“Quis custodiet ipsos custodes?” (“Y a los guardas, ¿quién los guardará?”). De las Sátiras del poeta romano Juvenal, escritas entre los años 100 y 127 después de Cristo, esa frase ha perdurado, con el fin de señalar el problema del control del poder. ¿Quiénes están encargados de velar o hacer cumplir las reglas en una sociedad?
En Occidente, por décadas, la prensa ha estado encargada socialmente (al menos en teoría) de dilucidar la verdad, comunicarla o promover la inclusión de ideas importantes en la agenda pública para su discusión. Son los guardas. De ahí emanan conceptos como imparcialidad, valores–noticia, pertinencia pública, etc.
Pero, ¿qué ocurre cuando una élite de medios, envalentonados por una audiencia y alcance masivos, tuerce la verdad, la ignora o, en la mejor de las líneas liberales, la relativiza? Katherine Maher, por ejemplo, cree que:
“La reverencia por la verdad podría ser una distracción que impide encontrar puntos en común y hacer las cosas”.
Maher fue una “guarda”: directora ejecutiva (CEO) de la muy influyente Wikimedia Foundation y, luego, de NPR.
Sin embargo, ella no es la excepción. En los años treinta, The New York Times mintió sobre el Holodomor; y a finales de los cincuenta energizó el mito del entonces rebelde y futuro dictador Fidel Castro, de quien dijo, tenía:
“Ideas muy claras de la libertad, la democracia, la justicia social”.
Defensa de los hombres fuertes de izquierda
La afición del diario por los hombres fuertes de izquierda no parece decaer en el siglo XXI, cuando hace poco defendía al socialista Nicolás Maduro del cerco antinarcóticos que la administración Trump ha ordenado frente a las costas de Venezuela.
The New York Times, junto al Washington Post, mintieron sobre el Russia Gate, en un caso que empapó al Instituto Pulitzer, y con este al sistema de premios de la prensa del establishment.
En el pasado ciclo electoral, el mainstream mediático, amigo de la cúpula demócrata, enterró toda información sobre la laptop de Hunter Biden. La historia (suprimida bajo la idea de que era propaganda rusa para intervenir las elecciones de 2020) revelaba crímenes cometidos por él y posibles nexos con su padre, entonces candidato presidencial.
De ser guardas de la verdad, los medios del mainstream se convirtieron en guardas del partido azul.
Siguiendo la saga de Joe Biden, los medios nos dijeron vehementemente durante casi todo su mandato, que el demócrata estaba mentalmente capacitado para completar su término e, incluso, para aspirar a un segundo mandato de cuatro años.
A su vez, Trump era pintado como un nazi y un peligro para la democracia. El mismo que días después de asumir su segundo mandato en un increíble regreso, charló animadamente con Barack Obama. ¿Estaba el primer presidente negro de Estados Unidos sonriendo junto a “Hitler”?
Negación de que Hamás sea un grupo terrorista
Del otro lado del Atlántico, el fenómeno se reproduce. El Adam Smith Institute ha enumerado varios de los más recientes escándalos de la muy imparcial BBC, que se niega a llamar “terroristas” a grupos como Hamás, conocido exclusivamente por su bondad y buenas acciones en el Levante.
Así, la BBC redirige dinero de los pagadores de impuestos de la otrora "gran" Bretaña, hacia contribuyentes que militan en el grupo yihadista o piden la muerte de judíos por el hecho de serlo.
En definitiva, alguien concienzudo —cosa que no parece abundar en el mainstream occidental— debería sentir vergüenza de decir que ha publicado en esos medios.
¿Quién "factchequeará" a los factcheckers?
¿Y cuál ha sido el resultado de ese abuso sistemático de los “guardas” de la verdad? Pues la confianza en los medios del mainstream baja a puntos de aprobación nunca antes vistos.
De otro lado, los podcasts florecen, con sus virtudes y debilidades (del cinismo a la incredulidad). Atienden a una audiencia conectada a las transmisiones y que puede, en tiempo real, reaccionar, comentar o desmentir los dichos de los comunicadores. Esa democratización comunicacional que llegó con las redes sociales ha forjado, en general, lectores más críticos.
De ahí lo que parece ser un declive de los factcheckers, encaminados en muchos casos por las mismas rutas que desinflaron la credibilidad de los grandes medios: ignorar eventos o razones del lado conservador, reforzar casi exclusivamente o hacer malabares con el lenguaje para defender alguna narrativa liberal.
Y a los factcheckers, ¿quién los “factchequeará”?, escribiría Juvenal en el siglo XXI.
El caso de Imane Khelif
Recordemos el caso de la “boxeadora” de Argelia Imane Khelif, medallista de oro en los Juegos Olímpicos de París 2024 después de que su rival, la italiana Angela Carini, abandonara el combate cuando llevaba solo 46 segundos en el ring. A raíz de este hecho, personalidades públicas y mensajes en redes sociales han afirmado que Khelif sacó ventaja porque era biológicamente hombre.
Entonces corrieron factcheckers, como el de la estatal Radio y Televisión Española, diciendo que la boxeadora argelina no era “una mujer transexual”.
Sin embargo, recientemente fue dado a conocer un estudio que confirmaba dichas acusaciones. Khelif es biológicamente hombre al presentar:
"Un análisis cromosómico que revela un cariotipo masculino".
Es decir, todas las mujeres tienen una configuración “XX” de su cromosoma, mientras que el hombre es “XY”, la combinación que fue encontrada en los exámenes de Khelif.
El estudio supondría el final de la carrera del boxeador argelino, de 26 años, pero también una herida más a la credibilidad de los factcheckers.
Negación del genocidio cristiano en África
Más doloroso aún es ver cómo algunos de los medios tratan el genocidio cristiano en África, después del post del 31 de octubre del presidente Donald Trump, en el que decía:
“El cristianismo se enfrenta a una amenaza existencial en Nigeria”.
El canal público alemán Deutsche Welle lo negó, entrecomillando la frase “genocidio cristiano” y deslizando que la sangre, los asesinados, los secuestrados, eran apenas una “crisis de narrativas”.
La historia se repite: de la negación del Holodomor, a la negación del genocidio cristiano nigeriano. Pero lo que no debería repetirse es que el público crítico formado después de tantas falsedades vuelva a creer ciegamente, sin antes verificar cada dato, las palabras impresas o dichas en los medios del mainstream. Que nosotros seamos aquellos que velen por los guardas.
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