Pasar al contenido principal

Arte | La escultora Gertrud Goldschmidt (Gego) y la imposibilidad del cierre

" A diferencia de otras artistas que hicieron del cuerpo, del relato autobiográfico o de la confrontación explícita una estrategia de visibilidad, Gego eligió un camino más opaco y, por ello, más difícil de neutralizar."

La escultora germano-venezolana Gertrud Goldschmidt-Gego (1912-1994).
La escultora germano-venezolana Gertrud Goldschmidt-Gego (1912-1994).

I. Gego no pertenece

Gertrud Goldschmidt nació en Hamburgo en 1912, se formó como ingeniera y arquitecta en la Alemania de entreguerras y se vio forzada al exilio en 1939 por su condición de judía. Su llegada a Venezuela no fue el resultado de una elección estética ni de una búsqueda de modernidad periférica, sino es el resultado de una ruptura histórica. Este desplazamiento no constituye un mero dato biográfico, sino una condición estructural que atraviesa su obra.

Gego no pertenece plenamente a ninguno de los marcos identitarios que la historiografía ha intentado asignarle. No es europea en un sentido histórico pleno, aunque su formación técnica y cultural se inscriba en ese horizonte; tampoco es latinoamericana en clave originaria, pese a que su obra madura se desarrolla en Venezuela. No es geométrica, ortodoxa ni expresiva; no participa del gesto heroico de la modernidad ni del lirismo subjetivo. Este no-lugar no es una carencia, sino el espacio productivo desde el cual se articula su obra.

Allí donde otros artistas encontraron en la abstracción un lenguaje de afirmación, de progreso o de universalidad, Gego encontró un problema. Su trabajo no busca estabilizar formas ni consolidar sistemas, sino exponer su fragilidad constitutiva. Esta condición de no pertenencia es, por tanto, una clave de lectura central: Gego no encaja porque no estabiliza, y precisamente esa inestabilidad define la singularidad de su práctica.

La escultora germano-venezolana Gertrud Goldschmidt-Gego (1912-1994).
La escultora germano-venezolana Gertrud Goldschmidt-Gego (1912-1994).

Pensar la no pertenencia en Gego exige desplazarla del registro biográfico hacia una dimensión epistemológica. No se trata únicamente de una artista exiliada que trabaja en un contexto de adopción cultural, sino de una práctica que se sitúa deliberadamente en un punto de fricción con las categorías disponibles. Gego no ocupa un margen por exclusión, sino que construye una posición activa desde la cual los marcos existentes pierden su capacidad de explicación. Este tipo de no pertenencia no produce una identidad híbrida conciliadora. No genera síntesis ni integración armónica entre tradiciones. Por el contrario, mantiene abiertas las tensiones entre formación técnica europea, contexto latinoamericano y desarrollo de una abstracción que rehúye tanto el programa como la expresividad. En ese sentido, la obra de Gego puede leerse como una práctica de desajuste continuo: no se acomoda a los relatos nacionales, ni a los lenguajes universalistas, ni a las genealogías formales cerradas.

La historiografía ha tendido a resolver esta incomodidad mediante operaciones de clasificación que suavizan el conflicto. Al situarla como figura singular o excepcional, se preserva la coherencia del relato general a costa de neutralizar la potencia crítica de su posición. Sin embargo, asumir la no pertenencia como núcleo productivo implica aceptar que el problema no es Gego, sino los marcos desde los cuales se ha intentado leerla.

Desde esta perspectiva, la no pertenencia deja de ser un rasgo marginal para convertirse en un método. Gego trabaja desde un lugar que no promete estabilidad ni resolución, y esa negativa a cerrar se traduce en una práctica artística que pone en cuestión las nociones de sistema, progreso y universalidad. Esta sección establece así el punto de partida del ensayo: leer a Gego no como una figura a integrar, sino como una práctica que obliga a repensar los criterios mismos de pertenencia en la abstracción moderna.


