encontrando su camino y termina dando forma a algo que a veces no había previsto.

Para mí, la pérdida es, ante todo, una ausencia definitiva. No están.

Lo que permanece es el vínculo, en forma de recuerdo, de pensamiento recurrente que no consuela, y de dolor por esa ausencia. Es una falta constante.

Pienso mucho en mis padres. No pueden estar en momentos importantes de mi vida, no pueden ver lo que estoy viviendo ahora. Mi mamá habría estado muy orgullosa de mis publicaciones, de esta entrevista, de todo lo que he ido alcanzando.

Creo que en el libro está muy presente la idea de la pérdida como algo no resuelto, como una presencia que duele, que aparece en distintos momentos. Es, más bien, la persistencia de la ausencia.

Hay un poema, “Biografía”, que parece abrir una puerta muy íntima hacia ti misma. ¿Qué lugar ocupa ese poema dentro del libro? ¿Sientes que en él se condensa algo esencial de tu identidad, de tu historia y de tu voz?

En “Biografía” se condensa, de alguna manera, todo lo que me formó. No solo lo que dejé al salir de Cuba en términos concretos, sino también lo que ya no estaba antes de irme: la infancia, ciertos espacios, ciertas rutinas, la inocencia.

Es curioso, porque uno piensa que pierde cosas al emigrar, pero hay pérdidas que vienen de antes, que forman parte del paso del tiempo. En ese poema todo eso aparece junto. Ahí está lo que fui, lo que me hizo, lo que todavía me sostiene, incluso en la distancia.

Creo que por eso tiene ese tono más íntimo. No es solo memoria, es también una manera de entenderme. Hay algo esencial ahí, porque es un poema donde no hay mucha mediación, está muy cerca de lo que soy.

En buena parte del poemario se percibe un tono que rinde tributo a la forma: al ritmo, a la musicalidad, a cierta contención expresiva, en diálogo con poetas como Rubén Darío y también con voces posmodernistas como Alfonsina Storni, Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou. ¿Cómo vives tú esa filiación literaria? ¿Es homenaje, conversación, formación sentimental o una casa poética a la que vuelves?

Es muy bonito que menciones esos nombres. Otros amigos también han señalado afinidades con voces como Mirta Aguirre, Dulce María Loynaz o incluso Carilda Oliver. Para mí, que mis versos se asocien a esa tradición es, primero, un asombro; después, una alegría enorme; y también, por supuesto, un motivo de orgullo.

Son algunas de las voces más altas y más cuidadas de la poesía latinoamericana, y que alguien pueda leer mis poemas en esa clave es una validación.

Pero más allá de eso, sí hay una relación real. Esa atención al ritmo, a la musicalidad, a la forma tiene que ver con lo que me ha formado como lectora, como profesional, y también con la manera en que me acerqué a la poesía desde pequeña.

La poeta argentina Alfonsina Storni.
La poeta argentina Alfonsina Storni.

Cuando organicé el primer libro, tenía la idea de hacer algo así como una historia de la poesía en versos, no explicada, sino encarnada en distintas formas métricas. En el libro hay cuadernavías, redondillas, cuartetas, cuartillas, sonetos, sonetos alejandrinos. Con el tiempo, entre los criterios editoriales y el propio proceso de escritura, que fue tomando un camino más libre y más atravesado por la experiencia, esa idea se fue diluyendo, y los poemas quedaron integrados sin una secuencia formal estricta.

Más que un homenaje puntual, hay una intención de sostener la belleza formal y la técnica depurada que viene de los grandes poetas, como una manera de ejercitar lo aprendido. También es una elección. Vivimos en un tiempo donde muchas formas de expresión son más directas, más crudas, más inmediatas. Y aunque entiendo que eso responde a su contexto, yo me reconozco más en una búsqueda de suavidad, de elegancia. Desde ahí también se pueden decir cosas muy profundas y muy contemporáneas.

La poeta uruguaya Juana de Ibarbourou.
La poeta uruguaya Juana de Ibarbourou.

