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Opinión | Libertad y Mayoría. Los griegos antiguos

"Los derechos subjetivos en sí mismos funcionan como contrapesos al gobierno de la mayoría. Porque levantan, ante la voluntad mayoritaria, un número de restricciones que le permiten existir a la persona  sin convertirse en esclavo de la sociedad."

Los dioses giegos Poseidón y Apolo, representados en el friso este del Partenón de Atenas.
Los dioses giegos Poseidón y Apolo, representados en el friso este del Partenón de Atenas.

Los griegos antiguos fueron, que sepamos, los primeros que propusieron una clasificación realista de los sistemas sociopolíticos. En su Política, la obra cumbre de ese esfuerzo sistematizador, Aristóteles definió a la Democracia como el gobierno de la mayoría menos favorecida en cuanto a virtudes, habilidades, recursos y riqueza material. Por su parte, el gobierno aristocrático como el de los mejores, los aristoi, los pocos, y a la Monarquía como el de uno, del Monarca.

La clasificación aristotélica es, en verdad, más compleja. En ella se tienen estos tres: Democracia, Aristocracia, Monarquía, a un mismo nivel, como los funcionales y justos en dependencia de las circunstancias y el carácter de cada pueblo. A su vez se definen una serie de sistemas afines a cada uno de estos tres, cual degradaciones suyas. Por ejemplo: en el caso de la Monarquía, la Tiranía, y en el de la Aristocracia, la Oligarquía. Estas distinciones sutiles, sin embargo, no son importantes en este trabajo, sino lo que en la Grecia Antigua la Democracia no tenía como fin la persona humana, sino los menos favorecidos, los "de abajo".

Recreación medieval de la figura del filósofo griego Aristóteles (384-322 AC).
Recreación medieval de la figura del filósofo griego Aristóteles (384-322 AC).

Para los griegos lo que importaba era su sociedad, su ciudad, su polis, ya que solo murallas adentro sus ciudadanos podían existir; ya no como ciudadanos, sino incluso en el sentido más lato de la existencia. Afuera del recinto amurallado imperaban las fieras, los extranjeros, o simplemente los traficantes de esclavos, con su costumbre de esclavizar a cualquiera que les saliera al paso, en cualquier lugar solitario. La polis, como condición de existencia de la ciudadanía, y del griego convertido en ciudadano, era por lo tanto lo que importaba, y si su conservación implicaba sacrificar a parte de sus ciudadanos, así debía ser.

Democracia griega y cristianismo

Puede parecernos muy injusto desde nuestro punto de vista presente, pero teniendo en cuenta cómo hasta ese momento histórico los humanos habían vivido acosados como fieras, y que se viera como una más, anteponer su manada a sí mismo.

El giro copernicano fue la aparición del cristianismo en la Historia. Al creer en un Creador, lógicamente por encima de la Creación, que no obstante ha descendido hasta el nivel humano para sufrir nuestros mismos dolores, miedos, angustias, necesidades… y que lo ha hecho en pro, no del género humano o de algún "pueblo elegido", sino en el del destino personal de cada uno de nosotros. En semejante marco de creencias se hace imposible justificar el sacrificio de la persona humana, aun de la más insignificante de ellas, en razón de cualquier justificación que pueda ocurrírsenos a los humanos. 

¿Cómo pensar que en un mundo regido por un Dios, para el cual el destino personal de cada uno de nosotros es tan importante que lo ha llevado a experimentar la Cruz, con el fin de señalarnos el camino de la Salvación, no de imponérnoslo, uno solo de los destinos personales humanos pueda ser sacrificado a los intereses de la sociedad, de la manada?

Salvador Dalí: "Cristo de San Juan de la Cruz" (1954), detalle.
Salvador Dalí: "Cristo de San Juan de la Cruz" (1954), detalle.