II. El relato venezolano de la abstracción y su límite 

La consolidación de la abstracción venezolana a partir de la década de 1950 se articuló en torno a un proyecto de modernidad visual claro, eficaz y exportable. Figuras como Alejandro Otero, Jesús Soto y Carlos Cruz-Diez encarnaron un lenguaje basado en la geometría normativa, el optimismo perceptivo y la idea de progreso visual. Este relato, fuertemente apoyado por instituciones y políticas culturales, situó a Venezuela en el mapa internacional del arte moderno. Sin embargo, ese mismo relato fijó también sus límites. La abstracción fue entendida como sistema, claridad y control, y las prácticas que no se ajustaban plenamente a estos criterios quedaron relegadas.

En este contexto, la obra de Gego aparece como una excepción poética, una figura lateral, una “otra abstracción”. Esta categorización, aparentemente inclusiva, cumple una función neutralizadora: permite integrar su obra sin poner en crisis el paradigma dominante. Leer a Gego desde este marco implica perder de vista su carácter problemático. Su trabajo no suaviza la geometría; la desarma. No niega la estructura, pero la priva de estabilidad. Su presencia señala el punto en el que el relato de la abstracción venezolana comienza a mostrar fisuras internas, obligando a reconocer que la modernidad no fue un bloque homogéneo ni un camino único hacia la universalidad.

Para comprender el alcance de estas fisuras es necesario insistir en que el relato venezolano de la abstracción no fue únicamente un fenómeno estético, sino también un proyecto político-cultural. La geometría y el cinetismo se articularon como lenguajes del orden, de la racionalidad y del futuro, en consonancia con una narrativa de modernización nacional que aspiraba a presentarse como modelo avanzado en el contexto latinoamericano. La claridad formal y la eficacia perceptiva no eran solo valores artísticos, sino signos de una promesa de estabilidad y progreso.

En ese marco, la obra de Gego resulta incómoda porque no puede instrumentalizarse como emblema. Su abstracción no es fácilmente traducible en términos de avance tecnológico ni de optimización perceptiva. No ofrece un lenguaje inmediatamente reconocible ni una experiencia visual que pueda codificarse como demostración de modernidad. Allí donde el canon privilegia la repetición controlada y la sistematicidad, Gego introduce variación, discontinuidad y dependencia. La tendencia a leerla como figura lateral o como excepción poética responde, en parte, a la necesidad de preservar la coherencia del relato dominante. 

Al situarla en un registro paralelo, se evita confrontar el hecho de que su obra cuestiona los supuestos básicos de la abstracción normativa: la idea de sistema cerrado, la equivalencia entre rigor y estabilidad, y la aspiración a una universalidad sin fricción. Asumir plenamente la posición de Gego implica aceptar que la abstracción venezolana fue un campo más diverso y conflictivo de lo que su canon ha reconocido. Implica también reconocer que ciertas prácticas quedaron en segundo plano no por su menor calidad o ambición, sino porque desajustaban los criterios de visibilidad, eficacia y “exportabilidad” que estructuraron el relato moderno.

Desde esta perspectiva, Gego no representa una alternativa decorativa ni una desviación lírica dentro de la abstracción venezolana. Representa un límite crítico. Su obra señala el punto en el que el relato dominante deja de poder explicarse sin contradicciones, y obliga a replantear las condiciones mismas desde las cuales se ha definido la modernidad artística en Venezuela.


III. Línea, estructura y fragilidad 

La línea es el núcleo operativo de la obra de Gego, pero no en el sentido consagrado por la modernidad geométrica. En su trabajo, la línea no delimita ni ordena, no encierra ni define contornos estables. Tampoco funciona como gesto expresivo. Es, ante todo, una condición de posibilidad: el elemento mínimo a partir del cual se articula una estructura siempre provisional.

A diferencia de la línea geométrica entendida como instrumento de control, la línea de Gego introduce una lógica de fragilidad. Se quiebra, se superpone, se multiplica, depende de otras líneas para sostenerse. La estructura que emerge de estas relaciones no alcanza nunca un equilibrio definitivo. La fragilidad no es aquí una metáfora ni un efecto estético, sino una decisión conceptual.

La comparación con la tradición del arte concreto —Mondrian, Max Bill— permite subrayar esta diferencia. Mientras la geometría moderna aspiró al cierre, a la claridad y a la estabilidad del sistema, Gego introduce la imposibilidad del cierre como principio estructural. Su obra no ofrece soluciones formales, sino preguntas persistentes sobre cómo se sostienen las formas y hasta dónde pueden hacerlo. Esta concepción de la línea como estructura frágil supone un desplazamiento profundo respecto a la noción moderna de forma. 

