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Estudios a fondo | Alexander Duguin y el conservadurismo ruso

"Autor discutido, como todos los que merecen horas de lectura, Alexander Duguin es uno de los intelectuales más importantes de nuestro tiempo, y desconocer su obra es privarse de una de las facetas destacables del pensamiento contemporáneo".

Alexander Duguin, filósofo, analista y estratega político ruso.
Alexander Duguin, filósofo, analista y estratega político ruso.

Alexander Duguin es visto desde el Establishment liberal globalista no como uno de sus principales enemigos en el campo intelectual, sino como el principal. Sus libros, aunque no están exactamente vetados en Occidente, como le dijera en una entrevista del año pasado a Tucker Carlson, si ha encontrado dificultades para su publicación y difusión en los EE.UU., y hasta es probable que durante el pasado período demócrata, por el simple hecho de comprarlos en Amazon, terminara uno en alguna de las listas negras de los servicios de inteligencia occidentales. 

Su obra y su vida personal enfrentan una coordinada campaña de descrédito. Para ello, desde el mundo académico ligado al pensamiento liberal globalista, se producen constantemente reseñas y artículos basados en simplificaciones e interpretaciones sesgadas de su palabra y pensamiento. Un buen ejemplo de lo dicho es la entrada dedicada a él, la cual hasta hace unos meses podía leerse en Wikipedia, y que en lo personal no le recomiendo a ningún lector, si busca con sinceridad una introducción a la vida y la obra de nuestro reseñado. 

Alexander Duguin nació en los años del deshielo de Jrushchov, y hacia finales de los ochenta era parte de la abigarrada disidencia soviética. Debe destacarse que en las disidencias de la URSS la preponderancia del pensamiento "único", liberal globalista, nunca llegó al nivel de importancia que ha tenido en cualquier época, entre las cubanas. 

A Duguin se lo puede definir como un anticapitalista cristiano conservador, con un alma incuestionablemente rusa.

Tengamos en cuenta, en primer lugar, que ese carácter hegemónico del pensamiento liberal, o mejor, neoliberal, lo ganó únicamente tras el colapso del mundo "soviético", centrado en Moscú, y alternativo al llamado "mundo libre", representado por Washington y Occidente. Así, si bien un sector de la disidencia soviética miraba hacia allí como su modelo político, económico, social, cultural… había otro, no menos importante, con sus raíces en el conservadurismo ruso, y del cual Solzhenitsyn se convirtió en su cabeza más visible fuera del mundo ruso, tras ser obligado a marchar al exilio. 

Por lo menos desde los tiempos de Pedro el Grande, Rusia se ha debatido entre seguir una evolución propia, o adoptar los modos, hábitos, costumbres, el pensamiento de Occidente. En el siglo XIX el panorama político y filosófico se dividía, a grandes rasgos, entre eslavófilos, quienes representaban la tendencia a la evolución autóctona y liberales, socialistas, utópicos o marxistas, anarquistas o incluso conservadores, pero de tendencias germanófilas, todos ellos con sus miradas puestas en la evolución del mundo al oeste de las fronteras del imperio Ruso. 

Porque no desperdiciemos la oportunidad de decirlo: al pensamiento socialista, al menos en su tendencia marxista, no puede afirmarse tenga un origen propio ruso. De ahí la respuesta de Marx a aquella conocida carta que se le enviara desde Rusia, en que se le preguntaba si el socialismo tenía posibilidades de establecerse en suelo rudo, a lo cual dijera que no. 

No obstante, el marxismo triunfó en el Imperio Ruso, gracias a la situación de crisis en que este se vio envuelto tras 3 años de Primera Guerra Mundial, y a la voluntad de un grupo muy politizado, encabezado por Lenin. 

Ante ello la tendencia autóctona, eslavista, cristiana ortodoxa y profundamente rusa, se enfrentó al nuevo régimen, universalista y ateo. Al menos hasta la ascensión al poder de Stalin, con su propuesta de Socialismo en un solo país, contraria a la idea de Lenin de que tal cosa era imposible. Recordemos que para Lenin, Trotsky, y toda la plana mayor del partido bolchevique, el socialismo solo podría establecerse tras una Revolución Mundial, que triunfara de manera indiscutible en las zonas desarrolladas de América y Europa. 

A partir de la llegada al poder de Stalin ocurrió una lenta aproximación entre eslavistas y nacionalistas rudos, de un lado, y al régimen socialista, del otro. Esta aproximación había comenzado desde que el régimen tuvo que conservar en sus puestos a un sector no desdeñable de la burocracia zarista, y alcanzó su punto máximo con la entrada de la URSS en la Segunda Guerra Mundial. 

