Espiritualidad | Venerable Varela: cristianismo y democracia

El Padre Félix Varela equilibra en su vida el fervor por la democracia y su irrefrenable vocación por la caridad cristiana. Rafael Almanza explora la trascendencia de estos valores para la Cuba actual.

Félix Varela
Padre Félix Varela (1788-1853).

Para el Padre Castor Álvarez Devesa.

I

Decenas de cubanos intentan entrar en la Plaza de San Pedro en Roma para hacer visible la dramática ausencia de democracia en Cuba y solicitar la ayuda del Papa, que debe estar celebrando el Ángelus, la oración dedicada a la Virgen, como cada domingo. Los manifestantes son impedidos de entrar al territorio del Estado Vaticano por una fuerza policial. El escándalo se extiende en la prensa y las redes: el Papa comunista rechaza recibir a los demócratas católicos y se solidariza con la dictadura. El Vaticano responde con sus razones. La manifestación política ha sido exitosa.

Mi interés está lejos de estudiar este acontecimiento. Carece de importancia y pronto será más o menos olvidado. Cualquiera comprende que el Papa no es comunista, aunque tampoco es trumpista como el jefe de los manifestantes, aunque solo sea porque el former president no es católico; y que si el Ángelus fuera a ser interrumpido por cada manifestación justiciera que ingresara en San Pedro, entonces habría que suspender los ritos definitivamente. Yo optaría, siendo católico, por suspender los ritos un año entero a fin de combatir la injusticia, pero probablemente sería un año perdido para la oración, y para la justicia también. Me extraña que, impedidos de entrar a San Pedro, los manifestantes no se arrodillaran en la calle a rezar el Ángelus, que es una oración muy breve. Al revés de lo que piensa el ateo, la oración es una necesidad para el creyente, nunca un entretenimiento, una pérdida de tiempo o un castigo: se vive de ella, sobre todo si se está intentado vivir en paz y con justicia. 

Por otro lado, la inconsecuencia de la Iglesia de Roma con la justicia de los pueblos es un hecho permanente en su historia, y sigue reproduciéndose en forma implacable hoy en día a nivel de los obispos, encargados de hacer sobrevivir a la Iglesia en un mundo hostil, no tanto de los sacerdotes y religiosos. Hay una tradición de falso indiferentismo político en la Iglesia, que oculta la colaboración con la política peor. Se supone que la Iglesia tiene que estar por encima de la política, o por lo menos a un lado, a fin de evitar contaminarse de impureza, y por ser divinamente superior. 

Ocurre que Dios se abajó en Cristo, y que Cristo estuvo siempre enfrentado al poder político y eclesial que lo persiguió y crucificó. Cuando la Iglesia pretende estar por encima de todos, o por encima de alguien, está por debajo del piso, muerta y enterrada, sepulcro blanqueado. A veces la Iglesia está por encima de la Iglesia, lo que ya parece humorismo. Recuerdo aquella homilía del cardenal Ortega en que nos recordaba, con su autoridad, que el Vaticano ha rechazado firmar la Declaración de los Derechos del Hombre, por lo que la problemática de los derechos humanos carece de importancia. En esa época el papa Benedicto, hablando al Reichstag, defendía esos derechos. El cardenal Juan declaró, y enseguida se arrepintió, su simpatía por un socialismo próspero y sustentable, con lo que se ponía por encima de la Doctrina Social de la Iglesia que reconoce a la democracia y la propiedad privada como el mejor régimen laico. Pero amplios sectores ultraconservadores católicos afirman que Benedicto, y con él los herederos del Concilio Vaticano II, han sucumbido al pensamiento liberal, que se habría infiltrado en la doctrina católica más pura, renunciado a las potencialidades transformadoras de Cristo. Francisco sería, pues, la culminación de ese proceso de confusiones y extravíos. El próximo cónclave enfrentará estas polémicas inevitablemente.

Cartografía de una crisis 

Existe pues una zona de fricción inocultable entre democracia y cristianismo, que resalta hoy en día cuando la idea de la democracia se encuentra en otra de sus crisis fundamentales en cualquier parte del mundo. Una característica de la democracia representativa consiste en generar esas crisis y resolverlas, mediante una ampliación de los derechos democráticos. Ocurrió, por ejemplo, cuando se estableció el sufragio universal masculino en los Estados Unidos, sustituyendo al sufragio censatario original, en la que solo votaban los ricos —porque el país rechazaba esos privilegios. Y cuando siglo y medio después se acordaron de que los negros eran ciudadanos, lo que le costó la vida al profeta Martín Lutero Rey Hijo. Pero la crisis actual de la idea de la democracia —que es la del autogobierno popular— trasciende las fronteras y los sistemas sociales y políticos. Imposible encontrar una solución común para estas angustias: pensemos en los países islámicos, cuyos presupuestos religiosos excluyen la libertad y la igualdad de las personas, que es la clave del autogobierno y una evidencia absoluta para los que descendemos de judíos, griegos, romanos y cristianos. 

En Occidente, a cuya periferia pertenecemos los cubanos, campea la idea democrática contemporánea, iniciada por los ingleses en 1215 y 1648 (la Carta Magna, la decapitación de un rey), y por las revoluciones francesa y norteamericana. Occidente, hasta ahora —y a pesar de la nave Vostok (Oriente) que colocó a Gagarin en órbita cuando yo cumplía cuatro años, y del himno chino El Oriente es Rojo, que no rige en Taiwán que está en el Este—, sigue liderando al mundo, mediante la superioridad tecnológica, económica y militar, y una ofensiva ideológica irresistible, supuestamente sostenida solo por esa superioridad, y en realidad de fácil victoria frente al fascismo, las dictaduras de cualquier variante, el autoritarismo, la religión a la fuerza, el oscurantismo y la miseria. 

Ahora bien, algunas de estas superioridades están siendo ya conquistadas por los dictadores chinos. La India es ambigua e impredecible, pues a pesar de ser la cuna de Occidente sigue encerrada en tradiciones para nada occidentales: genera la impresión de que su alianza con Occidente viene determinada por sus conflictos con Paquistán y China. En Japón se sigue venerando a los militares fascistas como si fueran héroes nacionales. África, tan variada, donde compiten islamismo y cristianismo, pasado y futuro igualmente difíciles, es un enigma. Rusia no quiere ser lo que es, un glorioso país occidental, y el resentimiento de su atraso, que debe a su propia miseria y para nada a factores externos, la condena a la vergüenza de seguir siendo una nación tercermundista con armas nucleares, sometida por un cínico dictador. El hecho de que este dictador se proclame cristianísimo —como su amigo Daniel Ortega, cuyas vallas publicitarias lo definen gobernando, literalmente, por la gracia de Dios, como Francisco Franco—, indica que la fricción entre cristianismo y democracia va más allá de una cuestión teórica: hay gente perseguida, hay gente presa, hay gente asesinada, hay naciones enteras condenadas por la confusión y el fraude.  

