Honduras
Honduras no era muy diferente a Nicaragua. Mismas montañas, mismos volcanes, o al menos eso me pareció a mí.
El bus se detuvo y nos bajamos en uno de los lugares que usan los coyotes para promocionar sus travesías. Era una especie de comedor donde tomamos el desayuno: tortillas, arroz, frijoles, aguacate, huevos revueltos con jamón y queso, más un jugo de manzana. Nos tomaron fotos y videos mientras estábamos comiendo. Esa es la forma que tienen los grupos de coyotes para demostrar que no son un fraude. Eran más de las 6:00 de la mañana.
Ahí estuvimos un rato descansando y luego el coyote nos reunió para darnos detalles de lo próximo que íbamos a hacer. Teníamos que pasar por un punto de control migratorio en la ciudad Danlí, donde nos iban a dar un salvoconducto para transitar sin problemas por Honduras. El coyote nos cobró diez dólares a cada uno para hacer este trámite. Nos montamos en el bus y nos llevaron para el lugar.
Sobre las 7:10 llegamos al punto de migración. Cuando nos formamos en la fila percibí la real dimensión de cómo estaba la ola migratoria de Centroamérica rumbo a Estados Unidos.
Por muchas redes sociales que uno tenga, por muchas noticias que uno vea, no le alcanza para entender la crisis migratoria del continente americano. Ahí aproveché y tomé una de las pocas fotos que pude hacer durante la travesía.
La fila era grandísima y estaba llena de emigrantes de distintos países del mundo. Había cubanos, venezolanos, nicaragüenses, panameños, chinos, árabes, haitianos, colombianos y hasta ucranianos, y si no eran ucranianos eran rusos. Todos huyendo de sus países, todos víctimas de las circunstancias.
Allí estuve varias horas esperando bajo el sol, y luego comenzó a llover. Tuve que correr hacia las carpas de la ACNUR porque tenía mi cámara y mi laptop conmigo. Si se me mojaban iba a morirme.
Entonces me dieron ganas de ir al baño. Maldito aguacate.
El baño estaba al final de la explanada. Era un tráiler con las letrinas improvisadas dentro y la peste que tenía era horrible, pero tenía que ir sí o sí, porque mi fila ya estaba avanzando.
Tuve que esperar por unos venezolanos muy cómicos que andaban sin papel, y estaban más pendientes de la fila que de hacer sus necesidades. Le pregunté a uno de ellos detrás de quién iba y me indicaron más o menos por dónde y les dije que les avisaba si la fila se movía y ahí nos reímos los tres.
Prendí un cigarro para calmar mis pensamientos y la fila avanzó. Les grité a los venezolanos y salieron corriendo en medio de ese campo fangoso mojado por la lluvia y dándome las gracias. Así que entré. La peste y la suciedad eran insoportables. Me acomodé como pude y traté de no respirar mientras pensaba en que no tenía que haberme comido ese aguacate tan temprano. Terminé y la taza apenas se descargó.
Regresé a mi grupo y hubo una discusión porque alguien se había colado. Estaban llegando migrantes que no hacían la fila y entraban directo a las oficinas de migración. La lluvia seguía cayendo y no había dónde meterse. Al final llegó el turno de entrar a nuestro grupo.
Quienes llevaban el proceso de registro eran voluntarios de la ACNUR, todos jóvenes. Me preguntaron mi nombre y a qué me dedicaba. El joven que tomó mis datos me dijo que era muy cool cuando le dije que era poeta, escritor y fotógrafo cubano. Me dio mi salvoconducto y salí. El proceso era gratis para todos, el coyote nos estafó los diez dólares.
Afuera estaba lleno de personas vendiendo de todo lo que no hay en Cuba. Ni siquiera en los años del deshielo con los Estados Unidos hubo tantos productos en Cuba como los que tenían los vendedores ambulantes en aquel pedazo de calle.
"Otra vez volcanes en el horizonte y barrancos profundos."
Un bus nos recogió sobre las 11:20 de la mañana y seguimos rodando por la carretera hasta que comenzó a aparecer una ciudad de la que no sé el nombre o no lo recuerdo. Paramos al frente de una especie de club con reguetón, gente jugando billar y bebiendo cerveza. Teníamos que esperar al otro transporte que nos iba a llevar hasta Guatemala pero todavía se demoraba. Bajé, caminé por los alrededores, hablé con mi familia, fumé cigarrillos, pero no tenía hambre. Era mediodía.
Al fin llegó el bus y el coyote hondureño nos acomodó en la parte trasera. Nos trajo comida que ya estaba incluida en los pagos de la travesía. El trato por parte de ese señor fue excepcional, un espectáculo. Nos trajo una bandeja de comida con pollo frito, arroz y papas fritas, una bolsa con varias manzanas y uvas, pomos de agua y de Coca-Cola.
Nos cobró el tramo de Honduras a Guatemala: 120 dólares. Era el recorrido más barato de los tres. También nos consiguió líneas de teléfono y se despidió de nosotros deseándonos un buen viaje y muchas bendiciones.