En la tradición geométrica, la línea actúa como garante de orden: delimita, separa y asegura la coherencia interna del sistema. En Gego, por el contrario, la línea pierde su función normativa y se convierte en un vector de relación. No organiza desde arriba, sino que articula desde dentro. Este desplazamiento tiene consecuencias epistemológicas. La estructura deja de ser un modelo abstracto previo a la obra para convertirse en algo que emerge en el proceso mismo de su construcción. La forma no se impone a la materia; se negocia con ella. Cada línea está condicionada por la tensión que establece con las demás, y esa interdependencia impide cualquier clausura definitiva.

"Dividir" (1959) de la escultora Gertrud Goldschmidt (Gego).
"Dividir" (1959) de la escultora Gertrud Goldschmidt (Gego).

Desde esta perspectiva, la fragilidad no implica precariedad ni debilidad. Implica conciencia del límite. Gego introduce en el corazón de la abstracción una noción de forma que acepta su propia contingencia. La estabilidad deja de ser un valor en sí mismo, y el rigor se redefine como capacidad de sostener una estructura sin negar su vulnerabilidad. La distancia con la geometría concreta se hace aquí decisiva. Mientras Mondrian o Max Bill persiguieron una forma de universalidad basada en la repetición, la simetría y la claridad, Gego trabaja desde la variación y el desajuste. Su abstracción no busca un lenguaje común ni una gramática universal. Busca, más bien, poner en evidencia que todo sistema formal depende de condiciones relacionales que no pueden ser completamente controladas.

En este sentido, la línea en Gego funciona como un operador crítico. Al renunciar a la función de cierre, expone la estructura como algo siempre inacabado. La obra no se presenta como resultado, sino como estado. Esta condición introduce una temporalidad específica: la forma no se fija en un instante ideal, sino que permanece abierta a la transformación, al desplazamiento y, eventualmente, al colapso. Esta manera de entender la línea y la estructura prepara el terreno para el paso al espacio que se analizará en la sección siguiente. La fragilidad que atraviesa el plano encuentra en la red espacial su desarrollo pleno, permitiendo a la abstracción desbordar los límites de la forma estable y convertirse en una experiencia relacional sostenida en el tiempo.

IV. Dibujar en el espacio. Del plano a la red 

El desplazamiento del plano al espacio en la obra de Gego no supone una ruptura disciplinar ni una conversión tardía a la escultura o a la instalación. Es una consecuencia lógica de su concepción de la línea como estructura frágil y relacional. Cuando la línea deja de garantizar cierre y estabilidad, el plano resulta insuficiente: la estructura exige un espacio donde sus tensiones puedan desplegarse sin resolverse. En las Reticuláreas, Gego no construye volúmenes ni objetos autónomos. Construye redes. El espacio no actúa como continente neutral que aloja la obra, sino como elemento activo que participa en su configuración. No hay centro, jerarquía ni orientación privilegiada. La obra se expande como un entramado abierto, donde cada punto depende de otro y donde el vacío no es un residuo, sino un componente constitutivo. Este paso al espacio transforma radicalmente la experiencia de la abstracción. 

La retícula, tradicionalmente asociada al orden y a la racionalidad, se convierte en un campo de relaciones inestables. La obra no puede ser captada desde un único punto de vista ni reducida a una imagen fija. Exige desplazamiento, tiempo y atención. La percepción se vuelve procesual, y el espectador deja de ser un observador frontal para convertirse en un cuerpo en relación con la obra. Lejos del espectáculo óptico del cinetismo, la activación del espectador en Gego es discreta pero exigente. No hay ilusión de movimiento ni efecto perceptivo programado. La experiencia se construye a partir de la inestabilidad misma de la estructura, que se modifica según la posición, la cercanía y la distancia. 