Falsos bandos, falsas claridades 

La fricción entre cristianismo y democracia ha sido cómodamente resuelta hace rato por la teoría de la izquierda y de la derecha occidentales. Según la izquierda, la democracia es una ruptura total con el orden medieval y cristiano, a pesar de que algunos curas pobres e ingenuos se prestaran, incluso ofrendando la vida, para la revolución liberadora. El cristianismo sería, en la palabra y en la práctica, la negación de cualquier realidad democrática, y solo puede esperarse de él, atraso perpetuo y conducta imperial. Les conviene permitir la Teología de la Liberación, que se ha visto que es útil para la liberación; y tranquilos, pues cuando se alcanza la liberación se extingue la teología. Se engaña al Papa, si es nefelibata, para lograr el éxito de nuevas revoluciones, porque las otras fracasaron hace siglos; pero sin ninguna concesión a la mentira, la represión sexual, el oscurantismo y el disparate anticientífico de los cristianos. Y ahí está la derecha cristiana para confirmarlo. 

Para la derecha, actualmente en alza, la democracia no sirve, porque el gobierno de la mayoría supone la entronización de la natural e insuperable estupidez de la plebe, que se la merece y con la cual carecemos de responsabilidad. Así lo sostiene públicamente Rand Paul, y cita a los Padres Fundadores estadounidenses. Es lo que decían los pensadores esotéricos de la época de Mussolini. La sección religiosa de esta derecha clama por un orden cristiano autoritario, en donde los homosexuales se curan voluntariamente de su perversión, las mujeres dejarán de abortar si se prohíbe el aborto, los negros siguen en su papel de no ciudadanos lo que permite que la policía se mantenga entrenada para enfrentar a la izquierda blanca, los ricos son los que producen la riqueza y es inmoral pedir que les den algo de los suyo a los perezosos pobres, el que no trabaja sin cesar no llega a rico y el que se mata trabajando tampoco, porque la franquicia ya está cerrada por los que están produciendo tanta opulencia disfrutable —y el mundo tiene que pertenecer a esos cristianos por la fuerza, porque los otros métodos demorarían mucho o le darían la victoria al bárbaro enemigo. Todo clarísimo, de uno y otro bando. Como un reflector sobre la cara. Cuando hay un exceso de claridad que no sea la del mediodía de Dios, ahí está el fraude. Karl Popper demostró que una teoría es científica si es falseable, es decir, si puede ser dis-probada. La búsqueda de la verdad reside lejos de los Constructos definitivos, armas para encerrar la mente y con esa esclavitud moverla hacia la violencia y el terror sobre los infieles de cualquier causa. 

Trampas de la izquierda y la derecha

Sin embargo, los hechos históricos se imponen, aun cuando los Constructos quieran ignorarlos. Después de veinte años de guerra se ha hundido en unos días el intento de crear una democracia en Afganistán. La izquierda habla de liberación contra los imperialistas yanquis (las feministas esta vez se callan). La derecha, que había que dejar las tropas ahí en forma indefinida, costara los muertos que costase. Cualquiera que ha visto alguna de las geniales películas del iraní Abbas Kiarostami piensa de otra manera. En El sabor de las cerezas, un sujeto busca desesperadamente ayuda para que cubran con tierra su cadáver después que se suicide (la salvación depende para él de esa costumbre funeraria). Nadie acepta, ni siquiera un monje. Lo escuchan, no más. Asombrosamente para un cristiano, nadie discute la voluntad del suicida, ni el monje. Nadie se siente llamado a defender su vida o su alma. En otro filme, una niña se pierde en la ciudad. Ni siquiera la policía se ocupa de ella: está destinada por Dios, o no, a encontrar el regreso a casa. 

En Occidente unas realidades de este tipo están ausentes del cine, porque serían inverosímiles. Kiarostami, sometido a censura, hablaba lo que podía, por demás. Los valores religiosos inculturados en los países islámicos, sean ortodoxos o no en relación con el Corán —y no es mi intención discutir esos valores aquí, porque ya hay cubanos musulmanes que son mis hermanos y a quienes debo defender como cubano y como cristiano—, al remitir toda la conducta humana exclusivamente a Dios, excluyen la libertad y la responsabilidad al menos en la forma en que son presupuestos indispensables de y para la democracia. La izquierda continuará en su afán de definiciones rupturistas y eras doradas a punto de nacer. Pero el desplome del Mundo Nuevo del comunismo constituye, para la persona instruida, solo un nuevo fracaso del milenarismo cristiano de los primeros siglos, luego rescatado en la Edad Media por la idea de la Tercera Iglesia de Joaquín de Fiore. Como ya vio Thomas Merton, el marxismo es un hijo directo del liberalismo. Marxistas y liberales creen, sin querer saberlo, lo mismo: que seremos felices cuando lo tengamos todo. ¿Estaríamos al fin tan satisfechos, con ese todo, en este mundo? Según el Apocalipsis, solo en el Milenio de los Santos, pero con algunas condiciones: ese Milenio lo hace Dios mismo, no el hombre, después de haber reconstruido el universo; y además se acaba también, después de una batalla de los Santos contra el Demonio sin la ayuda de Dios. Yo no quitaré una línea del Apocalipsis; y la pretensión de hacerle la competencia por parte de tantos falsos profetas se me antojaría divertida, por el homenaje que contiene a la doctrina que se quiere rechazar, si no fuera porque sigue siendo fuente de sufrimiento y horror en cualquier parte de este inhabitable mundo. 