Tuvimos que esperar a que se llenara el ómnibus hasta que salimos otra vez. 16 horas hasta Guatemala. Así que otra vez la carretera, otra vez volcanes en el horizonte y barrancos profundos en los costados. En una de esas se nos apareció.
Tegucigalpa
Tegucigalpa en el horizonte. Y no, Honduras no tenía nada que ver con Nicaragua.
Me equivoqué. Era mucho más linda Honduras. Eso pensaba mientras veía la ciudad y los sentimientos me golpearon muy fuerte. Memorias del subdesarrollo me estaba martillando la cabeza mientras Tegucigalpa se nos mostraba hacia el lado derecho de la carretera. Se me salieron las lágrimas de la rabia y la tristeza que me estaba machacando por dentro. Porque al final el presagio de que La Habana se convertiría en la Tegucigalpa del Caribe, no se cumplió como lo predijo Sergio en la película. El final de La Habana, la ciudad donde nací, tuvo un destino peor, más macabro, más comunista.
Mientras atravesamos las calles de la capital entendí que Tegucigalpa y La Habana eran dos ciudades muy distintas. La primera era una capital con edificios altos, plazas comerciales, autos modernos, y también fachadas sin repellar, y la segunda parecía una ciudad bombardeada, sin color, con peste, en ruinas.
A todos los cubanos, sin excepción, nos hubiera encantado que Cuba entera luciera, después de 65 años construyendo el socialismo, como Tegucigalpa. Pero ni siquiera eso sucedió.
Dejamos atrás la capital y otra vez regresaron las montañas y los volcanes. El bus iba repleto. A mi lado venían unos venezolanos que parecían hermanos y viajaban con poco menos de una mochila y un solo teléfono para los dos que se turnaban cada una hora. Uno de ellos compartía sus galletas conmigo, le brindaba primero al hermano y luego a mí. Yo las aceptaba, no por tener hambre sino por agradecimiento. La noche fue cayendo y el bus fue disminuyendo la velocidad.
Teníamos barrancos a los costados dependiendo de la montaña por donde fuéramos. Son los barrancos más altos que he visto. Estaba cagado del miedo.
Cuando cayó la noche ya no se vio más nada. Esas carreteras estaban oscuras y solo se veían las señalizaciones. Aquello daba mucho miedo sobre todo porque el ómnibus pasó de cien kilómetros por hora a veinte kilómetros por hora. El chófer iba con cuidado.
En el grupo de la travesía que teníamos en WhatsApp preguntaron si queríamos llegar a Guatemala y en vez de parar, seguir en otro ómnibus que estaba esperando. Todos los del grupo nos pusimos de acuerdo con que siguiéramos el viaje.
Recuerdo que le comenté a Anabel y me dijo que sí, que mientras más rápido siguiéramos, mejor. Pero a medida que avanzaba la noche, íbamos más despacio y no se veía nada. Uno sabía que el barranco estaba a un costado de la carretera y sabía que viajaba en una curva pero no podía verlo.
Por suerte no nos pasó nada.
En la frontera de Honduras y Guatemala
Al fin llegamos a la frontera de Honduras con Guatemala y el retén estaba lleno de soldados uniformados y armados con fusiles. Me bajé del bus corriendo, buscando un lugar para orinar. Me encontré un espacio oscuro entre dos camiones de comercio y comencé; aquello parecía una cascada. El chorro de orina en vez de aflojar, aumentaba. Me salpicaba por todos lados, el pantalón y los tenis se me estaban mojando pero no podía parar. Cuando terminé regresé al grupo y estaban esperando a todos para agarrar por un lado del retén porque por allí no se podía cruzar. Así que nos desviamos a un costado y seguimos a pie. Ahí estábamos solos, recibiendo las órdenes de los coyotes de la travesía.
Tuvimos que comenzar a subir por una loma empinada, llena de fango y mucho más alta que la de Nicaragua-Honduras. La gente se alumbraba con los teléfonos. Había que agarrarse de las mismas piedras por las que ibas subiendo. Llegamos al final de la subida llenos de lodo, tras muchos resbalones. Yo me resbalé y me pegué bien fuerte en una rodilla, pero no fue nada grave. Ahora la misma subida empinada que pasamos, la tuvimos que bajar, y del otro lado tampoco había luz. Eran las 12:00 de la noche. Aquí la gente empezó a caer. Tanto los jóvenes como los más viejitos.
Estaban tan resbalosas las piedras que las personas no podían sostenerse en pie. Yo me aguantaba de lo que podía. Cruzamos un arroyo y alguien se cayó en el medio. No lo vi pero sentí el griterío de la gente. Ningún cubano se rió y lo ayudaron enseguida a salir del agua. Todo el mundo estaba nervioso.
Una vez terminada la bajada volvimos a estar en la calle. Según las instrucciones de los coyotes, ahora caminábamos por detrás de una cerca y veíamos el retén de la frontera a lo lejos, con los guardias armados. Ya estábamos en Guatemala.
