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Opinión | Para una lectura de "Nuestra América" en el nuevo milenio

"La cultura, para Martí, ha de ser un arma para salvar la patria de todos sus gérmenes de discordia, tanto social como espiritual. Pues la cultura no consiste en un lujo de privilegiados, sino que, por el contrario, es un bregar compartido."

Busto de José Martí (obra de Jilma Madera) sobre el Pico Turquino.
Busto de José Martí (obra de Jilma Madera) sobre el Pico Turquino. | Imagen: Amilkar Feria Flores

Olga García Yero apunta que "en este breve ensayo publicado en 2004, Luis Álvarez (1950-2026) analiza aspectos medulares de uno de los textos más agudos de Martí sobre el continente. Para Álvarez, es en estas páginas donde Martí proyecta su sentido del humanismo para el subcontinente, su pensamiento filosófico y naturalista. Las ideas sobre la cultura son cabales para entender el lógico acercamiento martiano a una filosofía de la cultura. No obstante, el castrismo ha centrado solo la atención en una pésima interpretación de las ideas políticas de Martí. Los textos que en Cuba, afiliados al dogma marxista, han tratado de 'analizar' Nuestra América demuestran hasta hoy la manquedad y el oportunismo de sus autores".

"Nuestra América", el gran ensayo de José Martí, seguirá siendo en el nuevo milenio un texto de enorme magnetismo. Me gustaría reflexionar sobre algunos enfoques de lectura de este texto, porque su título y su amplio significado abarcan, en mínima extensión, la magnitud inmensa del Continente Mestizo.

Este ensayo prodigioso ha sido objeto de recepciones diversas: la lectura política y la lectura estilística, la lectura biográfica y la lectura visionaria. Me gustaría pensar en la posibilidad de que, en el nuevo milenio que se inicia con tan sombrías perspectivas, pudiéramos los hispanoamericanos proponernos una nueva lectura que se integre a las ya efectuadas. Me refiero a un acercamiento a  la visión de la cultura que en ese texto aparece conformada.

José Martí fue, en el contexto de América Latina, uno de los precursores más agudos en el campo de la reflexión sobre la cultura. Él se asomó a este campo como parte de su interés por los temas más urgentes para la Hispanoamérica de su tiempo y de todos los tiempos. El prócer cubano, aun no habiendo sido estrictamente un culturólogo, no podía, en atención a su fundamental humanismo, dejar fuera de sus reflexiones un aspecto tan importante como el de la ponderación de  la cultura en tanto ámbito inalienable para la realización del  ser humano.

Martí, de una manera insistente, vuelve una y otra vez sobre el problema de para qué, dónde y cómo realiza el hombre su existencia. La reconocida prioridad que concede, por una parte, a la sociedad en sus más diversos y amplios sentidos (sea materializada  como patria, o como conjunto idiosincrásico latinoamericano), y, por otra parte,  a la eticidad como actuación concordante con las necesidades de ella, son garantías a priori  de que, en efecto, una indagación de un tema semejante no puede ser ajena al corpus de la obra de Martí

Las fuentes de una filosofía martiana de la cultura

Por otra parte, sus páginas evidencian rasgos que permiten confirmar de antemano la validez de la propuesta: Martí conoció el pensamiento de Giambattista Vico, cuya Scienza nuova atrae la atención sobre una vertiente no cartesiana del saber, la de la conciencia histórica y, por ende, cultural, razón por la cual sentó bases valiosas para el desarrollo ulterior de la reflexión sobre la cultura. Que Martí aluda, aunque sea de modo sumario, al gran pensador italiano indica, por lo menos, que lo consideraba interesante. 

Eso abre  la posibilidad de que Martí haya tomado contacto con la idea de Vico respecto de una consideración científica sobre aspectos que netamente se enclavan en el epicentro de la reflexión acerca de los fenómenos culturales: el lenguaje, el mito, la religión, la poesía. Por otra parte, y más nítidamente tangible que una hipotética valoración martiana sobre el filósofo italiano, es el contacto del prohombre cubano con la obra de un pensador que, con mayor derecho que Vico, puede ser considerado como uno de los pilares fundadores  para la reflexión culturológica contemporánea. 