La izquierda y la derecha occidentales se parecen muchísimo en la tarea de manipular y pervertir las esencias y previsiones del cristianismo. Porque vienen de él, pero no pueden con él. Nacieron en el orbe cristiano, criticaron y superaron muchas de sus miserias a costa de generar otras iguales o peores, ampliaron muchos de sus ofrecimientos en relación con la libertad, la igualdad, la solidaridad y la riqueza social, pero se quedan por debajo de Cristo todo el tiempo, necesariamente. Siempre estaremos por debajo de Cristo, porque Él se lanza a lavarnos los pies. Pero si queremos democracia, esto es, un autogobierno humano un poco menos salvaje que el que ahora padecemos en todas partes, habría que aceptar esas evidencias: la democracia surgió del orbe cristiano, es una consecuencia del cristianismo, y no va a sobrevivir sin él. Y si no sobrevive, la alternativa no es regresar a la Cristiandad, que tampoco era un régimen de tinieblas como imaginó la Ilustración, sino sumergirnos en la anarquía, el terror, las guerras mundiales y los totalitarismos.

¿Y cómo nos va a los cubanos, en esta orilla de Occidente empeñada en construir el Milenio de los Pecadores, con esta mezcladora de disparates mentales y circunstancias de pánico?

¿Seguiremos fieles a las momias rusas, aunque con versiones más ligeras que las de un mausoleo?

¿Cultivaremos el socialismo con sabor de mercado, después de habernos reído toda una vida de los pobres nativos del imperio de la acupuntura y la pólvora?

¿O qué les parece una peluca de los ateos de Virginia, con espadón y carroza, ya que el bombín de Martí resulta incómodo para bailar el reguetón?

II

VOCES AFUERA: ¡Mueran los godos! ¡Vivan los mulatos! 

CURA PIÑERES: ¿Lo escucha, Excelencia? ¡Nos vienen a matar!

CAPITÁN GENERAL KINDELÁN: Son unos muchachos exaltados, reverendo.

CURA PIÑERES: Más bien unos negros que cantan música de negros y que nos van a acabar porque son la mayoría, y con mucho. Excelencia, métales las tropas. O saque a la gente nuestra con los palos en la mano, antes que sea demasiado tarde.

RAFAEL GATICA: Que hace un rato estaban gritando: ¡Vivan los godos, mueran los mulatos!

CAPITÁN GENERAL: Con todo respeto, reverendo, pero yo me debo a la Constitución de Su Majestad y a las prerrogativas de la ley. Mi deber es garantizar las elecciones a Cortes, de la que usted mismo es candidato. 

CURA PIÑERES: ¡Su Majestad está preso y la Constitución es un engendro de herejes, infidentes y admiradores de los yanquis! 

RAFAEL GATICA: La Constitución rige como el rey.

CURA PIÑERES: Sí, rige en lugar del rey, de la persona ungida por Dios, que está por encima de todos. Y usted ha estado oyendo las prédicas del curita traidor del Seminario. Tanta gente asomándose por las ventanas, a ver si escucha una abominación más. Pervirtiendo a la gente tranquila del pueblo con ideas extranjeras, francesas, norteamericanas, hijos todos del demonio.

CAPITÁN GENERAL: Reverendo, el curita hace lo que le manda el obispo de usted. 

CURA PIÑERES: Todo el mundo sabe que monseñor Espada está al servicio de la francmasonería mundial. Ya le llegará su turno.

RAFAEL GATICA: Usted detesta al padre Varela porque es su rival en las urnas y sabemos que le va a ganar. 

CURA PIÑERES: ¡A mí no me gana nadie! 

RAFAEL GATICA: Excelencia, este ciudadano está llamando a la subversión.

CURA PIÑERES: ¡Cállate, perro! O mejor: ¡gatica!

(Gatica y Piñeres se van a las manos. Kindelán intenta detenerlos).

III

No, no se trata de una escena de El desafío, el drama de Félix Varela que se representó durante años por sus discípulos del Seminario San Carlos y que se ha perdido —si es que se ha buscado. He querido recrear el suceso del año 1822 referido en la Historia de Cuba de Carlos Márquez Sterling, porque cuando se leen los textos de Varela anteriores a su diputación a Cortes, admiramos la majestuosa serenidad de sus conceptos, y llegamos a imaginar que aquellas elecciones fueron un trámite tranquilo, perfecto, tal vez aburrido, como propio de una época lenta, ordenada y católica. En su homilía para convocar al pueblo a las elecciones, Varela insiste, con el Antiguo Testamento en la mano, en la necesidad de la paz y la verdad. Pero la paz del patio del Seminario, donde el joven sacerdote hablaba en latín con sus discípulos, estaba ausente de las convulsionadas calles habaneras. 

Y para la reacción española y criolla, desconcertada por ser la Metrópoli misma quien organizaba una democracia infame —una monarquía constitucional mediocre, que duró lo que el merengue—, la verdad era un asunto de segundo orden. Había que exterminar con la violencia y la mentira a los traidores, que estaban en mayoría incluso entre los privilegiados con derecho al voto, como lo demostró la elección de Varela. El mismo Kindelán terminó herido en la reyerta entre Gatica y Piñeres. Varela acudió a las Cortes y presentó unos proyectos audaces y razonables basados en la paz y la verdad. Lo escucharon apenas, inaugurando la sordera parlamentaria que a la larga le va a costar a España el imperio. Los legisladores se dedicaron tenazmente a la desunión y a última hora depusieron al rey, con el voto de Varela por cierto, aunque él ya había entendido que los parlamentarios eran tan brutos como el monarca. La reacción francesa entró con sus tropas y restauró la monarquía absoluta. La Constitución fue derogada y los legisladores condenados a muerte. Varela escapó a los Estados Unidos. Supongo que Piñeres dijo entonces: ¿lo ven? Ahí es donde tenía que estar.

Vida en silencio y a la sombra

La entera vida de Varela fue un desafío. Varón de una familia de militares de rango, decidió ser Soldado de Cristo para salvar almas. Magistral en las gracias de la escolástica, combatió el escolasticismo en ruinas y difundió la manera científica de pensar, las ciencias y la tecnología. Miembro juvenil de la aristocracia local pensante, promovió el gobierno popular con la bendición del obispo Espada, llamó al pueblo a las elecciones de 1812 en una importante homilía, y fue electo diputado en 1822. En las Cortes desafió a los liberales haciéndoles ver que no lo eran para el caso cubano, como luego harían Saco y Martí. Desafió al rey y a los Cien Mil Hijos de San Luis —Dios mío— votando la destitución del incapaz, hipócrita y crudelísimo monarca. Desafió al imperio español como defensor de la independencia de Cuba, y a los sacarócratas por su plan para la abolición de la esclavitud. Promovió la ciencia y la técnica, para escándalo de falsos contemplativos. 