Guatemala
Después de caminar un buen rato, llegamos a la casa. Era la 1:00 de la madrugada. El bus que nos estaba esperando se fue antes debido a nuestro retraso, así que tuvimos que esperar todo un día entero, hasta que llegara la noche para salir rumbo a México. Salí de Nicaragua en la noche del día 12, atravesé Nicaragua, Honduras, y llegué en la madrugada del día 14 de agosto a Guatemala. Estaba muerto del cansancio, y todavía faltaba otro día de viaje.
La casa era enorme y bonita por fuera, pero por dentro estaba vacía. Nos recibieron dos muchachos jóvenes. Uno era guatemalteco y se creía narco. El otro, más joven, era un venezolano que luego supe que, al igual que yo, estaba haciendo la travesía. Él tuvo que atravesar la selva del Darién y cuando llegó a Guatemala los coyotes le ofrecieron trabajo en esa casa y se quedó para reunir dinero.
A las mujeres las acomodaron en una habitación bien grande y los hombres nos acomodamos en lo que vendría siendo la sala de la casa. Y cuando digo acomodar es que nos tiramos sobre unos colchones en el suelo que más que colchones parecían sacos con guata vieja dentro. Era como estar acostado en el mismo piso.
"Se la pasaba alardeando de su pistola calibre 45."
Me tiré en una esquina, puse la mochila en la cabecera y me senté a quitarme los zapatos. Tenía los pies hinchados, me dolían muchísimo. Llevaba 32 horas rodando, sin detenerme. Estaba molido y lo peor es que a esa hora de la madrugada, no me podía dormir.
Aproveché que había un baño, así que fui a darme una ducha y cambiarme de ropa porque tenía el fango pegado por todos lados. Me di cuenta de que el cubano detrás de mí en Nicaragua sí me había vomitado el pulóver. Con razón el mal olor, aunque era pequeño, no se me iba de la nariz, lo traía conmigo.
El baño estaba terrible. Apenas una taza y una bañera con un tubo que sobresalía, no tenía ducha. Un tanque metálico picado por la mitad servía como cesto para echar los papeles. Me senté a cagar y muy cómodo no fue. La taza estaba limpia pero se veía poco confiable. Igual me senté. Cuando terminé me metí en la ducha que no era ducha. El agua estaba congelada. Me costó trabajo. Igual cuando pasaron un par de minutos ya no me importó. Estuve largo rato ahí hasta que salí.
Luego me tiré a dormir en el colchón. Estaba molido.
En Guatemala no hubo desayuno ni almuerzo, ni comida. El joven que atendía con su cara tatuada, más que el anfitrión, parecía salido de la Mara Salvatrucha. No lo digo por juzgar, se la pasaba alardeando de su pistola calibre 45.
Al menos habían hecho café. Algo que disfruté bastante mientras hablaba con mi casa en Jaimanitas, La Habana. Luego me puse a fumar con los demás cubanos y fue quizás una de las pocas veces que logré interactuar con varios con los que viajaba. Anteriormente solo había hablado con la muchacha del niño y el muchacho que viajaron conmigo desde el aeropuerto de La Habana, pero por el camino me alejé de ellos, por esa vieja costumbre de andar apartado.
"Se hacía llamar XR. Bajito, gordito, con pensamiento de narco y armas de narco."
En la casa había una piscina y con el sol la gente comenzó a meterse. Pero a mí no me dieron ganas. Tenía demasiados sentimientos acumulados como para sentirme relajado dentro de una piscina. Preferí fumar y rodar por la casa como un trompo mientras avanzaba el día.
Sobre las 2:00 de la tarde, el encargado venezolano trajo algunas pizzas y nos dio un vaso plástico a cada uno para llenarlo de refresco de naranja. Una Little Caesars repartida entre cuatro personas. Me tocaron apenas dos pedazos. Era lo único que había comido en todo el día. Tres horas más tarde y debido a la insistencia de los demás cubanos, quienes le hablaban a los coyotes jefes como si fueran sus amigos, el encargado con cara de Salvatrucha pasó recogiendo pedidos para comprar comida afuera. Le encargué una Coca-Cola y galletas saladas. Con eso tenía que llegar hasta México.
Hablé con Anabel y fumé cigarrillos mientras algunos de los otros cubanos me contaban sus historias y las razones por las que decidieron irse del país. Por supuesto no les conté las mías, no quería asustarlos.
Me di un baño en la noche, tomé Coca-Cola y comí algunas galletas. Apenas tenía hambre. Estaba ansioso, nervioso, muerto del cansancio y el miedo. Aún me faltaba el tramo final de la travesía. Sobre las diez de la noche llegó el coyote encargado del tramo de Guatemala a México. Se hacía llamar XR. Bajito, gordito, con pensamiento de narco y armas de narco. Tenía un cinturón con cargadores grandes y una pistola larga como las de las películas.
Reunió a todo el mundo y empezó a dar las instrucciones. Nadie hablaba. De seguro todos miraban sus armas, como yo.
