ÍNDICE
- El arte fotográfico del poeta Luis Felipe Rojas
- Antes de que el exilio cambiara nuestras vidas
- La cámara como memoria, resistencia y resiliencia
- La imperfección como poética
- La historia convertida en biografía
- Entre el testimonio y la explicación
- El exilio como colección de ausencias
- La madre y el territorio de la imagen imposible
- Una fotografía contra el olvido
En su primer libro de fotografía, No son tus ojos (Media Mix 305 Ediciones, Miami, 2026), Luis Felipe Rojas reúne escenas de Cuba y del exilio, retratos de amigos y opositores, poemas y documentos de una memoria que encuentra en la imagen una forma de resistencia. Sin embargo, su mayor hallazgo aparece cuando la fotografía no registra lo que estuvo, sino que nos revela lo que ya no podrá recuperarse.
No ubico con certeza el primer encuentro entre Luis Felipe y yo, si fue en las calles de Holguín o en las de Bayamo. Sin embargo, me veo a principios de los años 90 del siglo XX, sentados con un grupo de poetas en Punta de Piedra, Pilón, durante el Festival "Al Sur está la poesía", en el oriente cubano: un encuentro anual que terminaría por convertirse en plaza y referencia obligada para varias generaciones de escritores.
Luis Felipe acababa de ganar un premio de poesía en una importante revista de la época. Todavía no había publicado un libro, pero aquel reconocimiento nacional ya lo situaba entre las voces que había que comenzar a seguir. Frente al mar, rodeados de excelentes poetas y amigos, hablábamos de literatura y del futuro con esa mezcla de ilusión e ingenuidad que suele acompañar a la juventud, sin sospechar cuántas de nuestras vidas terminarían siendo determinadas por la censura, la persecución policial, el exilio, la vigilancia y la urgencia de abandonar el país en busca de libertad.
Antes de que el exilio cambiara nuestras vidas
Con la brevedad de los años, como en un chasquido de dedos, Luis Felipe Rojas Rosabal se convertiría —además de poeta— en narrador, periodista independiente, videasta, fotógrafo, esposo y padre. Pasó a formar parte de esa comunidad de creadores cubanos cuya obra y vida fueron sometidas a la presión de un Estado totalitario que no tolera la autonomía intelectual bajo la premisa castrista: "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada."
En Holguín, durante los años más difíciles, cuando algunos amigos preferían cambiar de acera al vernos aparecer en la calle, otros siguieron siendo refugio y complicidad: Freddy Aze, Mariela Varona, Ramón Legón, Sara Hidalgo, Martha María Montejo, Michael H. Miranda... No menciono nombres para convertir la amistad en argumento de autoridad; los menciono porque ningún archivo es completamente privado cuando contiene la historia de toda una generación. Las personas que aparecen en No son tus ojos no son únicamente los sujetos de unas fotografías: forman parte de una geografía afectiva, intelectual y política que el tiempo, la represión y el destierro han fragmentado.
A pesar de la censura, la vigilancia, la persecución, el descrédito, la humillación, las amenazas, los secuestros, encarcelamientos y torturas, Luis Felipe no dejó de amar, escribir, fotografiar, hacer periodismo ni buscar formas de intervención pública. Finalmente, tras una larga lucha por la libertad de Cuba, tuvo que abandonar el país con su familia. Pero en la Isla quedaron seres amados, colegas y amigos a quienes su ejemplo enseñó que la literatura, el periodismo y la imagen podían ser ejercicios de resistencia y resiliencia.
En No son tus ojos, la fotografía, la crónica, la poesía y la memoria construyen un libro de exilio cuya mayor fuerza aparece cuando la imagen deja de ilustrar el recuerdo y empieza a discutir con él, mostrándonos la sangre en la herida. Este no es un álbum de celebraciones: en sus páginas persisten la pérdida, la vigilancia feroz, la muerte, la separación y la incertidumbre. Su consigna más profunda podría resumirse en dos palabras: "Prohibido olvidar."
La cámara como memoria, resistencia y resiliencia
Al explicar el momento en que la fotografía dejó de ser una práctica ocasional para convertirse en una manera de mirar, escribe Luis Felipe Rojas:
"Fue con Daido Moriyama con quien puse el pie en el acelerador y me lancé a este diario de viaje que son las fotos que hoy les muestro."