En Nueva York enfrentó a los protestantes que acuchillaban a los católicos; y a los insensibles, cuidando de las prostitutas y los pobres. Desafió a sus discípulos presentándoles la intolerancia yanqui patente en el incendio de un monasterio con monjas y niñas que resultaron achicharradas, solo por ser papistas, es decir, católicas. Los discípulos rechazaron este desafío a sus cómodas convicciones ideológicas y Varela, entristecido, renunció a escribir el tercer tomo de las Cartas a Elpidio, que debía dedicar al fanatismo: ese terrible silencio sigue desafiándonos al denunciar para siempre nuestra desgracia fundamental. Desafió, y defendió, a su propia Iglesia conversando y debatiendo con los protestantes, que le decían muy risueños: Varela, te van a botar. Renunció a la gloria literaria publicando en forma anónima su novela Jicoténcalt, la primera en Cuba, la primera de tema histórico en Iberoamérica, la primera de tema indigenista, hoy en día de moda en los medios académicos. Desafió a Spinoza y a Hegel, destruyendo sus tesis fundamentales de un solo plumazo. Ignoró a la triste seriedad decimonónica con sus carcajadas y chistes, porque, como buen sacerdote, era Félix: feliz. Enfrentó a la policía colonial difundiendo en la Isla su revista subversiva El Habanero, y venció la amenaza de un asesino a sueldo, detenido a tiempo por sus fieles. Desafió la riqueza norteamericana trabajando y muriendo en la pobreza. Desafió a sus pulmones asmáticos viviendo en clima de nevera, hasta que empezó a semejar suicidio. Desafió la nevada de Nueva York quitándose su único abrigo para amparar a la vieja desconocida que pasaba por la calle temblando frente a él.

¿Qué iba a hacer? Era un Soldado de Cristo.

Genio y caridad en llamas

No se entenderá a Varela sin aceptar lo evidente: que se trata de un sacerdote, no de un filósofo, un ideólogo o un político. Varela hace filosofía, teología y política, pero como funciones de su oficio de sacerdote. Nunca al margen de esa condición, ni contra el oficio. Abundan en la historia de la Iglesia esas proyecciones y semejante integridad, pero no por eso deja de ser extraordinario, y más en una pequeña y despoblada colonia española repleta de negros esclavos y blancos analfabetos. Por esta calidad de genio debiera ser evaluado Varela, si es que se le estima de veras. 

Desde luego, si usted opina que ser sacerdote es lo último, una profesión tan equivocada y miserable que a lo sumo se puede tolerar por lástima, entonces hay que empezar a buscarle al famoso cura unos méritos fuera de su vocación, o mejor: en contra. Y como la propia Iglesia que peregrina en Cuba marginó y luego ignoró a Varela en esa integridad creadora, de manera que su actitud política y su dimensión intelectual fueron reconocidas solo por la admiración ciudadana, a menudo fracturando y desvirtuando su personalidad, entonces cómo asombrarnos de que se le conciba habitualmente como una suerte de cura honesto, es decir, como un cura imposible, disidente o no cura, capaz de defender la independencia personal y de pensamiento, la filosofía, la ciencia, la tecnología, la democracia, y cuantas bondades modernas estarían fuera y en contra del cristianismo. 

En el proceso de canonización los textos de Varela han sido sometidos a escrutinio a fin de encontrar la pifia, el gazapo, la masonería subrepticia, el disparate teológico, pero qué va, este hombre murió proclamando su fe en Cristo Jesús frente a la hostia consagrada. 

Por otro lado, los cubanos vemos a Varela casi exclusivamente en su dimensión intelectual y política. Para los norteamericanos es el sacerdote que en Nueva York cuidó, defendió, instruyó y salvó a los pobres, a los marginados, a las prostitutas; el que visitó un hospital día a día, sin faltar, para auxiliar a los enfermos, único sacerdote católico al que se le permitía ahí ese deber cristiano. Varela quedó cada día más absorto en esas funciones de la caridad sacerdotal, y de las que le tocaban como Vicario, segundo hombre formal de la por entonces pequeña Iglesia Católica norteamericana; cada vez más lejos de la actividad intelectual y de la política. Varela sacrificó su genio en aras de la caridad. Pero este sacrificio nos da la clave de su obra: cuanto hizo, pensó, escribió y defendió era lealtad a Dios y por lo tanto caridad en llamas. 

Opciones de Varela

Con estos fundamentos el genio de Varela va a efectuar unas operaciones intelectuales de altísimo nivel, especialmente en relación con las circunstancias del mundo moderno. Criado en el atraso español de Cuba y la Florida, y devoto de una Iglesia cuyos jefes se oponían a cualquier modernidad, hubiera prosperado como ideólogo de un catolicismo tranquilo y sabio, en el aire como griego del Seminario San Carlos. Hoy estaríamos leyendo sus tomos de teología contundente escritos en soberano latín. Lo que pasa es que para entrar al Seminario había que caminar por una Habana repleta de seres humanos convertidos en mercancías, y de unos mercaderes insolentes sin la menor relación con Cristo. 

El joven cristiano dice: no. Ya sabe que hay otro mundo donde aquellas abominaciones, al menos, se excluyen. Y allí mismo, en esa clase de privilegiados a la que pertenece de alguna manera, hay muchos que quieren excluirlas. En algún momento relatará que por entonces, a principios del XIX, el cubano culto decía en su casa lo que le daba la gana. Se estaba aún en el período del Despotismo Ilustrado, que se convertiría, ante sus ojos, en el más indocto de los despotismos, pero todavía cada propietario opina y conversa en su finca o casona con sinceridad. Ese ambiente fue el que propició la primera conspiración independentista, la del hacendado habanero Román de la Luz en 1810, que nos dará nuestro primer proyecto constitucional, el de Joaquín Infante. Varela, obediente a los reclamos de la realidad como cristiano leal, rechaza la injusticia inveterada y se suma a la civilización hispanocubana naciente. Él dirá luego que desde el principio lo hizo como americano: como amigo de la libertad. 