La persona humana debe estar presta a servir a su prójimo, amándolo como a sí misma. Mas ello tiene que nacer de ella, nunca ser impuesto por quienes controlen la sociedad, así sea la absoluta mayoría de sus miembros. La sociedad debe imponer límites, restricciones, a lo incorrecto e injusto; pero no puede imponernos hacer lo correcto y lo justo, solo respetarnos como individuos para que podamos ejercer la libertad que el Creador de Todo nos ha concedido de hacerlo.

La Democracia griega y el cristianismo nunca se encontraron. Para cuando Jesús murió en la Cruz, las polis griegas ya no eran otra cosa que dependencias romanas, con casi nada de sus antiguos sistemas sociopolíticos funcionando a su interior. El cristianismo, en consecuencia, no pudo llevar a la Democracia griega la concepción de la inviolabilidad de la persona humana.                                                                                               

Centrado en lo social antes que en lo personal, la Democracia griega nunca persiguió la defensa de la persona y la búsqueda de su plenitud, sino que tomó por el camino de la reivindicación de "los de abajo", de los plebeyos ante la aristocracia; de lo que hoy en día suelen llamarse: 

"Sectores históricamente relegados, desempoderados". 

Y no es que no esté bien algo así; pero sin admitir la inviolabilidad de la persona humana, por muy buenas intenciones que se tengan, la Democracia se convierte inevitablemente en Dictadura de la Mayoría. No en balde quien condenó a Sócrates fue el gobierno del demos de su ciudad, la democracia ateniense.

Observemos que Marx, más entusiasta lector de Aristóteles que de Locke o Montesquieu, escribió alguna vez que su interpretación de lo humano en la sociedad no era otra que la de los griegos antiguos: que lo primordial es lo social, y que por lo tanto la mayoría tiene todo el derecho de someter a la minoría. En un final el que Marx, y tantos socialistas y comunistas decimonónicos, se vieran a sí mismos como los verdaderos demócratas, los verdaderos herederos de la concepción original de la democracia, no tiene por qué parecernos tan descabellado.

"Karl Marx" (2012). Fragmento.
"Karl Marx" (2012). Fragmento. | Imagen: Lázaro Saavedra

Tras la desaparición de la democracia griega, con el establecimiento del Imperio Romano, hubo en Occidente un largo milenio de sequía demócrata. No fue hasta el comienzo de la recuperación de las ciudades europeas, con el creciente comercio, que en los burgos medievales se repitió el experimento democrático. El cual terminó en lo mismo: la dictadura de la mayoría ejercida a su nombre por un Pericles reivindicador "de los de abajo", o por una asamblea de representantes, del tipo de los "Treinta Tiranos" atenienses.

El Renacimiento y la "continuidad" griega

Más tarde vino el Renacimiento de la antigua cultura greco-romana. En los siglos XVII y XVIII pensadores europeos que se veían a sí mismos como continuadores de los griegos, pero que no podían negar su herencia fundamentalmente cristiana, comenzaron a reflexionar sobre sus sociedades y a buscar soluciones políticas a los nuevos tiempos, tan diferentes de los antiguos. 

Pasado el entusiasmo inicial renacentista, que los llevaba a adoptar acríticamente lo griego o lo romano ante la realidad contemporánea de lo medieval, para ellos fue evidente que se bien se necesitar de nuevas formas de participación política, la Democracia, el sistema que se prestaba para sustituir a monarcas y aristócratas, necesitaba de reformas. Para estos pensadores el asunto no era abandonar la dictadura de uno, o de unos pocos, para ir a caer en la de la mayoría.

Este problema los llevó de nuevo a Aristóteles, quien había escrito que la Democracia no era, ni mucho menos, el sistema sociopolítico ideal. Por tal, Aristóteles había propuesto un sistema mixto o combinación de la Democracia, la Aristocracia y la Monarquía: la Politeia. Mas al escribir de tal solución no había especificado los modos, ni los medios, para constituir ese sistema mixto, necesariamente de diseño por legisladores a lo Licurgo, Solón o asambleas de ellos.