Me refiero a Johann Gottfried von Herder, a quien Martí se refiere con palpable admiración en varios momentos, como cuando, en La Opinión Nacional, lo denomina “poeta y pensador” y a renglón seguido califica su estilo como dotado "con singular acierto y esplendor" en una obra que, con toda evidencia, el Apóstol sí leyó1.  

El filósofo, teólogo y crítico literario alemán Johann Gottfried von Herder. Retrado de Gerhard von Kügelgen.
El filósofo, teólogo y crítico literario alemán Johann Gottfried von Herder. Retrado de Gerhard von Kügelgen.

Ernst Cassirer, al examinar la evolución histórica que condujo a la aparición de la consideración científica y filosófica sobre la cultura, subraya la importancia crucial del pensamiento herderiano al señalar: 

Es Herder quien proyecta el resplandor de la conciencia filosófica sobre lo que en Vico aparece todavía envuelto en la penumbra semimítica.2 

Del pensamiento herderiano debió de haber tomado Martí la noción de la historia humana como ámbito integrativo de las diversas proyecciones de la cultura, donde, a diferencia del panorama trazado por Vico, el proceso de evolución no consiste en un inexorable apartarse, en sucesivos descensos decadentes,  de una primigenia edad dorada de la convivencia humana, sino que, por el contrario, resulta un desarrollo que debe conducir hacia un estadio del mayor valor, lo cual, por cierto, es una anticipación de ideas que luego Hegel3 llevará a consecuencias extremas. 

Y hay que recordar además que, en el dar y tomar en que consiste siempre el desarrollo del pensamiento filosófico, Hegel, que admiró tanto a Herder, es la piedra de toque de las ideas de [Karl Christian Friedrich] Krause, el hegeliano menor tan difundido y considerado en los círculos académicos e intelectuales de Hispanoamérica en la época de Martí. 

"El pensamiento de Martí sobre la cultura se condensa centelleante en 'Nuestra América'."

Por otra parte, el prohombre cubano tenía, además de su personal interés por la comprensión de la cultura como fenómeno de importancia crucial, otras fuentes de estímulo para asomarse a este tipo de reflexión. Me refiero al ámbito de las ideas en Estados Unidos, donde Thoreau y Emerson, cada uno desde sus posiciones específicas, estaban desarrollando un pensamiento que, por la vía de una crítica determinada sobre los valores que estaban comenzando a imponerse peligrosamente en Norteamérica —la concepción de un "sueño americano" basado en la sobrevaloración de la competitividad económica, el maquinismo, la tecnologización a ultranza y la devastación de la Naturaleza—, también adelantaba, de manera difusa, pero ciertamente perceptible, una concepción sobre la cultura, en la que prima no solamente un sentido de redignificación del hombre sobre la base de un mejoramiento de su conducta ética, sino también una visión de la cultura como integración de valores y unidad de lo diverso, lo cual se produce tanto en el universo social de la cultura como en sus manifestaciones a nivel del individuo. Así, Emerson apunta en Hombres simbólicos algo que puede aplicarse directamente al autor de Nuestra América:

Todo gran artista está formado por síntesis. Nuestra fuerza es transeúnte y alternante; diríamos que es la unión de dos riberas. La orilla del mar que, vista desde el mar, es playa, y vista desde la playa es mar; la influencia recíproca de dos metales en contacto; nuestro afecto aumentado a la venida y a la partida del amigo; la experiencia de la creación poética que no se halla en casa ni de viaje, sino en las frecuentes transiciones y mudanzas; este dominio de ambos elementos es lo que explica el poder y el encanto de Platón.4

El carácter transformador de la cultura

Así, nutrido, como gran artista que era, de las más diversas fuentes, el pensamiento de Martí sobre la cultura se despliega a lo largo de toda su obra, y, en particular, se condensa centelleante en "Nuestra América". En este texto se concentra con mayor fuerza su idea sobre el carácter transformador de la cultura. Aquí se destaca especialmente cómo el autoconocimiento es el punto de partida para una verdadera transformación de la patria continental:

No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.

En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América?5

De aquí que la cultura, en la idea martiana, sea ante todo un acto de inteligencia, es decir, una actividad adaptativa y de selección, destinada, por una parte, a alcanzar una homeostasis (equilibrio) entre los hombres y entre el hombre y la Naturaleza. 