Por eso, cuando el obispo Espada lo designa como profesor de Derecho Constitucional, empieza a defender públicamente lo que ama. La Constitución de Infante fue publicada en Venezuela en 1811 y pasó inadvertida para los cubanos durante décadas: hoy sigue siendo poco conocida, excepto entre historiadores y juristas. Varela, que con seguridad tampoco la conocía, recibe la tarea de explicar la Constitución que la metrópoli había creado para sí misma y dizque para las colonias en 1812, y que vuelve a regir después de un período de seis años de reacción política. La juventud culta habanera está ilusionada. Hay una posibilidad de pasar a un régimen mucho mejor sin violencia, por medios civilizados. Incluso respetando la figura del rey. España ha optado por ser Gran Bretaña, lo que queríamos. De esta manera pacifista y decente, y enfrentado a la indecencia y la violencia del adversario, Varela se convierte en el primer teórico y defensor público de la democracia en Cuba.

La doctrina de la libertad

Varela pudo explicar el texto constitucional según su contenido jurídico, artículo por artículo, y nada más. Pero decide exponer sus fundamentos. No es cualquier maniobra. Desde el punto de vista teórico, así debía hacerse. También por la intención política práctica, pues el adversario criticaría este u otro elemento como inválido según algún principio conocido, respetable y conservable; y había que preparar el cumplimiento de la Constitución mediante su conocimiento detallado y la comprensión de su espíritu. Varela se lanza a exponer los fundamentos teóricos de la Constitución, la doctrina de la soberanía popular, y de esa manera pone su pensamiento y su prédica por encima del día: la Constitución de 1812, muy avanzada para la España y aun para la Europa de entonces, no le limita: sabe que si no es la obra más perfecta del entendimiento humano, al menos es la mejor que conocemos en su clase, y el fruto más sazonado que podía prometerse la España en aquellas circunstancias históricas, y su labor es la cátedra de la libertad, de los derechos del hombre, de las garantías nacionales…, como expone en el discurso de inauguración ante sus 193 alumnos (más los que escuchaban y miraban por las ventanas). He aquí el programa del profesor de treinta y un años de edad, en un aula del Seminario San Carlos en la increíble fecha de 1820:

Expondremos con exactitud lo que se entiende por Constitución política, y su diferencia del Código civil y de la Política general, sus fundamentos, lo que propiamente le pertenece, y lo que es extraño a su naturaleza, el origen y constitutivo de la soberanía, sus diversas formas en el pacto social, la división y el equilibrio de los poderes, la naturaleza del gobierno representativo, y los diversos sistemas de elecciones, la iniciativa y sanción de las leyes, la diferencia entre el veto absoluto y temporal, y los efectos de ambos, la verdadera naturaleza de la libertad nacional e individual, y cuáles son los límites de cada una de ellas, la distinción entre derechos y garantías, así como entre derechos políticos y civiles, la armonía entre la fuerza física protectora de la ley, y la fuerza moral.

Ideas semejantes habían engendrado la Constitución independentista de Joaquín Infante diez años atrás. Que no pasó de ser un documento editado en el extranjero. De las ideas de Aponte sabemos poco y en todo caso se quedaron en el martirio de los conspiradores. Por primera vez en Cuba, con el presbítero Varela, un hombre público defiende y propaga las ideas de la soberanía popular. Iniciador de tanto y tanto en nuestro país y en América, Félix Varela, fundador de la nación cubana, es el primer demócrata cubano. En la práctica, como propagandista y político electo. En la teoría, por la riqueza y la precisión de sus argumentaciones. 

De esa riqueza vamos a ocuparnos enseguida, pero advirtamos estas otras cualidades: como propagandista, Varela comenzó a formar ciudadanos que lucharon por la soberanía popular, reformistas e independentistas; los reformistas lo orillaron y luego fracasaron; los independentistas como él crearon la nación democrática en Guáimaro. Como político electo, luchó por las libertades cubanas y españolas, y el fracaso de ese noble esfuerzo le permitió deshacerse de la idea de la autonomía y convertirse en independentista irreductible. Pero al definirse como independentista, Varela daba un paso adelante por encima de los artículos de la Constitución de 1812, que establecía una monarquía constitucional: Varela es ahora, implícitamente, republicano. De hecho, vivirá sin quejas en la república norteamericana. 

Al dar ese paso Varela está siendo perfectamente coherente con lo que había anunciado en San Carlos de La Habana: la suya era la cátedra de la libertad, de los derechos del hombre, de las garantías nacionales, más acá de un texto constitucional concreto. Los liberales españoles habían optado, con moderación y sentido práctico, por conservar el Poder Regio, que Varela explicó en su cátedra. Pero el patriota cubano acaba deshaciéndose de esa antigualla sin ninguna función en una república antillana. Esta decisión ulterior hay que tenerla siempre presente cuando se estudian los textos de 1820, pues Varela no volverá a ocuparse con detenimiento de la teoría de la soberanía popular por el resto de su vida. Y eso también es importante: Varela no es un catedrático ni un teórico. Tampoco es un político empeñado en una ideología, ni siquiera en sus deseos o previsiones más certeras y queridas. 

Luchó por la autonomía porque le parecía buena y útil en ese momento. Y lo era, aunque imposible por culpa de la estupidez española. Trabajó por la abolición gradual de la esclavitud, aunque quería la libertad total para todos. No era un dómine, porque tenía un Señor. Era un sacerdote sirviendo a su gente en la historia real e inmediata. Cuando para servir a su gente tiene que defender con toda su maravillosa inteligencia una teoría política que sabe buena y útil, la defiende. Cuando Dios le manda, a través de su obispo y de la votación ciudadana, a practicar esa teoría política, la practica sin miedo. Luego tendrá que ocuparse de pobres, prostitutas y marginados. Y él mismo termina en la miseria y marginado por los suyos. Es el ejercicio de su condición de cristiano, en el exigente nivel del sacerdocio, lo que convierte a Varela en un líder de la democracia iberoamericana. El cristianismo es el culpable de la democracia de Varela, gracias a Dios.

Alma de fundador

Sospecharíamos pues que el cura, a fin de servir a su gente en su tiempo, se limitaba a la difusión del pensamiento liberal en una colonia despoblada —y a practicarlo. Siendo así y no más, el mérito ya es grande. En ese discurso Varela celebra ese texto, que por primera vez ha conciliado entre nosotros las leyes con la Filosofía, que es decir, las ha hecho leyes: una definición importante para este catedrático de filosofía y teología: las leyes son leyes no porque se promulguen, sino cuando están sustentadas filosóficamente. Nada de cháchara ideológica, de criterios por la libre porque nos convienen. La cátedra de la Constitución contiene al fanático y déspota, estableciendo y conservando la Religión Santa y el sabio Gobierno. La Constitución de 1812 en efecto establecía el carácter católico del Estado, pero cuatro años después Varela se instalará en la república yanqui, un Estado laico aunque de mayoría protestante hostil al catolicismo, sin que haya manifestado un rechazo al carácter no confesional del Estado. Estos conceptos nos describen en verdad la amplitud, integridad y destino del pensamiento vareliano: teología, filosofía y doctrina política quedan relacionadas: la fe de la verdad y la verdad de la libertad constituyen la base del buen gobierno tanto como de la religión verdadera. 