Fue ahí cuando sentí que mi viaje corría peligro inminente. El XR advirtió a todo el mundo que los celulares tenían que estar apagados en este tramo de la travesía. Nadie podía hacer ninguna foto o video y mucho menos dar la ubicación de por dónde íbamos. Todos los celulares tenían que ir en una sola bolsa. Porque en los retenes de la carretera revisaban todas las pertenencias, y no solo eso: según XR, el cártel de México también revisaba los buses que llegaban a su territorio y si encontraban algo inusual bajaban al migrante. Nos advirtió que tampoco podíamos dar dinero si los guardias nos lo pedían.
Así que a partir de ese momento me volví loco. Tenía solo dos opciones: o me callaba la boca y me jugaba la vida sin decir nada, o decirlo y que los mismos coyotes me quisieran joder allí mismo. Opté por la segunda.
Al borde de la muerte en la selva
Me puse el mismo pantalón con el que estaba haciendo el viaje, otro pulóver y recogí todo. Saqué de la mochila mi laptop: una HP i5 y una cámara Canon 5D Mark III con un lente 24 105 f/4. Mi miedo de dejarlas en Cuba me condujo a correr el riesgo de llevarme esos equipos conmigo. Pensé en venderlos antes de viajar, pero la paranoia me hizo pensar que si el régimen cubano veía que estaba vendiendo mis cosas, capaz que entendieran que estaba por abandonar el país y me volvieran a retener dentro de la isla, solo por joderme. Así que el miedo me obligó a cometer un grave error.
Cuando le enseñé al tipo cara de Mara Salvatrucha mi cámara y mi laptop, por poco le da algo. A los demás cubanos que me vieron con la cámara en la mano igual. Todo el mundo se sorprendió.
El joven no sabía qué hacer. Creo que también le dio miedo enseñarle las cosas a sus jefes. En definitiva, él era el encargado de la casa.
Comenzó a dar vueltas de un lado a otro, hablando por su celular. Le dije que me los podía guardar y luego le pagaba dinero para que me los enviara. Me dijo que sí, pero, por supuesto, había cero posibilidad de que eso pudiera concretarse. Todo el mundo estaba alistándose para salir, pero no dejaban de mirarme. Hasta que el encargado les dijo a todos que no salieran de la casa y a mí me dijo que lo acompañara afuera.
"Me estaban tomando por un periodista encubierto."
XR me miraba serio. Me mandó a buscar la mochila. Los demás chóferes que estaban con él también me miraban seriamente. Ninguno hablaba. Todos estaban armados.
XR hablaba por teléfono, imagino que con sus jefes. Estuvo un rato dando vueltas. Luego colgó la llamada y fue directo a mí.
—Mi jefe me dijo que te colguemos en la selva y ahí te dejemos tirado.
—Yo no he hecho nada malo —le dije.
—Revisen sus pertenencias —les dijo XR a los demás que estaban ahí. Uno me quitó el teléfono y otro me quitó la mochila.
El mismo XR comenzó a mirar las fotos de la cámara mientras balbuceaba con uno que tenía al lado, hasta que comencé a entender, porque el castellano es distinto para todos: me estaban tomando por un periodista encubierto.
—Creemos que eres un periodista encubierto —me empezó a decir. Le dije que no lo era, que no había sacado mi cámara para hacer fotos en ningún momento.
—Ya hemos visto a otros documentar lo que pasa en la travesía y hay reglas que cumplir. Por eso te vamos a matar en la selva. Si encontramos algo en tus pertenencias te vamos a colgar, y ahí te dejamos muerto —me volvió a repetir.
—Puedes revisar todas mis pertenencias. No tomé fotos, ni videos, ni siquiera hice videollamadas, solo un par de selfies para mostrarle a mi familia que estaba bien —le dije.
"No lo iban a pensar dos veces para asesinarme."
Por suerte estaba sereno. Me sabía inocente. Además, si empezaba a suplicar que no me mataran les iba a parecer un "pinche culero" y eso no podía ser. Por alguna razón la Seguridad del Estado me hostigó todo lo que pudo y me forzó a salir de Cuba. No me iba a entregar tan fácil.
Mientras XR miraba cada foto de mi cámara, otro revisaba mi teléfono, y otro revisaba mi laptop. Estaban buscando alguna evidencia. Parecían locos.
Antes de que me llamaran para revisarme, le había escrito a Anabel que estaba en problemas, que no se preocupara. En una de esas me devuelven el teléfono y se concentran en mi laptop. Iban carpeta por carpeta. Una vez dentro de mis fotografías, comencé a decirles que solo era un poeta y fotógrafo cubano. Le dije a ese que revisaba que buscara en la carpeta "Literatura de Ariel", que no estaba mintiendo. Y eso hizo. De hecho, comenzó a leer cosas.