Antes, a los 14 años, había recibido de su madre, Luisa Rosabal González, una Lubitel soviética de doble objetivo y visor superior. Los rollos eran de doce fotografías y los revelaba en un laboratorio en la calle Frexes en Holguín al que había llegado por una amiga de la familia. La anécdota contiene, en miniatura, una de las claves del libro y de la vida del poeta: la fotografía nace ligada a la curiosidad, pero también a la precariedad y al deseo de conservar.
Luis Felipe recuerda haber fotografiado a sus perros, una mata de ciruelas maduras, la construcción de un pozo artesanal, la llegada de los camiones cisterna que abastecían de agua al barrio y los juegos de pelota entre los muchachos de la Comunidad —un asentamiento militar— y los de El Guarro o La Colorá, nombres que ya establecían una frontera social.
Recuerda también haber fotografiado a un hombre muerto en un accidente de trabajo, cuyo cuerpo debía ser trasladado a otro municipio para que su esposa e hijos pudieran despedirlo, pero su madre quería quedarse con la imagen de su hijo. La cámara aparece entonces en un territorio donde la fotografía no es un lujo ni una abstracción estética: es una manera de acompañar la vida hasta su límite.
Con el tiempo llegaron las pequeñas cámaras digitales, los viajes, los amigos, la esposa, los hijos y las ciudades. Cuba, Miami, Washington y West Palm Beach se incorporaron a un archivo que fue creciendo sin obedecer a un programa único. Luis Felipe fotografió a Donald y Melania Trump durante un debate presidencial en la Universidad de Miami; al poeta Delfín Prats en la ciudad de Holguín con el niño Brian Jesús Vilche Gallardo en sus hombros —quien luego en el exilio se convertiría en el artista que es hoy—; a la poeta Carmina Benguría en el hospicio donde moriría; a músicos, artistas, activistas, deportistas, desconocidos y transeúntes.
El resultado no es estrictamente un fotolibro, ni unas memorias, ni un volumen de crónicas. Es algo más abierto y fascinante: una autobiografía fragmentaria construida a través de los otros. Su verdadero asunto no es solo el exilio, sino la relación entre la memoria y las imágenes que permanecen cuando la vida que contienen ya no puede recuperarse. Luis Felipe las fue guardando y las llevó consigo al destierro, quizás sin la certeza del tesoro que protegía.
La imperfección como poética
La influencia de Moriyama no se limita a una referencia de apertura; se percibe en la defensa de una fotografía capaz de atrapar la realidad "al vuelo", incluso cuando aparece borrosa, desalineada o técnicamente imperfecta. En No son tus ojos, esa imperfección no es un defecto que deba corregirse: forma parte de una poética y de una biografía.
Hay imágenes que rehúyen la solemnidad del objeto artístico: fotografías espontáneas, arrancadas a la circunstancia, tomadas con equipos modestos o conservadas a pesar de sus limitaciones. Luis Felipe no parece perseguir obsesivamente la composición perfecta ni la nitidez como garantía de valor. Le interesa la persistencia de la mirada: que algo haya sido visto, que alguien haya estado allí, que una escena no desaparezca.
La Cuba que emerge de estas páginas no está hecha únicamente de grandes acontecimientos políticos, artísticos o literarios. Está hecha de perros, bicicletas, juegos de pelota, camiones cisterna, barrios, adolescentes, cuerpos y calles. El autor no intenta fabricar una Cuba pintoresca; intenta salvar una Cuba cotidiana: la suya y la de los otros. Ahí radica una de las principales virtudes del libro: la fotografía funciona como una autobiografía involuntaria donde, al fotografiar el mundo, el autor deja también la huella de su propia transformación.
La historia convertida en biografía
El libro posee la libertad de un archivo privado: una fotografía conduce a una persona; una persona, a una historia; una historia, a un episodio político. La lógica es asociativa, no cronológica. Esa soltura permite hallazgos memorables, pero también produce una tensión formal: algunas páginas alcanzan una notable concentración literaria, mientras otras funcionan como notas de archivo o pies de foto desarrollados.
Esa aparente irregularidad es inseparable de su naturaleza. No son tus ojos no pretende construir una narración lineal; su estructura se parece más a la memoria cuando vuelve sobre sus materiales: por asociaciones, apariciones, pérdidas y retornos.