La solución encontrada por Montesquieu y Madison fue la de tomar la Democracia como base y agregarle un sistema de contrapesos y balances. No me referiré aquí a mecanismos como el de separación de poderes, tan bien conocido. En este trabajo solo nos interesan los derechos subjetivos, como forma de contrapeso y balance al poder de la mayoría.

Hay que volver atrás tres siglos. Mientras en Europa meridional se marchaba en pos de un renacimiento de la cultura greco-latina, Juan Duns Escoto enunciaba la existencia en el humano de unos derechos subjetivos, inmanentes a él como persona y no como parte de la Humanidad toda o de algún subconjunto de ella. Lo cual de ningún modo puede decirse sea un renacimiento, porque tales derechos nunca existieron en el mundo greco-latino.

Retrato del sacerdote, filósofo y teólogo irlandés Juan Duns Escoto (1266-1308) de Miguel Cabrera (s. XVIII).
Retrato del sacerdote, filósofo y teólogo irlandés Juan Duns Escoto (1266-1308) de Miguel Cabrera (s. XVIII).

Los derechos subjetivos en sí mismos funcionan como contrapesos al gobierno de la mayoría. Porque levantan, ante la voluntad mayoritaria, un número de restricciones que le permiten existir a la persona humana, sin convertirse en esclavo de la sociedad.

Estos derechos son un puñado. Solo mencionaré aquí el que nos interesa en este trabajo: el de la persona a pensar y opinar diferente del criterio mayoritario, y a tratar de convencer a otros de sus ideas. Este derecho funciona como un contrapeso al poder de la opinión mayoritaria. Esta, aunque se imponga en la votación, en un marco cultural favorable a dicho derecho no puede evitar que dentro de la sociedad se piense y opine abiertamente diferente de ella, y que quienes así lo hacen encuentren en los medios, los espacios, para intentar hacerla cambiar a su favor.

Sin embargo, el sistema sociopolítico mixto diseñado por Montesquieu y Madison ha seguido siendo visto por un mayoritario sector de la opinión pública como uno cuyo único fin sea el de empoderar a los "sectores históricamente excluidos", por encima de asegurar las condiciones mínimas de existencia de la persona humana. Cual una forma política que tras quitarle el poder a las aristocracias u oligarquías para entregárselo al "pueblo" se abre gradualmente a más y más grupos relegados por su género, su grupo racial, su elección sexual, etcétera. O sea, como un proceso pensado para incluir a más y más personas en la mayoría, con el fin de convertirnos a todos en parte de ella, de "la voluntad general", de la nación, de la clase, o "del poder del pueblo".

La cuestión ha estado en la insistencia en llamar Democracia a lo que en propiedad ya no lo era. Una elección que no fue gratuita, como veremos, y que respondía a la necesidad de conseguir el mayor apoyo posible para el sistema de diseño que se intentaba imponer a las poderosas fuerzas de la monarquía y las aristocracias. Una concesión costosa que comprometió desde su misma constitución al sistema mixto, la politeia o "poliarquía".

Democracia y derechos

Partamos de que la Democracia, el gobierno de la opinión mayoritaria, no adoptará por su propia voluntad los derechos al libre pensamiento y su libre expresión. Ambos derechos le han sido impuestos a la mayoría, a lo largo de la Historia, mediante triquiñuelas, pero también con una pizca de fuerza. En especial al insertarlos en medio de otra serie de "derechos" atractivos para la mayoría.

Entendamos que hay derechos que necesariamente limitan la omnipotencia de la mayoría. Estos crean las condiciones, además de para la existencia de la persona humana, para un potencial cambio copernicano de la opinión mayoritaria. Mientras que otros derechos fortalecen la actual opinión mayoritaria, al agregar a ella más masa humana mediante ligerísimas concesiones que no la cambian en esencia.

