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Libros | Un Leopoldo Ávila en cada esquina

"Carlos Esquivel se mueve en las turbulentas aguas de varias historias que convergen como vasos comunicantes sobre la dramática existencia de un ser oscuro que desempeñó su papel de daga invisible y como daga invisible también fue desechado."

Novela "Yo soy Leopoldo Ávila" (2025) y su autor Carlos Esquivel.
Novela "Yo soy Leopoldo Ávila" (2025) y su autor Carlos Esquivel.

Carlos Esquivel (Elia, Las Tunas, Cuba, 1968) es un narrador que entiende muy bien las claves para hacer creíble cualquier historia. Pero también sabe manejar los tiempos y estructurar de manera magistral lo que pretende contarnos.

En 1998, durante un Encuentro de Narrativa y Ensayo, celebrado en Las Tunas, el autor de La tumba del erizo, finalista del Premio Herralde de novela y premio Ítalo Calvino (2023), leyó un ensayo sobre un poeta vasco. El auditorio quedó sorprendido por el descubrimiento de un autor con una obra fresca, incisiva y con una belleza que la hacía única. 

Recuerdo que el primero en levantarse de la silla fue Francisco López Sacha, maravillado, quien, con su llamativa manera de proyectar su aprobación dijo sin remilgos: "¡Te lo publico mañana mismo en Noruega!" El premio de ensayo recayó en Carlos. Pero todo fue una broma colosal. Patxy Etcheverría, el desconocido poeta, no era real. En fin, nos mordió con un falso ensayo y nos demostró que detrás de su grandeza como poeta y ensayista, asomaba su nariz un narrador que poco tiempo después se dio a conocer ganando, uno tras otro, los más importantes concursos del país.

Yo soy Leopoldo Ávila, Premio Franz Kafka de Novela 2025

Hoy no vengo a hablar de una novela cualquiera. Hoy me mueve el deslumbramiento por una singular aproximación al recurrente tema de la censura en Cuba. Acaba de salir Yo soy Leopoldo Ávila, Premio Franz Kafka de Novela 2025, publicada por Ediciones inCUBAdora. En un ejercicio como lector que me llevó a leer dos veces, la primera casi en dos sentadas, y la segunda desde el disfrute pleno de estar en presencia de una obra bien escrita y con una particularidad: no hay forma de apartarse de ella desde el inicio. 

Después de Palabras a los intelectuales comenzó con mayor efervescencia la cacería de artistas incómodos al sistema. Se sabe que un intelectual comprometido con la verdad suele ser una piedra en el zapato de quienes rigen con mano de hierro el destino de un país. Las consecuencias, por lo general, se arrastrarán como una pesada carga por el resto de la vida. Está escrito en piedra, bronce y cuanto material se antoje sugerir. Dice Carlos: 

Si escribes las cosas como sucedieron, terminarás mintiendo.

Yo soy Leopoldo Ávila es el retrato de un tiempo que permanece empecinado en llevar hasta sus últimas consecuencias el hecho de jugar con la cadena, pero no con el mono, tan común que a muchos asusta el solo pensarlo. 

Desde constantes viajes al pasado y el testimonio de personas que le otorgan a la narración una interesante manera de ver, de primera mano, sucesos importantes en los que aparecen reconocidas figuras de la cultura cubana: Lezama Lima, Virgilio Piñera, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat y Heberto Padilla, por solo citar una ínfima, pero extraordinaria representación de los escritores caídos en desgracia por estar fuera del juego

Heberto Padilla

Ser vigilado es parte de la vida de quien se atreva a moverse por registros lejanos al gran poder. Si hay algo que no soporta el aparato represivo es no tener el control sobre la mente de sus ciudadanos. Y si los ciudadanos son artistas, les resulta mucho más complejo su trabajo. Por eso ponen en práctica métodos que van más allá de simples llamados de atención o visitas esporádicas para advertir a sus futuras víctimas. El asunto es tan complejo que a veces se les va de la mano y no hay método que sustituya a la violencia:

Me dijeron tu especialidad es el cine, las películas.

No entendí.

—¿Cómo que el cine, las películas?