La obra no dirige la percepción; la expone. Este modo de dibujar en el espacio redefine también la relación entre abstracción y universalidad. Las Reticuláreas no proponen un modelo formal exportable ni un lenguaje sistemático. Su alcance universal no reside en la repetición ni en la claridad, sino en la puesta en crisis de la noción misma de sistema. La abstracción deja de ser un código autónomo para convertirse en una experiencia relacional que interpela problemas fundamentales del pensamiento moderno y contemporáneo.

"Reticulárea" (1969) de Gertrud Goldschmidt (Gego) en el Museo de Bellas Artes de Caracas, Venezuela.
"Reticulárea" (1969) de Gertrud Goldschmidt (Gego) en el Museo de Bellas Artes de Caracas, Venezuela.

Leer las Reticuláreas únicamente como una expansión tridimensional del dibujo implica subestimar su alcance conceptual. En ellas, Gego no solo traslada la línea al espacio, sino que reconfigura la noción de espacio mismo. Frente al espacio moderno entendido como contenedor homogéneo y mensurable, su obra propone un espacio tejido por relaciones, dependencias y vacíos activos. Esta concepción anticipa debates contemporáneos sobre espacialidad relacional y arquitecturas blandas, sin necesidad de inscribirse explícitamente en esos discursos. La red de Gego no organiza ni controla el espacio; lo mantiene abierto. Cada conexión es visible, cada unión revela su fragilidad. La estructura no se impone como orden, sino que se ofrece como experiencia de interdependencia. Desde esta perspectiva, el abandono del plano no debe leerse como una superación formal, sino como una radicalización de la abstracción. Al desbordar los límites bidimensionales, Gego libera a la abstracción de la ilusión de autosuficiencia. 

La forma ya no puede sostenerse sin considerar el espacio, el cuerpo y el tiempo como condiciones activas. Este desplazamiento tiene implicaciones decisivas para la historia de la abstracción. Mientras gran parte de la modernidad buscó consolidar lenguajes estables y universales, la obra espacial de Gego introduce una abstracción sin centro ni cierre. Su propuesta no se orienta hacia la construcción de sistemas, sino hacia la exploración de relaciones precarias que solo existen en la medida en que se sostienen mutuamente. Así, dibujar en el espacio no significa para Gego abandonar el rigor, sino redefinirlo. El rigor ya no consiste en dominar el espacio mediante la forma, sino en aceptar la complejidad de habitarlo sin clausura. En esa redefinición reside uno de los aportes más radicales y universales de su obra.

V. Materia pobre, pensamiento riguroso 

La elección de materiales en la obra de Gego —alambres, hilos, papeles, maderas frágiles— responde a una ética material precisa. No se trata de precariedad romántica ni de una inscripción en el arte povera. La austeridad material es una condición del rigor: solo desde la ligereza y la flexibilidad es posible construir estructuras que acepten la fragilidad como principio. La materia en Gego no simboliza ni ilustra. Piensa. Cada unión, cada torsión, cada punto de contacto queda expuesto, haciendo visible la vulnerabilidad de la estructura. El rigor no se mide por la solidez ni por la permanencia, sino por la coherencia entre idea y comportamiento material.

La economía material en Gego no responde a una lógica de reducción, sino de precisión. El uso de materiales mínimos no empobrece la obra; la obliga a sostenerse sin apoyos retóricos. En ausencia de nobleza material, de escala monumental o de espectacularidad técnica, la estructura debe justificar cada decisión. Esta exigencia convierte la materia en un campo de prueba constante para el pensamiento. A diferencia de las tradiciones modernas que asociaron el rigor a la permanencia y a la durabilidad del objeto, Gego introduce una concepción del material como elemento transitorio. 

Sus obras no simulan eternidad ni aspiran a la estabilidad definitiva. Se presentan como configuraciones que podrían desmontarse, desplazarse o reconfigurarse sin perder coherencia. Esta condición no implica fragilidad como defecto, sino apertura a la transformación. El alambre, el hilo o el papel no funcionan aquí como sustitutos pobres de materiales nobles, sino como medios idóneos para pensar la relación entre tensión y sostén. Su flexibilidad permite que la estructura revele sus límites sin colapsar. Cada punto de unión es visible y, precisamente por ello, responsable. La obra no oculta el esfuerzo de mantenerse; lo hace parte de su sentido.