Mientras trataba de explicar con calma que no había tomado fotografías, tuve la osadía de borrar un par de conversaciones en WhatsApp y de borrar mis conversaciones en Signal. Lo hice mientras me hacía el distraído mostrándoles carpetas de mi teléfono. Mucha gente no sabía de mi viaje, pero personas de al menos tres organizaciones de derechos humanos sí lo sabían, y estaba al habla con ellas. Y si por casualidad los coyotes descubrían algunas de esas conversaciones y veían que eran organizaciones de derechos humanos, ahí no lo iban a pensar dos veces para asesinarme.
"Todos los cubanos estaban mirándome en completo silencio."
—¿Qué es esto? —me preguntó el que miraba mi laptop de arriba a abajo.
—Son artículos de opinión para una revista independiente cubana, ADN Cuba se llama.
Él siguió en lo suyo y le escribí a Anabel que estaban revisando mis cosas, que no escribiera. Estoy seguro de que se estaba muriendo de miedo, como yo por dentro, solo que no podía mostrarlo.
XR seguía viendo fotos en mi cámara, y yo aprovechaba para decirle que era fotógrafo y que la mayoría de las fotos eran de arte, o fotos de La Habana.
—¿Encontraste algo? —le preguntó al que revisaba la laptop.
—Nada todavía —le dijo mientras seguía mirando.
XR volvió a llamar a su jefe y se apartó mientras hablaba. Cuando regresó llamó al encargado con cara de Salvatrucha que buscara a los otros dos cubanos que habían viajado conmigo desde La Habana. Los fueron a buscar dentro de la casa y entonces me di cuenta de que absolutamente todos los cubanos estaban mirándome a través de la puerta y por el ventanal de cristal en completo silencio.
Llegó la muchacha con el niño y el otro muchacho, no recuerdo sus nombres. Comenzaron a revisar sus mochilas de arriba a abajo. Tiraron todas sus cosas al piso. Quizás el jefe creía que como viajaron conmigo desde La Habana nos conocíamos de antes. Pero la verdad es que no nos conocíamos de nada.
Los dos estaban muy asustados mientras yo explicaba que no tenían nada que ver conmigo, que solo habíamos viajado desde la Habana. De hecho éramos los únicos tres de La Habana, los demás eran de otras provincias de Cuba.
"Si tenían que matarme, mejor no tener que cruzar miradas con el futuro difunto."
La muchacha me miraba con cara de odio, sin decirlo me culpaba por ponerla en esa situación, el otro cubano hacía lo mismo, pero la verdad es que no me sentía culpable por ellos. Por alguna razón no les dije quién yo era, ni por qué estaba huyendo de Cuba, ni les dije mi nombre completo por si me buscaban en Google, y lo mejor: tampoco les pregunté. Poner esa distancia de alguna forma los protegió a los tres.
Terminaron de revisarlos y les dejaron todas sus ropas regadas por el suelo. Tuvieron que echarlas dentro de sus mochilas.
XR me quitó el teléfono otra vez y empezó a revisar cada una de mis redes sociales para ver si había publicado algo en ellas. Le dije que no lo había hecho. Luego me hizo abrir mi WhatsApp. Checó el chat con mi mamá, checó el chat con mi hermano y checó el chat con Anabel. Ahí empezó a buscar para arriba. Vio nuestra vida online. Nuestros anhelos, frustraciones, peleas y deseos. Nos vio desnudos, nos vio masturbándonos, haciendo el amor. Lo vio todo. Lo tenía muy cerca así que vi lo que él vio. Luego revisó las videollamadas y después las llamadas.
Me preguntó quién era Orestes y le dije que mi hermano. No preguntó por mi mamá y por Anabel porque era muy obvio quiénes eran.
Le dio la cámara a otro de los chóferes para que revisara. Nadie hablaba nada. Pero lo peor era que no me miraban a la cara, eso me daba temor. Quizás ya iban pensando que si tenían que matarme, mejor no tener que cruzar miradas con el futuro difunto.
"El tirano Fidel Castro le comió la cabeza a los cubanos."
En una de esas aproveché y le dije que podía hablar con su jefe para explicarle que no era quien creían que era. XR no dejaba de mirar mi teléfono mientras acariciaba sus armas con la otra mano. Menos mal que borré el chat de Signal.
Nadie del grupo que viajó conmigo sabía quién era yo. Tampoco es que fuera un ciudadano ilustre de la ciudad, solo era un cubano opositor al régimen de Cuba.
Lamentablemente, una gran parte del pueblo cubano sigue sufriendo la idea de que las personas que critican al régimen, en realidad están hablando mal de la revolución y lo hacen porque están siendo pagados por la CIA. El tirano Fidel Castro le comió la cabeza a los cubanos.
El viaje a la frontera de México se atrasó por mi causa, los demás cubanos me veían de lejos pues estaba rodeado de coyotes armados. Por suerte me mantuve tranquilo. No me dio por llorar ni por rogar, ni nada por el estilo. En una situación así tirarme de rodillas hubiera sido lo peor, ahí sí me dejan colgado en la selva, desaparecido para siempre.