"Declaración de Independencia" de Estados Unidos (1819) de John Trumbull.
"Declaración de Independencia" de Estados Unidos (1819) de John Trumbull.

Esos primeros derechos, entre los que están los al libre pensamiento y a la libre expresión, nunca serían adoptados por una mayoría a la que se le permitiera entender las negativas consecuencias que para ellos tendría el aceptarlos, al socavar su poder presente. Mientras que los segundos, aunque algunos han enfrentado su oposición en algún momento, por razones de pureza racial, o sexual, o de jerarquía del hombre sobre la mujer, en principio no tienen por qué encontrarla de parte de una mayoría bien informada sobre ellos —y a la larga no la han encontrado.

Lo cierto es que si la opinión mayoritaria en las sociedades occidentales que más avanzaron en la constitución del sistema mixto apoyó dicho avance fue porque se dejó engatusar al llamarlo lo que no era: Democracia. Lo cual, cabe repetir, respondió al interés de los proponentes del nuevo sistema en conseguir un mínimo de apoyos en la instauración del mismo.

Esta solución, sin embargo, ha tenido como consecuencia que un sector mayoritario de la opinión haya creído por más de doscientos años, y crea todavía hoy, que el objetivo principal del sistema mixto es el de empoderar a cada vez más "humillados y ofendidos", hasta construir la utopía de una sociedad con una opinión absolutamente homogénea. Con lo que de manera evidente la politeia, la poliarquía —prefiero no usar "República", un término tan o más corrompido que el de Democracia—, ha quedado comprometida en cuanto a su capacidad de dar solución al problema para el cual se la diseñó: como si hubiéramos comprado un refrigerador para usarlo como armario —"escaparate" en cubano.

Una de las consecuencias de esa creencia ha sido: la de que a los derechos que en el sistema mixto le permitían a las personalidades independientes existir como entes sociales, se le han ido agregando toda una lista interminable de, derechos, pensados para atraer nuevos sectores a la mayoría. El asunto ha llegado tan lejos, hasta el ridículo de asignarle derechos a… ¡la Naturaleza! lo cual no es más que una concesión a los ecologistas, para subirlos al carro de la mayoría presente, y de su interpretación de la realidad.

Esta multitud de nuevos derechos, falsos al menos en cuanto a pertenecer a la persona humana, han sido aceptados a un mismo nivel que los derechos que impiden la dictadura de la mayoría. Incluso cabe decir que han sido jerarquizados por encima de ellos, cuando como al presente ciertos de esos derechos espurios han quedado por encima de cualquier cuestionamiento, por más fundamentado que se lo presente. 

Por ejemplo, el derecho de cada cual a ser tratado en relación a su sexualidad de la manera que a él o a ella le venga en gana, independientemente de la realidad biológica; o el "derecho" de ciertos grupos religiosos o étnicos "relegados históricamente" a ostentar comportamientos violentos o machistas, o a practicar crueles sacrificios animales, condenados sin embargo en el caso de los miembros de otras religiones o etnias "favorecidas".

De más está decir que el proceso de multiplicación de los derechos ha contado con el apoyo entusiasta de la mayoría, como respuesta natural que para ella implicó la imposición del sistema mixto fundamentado en la división de poderes, y en los derechos al libre pensamiento y pública expresión.

Mediante ese proceso se ha ahogado en medio de un océano de derechos grupales, sectoriales, a estos dos de la persona humana, tan importantes por demás para evitar la dictadura de la mayoría. De ese modo se ha retrocedido a un momento anterior a Montesquieu y Madison, los legisladores artífices del sistema mixto, a la Democracia prístina, la griega o de los burgos medievales.

El filósofo francés Montesquieu (1689-1755) y el político y presidente estadounidense James Madison (1751-1836).
El filósofo francés Montesquieu (1689-1755) y el político y presidente estadounidense James Madison (1751-1836).