Lejos de encontrar una contradicción intraspasable entre la fe y la libertad, Varela las hace coincidir. Confiaba en que el orden constitucional asimilaba la realidad contemporánea, el progreso de los conocimientos humanos y el distinto aspecto que el tiempo ha dado a la política como a todas las cosas, como afirma en el discurso, y también que los españoles del siglo XIX, sus oyentes, por un instinto, fruto de los tiempos, saben distinguir estos bienes de la libertad y los derechos del hombre. Estos elogios a las inspiraciones de su tiempo histórico parecieran situarnos nuevamente en un Varela al día, actualizador en la colonia cubana del pensamiento liberal corriente entonces. El vínculo entre filosofía y teoría política era uno de los caballos de batalla de la Ilustración. 

Varela, a no dudar, es un discípulo de la Ilustración en muchísimos buenos aspectos, y su personalidad intelectual desciende en línea recta del Siglo de las Luces, que ya había creado interesantes autores en España, México y Sudamérica y que siguen siendo poco conocidos entre nosotros. Yo diría que, como resultado de la pobreza y el atraso de la colonia cubana, Varela va detrás, históricamente, de esos autores, impulsando aquí unas batallas —la lucha contra el escolasticismo y la difusión de las ciencias, por ejemplo— que ya habían empezado en el Imperio. 

Varios de aquellos autores —José Rafael Campoy, Francisco Javier Clavijero, Andrés de Guevara, los tres de Nueva España— eran sacerdotes jesuitas: en ellos las ideas ilustradas y las cristianas resultaban compatibles. Llegar después, sin embargo, puede ser una ventaja, sobre todo si hay genio y santidad ayudando. Ninguno de esos autores fundó una nación en la historia, ni han dejado una impronta tan profunda en la religiosidad, la cultura y la política de un país, como es el caso del Venerable Varela. Para muchos intelectuales la confluencia de cristianismo y liberalismo en unos sacerdotes latinos queda determinada, y agotada, en el atraso social de sus pagos. Al alcanzarse el orden liberal, el cristianismo sobra. Y para los conservadores católicos de hoy en día, incluso Benedicto XVI, por no hablar de Francisco, resulta un infiltrado por ideas ajenas a la Tradición y a la Biblia. 

Sociedades más que individuos

Veamos, con la peligrosa brevedad que exige este medio, un aspecto medular en esta discutida confluencia: la doctrina del Contrato Social. Enseguida nos viene a la mente el libro de Rousseau, pero basta recordar a John Locke para darnos cuenta que hay más de una formulación anterior de la doctrina, de inevitable insurgencia ya en el siglo XVII, cuando la monarquía absoluta europea, nunca demasiado útil, ha acabado por asfixiar y humillar a los súbditos todos y ha arruinado a medio mundo. Esas monarquías se apoyaban en la consigna medieval del rey por mandato divino, encargado de gobernar como vicario de Dios. Ya nadie creía eso, habida cuenta de los irresponsables, ladrones, asesinos, locos y payasos que habían pasado por los tronos europeos durante siglos. Locke, muy en armonía con la decapitación del monarca inglés, ve al rey solo como el poder ejecutivo necesitado de un parlamento, la monarquía constitucional que saldría del acuerdo libre de los gobernados. Con él aparece claramente la idea del poder político como un pacto entre los individuos, para lo que se erige la concepción de que en algún momento histórico los humanos renunciaron a sus libertades individuales y absolutas para disfrutar de las ventajas de la socialidad, que exigía unos deberes y unos límites. Rousseau hace la versión continental de esa doctrina, magnificada por el escándalo de la Revolución Francesa que la toma como bandera. 

Hoy resulta edificante, y hasta divertido, comprobar cómo unas inteligencias tan poderosas —Locke, muy por encima de Rousseau— nunca explicaran dónde y cuándo habían existido esos indígenas aislados y libérrimos en las selvas originales. Marx lo llamaba la robinsonada. Pero el poder de la ideología consiste en creer lo que a uno le conviene creer, sea comprobable o no. La gente culta posterior al Barroco pensaba siempre en términos de individuo, no de sociedad. Sin embargo, la tarea de derrocar la monarquía absoluta era de carácter social, como también la creación de un nuevo orden. De manera que la doctrina del pacto o contrato social se expande por Occidente, con plena justicia histórica. Lo que está surgiendo, intereses y disparates aparte, es nada menos que la posibilidad del gobierno popular, cuya herencia gloriosa, y a menudo extraviada o trágica, seguimos viviendo hoy. 

La defensa de la Constitución obligaba a Varela a entrar en el asunto del pacto social. No usa el término contrato sino para sus contenidos jurídicos habituales —contrato de matrimonio o comercial, por ejemplo—; y para el asunto de la soberanía emplea repetidamente el de pacto. Ya hemos visto en la cita anterior que debió abordar el origen y constitutivo de la soberanía, sus diversas formas en el pacto social

En sus Observaciones sobre la constitución política de la monarquía española, de 1821, que es el texto que escribe para la cátedra de Constitución, rechaza explícitamente la robinsonada, la pretensión de un tiempo quimérico en que existían los hombres en las selvas a manera de las bestias, y que después se hayan reunido por medio de la palabra. Sabemos bien cuál es el origen del género humano, y que desde los primeros tiempos las sociedades, aunque cortas, fueron perfectas, y que en ellas el padre de familias ejercía una autoridad, fundada en los vínculos de la misma naturaleza. Aunque hoy tengamos más información sobre las sociedades primitivas, lo cierto es que Varela defiende la socialidad del hombre sobre el individualismo imaginario de unos cuantos pensadores ilustrados. Ya en los Elencos de 1816 el joven catedrático había establecido que: El hombre por su naturaleza es sociable, y deben tenerse por unos delirios los pensamientos de algunos filósofos que han creído que el estado verdadero del hombre, es estar fuera de la sociedad. Y por eso: Toda sociedad perfecta es el resultado de un pacto que ningún privado puede disolverlo. Interesante: Varela pone una nota al pie de esas reflexiones: De ningún modo entraremos en cuestiones políticas de gobiernos, ni de cosa alguna que tenga relación estrecha con nuestras leyes fundamentales y derechos del soberano, y así suplico a todas las personas que quieran hacerme el favor de contribuir al examen de mis discípulos, que omitan semejantes preguntas, no extrañando en todo caso que yo les mande no contestar cosa alguna en estos puntos. —F. V

