El reconocido ajedrecista cubano Lázaro Bruzón afirma que solo regresará a Cuba cuando el país "sea libre y democrático", una convicción que, según explica, asumió desde el momento en que decidió denunciar públicamente al régimen.
En una publicación en Facebook, el Gran Maestro Internacional, nacido en Holguín el 2 de mayo de 1982, sostiene que hablar hoy de Cuba es una prioridad moral y que guardar silencio, mientras el país se derrumba, sería una forma de complicidad. En el texto reconstruye su trayectoria personal —de la pobreza a una vida de privilegios como integrante del equipo nacional— y explica por qué hoy considera una “prioridad” hablar de Cuba y no guardar silencio.
“Yo renuncié a esa opción desde el primer día que comencé a denunciar”
Bruzón es Gran Maestro desde 1999 y fue campeón mundial juvenil en 2000. Llegó a ubicarse entre la élite del ajedrez mundial con un pico Elo de 2717 (octubre de 2012) y un pico de ranking en el puesto 26 (octubre de 2005). En su etapa como representante de Cuba, fue múltiple campeón nacional y participó en Olimpiadas de Ajedrez entre 2000 y 2014. Tras conflictos con autoridades de la Federación Cubana de Ajedrez, decidió exiliarse, y en 2018 comienza a residir en Missouri, Estados Unidos.
En 2019, integró el grupo de líderes que empató en la cima del U.S. Masters. En 2021 se proclamó co-campeón del U.S. Collegiate Individual Rapid y formó parte del equipo ganador del U.S. Collegiate Team Rapid con Webster University. En 2020 ingresó en la US Chess Federation.
En su relato, el ajedrecista rememora su salida de Cuba y la decisión de no regresar. Enmarca el punto de partida como una ruptura con la idea —que mantuvo durante años— de que su vida estaba en la isla.
“Hace ya muchos años que salí de Cuba y no he regresado. Y lo curioso es que yo no me fui por las mismas razones que se va la mayoría de los cubanos. De hecho, siempre pensé que me quedaría en Cuba. A pesar de haber viajado muchísimo, durante mucho tiempo mantuve la convicción de que mi vida estaría allí, que construiría mi futuro allí.”
Describe una infancia marcada por carencias y ubica al ajedrez como el puente de ascenso temprano, con impacto directo en el bienestar de su familia.
“Mi infancia fue muy difícil: crecí con carencias, con pobreza. Incluso antes del Período Especial ya vivíamos una situación complicada, y cuando llegó, todo empeoró. Gracias al esfuerzo que hice en el ajedrez, empecé a tener resultados importantes y, con solo 14 años, comencé a viajar. A partir de ahí mi vida cambió, y también mejoró mucho la situación económica de mi familia cercana.”
“Incluso tuve un tatuaje del Che en mi brazo”
El ajedrecista admite que durante años militó en la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y hasta fue delegado en la Asamblea del Poder Popular en Las Tunas. Relata ese periodo como parte de un proceso de adoctrinamiento y falta de formación política real.
"No es un secreto que a varios ajedrecistas los escogían para ese tipo de funciones: al ser un deporte de ‘pensadores’, nos consideraban más útiles para esas tareas que a los atletas de deportes físicos."
Bruzón añade un detalle simbólico de esa etapa y lo conecta con la versión escolar de la historia y la ausencia de lecturas sobre el comunismo:
“Incluso tuve un tatuaje del Che en mi brazo. Siempre he hablado abiertamente de eso; jamás he ocultado nada. Yo creí en el Che que me enseñaron en la escuela, el que le enseñaron a todos los cubanos que fuimos adoctrinados así: el hombre que actuaba como pensaba y que dio su vida por un ideal justo. Mi conocimiento sobre política e historia era prácticamente cero.”
"Una vez que un cubano sale del país, para el régimen se convierte en enemigo"
Bruzón afirma que el cambio de mirada llegó tras emigrar, cuando —según su relato— constató el trato del poder hacia quien sale del país. Presenta el episodio como un golpe que lo empujó a estudiar historia de Cuba:
"Descubrí enseguida que, una vez que un cubano sale del país, para el régimen se convierte en enemigo. Te utilizan mientras les sirves, pero no eres más que un número, una cifra desechable."
A partir de ahí, describe un proceso de "decepción" y "despertar" que lo condujo a una conclusión política de raíz y a una decisión: denunciar, incluso asumiendo costos personales:
"Cuando me divorcié del sistema, empecé a leer todo lo que pude sobre la historia del comunismo y la historia real de Cuba, antes y después del 59. No me tomó mucho llegar a la conclusión de que el problema de raíz era precisamente el sistema implantado en 1959."
“Cuba tiene prioridad”
Bruzón vincula su activismo a una idea de conciencia personal y a la negativa a callar ante lo que considera injusticia. Afirma que, cuando haya cambios, quiere volver a usar sus redes para hablar de ajedrez, pero que hoy el foco es Cuba.
"Hay dos cosas que siempre me han marcado como ser humano: no soporto las injusticias y jamás he sido ni seré un hipócrita. Si defiendo algo es porque creo en eso. No necesito hacerle coro a nadie. Mi pensamiento no está condicionado por nada que no sea mi criterio personal y mi deseo de aportar un granito de arena a la lucha por la Cuba que necesitamos. No es mucho comparado con lo que han hecho otros, pero es infinitamente más que guardar silencio mientras el país se derrumba."
El ajedrecista concluye con una definición tajante sobre su regreso a la isla y la condición política que pone a esa posibilidad.
"Hace poco alguien me dijo también: ‘¿Todavía sigues posteando esas locuras en Facebook? No podrás entrar más a Cuba’. Le respondí que, irónicamente, quizás iría mucho antes de lo que yo mismo pensaba. Yo renuncié a esa opción desde el primer día que comencé a denunciar. No tengo pasaporte cubano y solo regresaré cuando Cuba sea libre y democrática."
La postura crítica se volvió especialmente visible tras las protestas del 11 de julio de 2021 (11J), cuando vinculó la represión y el exilio forzado a un límite moral:
"Nadie debería ir preso o ser desterrado por pensar diferente… Tanto crimen no puede ser eterno."
Desde esa lógica —que reaparece en su testimonio— Bruzón sostiene que denunciar no es un gesto retórico, sino una decisión personal asumida con costos: renunciar al regreso, romper con silencios cómodos y colocar la libertad política de Cuba por encima de cualquier beneficio individual.
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