Intervención en el III Foro DDC: "Para la Cuba de mañana", 1 de junio de 2026.
Hace algún tiempo, un video se volvió viral en las redes de Alas Tensas. Eran dos mujeres anónimas, humildes, caminando con enormes sacos de leña sobre los hombros. Se abrían paso entre basura, piedras, hierbas que herían. A su alrededor no había épica ni consigna: se alzaba, aplastante, el paisaje de un país arrasado por el totalitarismo, la escasez y el abandono.
Y, sin embargo, ellas avanzaban. Incluso parecían felices. Porque ese día, en una casa donde no había combustible, el fogón iba a encenderse. Ese día, sus hijos no se quedarían sin comer.
Creo que Cuba también se mide ahí. No solo en indicadores económicos, cifras migratorias o discursos políticos. Cuba se mide en cuántas personas cargan el peso de sobrevivir, y en cuántas mujeres sostienen, casi siempre en silencio, la vida cotidiana de un país en ruinas: cuidan, alimentan, resisten, protegen. También se mide en cuántas son discriminadas, empobrecidas, silenciadas; en cuántas viven violencia; en cuántas mueren.
Desde ese lugar mira y trabaja el Observatorio de Alas Tensas: allí donde la crisis deja de ser una abstracción y se convierte en cuerpo, miedo, hambre, cuidados, exclusión y resistencia.
"Sin libertades no hay igualdad verdadera"
Sabemos que el totalitarismo ha golpeado a todos los cubanos. Ha empobrecido, fracturado familias, expulsado a millones, sembrado miedo y desconfianza. Pero no golpea a todos por igual. Las mujeres han cargado de manera particular con la precariedad, la sobrecarga de cuidados, la violencia y la exclusión.
Porque sin libertades no hay igualdad verdadera. Cuando no existen instituciones independientes, cuando se criminaliza la organización autónoma y se castiga la disidencia, las injusticias se ahondan y las víctimas quedan más solas.
Desde 2019, el Observatorio de Alas Tensas ha registrado más de 320 feminicidios en Cuba. Se dice fácil: más de 320. Pero no lo es.
Detrás de esos números hay familias rotas, hijos sin madres, madres que enterraron a sus hijas, comunidades quebradas y personas dependientes abandonadas por un Estado que suele responder tarde, mal y casi siempre desde el castigo.
Y la violencia no empieza ni termina en el feminicidio. Hablamos de violencia doméstica, económica, simbólica, institucional, digital y política. Hablamos también de mujeres impedidas de participar libremente en el espacio público, aunque su protagonismo haya sido evidente en los cacerolazos, en las protestas, en las organizaciones opositoras, en el periodismo independiente, en las madres de presos políticos, en las presas políticas y en quienes han pagado un precio altísimo por ejercer derechos.
"Convertir el dolor disperso en evidencia"
Frente a esa realidad, el Observatorio de Alas Tensas ha asumido una tarea que debería ser pública, pero que en Cuba ha quedado en manos de la sociedad civil independiente: mirar donde el poder no mira, registrar lo que se intenta borrar y convertir el dolor disperso en evidencia.
Por eso nuestro aporte no se limita a la denuncia. Documentamos, verificamos, sistematizamos casos, producimos datos y construimos memoria. En ausencia de estadísticas oficiales suficientes, hemos desarrollado metodologías propias de observación, análisis y verificación; hemos acumulado conocimiento científico a partir de registros y análisis de datos; hemos articulado redes dentro y fuera de Cuba; y hemos llevado informes y evidencias a espacios internacionales.
Documentar no es solo contar muertes. Documentar es disputar el olvido, construir verdad pública y preparar las bases para la justicia.
En una transición democrática, esa experiencia puede ponerse al servicio de la ciudadanía y de las instituciones públicas. Podemos contribuir al diseño de leyes inclusivas, políticas públicas reales de prevención de violencias y estructuras viables de protección y reparación para las víctimas: casas de acogida, refugios, mecanismos de atención integral, sistemas de alerta temprana, protocolos de acompañamiento, monitoreo independiente y evaluación de políticas.
También podemos aportar a procesos de memoria, verdad y reparación; a la formación cívica en derechos humanos; al fortalecimiento del liderazgo femenino y de grupos vulnerables y marginados históricamente; y al acompañamiento técnico de instituciones democráticas comprometidas con la transparencia, rendición de cuentas e inclusión.
Pero una transición no debe limitarse a cambiar estructuras de poder. Debe desmontar también las estructuras ideológicas heredadas del totalitarismo: la falsa inclusividad, la participación vertical, la instrumentalización de las mujeres, la subordinación de la sociedad civil, la sospecha sobre quien piensa diferente.
"No queremos una inclusión decorativa"
No queremos una inclusión decorativa. No queremos a las mujeres en la transición como cuota, símbolo o fotografía institucional. Queremos participación real, horizontal, diversa, basada en capacidades, experiencias y libertad.
Queremos una Cuba donde cada persona pueda asumir libremente su lugar en la sociedad: participar en política, liderar una comunidad, crear, investigar, emprender, cuidar, profesar una fe o no profesarla, cambiar de opinión, organizarse, asociarse, disentir y decidir sobre el camino de su propia vida.
Sin violencia. Sin discriminación. Sin imposiciones ideológicas, religiosas o culturales, vengan de donde vengan.
Hannah Arendt escribió que las libertades civiles son resultado de la liberación, pero que la esencia de la libertad está en la participación en los asuntos públicos.
Esa idea nos importa porque la libertad no se agota en el fin del miedo. Después de la primera libertad, habrá que recuperar otras: la libertad de vivir sin violencia, de hablar sin castigo, de cuidar sin desamparo, de creer o no creer, de asociarse, de decidir, de participar genuinamente y con honestidad en una nueva Cuba.
Una transición democrática empieza de verdad cuando esas libertades llegan a la vida cotidiana.
"La Cuba futura no puede construirse sobre nuevas exclusiones"
Hay mucho que reconstruir en Cuba. Mucho que salvar de las ruinas. Porque debajo de ellas late todavía una reserva moral, cívica y humana que la dictadura no ha logrado destruir.
Ahí puede estar el aporte del Observatorio de Alas Tensas: convertir la experiencia acumulada en herramientas útiles para la ciudadanía y para las instituciones democráticas; ayudar a que la protección de las víctimas no sea promesa, sino estructura real; y contribuir a que la inclusión deje de ser consigna para convertirse en práctica.
Porque la Cuba futura no puede construirse sobre nuevas exclusiones. Tiene que ser una tierra que alimente, que proteja y que permita a cada persona participar libremente en la cosecha común.
Y por eso vuelvo, para terminar, a aquellas dos mujeres anónimas cargando leña.
Porque en ellas vimos algo que ninguna transición debería olvidar: la dignidad de quienes sostienen la vida en medio del abandono.
Si la Cuba de mañana logra que esas mujeres no sean invisibles, que no tengan que abrirse paso solas entre la basura y el abandono, que puedan decidir, participar y vivir sin miedo, entonces la libertad habrá entrado por fin en la vida cotidiana, como el pan sobre la mesa.
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