Aún no rige de nuevo la Constitución de 1812, y hay que decir las verdades con cuidado, sin dejarse provocar por el adversario. Años después, habiendo fracasado el Trienio Liberal, en “Tranquilidad de la isla de Cuba”, artículo de El Habanero, escribirá desenfadadamente: Todo pacto social no es más que la renuncia de una parte de la libertad individual para sacar mayores ventajas de la protección del cuerpo social, y el gobierno es un medio de conseguirlas. Ningún gobierno tiene derechos. Los tiene sí el pueblo, para variarlo cuando él se convierta en medio de ruina, en vez de serlo de prosperidad. Ahora bien, erraríamos si pretendiéramos asociar el pensamiento de Varela sobre la soberanía popular solo a una variante razonable de las doctrinas políticas emergentes en su tiempo. Las lecciones de su tiempo histórico le convencen y convocan, pero no procede de ellas ni se dirige a los mismos fines. Otra vez: es un sacerdote católico, y un sacerdote especialmente comprometido no solo con su fe, sino con la cultura de su fe, con la creación intelectual de los creyentes que le han precedido, y de la que se considera, con justicia, parte y prolongación apasionada. En las Cartas a Elpidio hará esta declaración fuerte:

Todas las máximas de los pueblos libres, todas las doctrinas de civilización han sido enseñadas por los Padres y se hallan en esos mamotretos que condenan sin haber leído. Temblarían los déspotas, mi amado Elpidio, si pudieran ponerse en la mano de los pueblos las páginas en que sin consideración ni rebozo se les acusa y condena por hombres a quienes la Iglesia ha declarado santos, y a quienes la más astuta malicia no ha podido negar el mérito de la virtud más acendrada; por hombres que fueron la admiración de su siglo y son ahora el desprecio de los necios que se han abrogado el título de filósofos.

Sigue entonces, en las Cartas…, unas citas de Santo Tomás. Combatiente contra los vicios de la escolástica, Varela admiraba, críticamente, a su representante mayor. Y de él escoge estas definiciones prodigiosas:

la mejor institución de los príncipes en una ciudad o reino, es cuando uno manda según la virtud y bajo él mandan otros, también según la virtud; y, sin embargo, este principado pertenece a todos, porque todos pueden elegir y ser electos. Tal es todo cuerpo político mixto de reino en cuanto a que uno manda, de aristocracia en cuanto a que muchos mandan según la virtud, y de democracia, esto es, de la potestad del pueblo, en cuanto a que de los individuos del pueblo se pueden elegir los príncipes, y porque al pueblo pertenece elegirlos. Esto fue establecido por la ley divina.

La potestad del pueblo, la soberanía popular, la democracia, está pues prevista y recomendada por uno de los mayores teólogos cristianos, que había sido ya proclamado Doctor de la Iglesia en 1567. Cuando la oficial Doctrina Social de la Iglesia establece la democracia como la mejor manera de gobierno, está empezando a regresar, aunque solo eso, a Santo Tomás. Varela recoge los conceptos del Ángel de las Escuelas contra el despotismo y la tiranía: Oye la respuesta, Elpidio, y te admirarás de la solidez, claridad, y firmeza con que el Ángel de las Escuelas sostiene la angélica doctrina de la libertad de los pueblos. Remito al lector a las Cartas… y a Tomás, a ver si salimos para siempre de la idea de que el pensamiento medieval es la fuente o el sustento de las barbaries medievales. Se pensaba desde Cristo y se pensaba todo y mucho y muy bien, bastante mejor que en la barbarie contemporánea de la que ni siquiera nos damos cuenta. Aunque lo iremos viendo.

De la virtud nace la patria 

He aquí que el Venerable Varela es el fundador de la idea y la práctica de la democracia en Cuba, atenido a los signos de los tiempos y a los impulsos y previsiones de la tradición cristiana. Esta verdad sigue siendo ignorada o escamoteada por el pueblo, los intelectuales y los políticos nacionales, que ven a Varela como un personaje anacrónico, respetable por estar en los orígenes del Estado y como tal útil para propaganda mentirosa y homenajes oficiales, nunca para la inspiración del día que corre en Cuba. Incluso su propia Iglesia ni siquiera demuestra interés en investigar, reunir y publicar sus incompletas Obras, ni divulga su vida y su pensamiento entre los fieles. Para nosotros sigue siendo el viejito asmático de la foto de los últimos años, distante del joven resplandeciente de coraje y de gracia que inauguró la dimensión genial del cubano. 

En el mejor de los casos, los inteligentes suponen que la idea democrática de Varela, con su síntesis de Cristianismo e Ilustración, ha quedado superada por la historia. Que las libertades civiles han conducido al ateísmo y la depravación colectivas. Que la pretensión de Tomás y Félix de que se gobierne desde la virtud clasifica como tontería, porque es imposible que nos pongamos de acuerdo en qué es virtud, o que no disparemos una carcajada maligna cuando alguien nos proponga ese ridículo término. Pero estas objeciones que se pretenden incontestables se desploman ante el análisis de las noticias del día.

Hoy la idea de la democracia, del gobierno popular efectivo, está en crisis en todo Occidente, en una u otra variante, precisamente por carecer de un fundamento, creído y vivido en común, en la piedad. Precisamente porque hace rato que salimos de la monarquía absoluta y del gobierno por supuesto derecho o inspiración divinos, las sociedades tienen que reconocerse como tal, es decir, como comunidades, nunca como la agregación interesada o indiferente de individuos y funciones. La sociedad no es una sumatoria de individuos, dijo Obama en su discurso de inauguración. 