Esta ética material se distancia también de una lectura expresiva de la pobreza de medios. No hay en Gego una dramatización de la carencia ni una estética del sacrificio. La modestia de los materiales no remite a una posición marginal asumida como identidad, sino a una estrategia consciente de control y atención. El rigor se ejerce en la escucha de lo que el material permite y de lo que resiste. Desde esta perspectiva, la materia deja de ser soporte pasivo para convertirse en interlocutora activa. La forma no se impone sobre ella; emerge de una negociación constante. Esta relación redefine el vínculo entre pensamiento y ejecución: la idea no precede al material, sino que se construye con él. La relevancia de esta posición se vuelve especialmente clara en un contexto histórico que asoció modernidad con dominio técnico y con la afirmación del objeto estable. Frente a esa tradición, Gego propone una modernidad alternativa, donde el rigor no se mide por la durabilidad ni por la fuerza, sino por la coherencia interna de una estructura capaz de sostener su propia vulnerabilidad.


VI. Gego mujer: Sin gesto reivindicativo, sin sumisión 

La condición de Gego como mujer artista atraviesa su obra sin tematizarse. Su práctica no se inscribe en una reivindicación explícita ni en la adopción del gesto heroico masculino que dominó buena parte de la modernidad artística. Gego trabaja desde la persistencia, la precisión y una forma de anonimato estructural que redefine la noción de autoridad artística. En un campo históricamente configurado para otros sujetos, su rechazo de la monumentalidad, del sistema cerrado y del protagonismo individual introduce una forma de resistencia silenciosa. El género no aparece como discurso, sino como condición estructural del campo artístico, encarnada en una práctica que rehúye tanto la sumisión como la espectacularidad. 

Leer la obra de Gego desde una perspectiva de género no implica inscribirla retrospectivamente en una agenda reivindicativa que le es ajena. Implica, más bien, reconocer cómo su práctica se desarrolla en un campo de fuerzas donde la autoridad artística, el rigor formal y la universalidad han sido históricamente codificados como valores masculinos. La posición de Gego se define por una negativa persistente a reproducir esos códigos sin oponerles un gesto frontal. A diferencia de otras artistas que hicieron del cuerpo, del relato autobiográfico o de la confrontación explícita una estrategia de visibilidad, Gego eligió un camino más opaco y, por ello, más difícil de neutralizar. Su obra no interpela desde la afirmación identitaria, sino desde la coherencia interna de una práctica que desmantela, desde dentro, los presupuestos de autoridad del campo. 

"Tronco Nro. 5" (1976) de la escultora Gertrud Goldschmidt (Gego).
"Tronco Nro. 5" (1976) de la escultora Gertrud Goldschmidt (Gego).

Esta estrategia tiene consecuencias en la recepción crítica. La ausencia de gesto reivindicativo ha facilitado una lectura despolitizada de su obra, en la que la fragilidad y la levedad son interpretadas como rasgos temperamentales antes que como decisiones estructurales. Sin embargo, esta misma ausencia constituye una forma de resistencia: al no ofrecer un relato fácilmente apropiable, Gego obliga a que la crítica se confronte con la obra en su materialidad y en su lógica interna. La persistencia aparece aquí como una categoría clave. Frente al gesto heroico, puntual y visible, Gego sostiene una práctica prolongada en el tiempo, atenta a los detalles y resistente a la espectacularización. Esta temporalidad lenta y acumulativa introduce una redefinición de la autoría que desplaza el énfasis del acontecimiento al proceso. 

Desde esta perspectiva, el género no opera como identidad representada, sino como condición histórica que modela una forma de estar en el arte. Gego no se sitúa fuera del canon por exclusión, sino que trabaja en sus márgenes activos, alterando sus criterios desde una práctica que no reclama excepción ni privilegio. Esta posición resulta especialmente relevante en el contexto contemporáneo, donde las políticas de visibilidad corren el riesgo de sustituir la exigencia crítica por la representación simbólica. La obra de Gego recuerda que existen otras formas de intervención: discretas, persistentes y estructuralmente incisivas. En esa elección, silenciosa pero firme, reside una de las dimensiones más profundas de su radicalidad.

