Cómo llegar a Cuba. Entre los exilios y la Poesía

Niño corriendo
Niño corriendo. Foto: Yury Limonte
Imagen: Yuri Limonte

Si la poesía puede reflejar o ser el alma de la nación, salvar a Cuba o reencontrarla pasa necesariamente por el trabajo de redefinición de la unidad de lo poético y sus manifestaciones. Pero constatamos que la fragmentación a la que ha sucumbido la poesía cubana en los últimos decenios dificulta las lecturas críticas generalizadoras, estudios que visibilicen tendencias estéticas, obsesiones conceptuales, rasgos estilísticos comunes y diferenciadores de las sucesivas promociones a partir de 1959. Sistematizar, un arte curativo, dentro de este escenario, se torna aspiración traumática. 

El acontecer de la poesía cubana, desde la gran rajadura de nuestra historia contemporánea, tiene tanta incidencia en el exilio como dentro del país, y ese hábitat se extiende por la geografía de varios continentes, fenómeno que se agudiza cuando, a mitad de los años ochenta, en la vida literaria de la isla, empieza a caducar el modelo de valores homogenizador y maniqueísta que había funcionado durante los “años duros” en que se intentaba construir la sociedad del “hombre nuevo”. Una década que comienza, en lo social, precisamente con otra gran crisis migratoria, la del Mariel, y que presenta entre sus hitos simbólicos el espíritu de ruptura que llega a la poesía y a otras artes mediante discursos autónomos, a veces contestatarios, siempre en defensa de los paradigmas de la expresión individual. El resultado más ostensible, el de un campo literario denso y al mismo tiempo muy dilatado, se mantiene hasta el presente.

En estas circunstancias, la poesía parece desbordar a la crítica. Así la actualización de la historia expresiva se halla lejos de plantearse lineal y sucintamente. Cualquier poeta cubano, ya no tiene ante sí en primer plano una tradición nacional a la que responder obligatoriamente, empezando porque el contenido de la misma “cubanía” se muestra tan relativo como la noción del “progreso” en las dimensiones del espacio y el tiempo, más si se viaja a través del universo de la poesía. A lo sumo la crítica consigue fijar, por lo pronto, una visión intensiva, detenida en autores u obras, que suele prescindir de los contrastes en una visión de fondo a más largo tiempo. Nos falta la visión integradora, incluso respecto a la evolución literaria “tierra adentro”. Todavía los miedos y las abulias, entre censuras, dogmas y precariedades, suelen llevarle unas cuantas páginas de ventaja al trabajo de la inteligencia.

Quizás ello explica la falta de abordajes monográficos a promociones o generaciones poéticas sobre las que ya pesan más de veinte años, como la de los ochentas y los noventas, en torno a las que se extiende un vacío crítico que resulta casi escandaloso, terreno propicio para que medre el desconocimiento o la incomprensión de figuras significativas y se establezcan estereotipos que terminan repitiéndose a partir de antologías y otras manifestaciones donde prima el interés de compromisos parciales. Los criterios mejor informados, que no faltan, llevan sobre todo la impronta de actores devenidos analistas, que unen la función de juez y parte entre los que pudiera mencionar a unos cuantos: Luis Álvarez, Roberto Manzano, Víctor Fowler, Jesús Barquet, Norges Espinosa, Jesús David Curbelo...