Tampoco definió qué es la sociedad; tal vez carece de interés en ese asunto teórico. Porque el proceso político en Occidente continúa extraviado entre esa evidencia práctica y la pretensión irreal del individuo de pertenecerse a sí mismo sin ninguna preocupación por lo que ocurre allá afuera. El resultado es el Caos. Anarquía sin control o totalitarismos de cualquier nueva especie, son la consecuencia inmediata de ponerse por encima de los otros, en una atmósfera de violenta negación de la Realidad. La burla contra la virtud de los otros también es irreal. En nuestro tiempo, como en cualquier otro, abunda más de lo que se cree la gente que vive con excepcional nobleza, aun sin ser santos ni justos; que se entrega a las mejores causas indudables y que da la vida por ellas: es el Mal, no la Realidad, la que se burla de la virtud. Año tras años unos misioneros cristianos son asesinados en cualquier parte del mundo. 

Y he ahí a la abuelita sacrificada por sus hijos y nietos, o al hombre honesto que sufre cárcel por haberse atrevido a ser. No hay patria sin virtud, dijo en su lapidario estilo el Venerable. Como para que lo recuerden los que tienen que enfrentar el fanatismo de los gritadores del odio, los príncipes de la mentira en las redes, los dictadores en su propia casa, los teóricos de la soberbia como autoridad. La creciente socialización del poder, inevitable y maravilloso bien de Occidente, exige el carácter virtuoso de la sociedad, en los individuos, los grupos y las instituciones. Nunca hubo y no habrá ningún monarca divino. Divinos tenemos que ser, hasta donde podamos, pero con sensatez, inteligencia y ganas, y poniéndonos de acuerdo casi divinamente, cada uno de nosotros.

Los cubanos, sumergidos por décadas en uno de los mayores fracasos de Occidente, el socialismo, pareciera que estamos muy lejos de poder siquiera entender esta fantasmagoría. Cuba ha sido por siglos un país sin confesión religiosa. Pero cuidado, porque la profecía tiene que aparecer ahí donde más se la necesita… Si la gente no cree en Dios sino en unos ídolos, por ejemplo en el poder, la riqueza o la Revolución sangrienta, o peor todavía, si cree mal en el Dios real, como nos avisó Varela, ¿habrá, Elpidio, esperanza? La libertad significa también la opción de no creer en Dios ni mal ni bien, o por lo menos de creer en dimensiones aparentemente más terrenales. 

¿Qué hacer si la fe en que todos somos hermanos, clave cristiana de la democracia, no puede ser abrazada por los que no son cristianos? Yo me atrevo a creer que el Señor de la Historia ha bendecido nuestra falta de fe. Martí ofrece un culto a la dignidad plena del hombre. Es culto, pero no es iglesia ni religión. Ese culto debe sostener las costumbres, y de ahí todo el posible orden democrático. En el centro está el hombre, lo divino en el hombre. Es una idea cristiana ecuménica. Puede atraer y convocar a todos, puesto que todos somos humanos. Por eso puede abrazar todas las religiones, y también al ateo. Martí no parece haber conocido de Varela sino su independentismo y su leyenda de santidad: suficiente. Desciende de él, en línea recta, a través de la sucesión de discípulos: Luz, Mendive. El vínculo entre Varela y Martí es perfecto y fecundo, y sigue actuando. Al revés de los pesimistas de viejo cuño que declaran que Cuba es un fracaso y que aquí nunca hubo nada, yo afirmo que aquí ha habido demasiado. Hemos estado desbordados de gracia. Tal vez ahora, con el pueblo y los intelectuales en la calle invocando a Martí, empezamos a reconocernos y a desbordarnos. 

Cuando el Romano Pontífice diga tres veces sí en la plaza de San Pedro a la pregunta sobre la santidad de Varela, Cuba quedará incluida en Roma: será la nación muy escogida en la que el reverenciado y genial fundador es un discípulo ideal de Cristo, y el principal discípulo del santo de Dios, su actualizador local y mundial.

***

(Amanece en el Archipiélago. Se difunde en las Redes la noticia de que el Bien ha descendido al infernal Círculo de los Falsarios, y después de espantar a los chivatones congelados ahí a cero grados Kelvin, ha desatado al Malo.

Los Santos se preparan para la Batalla Final. 

El Milenio ha terminado).

SAN IGNACIO: ¡A las armas, Soldados de Cristo!

SANTO TOMÁS: ¡A las armas, hermanos!

SAN AGUSTÍN: ¡Por todas las calles y todos los océanos, de Sur a Norte y de Occidente al Oriente!

SANTA BÁRBARA: Un momento, falta Félix.

SAN ANTONIO: ¿Félix? Imposible, nunca llega tarde.

SANTA CLARA DE ASÍS: ¿No estará confundido en esta multitud? Es muy entretenido.

SANTA BÁRBARA: Me dijo que estaba diseñando una ametralladora.

SAN AGUSTÍN: Ese muchacho, siempre fascinado con la tecnología. ¡Félix!

SANTA BÁRBARA: Cuidado. Construye una ametralladora de Paz.

SAN IGNACIO: Pero cómo no se me ocurrió a mí… ¡Félix!

SANTA CLARA: Si le lanza un chiste habanero al Malo, lo desaparece.

SAN ISIDRO: ¡Prepárense, hermanos! ¡Ahí viene el Rojo con la porra de marabú!

SAN FÉLIX: (apareciendo) ¡Fuego!

Noviembre, ADN MMXXI.

 

Rafael Almanza
Rafael Almanza

(Camagüey, Cuba, 1957). Poeta, narrador, ensayista y crítico de arte y literatura. Licenciado en Economía por la Universidad de Camagüey. Gran Premio de ensayo “Vitral 2004” con su libro Los hechos del Apóstol (Ed. Vitral, Pinar del Río, 2005). Autor, entre otros títulos, de En torno al pensamiento económico de José Martí (Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1990), El octavo día (Cuentos. Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 1998), Hombre y tecnología en José Martí (Ed.  Oriente, Santiago de Cuba, 2001), Vida del padre Olallo (Barcelona, 2005), y los poemarios Libro de Jóveno (Ed. Homagno, Miami, 2003) y El gran camino de la vida (Ed. Homagno,Miami, 2005), además del monumental ensayo Eliseo DiEgo: el juEgo de diEs? (Ed. Letras Cubanas, 2008). Colaborador permanente de la revista digital La Hora de Cuba, además de otras publicaciones cubanas y extranjeras. Decidió no publicar más por editoriales y medios estatales y vive retirado en su casa, ajeno a instituciones del gobierno, aunque admirado y querido por quienes lo aprecian como uno de los intelectuales cubanos más auténticos.

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