Aspira a un equilibrio no tanto inestable cuanto, sobre todo, dialécticamente transicional,  que en cada etapa logre tensar las energías de la sociedad para garantizar una supervivencia y un crecimiento hacia peldaños superiores de lo humano. Pero esa homeostasis no se obtiene por la vía de la mera acumulación informativa, en la cual hay el riesgo permanente de que se acopie la información por el simple gusto de hacerlo, lo cual incluye, desde luego, la adquisición mimética y estéril de patrones foráneos no verdaderamente productivos, fenómeno contra el cual arremete Martí nítidamente en "Nuestra América". 

"La comunicación cultural es sentida por Martí como una toma de conciencia."

La verdadera creatividad en el marco de una cultura efectiva y nutriente se asienta sobre un aspecto esencial. Me refiero al papel que, con extraordinaria anticipación, asigna Martí a la comunicación cultural. Hoy, en que la semiótica ha subrayado la necesidad de aprender a leer no meramente textos escritos, sino la cultura toda, hoy, en que el pensamiento postmoderno subraya la necesidad de comprender la razón del Otro, la dinámica social, en su sentido más nítido y constructivo, se desarrolla en términos de una comprensión de que la identidad cultural, esencial para la vida de los pueblos, consiste en que un grupo social se conoce a sí mismo en la medida en que puede compararse e interrelacionarse con otros grupos a quienes no imita vanamente ni destruye. 

Esa "razón del Otro", que en la estética contemporánea se asocia sobre todo con la postura neobarroca, es la que Martí sugiere y defiende para el Continente Mestizo, la tierra elegida del Barroco. Por eso una lectura contemporánea de "Nuestra América" nos pide atender a un pasaje luminoso de su texto:

Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil, de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa o inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. "¿Cómo somos?" se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son.6 

La comunicación cultural, por tanto, es sentida por Martí como una toma de conciencia de un conjunto multifacético de matices de la cultura, que abarcan desde lo más obviamente semántico, conceptual e ideológico, hasta sus rasgos psicosociales más diversos, incluida la poetización de la relación interlocutiva. En esa alusión a la comunicación entre los pueblos, como forma de conocerse, pero también de autoafirmarse, está implícita también una autodefensa de lo esencial del ser hispanoamericano:

El  deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.7

Una educación integralmente nacional e hispanoamericana

Pero para mostrarse como es, la América mestiza tiene que intensificar su autoconocimiento. Es ésta una verdadera obsesión en la imagen martiana del Continente. Ese autoconocimiento es concebido no solamente como un apetito del saber, una necesidad del espíritu y de la organización civil de los pueblos. Forma parte, asimismo, de una actitud cultural, lo que en su día otro gran cubano, José Lezama Lima, denominara la "curiosidad barroca".  Integrada América, con difícil crecimiento, por diversos componentes humanos y culturales, sometida a un mestizaje profundo y generoso, ese apetito del saber se traduce en la visión martiana como un formidable interés por la educación popular. 

"Por América (José Martí)" (1986), de Juan Francisco Elso.
"Por América (José Martí)" (1986) de Juan Francisco Elso.

Pero la educación en América no debe orientarse, de modo paternalista, solamente hacia las clases populares. Muy al contrario, también los privilegiados de la fortuna, si realmente se deciden a cumplir un deber de patria, están obligados a una educación integralmente nacional e hispanoamericana, que el prócer cubano basa sobre una concepción sorprendentemente contemporánea de la lectura. Pues Martí no concibe meramente la lectura como actividad concentrada en el libro en tanto objeto, y menos aún en una época en que, como en el siglo XIX, América Hispánica estaba esencialmente desprovista de una verdadera industria editorial. 

El libro ajeno puede ser útil, pero no como incitación a la estéril imitación, sino sólo como instrumento de integración creativa y de aplicación consciente en la propia realidad. Es, de hecho, toda América un texto gigantesco que debe ser leído, en primera y fundamental instancia, por el hombre americano: 

Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades del país.8 

Por tanto, el texto primero, objeto de lectura esencial, es la cultura misma de nuestros países en crecimiento.  Por eso, piensa, el libro importado no puede ser una guía cabal de la cultura hispanoamericana.