Un episodio poderoso es el dedicado a Saylí Navarro. La fotografió en 2015 durante una estancia breve en Estados Unidos. En las imágenes aparece una joven que ríe, juega al dominó, hace bromas y comparte con sus compañeros como si estuviera en su barrio natal. Nada extraordinario parece ocurrir. Precisamente por eso las fotografías adquieren, con el tiempo, una fuerza desgarradora. En 2021, Saylí participó en las protestas del 11 de julio en Cuba y fue encarcelada junto a su padre, el opositor Félix Navarro Rodríguez.
Las imágenes tomadas seis años antes dejaron de ser simples recuerdos: pasaron a documentar retrospectivamente una libertad que todavía no parecía amenazada. La eficacia del episodio está en que Luis Felipe no reduce a Saylí a su condición de presa política; antes de que la historia la convirtiera en un nombre asociado a la represión, la vemos vivir. La fotografía le restituye a la persona aquello que el lenguaje político suele arrebatarle: su cotidianidad.
El mismo procedimiento aparece en la fotografía del poeta Delfín Prats con el futuro actor Brian Jesús Vilche Gallardo, y en las páginas dedicadas a Carmina Benguría (1920-2015), retratada en Miami poco antes de su muerte. La poeta aparece vinculada a su trayectoria artística, a sus lecturas y a su relación con Gabriela Mistral, pero también a una conversación concreta, a una tarde de té sin azúcar y a una incomodidad: la que le produjo un titular que la relacionaba de manera demasiado íntima con la poeta chilena. Ese detalle humaniza a la retratada y muestra al fotógrafo como alguien que no posee completamente la historia que cuenta: la persona fotografiada conserva el derecho a discutir la mirada que la representa.
Algo parecido ocurre en la visita a Félix Rodríguez Mendigutía, el hombre que propició la captura del Che Guevara en Bolivia. Luis Felipe acompaña al periodista Alberto Méndez Castelló, se pierde por Miami, llega a la casa, observa una pistola sobre un estante y escucha la voz del antiguo combatiente cuando intenta identificarla. La escena no necesita una explicación histórica exhaustiva para condensar una parte de la memoria cubana: el pasado aparece en una habitación, reducido a un objeto, una conversación y la mirada del fotógrafo.
Entre el testimonio y la explicación
Una de las cuestiones más interesantes del libro es la relación entre la fotografía y la escritura. Luis Felipe no se limita a colocar imágenes delante del lector: las rodea de voces, nombres, fechas, recuerdos y circunstancias a través del ejercicio literario.
Cuando el texto funciona, no traduce la imagen, sino que la prolonga. La foto de un gran poeta vinculado a Reinaldo Arenas y al Quinquenio Gris con un Brian Vilche aún niño, la escena de Carmina, el recuerdo de Saylí jugando al dominó o la visita a Mendigutía ganan profundidad porque la escritura abre zonas que la fotografía no puede contener por sí sola.
Existe el riesgo de que la explicación termine cerrando el campo de interpretación de la imagen: en algunos pasajes, el comentario político o testimonial se adelanta a la fotografía y le indica al lector cómo debe leerla. Esta tensión no invalida el proyecto; al contrario, lo enriquece, lo vuelve crítico y discutible. El libro parece confiar en la imagen como testimonio, pero el escritor siente la necesidad de asegurar su significado. Su mayor fuerza aparece cuando el texto deja espacio para que la fotografía siga siendo un enigma.
La escritura de Luis Felipe Rojas se mueve entre la memoria autobiográfica, la crónica, la nota de archivo, la evocación lírica y el comentario político. Esa variedad le permite escapar de una sola tonalidad, aunque también hace que el conjunto pierda en determinados momentos parte de su concentración. La incorporación de poemas como "País al precipicio", "Silbos de muerte" y "Mantra", así como del "Apunte para una lectura apócrifa de Borges", amplía el retrato intelectual del autor. La fotografía no es una actividad aislada de la literatura, sino otra forma de pensar.
Estos materiales nos pueden llevar a preguntarnos: ¿todo lo que pertenece al archivo personal pertenece necesariamente al mismo libro? La heterogeneidad puede ser una riqueza, pero también una forma de dispersión. En este caso, el núcleo más sólido reside en la relación entre fotografía, memoria y exilio, donde los textos literarios enriquecen e iluminan ese centro.
El exilio como colección de ausencias
El exilio suele definirse mediante categorías políticas, jurídicas o geográficas. En No son tus ojos, sin embargo, aparece como una colección de objetos y afectos perdidos: calles, conversaciones, amigos, ciudades, familiares y fotografías que no llegaron a hacerse.