Un conflicto existencial, al cual Stalin le dio un carácter nacionalista, en un esfuerzo por encender las fibras más profundas del pueblo ruso, en la defensa de su Patria. Sobre todo porque el enfoque inicial de presentar a la invasión alemana como una guerra entre Capitalismo y Socialismo le había dicho muy poco a la mayoría de los rusos, no muy conformes con el socialismo, al cual en sus primeros años solo podían asociar a una represión política no vista desde los tiempos de Iván el Terrible, y a las hambres de la guerra civil o la colectivización. 

Duguin es un crítico acérrimo del Transhumanismo, y de toda otra manipulación técnica del hombre que pretenda una supuesta mejoría suya mediante la alteración de su cuerpo y biología.

No es casual que uno de los primeros trabajos importantes de Alexander Duguin, un disidente al cual solo cabe calificar como representante de la vertiente nacionalista, fuera el de participar en la comisión que en los últimos años de la URSS tuvo acceso a los archivos soviéticos, para establecer las verdaderas consecuencias demográficas de la represión stalinista. Estudio en que se demostró que esa represión no había llegado a las cifras millonarias sostenidas por el mundo occidental desde la década de los 50, y que nada extrañamente nunca ha merecido la atención de los medios del Establishment global, o incluso del mundo académico occidental. 

Duguin fue al comienzo de la Transición uno de quienes pretendieron conducir al Socialismo Real en una dirección más auténticamente rusa que la tenida durante los años de la guerra, bajo la dirección de Stalin. No hacia el liberalismo y al Capitalismo, hacia donde terminó por conducir a Rusia la alianza de un sector del PCUS, y la disidencia liberal globalista. 

De las búsquedas intelectuales que él y otros emprendieron entonces nació el Nacional Bolchevismo, una simbiosis con el atractivo nacionalista del fascismo, muchísimo más efectivo en la movilización de la sociedad en un sentido y unos objetivos comunes, con la planificación centralizada y las políticas redistribucionistas y equitativas del Socialismo.

La cuarta teoría política: resistencia frente al Liberalismo 2.0 

Duguin, sin embargo, no permaneció mucho entre los promotores del Nacional-Bolchevismo, al cual no tardó en encontrar demasiado parecido al Nacional-Socialismo alemán, con sus perversiones racistas y eugenésicas. Hombre de fe ortodoxa, en una de las variantes más conservadoras de esa religión, descendiente intelectual de Dostoievsky, no podía más que terminar por descubrir a esa propuesta demasiado alejada de sus principios y valores. Pasa entonces al Eurasianismo, de cuya revivificación es el responsable máximo en la actualidad. 

Históricamente el Eurasianismo tiene su origen en un sector intelectual alemán, de entreguerras. Este proponía una alianza germano-rusa como forma de contrastar el poder global de los anglosajones. Dicha propuesta partía de una concepción diferente de la anglosajona de valores como la libertad, o de conceptos como el de la sociedad en general. Una concepción más propia de sociedades sin ninguna frontera natural que los proteja de invasores foráneos, como es el caso alemán, o ruso. 

Sociedades tan distintas de la británica o de la estadounidense, protegidas ambas por mares y océanos, o con vecinos que solo recientemente han llegado a tener una población comparable a las suyas (Canadá, y México, en esencia). 

En dicha concepción el Estado no es visto como el enemigo por antonomasia del individuo, a semejanza de entre los anglosajones, sino que es más bien su principal defensa ante otras sociedades y estados ajenos (si el estado stalinista es el responsable de la muerte de varios cientos de miles de represaliados políticos, la Alemania nacional-socialista que invadió a la URSS el 22 de junio de 1941 dejó en cambio 20 millones de muertos, y es incalculable el número que habría dejado su triunfo y consiguiente aplastamiento del estado soviético). 

A Duguin se lo puede definir como un anticapitalista cristiano conservador, con un alma incuestionablemente rusa. Su crítica va dirigida contra el Liberalismo 2.0, una ideología que al proponer la liberación del hombre de las tradiciones y en general de los condicionamientos biológicos y sociales, como la meta humana en sí, solo puede llevarlo al intento de liberarse de sí mismo, hasta desaparecer. 

Para Duguin el proceso es una continuación del que al inicio de la Modernidad Occidental llevó a la desaparición, del mundo percibido por el individuo occidental, de cualquier otro ente que no fueran las cosas materiales; en la presente etapa al convertirse el hombre mismo en otra cosa más, en una mercancía o hasta incluso en una máquina. 

Duguin, en consecuencia, es un crítico acérrimo del Transhumanismo, y de toda otra manipulación técnica del hombre que pretenda una supuesta mejoría suya mediante la alteración de su cuerpo y biología. Y claro está, también lo es de las ideologías de género que hoy han desplazado, o por lo menos eclipsan, en el discurso de las izquierdas, o las ideologías del trabajo.  