Hombre de la Modernidad, y a la vez de una América peligrosamente apartada del movimiento científico real de su época, Martí comprende que es necesario impulsar su desarrollo, pero no concibe las ciencias como entidades abstractas, suprahumanas, despojadas de una significación extraconceptual. 

"La cultura no solamente expresa la idiosincrasia, sino que la acentúa, la desarrolla y la defiende."

Muy al contrario, el significado mismo del conocimiento sólo tiene sentido, en su modo penetrante de entenderlo, cuando ha sido convertido en producto cultural pleno, es decir, cuando ha alcanzado también un valor subjetivo y colectivo, social en su sentido más lato y profundo. Se trata de la fusión entre el dato, el producto de la indagación científica —piedra de toque en la visión positivista del siglo XIX, y, por lo demás, presente también en el neopositivismo de la centuria siguiente—, y las aspiraciones y acervos culturales de una colectividad. Dice Martí:

La ciencia, en las cosas de los pueblos, no es el ahitar el cañón de la pluma de digestos extraños, y remedios de otras sociedades, sino estudiar, a pecho de hombre, los elementos, ásperos o lisos, del país, y acomodar al fin humano del bienestar en el decoro los elementos peculiares de la patria, por métodos que convengan a su estado, y puedan fungir sin choque dentro de él. Lo demás es yerba seca y pedantería. De esta ciencia, estricta e implacable – y menos socorrida por más difícil – de esta ciencia pobre y dolorosa, menos brillante y asequible que la copiadiza e imitada, surge en Cuba, por la hostilidad incurable y creciente de sus elementos, y la opresión del elemento propio y apto por el elemento extraño e inepto, la revolución. Así lo saben todos, y lo confiesan. En lo que cabe duda es en la posibilidad de la revolución. Eso es lo de hombres: hacerla posible. Eso es el deber patrio de hoy, y el verdadero y único deber científico en la sociedad cubana.9

De las consideraciones antes expresadas, cabe deducir que él concibe la cultura, y, en particular, la cultura hispanoamericana, como un ámbito de complejo y urgente crecimiento, tanto como factor de sustento y arranque de la identidad continental, cuanto como arma defensiva de los pueblos de América. Pues la cultura no solamente expresa la idiosincrasia, sino que la acentúa, la desarrolla y la defiende. 

Por ello, en su día, la reflexión de Martí sobre la cultura hispanoamericana no solamente tenía, con entero valor, la finalidad de perfilar, profundizándolos, los matices caracterológicos de mayor relieve en el Continente, sino, sobre todo, la función de defender la supervivencia de una macrorregión que estaba continuamente en riesgo de desaparecer como complejo y multifacético conjunto cultural, amenaza que la globalización acentúa en nuestros tiempos. 

“Solo hay dicha verdadera en la amistad y en la cultura”

Otra cuestión de esencia que es necesario advertir es la importancia personalizada que Martí atribuye a la cultura. Ante todo, la considera como enriquecimiento fundamental para el individuo. Entre los muchos momentos en que se manifiesta su actitud valorativa, se destaca, por ser especialmente alquitarado y por constituir en sí una síntesis de toda la concepción martiana sobre el modelo de cultura que él quería para su patria, el artículo dedicado en Patria a los "Lunes de La Liga", el 26 de marzo de 1892, es decir, apenas un año después de "Nuestra América".

Retrato de José Martí, Nueva York, 1891.
Retrato de José Martí, Nueva York, 1891.

Precisamente aquí, en un emotivo comentario periodístico acerca de esa sociedad cultural de obreros afrocubanos emigrados en Nueva York, Martí escribe palabras entrañables para comprender lo que pudiera llamarse su personal perspectiva axiológica acerca de la cultura: 

En "La Liga" se reúnen, después de la fatiga del trabajo, los que saben que sólo hay dicha verdadera en la amistad y en la cultura; los que en sí sienten o ven por sí que el ser de un color o de otro no merma en el hombre la aspiración sublime; los que no creen que ganar el pan en un oficio, da al hombre menos derechos y obligaciones que los de quienes lo ganan en cualquiera otro; los que han oído la voz interior que manda tener encendida la luz natural, y el pecho, como un nido, caliente para el hombre; los hijos de las dos islas que, en el sigilo de la creación, maduran el carácter nuevo por cuya justicia y práctica firme se ha de asegurar la patria. 