Cuba no es solamente un lugar de procedencia; es la condición desde la cual el autor mira. Está en los nombres, en los cuerpos, en las historias de represión, en los desplazamientos, en las distancias que organizan la vida del exiliado y en la necesidad de conservar testimonios. El libro muestra que salir de un país no significa abandonar su presencia; a veces significa llevarlo consigo como una sucesión de imágenes que cambian de sentido cada vez que se vuelven a mirar. En ese sentido, el archivo de Luis Felipe no es neutral: el fotógrafo decide qué conserva, a quién devuelve una presencia, qué episodio acompaña con palabras y qué imagen deja hablar por sí sola.
La madre y el territorio de la imagen imposible
Es en las páginas dedicadas a su madre, Luisa Rosabal González, donde el libro alcanza su máxima intensidad dramática. "Esta es mi madre", escribe Luis Felipe Rojas. La frase cambia el sentido de todo el trayecto: de pronto, el archivo de personas, ciudades, acontecimientos y recuerdos se concentra en una ausencia íntima.
La fotografía de Luisa no la hizo su hijo: fue tomada por un fotógrafo de barrio para un pasaporte y para un viaje que nunca llegó a producirse. Luis Felipe la llama "la no-foto", la imagen del "no-abrazo", la visa que no fue.
El autor cuenta que salió al destierro en 2012 y que, desde entonces, intentó que su madre viajara temporalmente a Miami. Lo recuerdo en la terminal nacional de Holguín: le acompañaban Exilda Arjona Palmer, su esposa, y sus dos hijos pequeños; lo despedíamos Ramón Legón Pino —quien no lo volvería a ver— y yo.
Los intentos para ver a Luisa fracasaron y las circunstancias se complicaron en ambas orillas. Durante trece años, la relación quedó limitada a las videollamadas. Luisa murió el 30 de diciembre de 2025 sin que pudieran volver a verse físicamente, a darse los besos y abrazos que se debían, o a tomarse las fotos que él deseaba hacerle en un país libre, donde ella pudiera abrazarlo a él, a su nuera y a sus nietos Brenda María y Malcolm.
Aquí la fotografía tropieza con su propio límite. El fotógrafo puede documentar una ciudad, un opositor, un paisaje, una manifestación o un rostro. Puede conservar el instante en que alguien ríe, baila, conversa o mira a la cámara, pero no puede recuperar el tiempo que le ha robado un régimen dictatorial. No puede reparar una separación ni producir el abrazo que nunca ocurrió. La fotografía que Luis Felipe Rojas Rosabal hubiera querido hacerle a su madre pertenece al territorio de las imágenes imposibles. Esa ausencia resulta más dolorosa y poderosa que cualquier retrato perfecto: es un queloide en la memoria.
La madre deja de ser un personaje del archivo personal para convertirse en su centro emocional. La última imagen no es solamente una fotografía: es la conciencia de que hay una vida que el archivo no pudo completar.
Una fotografía contra el olvido
No son tus ojos demuestra que el pasado no permanece inmóvil dentro de una imagen, sino que cambia cada vez que volvemos a mirarla. Una fotografía tomada en un momento de libertad puede adquirir, años después, el peso de una elegía. Un retrato familiar puede convertirse en el documento de una separación. Una escena callejera puede terminar siendo el testimonio de una época que desapareció.
La cámara revela, la memoria vuelve a mirar. Entre ambas queda un territorio frágil donde la fotografía deja de ser un mero documento para convertirse en una forma de presencia frente a la ausencia. El libro no puede devolvernos el país, la ciudad que se abandonó, los amigos ni a la madre; no puede reparar la historia que lo atraviesa, pero puede impedir que desaparezcan del todo. Esa obstinación —más íntima que política, más humana que testimonial— termina siendo su verdadero tesoro.
Luis Felipe Rojas ha reunido en No son tus ojos un archivo de rostros, escenas y pérdidas, construyendo una interrogante esencial: ¿qué puede hacer una imagen cuando la vida que contiene ya no está al alcance de nuestros ojos?
Este libro no es triunfal. La fotografía no vence al olvido; apenas consigue demorarlo, ofrecerle resistencia y conservar una huella. A veces, sin embargo, esa huella es lo único que nos queda.
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