En cambio les hablé. Les expliqué una y otra vez que no era periodista encubierto mientras revisaban cada carpeta de mi teléfono. Que no estaba haciendo un reportaje sobre el éxodo que está ocurriendo por toda Centroamérica con la bendición de varias dictaduras.
"Me decía que si estaba mintiendo me iba a dejar muerto en la selva."
En medio de la tensión, el jefe de los coyotes pidió que me pusieran al teléfono. El tipo estaba furioso. Comenzó a gritarme cosas que yo no entendía. El castellano no es igual en todos lados y los cubanos vivimos tan aislados que hablamos "en cubano". Es probable que él también lo sintiera, así que pidió que Cristina, una de las organizadoras de la travesía, se uniera a la llamada. Fue la cubana con la que contactamos para hacer el viaje.
Los dos se metieron en el plan de cómo había pasado mi laptop y mi cámara por la aduana en Nicaragua, que era imposible porque en ningún aeropuerto del mundo dejan viajar a nadie con laptop. Todo eso me lo estaba diciendo la cubana, mientras yo me mordía la lengua, con los coyotes mirándome con ganas de pasarme la cuenta.
La cubana me decía que era imposible viajar con una laptop, y el jefe por otra parte me decía que si estaba mintiendo me iba a dejar muerto en la selva y nadie me iba a encontrar. El hombre se metió en el canal del código gangsteril, el honor y qué se yo. En una de esas lo interrumpo y les digo que por ser quien soy no puedo hablar y el hombre me dice al momento que sí puedo hablar, que esto no es Cuba, que aquí sí hay libertad de expresión.
—Explíquese, pues —me dijo. Por otro lado, Cristina me preguntó si soy opositor al gobierno cubano, y allá fui yo a hacer lo que todo hombre ha soñado hacer:
"Mi nombre es Máximo Décimo Meridio, comandante de los ejércitos del norte, general de las legiones Félix, leal servidor del verdadero emperador, Marco Aurelio. Padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada. Y alcanzaré mi venganza, en esta vida o en la otra."
Lo pensé. Sí, soy opositor al régimen: mi nombre es Ariel Maceo Téllez, soy poeta cubano perseguido por la dictadura comunista de Cuba desde hace varios años. Yo estoy aquí huyendo de Cuba. De hecho, estuve regulado en Cuba y luego de poner una denuncia contra el ministro del Interior Lázaro Alberto Álvarez Casas, la Seguridad del Estado dobló su represión contra mí para que levantara los cargos, pero nunca lo hice. Así que me quitaron la regulación bajo la amenaza de que me fuera del país y no regresara hasta que fuera ciudadano extranjero o me iban a meter preso.
Respecto a mis equipos, los pasé sin problemas en Nicaragua, porque es común viajar con tus equipos a todas partes. Salí del aeropuerto de Cuba con ellos porque también es normal hacerlo. Los elegí a ustedes para hacer la travesía y se enteraron por mí que traía mis equipos encima.
Fui sincero y mira lo que me ha costado. Y no van a encontrar fotos de la travesía, busquen en todas partes porque no las hay, porque no las hice. La policía política me ha forzado a irme de la isla. Yo ni siquiera tenía pensado irme del país. Tal vez usted no sabe lo que yo estoy contando, pero Cristina sí sabe de lo que estoy hablando. No le debo nada a esa dictadura. Todos ellos son unos singaos. Ahí Cristina medio se rió.
"Los otros coyotes me seguían mirando con mala cara, ninguno reía."
El jefe coyote le bajó dos rayas pero igual siguió con su retórica de si estaba mintiendo o no. Siguió hablándome violento. Me dijo que a pesar de todo lo que le estaba contando, tenía que dejar los equipos, porque si los narcos de México me descubrían, sería peor. Como si mi situación ya no fuera jodida.
Los dos, la cubana y el guatemalteco, ahora estaban tratando de hacerme creer que yo dejaría mis equipos por voluntad propia y no porque estaba rodeado de tipos mirándome con odio y armados hasta los dientes, listos para cumplir la orden de colgarme en un árbol de la selva y dejarme ahí muerto.
—¿Tengo que dejar mis equipos?— pregunté. El hombre me dijo que sí. Ni lo pensó. Y le dije: "Ya estamos".
Va y el hombre esperaba que le rogara, pero eso no pasó. Volvió a decirme algo como para cerrar la llamada pero no lo entendí y le volví a decir "ya estamos", y me dijo que le entregara el teléfono por el que estábamos hablando con XR. Se apartaron a hablar un poco lejos, los otros coyotes me seguían mirando con mala cara, ninguno reía. Nuestro viaje estaba previsto para las 12:00 de la noche y eran casi las 2:00 de la mañana.
Además de la cámara y la laptop, también me quitaron todas las memorias que traía.
XR me llamó y cuando me le acerqué me devolvió mi mochila y me puso un cordel en la mano. Le pregunté para qué era y me dijo que tenía que hacer el viaje así y se rió. Seguro intuyó que yo estaba pensando que aquello era una señal para bajarme del bus y entregarme a los narcos. Así de asustado estaba yo.