Conquistarla será menos que mantenerla; y junto con el arma que la ha de rescatar hay que llevar a ella el espíritu de república, y el habitual manejo de las prácticas libres, que por sobre todos sus gérmenes de discordia ha de salvarla.10 

En el pasaje antes citado, se percibe una idea rectora de la actitud martiana ante el tema: la cultura es no solamente el ámbito, sino también el instrumento esencial, la posibilidad de felicidad para la vida humana. Se trata, en lo medular, de una actitud ante la necesidad de vivir. Según esta manera de concebir el problema de la cultura, ella no es un escape silencioso hacia una esfera de puras idealidades y goces del espíritu, refugio frente a los penosos fragores del mundo cotidiano a la manera en que desde una actitud mística medieval podían escribirse frases en el estilo de In omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro11 ("Busqué la paz en todas las cosas, y no la encontré sino en un rincón, sentado con un libro"). 

No porque la  cultura garantice la permanencia de un modo de vivir, ni resulte una especie de defensa del status quo, por encima y a pesar de cualquier contingencia y avatar que tenga que arrostrar el individuo y la sociedad, sino porque en el pensamiento martiano la cultura resulta garante de la dicha por una razón totalmente opuesta y que, por lo demás, resulta obviamente la más importante para él: la cultura es un modo sistemático de promover el cambio, la transformación, el progreso, el diálogo del hombre consigo y con los otros. 

La cultura, como señala en el mismo pasaje, ha de ser un arma para salvar la patria de todos sus gérmenes de discordia, tanto social como espiritual. Pues la cultura no consiste, para él, en un lujo de privilegiados, sino que, por el contrario, es un bregar compartido que, impulsado por la aspiración esencial del hombre a su propio mejoramiento como individuo y como grupo, es capaz de borrar "con el anhelo del saber las huellas todas del cansancio del día"12.

Vale la pena, pues, releer "Nuestra América" en estos estremecedores comienzos del tercer milenio. Es bueno recordar, en la palabra de un grande del Continente Mestizo, que la cultura no es exclusivamente una aspiración, ni tan sólo un derecho humano: es también, y sobre todo, instrumento y finalidad esenciales del autocrecimiento como base fundamental para una sociedad y para un ser humano realmente dueños de su futuro y su albedrío.   

Notas

1 Se trata de la Historia de la poesía hebrea, mencionada varias veces por Martí. Consta, por lo demás, que el prócer cubano leyó el estudio de la baronesa de Carlowitz sobre el pensamiento herderiano.

2 Ernst Cassirer: Las ciencias de la cultura. Fondo de Cultura Económica, México, 1955, p. 21-22.

3 No puede olvidarse que Hegel valoró en alto grado el pensamiento herderiano.

4 Ralph Waldo Emerson: Hombres simbólicos. Ed. Thor, Buenos Aires, 1945.

5 José Martí: Obras completas. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1975,  t. 6, p. 17.

6 Ibid., t. 6, p. 20.

7 Ibid., t. 6, p. 22.

8 Ibid., t. 6, p. 18.

9 Ibid., t. 3, p. 117.

10 Ibid.., t. 5, p. 252-253.

11 A esta frase alude, no sin ironía, Umberto Eco en su novela El nombre de la rosa.

12 José Martí: op. cit.

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Luis Álvarez Álvarez

Luis Álvarez Álvarez

(Camagüey, 1950 – São Paulo, Brasil, 2026) Doctor en Ciencias y doctor en Ciencias Filológicas. Ensayista y poeta. Premio de Pensamiento Caribeño (área de la Cultura) por el Estado Libre de Quintana Roo, México, la Editorial Siglo XXI y la Universidad Autónoma de Quintana Roo, en 2003. Premio Extraordinario de Ensayo sobre José Martí, Casa de las Américas, en 1995. Mención de Honor en el IV Concurso Hispanoamericano de Ensayo sobre pensamiento "René Uribe Ferrer", convocado por la Universidad Pontificia de Bogotá y el Instituto Cervantes de Madrid.

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