—Sí, dijo mi oficial de ese momento, el teniente Solórzano. Vas donde el Padilla vaya. Ahora le ha dado por el cine, y se va casi todas las noches al Yara, pues al Yara vas, te metes allí, entras con él, con él no, a pocos asientos, no lo pierdas de vista. Seguro sabe lo que tú haces, pero a ninguno nos importa, cada cual cumple un cometido, el suyo es que lo persigamos y el de nosotros perseguirlo.

Álvaro Martín, cinéfilo.

Los vigilantes, los que están en cualquier lugar a la espera de dar con el objetivo, avanzan sigilosos por las páginas de esta novela. Sin embargo, más corrosivo es el papel del protagonista, atravesado por una daga que no le permite dormir, ni mucho menos tener paz. 

Leopoldo Ávila fue la mano peluda que la Seguridad del Estado empleó para desgastar y hacerles la vida imposible a los aburguesados escritorzuelos de mala madre que no se tragaron con facilidad el anzuelo de la naciente y desgastante revolución de todos y para todos. Artículo tras artículo, desde el anonimato, fue desgajando el árbol de la desobediencia hasta convertirlo en un montón de leña seca:

Una fuente me ha dicho que Padilla piensa mandar un libro con dichos poemas al concurso de la UNEAC. A tu concurso, Nicolás.

Unos poemas embarrados de arrogancia y oportunismo, de desprecio por nosotros, y eso te incluye, Poeta Nacional.

¿Vamos a quedarnos pacíficos, tranquilitos, mientras el bandido se arma su conjunto y viene como un ratón a comernos el queso, el queso que haría mejor en la panza de alguien que sí se lo merece? ¿No será atinado ponerle una trampa a ese ratón holgazán y miserable?

***

¿Podríamos evitar que envíe esos poemas al concurso?

Sí que podemos, ¿y cómo?

Tal vez haya que vaciarle la casa, no dejar un papel vivo allí, aprovechar en algún momento que esa casa esté vacía y meter a nuestra gente a que exploren y saqueen.

Así le escribe Luis Pavón a Nicolás Guillén y con ello el tono de la novela comienza a escalar por senderos nada complacientes, digamos surrealistas. Si hay algo que Esquivel domina con claridad es el sentido del humor, llevado esta vez hasta el más irritante cinismo. Se burla sin impedimentos. Sabe muy bien los mecanismos que sostienen la maquinaria de las instituciones culturales cubanas. Lo sabe y lo padece. Por eso lo convierte en literatura, en buena y punzante literatura. 

De izquierda a derecha: Nicolás Guillén, Alfredo Guevara y Luis Pavón en sepelio de Ignacio Villa "Bola de nieve" (1971).
De izquierda a derecha: Nicolás Guillén, Alfredo Guevara y Luis Pavón en sepelio de Ignacio Villa "Bola de nieve" (1971).

Heberto Padilla y el miedo de Virgilio

Escapar de los tentáculos de una bestia bien entrenada no es una tarea nada fácil. Heberto Padilla se adentró en su extraordinario vientre. Logró escapar no sin antes conocer de primera mano los laberintos bien estructurados. Pero logró salir. Porque el gran asunto de esta novela es el alto precio a pagar. Ya sea desde la risa que provoca en muchas ocasiones o en los momentos en los que sabemos cuán cerca estamos de desaparecer. 

Ese miedo que Virgilio Piñera sufrió hasta el fin de sus días acompaña a muchos ciudadanos anónimos de este país reducido a escombros y a oscuridad de toda índole. El miedo como arma, como estrategia de Estado, es una de las gavetas llenas de cucarachas que algunos prefieren no abrir. Lo saben. Lo sabemos.

Reseña de la obra "Dos viejos pánicos" de Virgilio Piñera, firmada bajo el seudónimo de Leopoldo Ávila, publicada en la revista "Verde Olivo" (Nor. 47, 28 de octubre de 1968, p. 19).
Reseña de la obra "Dos viejos pánicos" de Virgilio Piñera, firmada bajo el seudónimo de Leopoldo Ávila, publicada en la revista "Verde Olivo" (Nor. 47, 28 de octubre de 1968, p. 19).

