La percepción de inseguridad ciudadana ha alcanzado niveles críticos en Santiago de Cuba. Robos, asaltos y homicidios se acumulan en distintos puntos de la ciudad mientras las autoridades guardan silencio, las luces permanecen apagadas y la población aprende a vivir con miedo.
En Cuba no existen estadísticas oficiales públicas sobre criminalidad que permitan comparar el comportamiento delictivo y homicida entre un período y otro. Lo que sí existe, y de forma elocuente, es la percepción de una ciudadanía que ya no puede ignorar lo que ocurre en sus calles. Vecinos de los barrios Altamira, Marimón, Micro 9, el Distrito José Martí, el reparto Sueño y el poblado El Caney coinciden: la ciudad está más peligrosa y oscura que nunca.
Hechos que el oficialismo prefiere ignorar
Uno de los casos más impactantes de los últimos años fue el asesinato de Rodolfo Despaigne Fines, custodio de 74 años residente en el reparto Los Olmos, golpeado y asfixiado por varios asaltantes mientras cumplía su turno nocturno en un restaurante privado el 17 de noviembre de 2024. Hasta el momento de redactar este reportaje, no se ha detenido a nadie, no hay información sobre los avances de la investigación judicial ni se ha realizado juicio a los asesinos.
Pocos días antes, el 11 de noviembre, otro crimen había sacudido a la ciudad: el asesinato del también custodio Miguel Pérez Sánchez, que laboraba en el Mercado Agropecuario Estatal "El Santiaguero", en la calle Garzón, a escasos metros del comité provincial del Partido Comunista de Cuba. La ubicación del hecho dice más que cualquier estadística.
El pasado 9 de mayo de 2026, en la Avenida Las Américas, en el Distrito José Martí, Ramón Orlando Licea Muñoz, de 62 años, fue asesinado durante el robo de su triciclo eléctrico. Recibió siete puñaladas y quedó tendido en plena calle mientras el área permanecía sin electricidad. Sus familiares denuncian que hasta este momento no han recibido información clara sobre el avance de la investigación. Ni sobre el paradero del vehículo.
La violencia es tanta que no respeta ni los símbolos del poder: el 16 de mayo de 2026 robaron en la vivienda de Yaneidis Hechavarría, Presidenta de la Asamblea Municipal del Poder Popular en Santiago de Cuba. De su hogar, ubicado en el hoyo de la barriada de Chicharrones, fueron sustraídos ventiladores, electrodomésticos y otras pertenencias. El presunto autor, según denuncias vecinales, era un joven residente en la propia comunidad.
El caso generó indignación por una razón adicional: el amplio despliegue policial para capturar al sospechoso contrastó dolorosamente con la respuesta habitual ante delitos contra ciudadanos comunes. Denunció un vecino del sector bajo condición de anonimato:
"Cuando le roban a cualquier ciudadano corriente, muchas veces la policía ni aparece, pero como se trataba de una dirigente sí movilizaron patrullas y oficiales rápidamente."
El 24 de mayo de 2026, en la calle Cuarta del reparto Sueño, frente al Parque Maceo, un adolescente de 15 años fue retenido por vecinos tras presuntamente arrebatarle dos cadenas a un hombre que se encontraba junto a su familia.
Al ser interceptado, el menor declaró ante la multitud:
"Yo soy menor de edad, ahorita me sueltan."
La hija de la víctima relató que su padre sufrió heridas durante la persecución y que menos de un año antes había sufrido dos infartos, por lo que el susto pudo terminar en tragedia. Al acudir a la unidad policial, la respuesta que recibieron fue que, por tratarse de un menor:
"En pocas horas sale y vuelve a lo mismo."
La oscuridad que favorece el crimen
Los hechos violentos ocurren, además, en una ciudad donde el alumbrado público lleva meses colapsado. Un trabajador de este sistema eléctrico, consultado bajo anonimato, fue directo: hay un déficit severo de luminarias y no hay recursos para resolverlo. Explicó:
"No hay suficientes lámparas ni recursos para cubrir todos los reportes. Muchas calles llevan meses apagadas y eso evidentemente favorece la inseguridad."
Vecinos de Altamira, Marimón y el Distrito José Martí describen sus calles como tierra de nadie después del anochecer.
Yanela Benítez, una joven madre que reside en Altamira, confesó que ya no deja salir a sus hijos de noche. Expresó:
"La ciudad está oscura y la delincuencia ha aumentado muchísimo. Ya no es solamente el apagón eléctrico, es el apagón de seguridad que estamos viviendo."
Una señora de 68 años del reparto Marimón dijo, con la claridad que solo otorga la experiencia:
"Cuando la ciudad queda completamente oscura, el miedo también se apodera de la gente. Y lo peor es que muchos sienten que nadie los está protegiendo."
El silencio como política
Delegados de circunscripción consultados bajo anonimato reconocieron que el tema de la inseguridad se ha llevado en repetidas ocasiones a las reuniones de la Asamblea Provincial del Poder Popular, pero que las respuestas no cambian. Señaló uno de ellos:
"La población está desesperada porque siente que la ciudad está más peligrosa y oscura cada día. Nosotros planteamos el problema en las reuniones, pero casi siempre todo termina en explicaciones y no en soluciones."
La explicación oficial de siempre apunta a la crisis económica y al bloqueo. Pero las víctimas no tienen tiempo para explicaciones. Tienen miedo. Tienen heridas. Tienen muertos que llorar.
En torno a los crímenes violentos recientes, residentes cuestionan el hermetismo que mantienen las autoridades policiales, que raramente se ofrecen detalles públicos sobre investigaciones criminales o cifras relacionadas con hechos de sangre. La opacidad informativa no solo impide el análisis, también alimenta la desconfianza y deja a la ciudadanía sin herramientas para exigir rendición de cuentas.
Un llamado que no puede esperar
Las autoridades encargadas de la atención a menores infractores, las fuerzas del orden y los organismos de gobierno en Santiago de Cuba tienen una deuda con su población. Cada menor que regresa a la calle sin consecuencias reales es una nueva víctima anunciada. Cada calle apagada es una invitación al crimen. Cada homicidio archivado en silencio es una herida que no cierra.
Santiago de Cuba enfrenta en pleno 2026 una combinación explosiva: crisis económica, apagones prolongados, deterioro social, impunidad creciente y una violencia callejera que no da tregua.
Mientras la ciudad espera respuestas, el miedo sigue siendo el único alumbrado que nunca falta.
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