VII. Recepción, "museificación" y domesticación 

La institucionalización de la obra de Gego ha garantizado su visibilidad y su permanencia en el tiempo, pero no ha sido un proceso neutral. A medida que su trabajo ha sido incorporado a museos, colecciones y relatos curatoriales consolidados, ha sido también encuadrado dentro de categorías que facilitan su asimilación histórica. Este encuadre ha tendido a suavizar los aspectos más problemáticos de su práctica, desplazando el énfasis desde su rigor estructural hacia una experiencia estética conciliadora. Las lecturas que presentan a Gego como una artista poética, delicada o etérea forman parte de este proceso. Aunque aparentemente elogiosas, estas categorías funcionan como mecanismos de domesticación simbólica. Al privilegiar la levedad y la sensibilidad, se neutraliza la dimensión crítica de su obra: su cuestionamiento de la estabilidad formal, de la noción de sistema y de la autoridad implícita en el canon moderno.

La “museificación” refuerza esta operación. Las Reticuláreas y otras obras espaciales, concebidas como estructuras abiertas, procesuales y variables, tienden a fijarse en configuraciones estables al ingresar en el espacio expositivo. El museo, al exigir conservación, repetibilidad y claridad narrativa, congela aquello que en la lógica de la obra era tensión, provisionalidad y posibilidad de transformación. La pregunta se convierte en objeto. Este fenómeno no es exclusivo del caso de Gego, pero en ella adquiere una relevancia particular. Su obra, que problematiza la idea misma de cierre, es integrada en dispositivos que necesitan clausurar el sentido para garantizar su legibilidad institucional. La red se transforma en forma; la relación, en imagen; la fragilidad, en estilo. 

Parte de la exposición "Midiendo el infinito" de la escultora Gertrud Goldschmidt (Gego) en el Museo Guggenheim, Nueva York (2023).
Parte de la exposición "Midiendo el infinito" de la escultora Gertrud Goldschmidt (Gego) en el Museo Guggenheim, Nueva York (2023).

Analizar la recepción de Gego implica reconocer que el proceso de “museificación” no solo conserva obras, sino que produce significados. Las decisiones curatoriales, los discursos expositivos y las narrativas historiográficas configuran un marco interpretativo que puede amplificar o reducir la potencia crítica de una práctica artística. En el caso de Gego, este marco ha tendido a privilegiar una lectura armonizadora que la integra sin perturbar el relato dominante. Esta armonización responde, en parte, a la dificultad de sostener una obra que no se deja fijar fácilmente. Frente a prácticas abstractas que ofrecen sistemas claros o efectos perceptivos inmediatos, la obra de Gego exige tiempo, atención y una disposición a aceptar la inestabilidad. La institucionalización responde a esta exigencia mediante la estabilización del sentido, convirtiendo la apertura en rasgo formal y no en problema conceptual.

La crítica ha participado también de este proceso al reproducir un léxico que suaviza el conflicto. Al insistir en la poesía de la línea o en la delicadeza de las estructuras, se evita confrontar la radicalidad de una obra que cuestiona los fundamentos mismos de la abstracción moderna. Esta feminización discursiva —que asocia fragilidad con sensibilidad— contribuye a desactivar la dimensión política de su rigor. Recuperar a Gego desde una perspectiva crítica no significa rechazar su presencia institucional, sino leerla a contrapelo. Implica devolver a sus obras la condición de preguntas abiertas y resistir la tentación de convertirlas en respuestas estables. Solo desde esa resistencia es posible restituir la incomodidad productiva que atraviesa su trabajo. Esta sección no busca, por tanto, denunciar la museificación como fenómeno externo, sino señalar la necesidad de una lectura más exigente. La obra de Gego continúa desajustando los marcos que intentan contenerla, y es precisamente en esa fricción donde reside su vigencia crítica.

VIII. Gego hoy: ¿Por qué importa ahora?

La relevancia contemporánea de la obra de Gego no se explica por una reactivación retrospectiva ni por su adecuación a modas curatoriales o lecturas tardías. Importa hoy porque su práctica anticipa, sin enunciarlo como programa, algunos de los problemas estructurales más persistentes del presente: la fragilidad de los sistemas, la interdependencia de las estructuras y la dificultad de pensar el espacio, la forma y la organización como dominios estables y cerrados.