La brevedad de sus capítulos hace de Yo soy… una lectura dinámica. Carlos logró una obra difícil de dejar a un lado. Cada página está bien narrada y de eso no puede desligarse uno con facilidad. Pero lo más significativo es la certeza con que el narrador se mueve en las turbulentas aguas de varias historias que convergen como vasos comunicantes sobre la dramática existencia de un ser oscuro que desempeñó su papel de daga invisible y como daga invisible también fue desechado.

Uno de los capítulos más breves es la confesión de Emilio Rivera Wood, chofer en la UNEAC:

El día en que Carpentier le dijo a Guillén que se comportara con prudencia, no disparara la piedra para ningún lado, obedeciese sin remilgos, se enfermase si tenía que enfermarse en algún momento, y si tenía que morirse para evitar que lo degradaran, lo tumbaran de su precioso título de Poeta Nacional, que se muriese sin pensarlo dos veces…

Yo estaba muy cerca, a poquísimos metros, oliendo la sensata indignidad de Alejo, el miedo irremplazable de Nicolás.

A veces el escritor sabe lo que le espera, pero continúa. Carlos decidió hace mucho tiempo continuar pese a los inconvenientes. El precio es alto, más alto que cualquier ingreso personal. Pero vale la pena asumirlo cuando el resultado es una excelente novela, una obra estremecedora que será bien recibida por los lectores. 

Si estás de paso por Madrid, y pasas por una de sus librerías, tendrás la oportunidad de ser parte de este torbellino de palabras que te hará entender, de una vez y por todas, las complejas bifurcaciones del llamado Quinquenio gris que nunca, escucha bien, nunca, nunca, nunca, terminó:

Me dijeron que debía meterme en la casa de un escritor llamado Virgilio Piñera. Para mí abrir un candado no pasaba de ser un trámite muy sencillo. Querían aprovechar que el escritor no se encontraba en su casa para meterme en ella.

¿Robar? Ni siquiera eso. Lo que el Turco me pedía era que dejara indicios de mi estancia ahí, no sé, algo movido de lugar, un zapato lejos de su zapatera, la ropa regada por cualquier sitio. Si lo deseaba, podía llevarme lo que se me ocurriera.

***

Al otro día me reuní con el Turco. Me felicitó por la sutileza, por el ingenio de poner la camisa donde la puse.

—¿Qué le robaste? —preguntó.

Le dije la verdad. Qué le iba a robar a un tipo que estaba mucho peor que yo. El Turco me escuchó con apreciable disgusto. No me recriminó sin embargo. Al menos en ese momento. Luego se fue.

Darío Cosme, ladrón.

Yo soy Leopoldo Ávila es la punta del iceberg. Lo más terrible aún está por venir.

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Frank Castell

Frank Castell.

(Las Tunas, Cuba, 1976). Poeta, narrador y dramaturgo. Licenciado en Español y Literatura. Miembro de la UNEAC. Egresado del segundo curso del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, en el año 2000. Tiene publicados los libros El suave ruido de las sombras (Poesía, Editorial Sanlope, 2000), Confesiones a la eternidad (Poesía, Editorial Sanlope, 2002), Corazón de barco (Poesía, Letras Cubanas, 2006), Final del día (Poesía, Editorial Sanlope, 2012), Salmos oscuros (Poesía, Editorial Oriente, 2013), Fragmentos de Isla (Poesía, Letras Cubanas, 2015), El solitario oficio de la resistencia (Poesía, Valparaíso Ediciones, España, 2018), Como un país desierto (Poesía, Huerga Fierro Editores, España, 2019), La maquinaria (Novela, Ilíada Ediciones, Alemania, 2020), Redentor (Poesía, Ilíada Ediciones, Alemania, 2023), Paisaje humano (Ediciones Médanos, USA, 2024), Redeemer (Poesía, Ilíada Ediciones, Alemania, 2025), El horizonte blanco de la bestia (Novela, Editorial Primigenios, USA, 2025) y La isla de los sarcófagos (Novela, Editorial Primigenios, USA, 2026).

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