Su propuesta es la de que en Occidente, y en las zonas más influidas por él, las principales tendencias anti-liberales del siglo XX: socialismo y fascismo, encuentren la manera de articularse en una Cuarta Teoría Política, ante el avance del Liberalismo 2.0. Además de la de que en Occidente, y en le resto del mundo, las fuerzas ancestrales, autóctonas, conservadoras, según  las clasificaciones occidentales, abandonen la idea generalizada de la ineluctabilidad del liberalismo, y de sus conquistas, que hoy las domina, y salgan sin complejos a presentar y defender su interpretación y sus propuestas. 

La crítica de Duguin va dirigida contra el Liberalismo 2.0, una ideología que al proponer la liberación del hombre de las tradiciones y en general de los condicionamientos biológicos y sociales solo puede llevarlo al intento de liberarse de sí mismo, hasta desaparecer.

Para él no es por ahora importante lo que pueda suceder en un mundo que regresa a la diversidad cultural, y en que, por ejemplo, las concepciones presentes sobre los derechos humanos dejen de ser universales, y se admitan los particularismos de cada civilización al respecto, sino salirle al paso al Liberalismo 2.0, que amenaza la existencia del hombre mismo, no ya sus derechos. Ciertamente una posición peligrosa en grado sumo, que amenaza la existencia del propio debate intelectual, siempre y cuando no sea capaz de admitir las diferencias entre liberalismo, a secas, y el que el propio Duguin llama Liberalismo 2.0, algo que nos parece ocurre a menudo en el pensamiento de nuestro reseñado.  

Además de Julius Évola y Guenon, tan señalados por sus acérrimos críticos, las principales influencias del pensamiento occidental en Duguin son Lacan y Heidegger. Conceptos del último, como el «das sein», son centrales en su pensamiento. 

La crítica desde la Academia ligada al Establishment Liberal Globalista suele señalar el desconocimiento de la obra de una serie de autores a quienes no comparten sus posiciones ideológicas. Como es el caso de Duguin, al cual se lo cuestiona por su supuesta escasa preparación sociológica, o filosófica. 

Semejantes cuestionamientos se sustentan sobre la presunción de que la tradición de pensamiento sobre la que se erige el Liberalismo Globalista se ha nutrido de todas las fuentes intelectuales posibles, y que de ello nace su superioridad para explicar la realidad. 

La verdad, sin embargo, es muy diferente: como toda tradición, valga aquí la redundancia, humana, la liberal globalista se nutre de un número parcial de propuestas y autores, y hay mucho que prefiere obviar, o descalificar. Pedirle a un autor de una tradición sea especialista en las fuentes principales de otra no tiene sentido. Aceptamos tal idea como plausible porque damos por hecho que esa tradición es la única correcta. 

Sería interesante preguntarle a quienes usan ese cuestionamiento si a su vez conocen algunas de las no muy comunes fuentes de Duguin, sobre todo las del pensamiento filosófico y teológico muy particular ruso. 

Desafíos de la obra de Duguin en el mundo hispanohablante

La obra de Duguin es poco conocida en el mundo de habla hispana. Las traducciones suyas al español han sido hechas por programas informáticos, y para colmo de males desde traducciones previas al inglés. No es, por tanto, que sean de baja calidad, sino que son ilegibles. 

Esta circunstancia lo ha hecho un autor desconocido entre los hispanohablantes, a diferencia de entre los de habla inglesa, entre quienes tiene un público reducido, pero muy influyente. 

Autor discutido, como todos los que merecen unas horas de nuestras lecturas, Alexander Duguin es uno de los intelectuales más importantes de nuestro tiempo, y desconocer su obra es privarse de una de las facetas más destacables del pensamiento contemporáneo.      

 

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José Gabriel Barrenechea

Foto de José Gabriel Barrenechea, revista cultural cubana independiente Árbol Invertido

Licenciado en Física. Graduado del Curso de Formación Literaria del Centro Onelio Jorge Cardoso y de Educación Sociopolítica por el Instituto Superior de Ciencias Religiosas a Distancia “San Agustín”, de la Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir. Coordinó y dirigió la revista Cuadernos de Pensamiento Plural, junto a Antonio Rodiles Cuadernos para la Transición, y con Henry Constantín La Rosa Blanca. Textos suyos han sido publicados en las revistas Conviviencia, Vitral, Voces, Otro Lunes, y en los diarios 14yMedio y Diario de Cuba. Actualmente es un preso político cubano. Encarcelado desde desde el 8-11-2024 por unirse a una manifestación pacífica junto a cientos de vecinos que protestaban por un apagón de 48 horas continuas.

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