En un mundo atravesado por redes visibles e invisibles —tecnológicas, sociales, económicas, ecológicas—, la obra de Gego adquiere una resonancia particular. Sus tramas no representan sistemas ni ilustran metáforas de conectividad; los ponen en cuestión desde dentro. Al hacer visibles los puntos de unión, las tensiones y las dependencias, su trabajo desmonta la ilusión de estabilidad que suele acompañar a los modelos totalizantes. La estructura aparece como algo que solo se sostiene mientras reconoce su propia vulnerabilidad. Esta dimensión resulta especialmente significativa frente a una cultura visual dominada por la espectacularidad, la claridad inmediata y la circulación acelerada de imágenes. 

La escultora germano-venezolana Gertrud Goldschmidt (Gego) con su obra "Esfera en Hexaedro" (1967).
La escultora germano-venezolana Gertrud Goldschmidt (Gego) con su obra "Esfera en Hexaedro" (1967).

La obra de Gego exige tiempo, desplazamiento y atención. No ofrece una imagen concluyente ni un mensaje cerrado, sino una experiencia que se construye en el recorrido. En ese sentido, su práctica entra en fricción directa con la economía contemporánea de la visibilidad, que tiende a reducir la complejidad a signos rápidamente consumibles. Asimismo, la manera en que Gego concibe el espacio dialoga de forma productiva con debates actuales sobre pensamiento sistémico, arquitecturas blandas y ecologías relacionales. 

Sin inscribirse explícitamente en estos marcos teóricos, su obra encarna una comprensión del espacio como campo de relaciones cambiantes, donde el vacío no es ausencia sino condición activa. Esta concepción resulta especialmente pertinente en un momento histórico que cuestiona los modelos de ocupación, control y dominio del entorno. Leída desde el presente, la obra de Gego no funciona como antecedente a ser actualizado ni como figura histórica a reinterpretar desde categorías contemporáneas. Funciona como interlocutora activa. 

Su práctica no ilustra problemas actuales; los anticipa desde una posición que rehúye tanto la monumentalidad como la clausura formal. Esta anticipación se vuelve especialmente clara en su rechazo de los sistemas cerrados. En un contexto marcado por crisis estructurales —económicas, políticas, ecológicas—, la insistencia de Gego en estructuras frágiles y relacionales adquiere una dimensión ética. La forma no se presenta como garantía de orden ni como promesa de estabilidad, sino como campo de responsabilidad. Cada conexión importa porque puede fallar. La vigencia de Gego se manifiesta también en su propuesta de una temporalidad distinta. Frente a la lógica de la innovación constante y del impacto inmediato, su obra reivindica la persistencia, la atención y la coherencia interna como valores críticos. 

La forma no irrumpe como acontecimiento espectacular, sino que se sostiene en el tiempo como proceso, acumulación y ajuste continuo. En este sentido, su trabajo ofrece una alternativa a la ansiedad contemporánea por la visibilidad y la novedad. Propone una práctica que no se mide por su capacidad de imponerse, sino por su capacidad de mantenerse abierta sin disolverse. Esta forma de rigor, silenciosa pero inflexible, resulta especialmente pertinente en el presente. Pensar a Gego hoy implica, por tanto, reconsiderar las condiciones mismas desde las cuales se produce y se evalúa la abstracción contemporánea. Su obra no señala un camino a seguir ni ofrece modelos replicables. Introduce, más bien, una pregunta persistente sobre cómo habitar la complejidad sin reducirla. En esa pregunta, que atraviesa su tiempo y el nuestro, reside la razón principal por la que su trabajo continúa importando.

IX. Cierre crítico

La obra de Gertrud Goldschmidt no puede entenderse como una contribución que amplía el canon de la abstracción moderna de manera acumulativa o correctiva. Su lugar no es el de una figura que completa un relato previo, sino el de una práctica que lo desajusta desde dentro. A lo largo de este ensayo se ha mostrado que su trabajo introduce una forma de rigor que no se funda en la estabilidad, la claridad sistemática ni la clausura formal, sino en la aceptación consciente de la fragilidad como principio estructural. 