También he encontrado en el arte una forma de entender muchas cosas que he vivido, e incluso de leer lo que está ocurriendo ahora. En los símbolos, en las imágenes, en ciertas formas de decir, ya hay preocupaciones que otros expresaron antes, en distintos momentos de la historia. Eso también influye en mi manera de escribir. Hay un diálogo con esa tradición, no solo desde la forma, sino desde la necesidad de comprender lo que nos pasa.

No lo vivo como un homenaje consciente en cada poema, sino más bien como una vuelta espontánea a una casa poética. Hay poemas que salen ya con cadencia, con ritmo, con rima; no los busco de manera deliberada. Después, cuando están escritos, vuelvo sobre ellos y pulo esa forma. Y, al mismo tiempo, desde ese lugar, intento encontrar mi propia voz.

Y, sin embargo, hacia el final del libro, sobre todo en las partes “Poética del destierro” y “Poética de la angustia”, pareciera abrirse una respiración distinta: una forma menos rígida, más libre, más desgarrada, más contemporánea. ¿Sentiste que esos temas te pedían también otra forma? ¿Que el destierro y la angustia imploraban una libertad formal distinta?

Sí, creo que en esos textos la forma cambia porque cambia lo que se dice. Son temas muy contemporáneos, situaciones que se viven y se piensan desde un lenguaje distinto, y eso inevitablemente se filtra en la escritura.

Los poemas más marcados por la nostalgia tienden a una forma más cercana a la tradición. Pero cuando aparecen el destierro y la angustia en su dimensión más inmediata, más cruda, ya no siempre es posible sostener esa misma estructura. Ahí la forma se abre, se vuelve más libre, más fragmentada, más urgente. Algo de eso tiene también la vida en la emigración.

No fue una decisión premeditada. Más bien sentí que esos temas exigían otra manera de ser dichos. Hay experiencias que no admiten demasiada elaboración, necesitan salir.


A pesar del dolor que recorre el libro, no es una escritura vencida. Hay tristeza, pero también belleza, dignidad y una forma de esperanza, expresado desde la voz y el cuerpo femenino de forma íntima. ¿De dónde nace esa luz en medio del desgarro? ¿Qué salva todavía la poesía?

Creo que esa luz nace de lo que también ha traído el exilio. Es una experiencia profundamente hiriente, eso no cambia. Pero al mismo tiempo abre nuevos horizontes, introduce una distancia respecto a ciertas rutinas, la posibilidad de decidir, oportunidades que antes no estaban.

En mi caso, también ha significado crecimiento, aprendizaje, una forma de soberanía sobre mí misma y sobre mis decisiones. Esa libertad la entiendo en un sentido amplio, no como un eslogan, sino como una experiencia real. Por eso, aunque el libro esté atravesado por el dolor, no es una escritura vencida. Ahí entra también la vida que continúa, la del cuerpo, la del amor.

Llega un momento en que uno empieza a mirar de otra manera, a reconocer lo que ha permanecido, lo que ha acompañado, lo que ha sostenido. Aparece también una conciencia muy clara del tiempo, de la necesidad de decir, de no dejar cosas pendientes, de afirmar el amor, nombrarlo, compartirlo mientras todavía es posible. Y creo que ahí entra la poesía.

La poesía no resuelve el dolor, pero lo nombra y le da forma. A veces pienso que me ha salvado la vida, o al menos me ha salvado de explotar.

¿Hubo algún poema que te costara especialmente escribir porque implicaba nombrar algo que todavía dolía demasiado?

Sí, hubo varios, pero hay tres en particular que fueron especialmente duros. Cada uno pertenece a un momento muy difícil en lo personal. No son poemas que nacieran desde la distancia, sino desde un dolor muy inmediato, todavía abierto. En su orden de aparición son “Coplas a la muerte de la madre”, “Si fuera lastre el alma” y “A papá”.

Son textos complejos de escribir porque en ellos no hay elaboración, hay preguntas, rabia, desgarro. Más que escribirlos, hubo que atravesarlos. Cada uno marca una etapa distinta dentro del proceso de la pérdida. Y eso dolía mucho, aún duele.

Cuando escribes sobre el destierro, ¿sientes que escribes desde la nostalgia de lo perdido o desde la conciencia de una fractura sin regreso?