Me dejaron unirme a los demás cubanos y nadie hablaba. Algunos me miraban de reojo, pero no se atrevían a mirarme de frente. Parecía el protagonista de mi propio funeral donde la gente te mira de lejos, con pena. Solo que aquello no era la funeraria de Calzada y K ni era el protagonista del cuento de Juan Rulfo "Diles que no me maten". Yo, contra todo pronóstico, seguía vivo.
"Ahora el viaje era sin parar hasta llegar a México."
Le escribí a Anabel que todo estaba bien, y ahí me contó que estuvo escribiendo sin cesar a la tal Cristina mientras me estaban revisando de arriba abajo. No pude contarle mucho más porque me quitaron el celular y lo guardaron en una bolsa junto con los teléfonos de todos los demás. El viaje por Guatemala iba a ser muy largo.
Sin parar, hacia México
Vino XR a formar el grupo y lanzó una gran amenaza al aire para que nadie contara nada de lo que habían visto. Nos habló sobre cómo sería el viaje, y de los narcos que estaban del otro lado de la frontera. Ya no me parecía tan grande, pero sus pistolas sí me lo parecían. El hombre no dejaba de posar su mano encima de la funda de su calibre 45, pero supongo que uno trata de suprimir eso, sacarlo de la mente. Debe ser un mecanismo de defensa, el mismo que se le activa a uno mientras vive en el infierno tropical que es Cuba. Mi mente divagaba hasta que dijeron que el viaje iba a comenzar.
En el patio de la casa había cinco minivanes. En ellas teníamos que montarnos unas treinta personas. Yo, con el miedo lamiéndome el cuello decidí que no iría a orinar. Vaya error, otro más a la cuenta. Me tocó el tercer grupo y uno de los chóferes, joven él, me habló con amabilidad y me dijo que tranquilo, que ya ahora el viaje era sin parar hasta llegar a México. "Gracias, hermano", le dije y lo saludé. De todos los coyotes fue el único que me habló luego de lo sucedido dos horas atrás.
"Otra vez loma arriba y loma abajo, otra vez a cien kilómetros por hora."
En la minivan aquella no cabíamos. Pusimos los bultos debajo y nos sentamos arriba de ellos. Todos apretujados. Sardinas en lata. Yo orinándome y teníamos que rodar por lo menos cien kilómetros hasta llegar al autobús con el que íbamos a cruzar la frontera. Pero bueno, no me quedaba otra que aguantar.
Salimos de la casa y enseguida agarramos una carretera. No tengo idea de en qué parte de Guatemala estábamos, pero el viaje era de 16 horas hasta México, así que estábamos lejos.
Otra vez loma arriba y loma abajo, otra vez a cien kilómetros por hora, como si aquello fuera pan comido. La suerte es que a diferencia de Cuba, la mayoría de las carreteras tenían señalizaciones desde que salimos de Nicaragua. Así que se podía ver perfectamente por dónde íbamos a pesar de no tener el móvil en la mano para mirar el mapa.
La verdad es que no pude dormir. La rabia me estaba comiendo. Sentía muchísimo dolor porque me arrebataron mi laptop y mi cámara con total impunidad. Con el trabajo que pasa uno en Cuba para poder conseguir equipos de buena calidad. Pero bueno, estaba vivo y rodando por alguna montaña a exceso de velocidad rumbo a México.
Dentro de la camioneta nadie se podía mover, el que lo hiciera corría el riesgo de que le diera una "cuca" [espasmo muscular] o algo peor. Tenía un gordo apretujado contra mi lado derecho y yo orinándome del nerviosismo que traía.
Nadie decía una palabra, al único que se escuchaba era al coyote hablando por radio. La camioneta que estaba al frente de la caravana iba indicando el camino y la velocidad, así mismo había sido en Nicaragua. Esos cabrones lo tienen todo calculado. Mientras tanto yo temblaba, no del frío, sino del miedo que se había apoderado de mí y que amenazaba con reventarme la vejiga. Por suerte, en una de esas, mirando por la ventana de delante, me di cuenta de que los kilómetros de la carretera comenzaban a disminuir, noventa kilómetros, ochenta kilómetros, setenta kilómetros.
Aquello era insoportable.
Hasta que llegamos a los veinte kilómetros y sentí cierto alivio. El chófer le dijo a una de las muchachas que iba sentada delante que ya estábamos llegando.
Sobre el kilómetro 5, la camioneta disminuyó la velocidad, ahí comencé a desesperarme otra vez. Por suerte las luces de la ciudad comenzaron a aparecer otra vez, no tenía idea de dónde estábamos, pero ya estábamos cerca de donde debíamos abordar el bus.
Hasta que aflojamos la velocidad y nos detuvimos en un estacionamiento. Me bajé corriendo al primer arbusto y ahí descargué todo el orine y nerviosismo que traía. Estuve orinando por cinco minutos. Otra vez los tenis encharcados. Dios.