Lo problemático con ese término, Democracia, es que también es lo reclam, y con mayor justicia, la tradición política que se opone a las libertades básicas de la persona humana, por disgregantes de la Mayoría, del Pueblo, de la Nación, de la Clase, y ahora con la globalización de la Humanidad. Por aquellos que sostienen que el proceso debe ser el de integración gradual a la mayoría de los diferentes grupos, tribus o clases que conforman la sociedad como sus unidades básicas —que para ellos no son las personas humanas. Mayoría así construida, por cierto, muy conveniente para ser manipulada por los demagogos que se proponen como sus voceros, con la intención de convertirse en tiranos "populares".

La solución debería ser el reconocer que el sistema sociopolítico que tenemos por el mejor entre todos los que hasta ahora hayamos podido concebir no es la Democracia, sino uno diseñado para solucionar los defectos de esta en el siglo XVIII. Mas ello es difícil. Construir el sistema mixto solo podía lograrse al pasar a un tiempo por sobre el poder de los monarcas, los aristócratas, y a su vez sobre la voluntad de la mayoría. Más exactamente al hacerle creer a los colonos ingleses de Norteamérica o al Tercer Estado francés que lo que se buscaba era permitir su dictadura. O sea, al evitar la dictadura de la mayoría a en apariencia proponenerla.

A tres siglos del diseño del sistema mixto el gradual desgaste de una serie de contrapesos, de diseño o culturales cristianos, y el empoderamiento del ciudadano mayoritario, retrotraen cada vez más a las sociedades occidentales, cristianas, a la Democracia pura, prístina, la de las polis griegas o de los burgos medievales.

En consecuencia, es más y más dificultoso ejercer uno de los mayores peligros para la existencia de esa Democracia: los derechos al libre pensamiento y a su libre expresión.

En todo caso, hay que reconocerlo, en eso que llamamos Democracia al presente hay mucha menos restricción a la libertad de pensamiento y de expresión que en las tiranías "democráticas" y "participativas" de Cuba y Venezuela. Pero el hecho es que las hay, y en aumento, y de ello han tomado nota en La Habana y Caracas, y han corrido a aprovecharse.

Si en los Estados Unidos mismos es aceptable censurar una red social o expulsar a un profesor de su Universidad por sus opiniones. ¿Por qué no hacerlo nosotros también acá?, se preguntan Maduro y Díaz-Canel. Lo que en realidad significa: ¿por qué no disfrazar ante el público occidental como una censura semejante, "justa", la que de siempre hemos hecho en sistemas sociopolíticos como el venezolano, o el cubano?

Claro, faltaría agregar para tanto desnortado que por ahí anda, que en dichos casos la censura no queda en cerrar el acceso a una red social por algunas semanas, o en destruir la reputación pública o en acosar en público. Al menos en Cuba llega hasta a enviarte a prisión por el delito de "Propaganda contra el orden constitucional", y no por seis meses, sino por entre tres y ocho años.

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José Gabriel Barrenechea

Foto de José Gabriel Barrenechea, revista cultural cubana independiente Árbol Invertido

Licenciado en Física. Graduado del Curso de Formación Literaria del Centro Onelio Jorge Cardoso y de Educación Sociopolítica por el Instituto Superior de Ciencias Religiosas a Distancia “San Agustín”, de la Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir. Coordinó y dirigió la revista Cuadernos de Pensamiento Plural, junto a Antonio Rodiles Cuadernos para la Transición, y con Henry Constantín La Rosa Blanca. Textos suyos han sido publicados en las revistas Conviviencia, Vitral, Voces, Otro Lunes, y en los diarios 14yMedio y Diario de Cuba. Actualmente es un preso político cubano. Encarcelado desde desde el 8-11-2024 por unirse a una manifestación pacífica junto a cientos de vecinos que protestaban por un apagón de 48 horas continuas.

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