"Esfera Nro. 5" (1977), escultura de Gertrud Goldschmidt (Gego).
"Esfera Nro. 5" (1977), escultura de Gertrud Goldschmidt (Gego).

Este desplazamiento obliga a reconsiderar los términos mismos con los que se ha definido históricamente la abstracción. En lugar de concebirla como lenguaje autosuficiente, universal y cerrado, la obra de Gego la expone como campo de relaciones, dependencias y tensiones que no pueden resolverse definitivamente. La estructura deja de ser garantía de orden para convertirse en espacio de responsabilidad. La forma ya no afirma un dominio, sino que ensaya una forma de sostenerse sin negar su vulnerabilidad. En el contexto venezolano, esta posición adquiere una relevancia particular. 

Frente a un relato de modernidad que privilegió la geometría normativa, el optimismo perceptivo y la eficacia visual como signos de progreso, Gego introduce una abstracción que no promete síntesis ni reconciliación. Su obra señala los límites internos de ese proyecto y revela que la modernidad fue también un campo de fricciones, exclusiones y alternativas no plenamente reconocidas. A escala más amplia, la práctica de Gego cuestiona la idea misma de universalidad tal como fue formulada por la modernidad artística. 

Lo universal no se construye aquí a partir de la repetición de un lenguaje común, sino desde la insistencia en lo relacional, lo contingente y lo no “clausurable”. Esta forma de universalidad, abierta y frágil, no se impone; se sostiene. La lectura de Gego como mujer artista no añade un capítulo identitario a su obra, sino que refuerza su dimensión estructural. Sin tematizar el género ni recurrir al gesto reivindicativo, su práctica redefine la autoría desde la persistencia, la precisión y el rechazo de la monumentalidad. En un campo históricamente configurado para otros sujetos, esta forma de estar en el arte constituye una intervención silenciosa pero profundamente transformadora.

Este cierre no pretende clausurar la interpretación de Gego, sino mantenerla abierta. Su obra continúa operando como una interrogación activa sobre cómo se construyen los relatos, qué prácticas quedan fuera cuando se privilegia la estabilidad y qué otras formas de rigor son posibles más allá del dominio y el control. En esa interrogación persistente reside la vigencia crítica de Gego y la necesidad de seguir leyéndola no como figura resuelta, sino como problema productivo para el pensamiento contemporáneo.

Vigo. Enero de 2026.

Regresar al inicio
▶ Ayúdanos a permanecer

Un contenido como este, y nuestro medio informativo en general, se elabora con gran esfuerzo, pues somos un proyecto independiente, trabajamos por la libertad de prensa y la promoción de la cultura, pero sin carácter lucrativo: todas nuestras publicaciones son de acceso libre y gratuito en Internet. ¿Quieres formar parte de nuestro árbol solidario? Ayúdanos a permanecer, colabora con una pequeña donación, haciendo clic aquí.

[Y para cualquier propuesta, sugerencia u otro tipo de colaboración, escríbenos a: contacto@arbolinvertido.com]

Virginia Ramírez Abreu

Virginia Ramírez Abreu

(La Habana, 1971) es Doctora en Historia, Historia del Arte y de la Música por la Universidad de Santiago de Compostela; experta en Arte Contemporáneo y de Género, investigadora y Profesora Titular de Antropología de la Cultura e Historia del Arte en la Escuela Superior de Artes Cinematográficas de Galicia. Ha escrito y producido más de cincuenta audiovisuales, ha realizado numerosos proyectos curatoriales, conferencias, programas radiales, trabajos educativos comunitarios e impartido cursos en universidades españolas. Textos suyos han aparecido en IN-CUBADORA, Hypermedia, Libélula vaga, revista Nagari, Letralia, Otro Lunes, Linden Lane Magazine, entre otras, y la editorial Verbum. Reside desde 1994 en la ciudad de Vigo, en Galicia, España.

Añadir nuevo comentario

Plain text

  • No se permiten etiquetas HTML.
  • Las direcciones de correos electrónicos y páginas web se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
CAPTCHA
Resuelva este simple problema matemático y escriba la solución; por ejemplo: Para 1+3, escriba 4.
Este reto es para probar que no eres un robot. Por favor, ten en cuenta minúsculas y mayúsculas.