Es, sobre todo, la conciencia de una fractura sin regreso. No escribo desde la idea de recuperar lo perdido, porque sé que eso no es posible. Lo que se deja atrás no queda intacto. Uno tampoco es el mismo.

Eso no significa que el exilio sea solo pérdida. También implica crecimiento, madurez, la posibilidad de mirar desde otra perspectiva, de entender cosas que antes no se veían con claridad. Hay un aprendizaje profundo en esa distancia. Está también lo inevitable de asumir el futuro desde donde uno está, porque no hay otro camino. Eso moldea, forja, obliga a seguir.

Cuando escribo me muevo entre esas dos ideas, la conciencia de la pérdida y la necesidad de seguir construyendo sentido a partir de ella.

¿Qué le exiges hoy a un poema para sentir que verdaderamente está vivo?

Le exijo, ante todo, honestidad. Que no esté escrito desde la pose, sino desde una emoción real, un momento verdaderamente humano, una experiencia vivida, con sus vulnerabilidades, sus dudas, sus contradicciones.

También que haya elaboración, no solo desahogo, sino una forma que me obligue a pensar lo que se dice, que abra preguntas, que toque a quien lo recibe. Y que no sea complaciente, que me mueva, que me incomode, que me haga detenerme.

Incluso que, al volver a él, me obligue a revisarlo, a modificarlo, porque yo misma he cambiado y entiendo de otra manera la idea que lo hizo nacer.

Si un poema logra eso, para mí está vivo.


Después de este libro, ¿qué quedó dicho y qué sigue todavía ardiendo en silencio?

En este libro quedaron dichas muchas cosas que tenían que ver con etapas anteriores de mi vida, experiencias de juventud, ciertas inconformidades, inseguridades, formas de entenderme en otros momentos. Hay una parte de ese pasado que ya encontró su lugar en la escritura. Pero hay otras cosas que siguen ardiendo.

Sigue ardiendo Cuba, sigue ardiendo la reflexión sobre el tiempo que estamos viviendo, profundamente convulso. Arde también lo más cercano, las decisiones que todavía hay que tomar, el rumbo de la familia, el futuro.

De una manera muy personal, pienso mucho en mi nieta, en la vida que le tocará vivir en este mundo. Qué le espera, cómo se va a desarrollar, hasta dónde podemos influir, acompañar, ayudar. Al final es una vida que tendrá su propio camino. Y eso también preocupa, porque el mundo de hoy no es un camino de rosas, y uno no puede evitar sentir la vulnerabilidad de alguien que apenas comienza.

Siempre hay algo que queda dicho y algo que sigue en proceso. Eso es, quizás, lo que me hace seguir escribiendo.

El libro De orillas, robles y madreselvas (Editorial Betaña, 2025), de Mireya Goñi Camejo, puede en Amazon.

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Ileana Álvarez

Ileana Álvarez. Escritora, editora y periodista cubana. Foto en Árbol Invertido

(Ciego de Ávila, Cuba, 1966). Escritora, editora y periodista. Graduada de Filología. Máster en Cultura Latinoamericana. Fundadora y directora de Alas Tensas (2016), así como de OGAT (Observatorio de Alas Tensas) en 2019. Durante 15 años trabajó como directora editorial de la revista cultural Videncia. En 2018 se vio obligada a exiliarse en España. Tiene publicados, entre otros, los títulos: Libro de lo inasible (1996), Oscura cicatriz (1999), Los ojos de Dios me están soñando (Premio "Pinos Nuevos", 2001), Dulce María Loynaz: La agonía de un mito, (Premio de Ensayo "Juan Marinello", 2001), Los inciertos umbrales (Premio “Sed de Belleza”, 2004), Consagración de las trampas (Premio “Eliseo Diego”, 2004), Trazado con cenizas (Antología personal, Ed. Unión, 2007), El tigre en las entrañas (Crítica, 2009), Escribir la noche (2011), Trama tenaz (2011), ) y Profanación de una intimidad (Ensayo, 2012), Escribir la noche y otros abismos (2025). Realizó Catedral sumergida, antología de poesía cubana escrita por mujeres (Ed. Letras Cubanas, 2014).

 

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