Nos montamos en el bus y por supuesto ya no teníamos los teléfonos en la mano. Un venezolano que andaba con otros más se me acercó a preguntarme un par de cosas con el tema del viaje. Cuando llegué a Tapachula me di cuenta de que el hombre solo había notado mi nerviosismo y que estaba mal, pero en ese entonces yo creía que los coyotes habían hablado con él para que no me quitara un ojo de encima. El hombre hizo conmigo lo mismo que yo con el grupo de cubanos con que viajaba: darme ánimo.
"Los guardias comenzaron a pedirle dinero a la gente."
No pude dormir, en mi trauma creía que en algún momento el bus iba a parar en medio de la carretera y me iban a entregar a los narcos y se acabó.
"Cubano desaparecido en su trayectoria a México". "El poeta Maceo desapareció en la selva luego de salir al exilio". "Régimen cubano detrás de la desaparición de un opositor en el exilio".
Todo eso me reventaba la cabeza.
Por suerte no pasó. Seguimos camino y apenas nos detuvieron en la carretera. Creo que dos veces y nada más. Estuvimos viajando toda la madrugada. Nos habían advertido que el bus no pararía para ninguna emergencia. Tenía un baño que apestaba todo el vehículo y el copiloto iba y le echaba spray de aroma pero el mal olor siempre regresaba. Era una peste reaccionaria.
Los militares corruptos
En un retén nos pararon. Los guardias estaban armados con fusiles automáticos. Comenzaron a pedirle dinero a la gente. Cuando me di cuenta, yo era el único cubano que había bajado del bus. Todos los demás estaban encima, y me hacían señales de que volviera a subir. Y mientras los guardias extorsionaban a los demás emigrantes yo me hice el bobo y subí por detrás de todo el mundo. Un oficial subió después de mí a preguntar por los demás cubanos, pero alguien les dijo que éramos del grupo de Cristina y ahí el oficial bajó su fusil y salió del bus sin decir nada.
—Maceo, no nos demores más el viaje, por favor— me gritaron desde atrás. Y todos los cubanos nos partimos de la risa.
Cuando el sol ya estaba en lo alto, el amigo venezolano me dijo que estábamos llegando a la frontera con México. Igual seguimos por un largo rato hasta que la carretera comenzó a parecerse a una calle y las montañas a casas de ciudad. El encargado del bus les dijo a todos que ya estábamos terminando el viaje y la gente empezó a gritar, a aplaudir, y a cantar "Soy un campeón".
Llegamos al pueblo que está en la frontera de Guatemala y México. Ahí nos escupió el bus. Las instrucciones en el grupo de WhatsApp decían que teníamos que esperar a que nos recogieran en moto. Así que estuve un rato ahí con el grupo, sentado en la acera en un país que me dejaba un mal sabor.
Los otros cubanos del grupo me miraban con pena y curiosidad. Comenzaron a hablarme poco a poco. Era su compañero de viaje que había sido despojado de sus cosas y que estuvo a punto de no contarlo. Por suerte apareció nuestro transporte.
Los que nos iban a llevar eran unos muchachos de unos 16 o 17 años. Algunos llegaron en motos de motocross. En mi vida había montado en una así. El muchacho arrancó y salimos. Me di cuenta que en ese pueblo de Guatemala casi todo el mundo andaba en moto. Por al lado me pasó una mujer sosteniendo en un brazo a su niño chiquito y con el otro manejando su moto. Puro surrealismo centroamericano. Después de algunos kilómetros, el joven me dejó en la entrada de una casa de paredes sin repellar, techo de tejas y un plato de antena parabólica marca Claro.
La familia de la casa estaba preparando un almuerzo para el grupo de emigrantes: espaguetis y refresco. Me los comí de un tirón sentado en el lavadero del patio de la casa. Un señor tenía líneas de teléfono como a quince dólares y compré una enseguida.
Su lada [clave de larga distancia] era de Tapachula, imagino que era una línea robada en México para venderla en Guatemala. pero no me importó. Le escribí a Anabel para decirle que estaba a punto de cruzar. Ya ella tenía su vuelo a Tapachula para la noche de ese día 15 de agosto.
Cuando todos almorzaron y cargaron pilas nos avisaron que ya íbamos a cruzar y la gente se animó. Los mismos muchachos que dos horas atrás nos montaron en sus motos para llevarnos a la casa, fueron los mismos que nos llevaron al río. Salimos por atrás de la casa a una calle empedrada atravesando todo el barrio.
Después de un rato, me di cuenta de que íbamos caminando paralelo al río. Su corriente comenzaba a sonar bien fuerte. En el grupo iban haciendo bromas con los muchachos. Uno de ellos preguntó a alguien del grupo de dónde éramos, y le dijeron que cubanos.
—Ah, de Cuba. Díaz-Canel es un singao— gritó. Y todos nos partimos de la risa.
En medio de la selva centroamericana, a punto de cruzar un río, para entrar por la frontera a uno de los países más violentos del mundo, y que un joven guatemalteco gritara que Díaz-Canel era un singao, era surrealista. Hispanoamérica en la casa.
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