Si —como es mi caso— la mayoría de la crítica considerase que el nervio de la poesía cubana no está atado a marcas geopolíticas, y que se puede ser un poeta muy cubano viviendo lo mismo en La Habana que en Alaska, siendo Republicano o, por el contrario, Socialista del siglo XXI, asumiendo contenidos de nuestra naturaleza e historia o los de otra cualquiera, o ninguna en específico,  a ese conglomerado de críticos y ensayistas que trabajen con afán inclusivo, les resultará casi imposible obtener información actualizada de lo que puede estar ocurriendo en materia de verdadera “poesía cubana”. Grietas informativas, orales y escritas, y descalificaciones apriorísticas, son numerosas. Los poetas de dentro de la Isla desconocemos en su mayoría a quienes escriben en el exilio, qué se publica, y viceversa. El necesario diálogo generacional e intergeneracional, que daría pie al sano autoexamen, aunque no se interrumpe totalmente, deja de fluir con claridad, distinto a lo que puede ocurrir dentro de otras culturas —por ejemplo, la mexicana o la puertorriqueña— donde el éxodo, la emigración y la hibridación resultan también fenómenos claves. 

No llega a esta Isla de islas, pues, lo que los poetas cubanos fuera de Cuba publican muchas veces en pequeñas editoriales dispersas por el mundo, libros que ven la luz pagados casi siempre por los propios autores. Muy pocos poetas de esta larga peregrinación han publicado en su patria, y menos si incumplen por la incomodidad de, además de pensar diferente, hallarse aún vivos. Es notorio que, sólo después de fallecer, algunos exiliados se vuelven más manejables por la academia, las editoriales y la crítica en su tierra natal: Gastón Baquero, Eugenio Florit, Severo Sarduy, Lorenzo García Vega...

Estigmas políticos, actitudes fundamentalistas a un lado y otro de los muchos mares que nos rodean, logran ensuciar el esencial diálogo con lo poético, mientras sufre principalmente el lector, en particular ese lector especial de poesía, y lamentablemente casi único existente en la actualidad, que es el propio poeta, necesitado de alimentarse a tiempo con la lectura transustanciadora para sobrevivir, o sea, crear.

Y es, en esta espera, que se tienden puentes espirituales, espacios de reencuentros, raicillas invisibles que nada ni nadie puede quebrar, porque la poesía también tiene sus misteriosos, insospechados poderes para aprovechar las grietas en busca de un centro, un impulso vital que despliega sutiles fosforescencias. Son los puentes que los poetas contemporáneos de “adentro” y de “afuera”, más allá de humanas diferencias, construimos mediante el intercambio espontáneo —digital la mayoría de las veces— de nuestras obras y cosmovisiones, intentando imantar así, a través de la poesía, la fragmentación del ser nacional.

Ileana Álvarez. Foto en revista Árbol Invertido

(Ciego de Ávila, Cuba, 1966). Graduada de Filología en la Universidad Central de Las Villas (1989). Máster en Cultura Latinoamericana. Directora editorial de la revista Videncia. Tiene publicados, entre otros, los títulos: Libro de lo inasible (1996), Oscura cicatriz (1999), El protoidioma en el horizonte nos existe (2000), Los ojos de Dios me están soñando (2001), Desprendimientos del alba (2001), Inscripciones sobre un viejo tapete deshilado (2001), Los inciertos umbrales (premio “Sed de Belleza”, 2004), Consagración de las trampas (premio “Eliseo Diego”, 2004), Trazado con cenizas (Antología personal. Ed. Unión, 2007), El tigre en las entrañas (Crítica, 2009), Escribir la noche (2011), Trama tenaz (2011) y Profanación de una intimidad (ensayo, 2012). Realizó Catedral sumergida, antología de poesía cubana escrita por mujeres (Ed. Letras Cubanas, 2014), donde por primera vez se publicó, en Cuba, un panorama tan amplio de autoras residentes dentro y fuera del país.

Comentarios:


José Prats Sariol (no verificado) | Lun, 05/10/2015 - 19:50

Mis felicitaciones a Ileana Álvarez por ese centrar en la fragmentación el axis de la identidad nacional actual, y por extensión de las manifestaciones culturales, entre ellas de la poesía escrita por cubanos, donde quiera que estemos, como quiera que pensemos. Y muy bien por esta entrega digital de Árbol Invertido. Felicitaciones al equipo, en particular a Francis Sánchez.

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