Hace unos meses hablé con un amigo de La Habana. Habíamos estudiado juntos, sobrevivido a los mismos apagones de juventud y discutido, con la arrogancia propia de los veinte años, sobre quién sería el último de nosotros en abandonar Cuba. Le pregunté si seguía allí. "De momento", respondió. Aquellas dos palabras me parecieron más precisas que cualquier informe demográfico.
Durante años conocí a cubanos que juraban que no se irían. Habían decidido resistir, cuidar a sus padres, conservar la casa, enseñar, curar, investigar o sencillamente vivir donde habían nacido. Después empezaron a llegar los mensajes desde otras ciudades. Algunos se fueron convencidos; otros salieron agotados. Casi todos aseguraban que aquello sería temporal.
Los números han quitado bastante épica al asunto. Cuba cerró 2024 con 9.748.007 habitantes, unos 308.000 menos que el año anterior, según cifras que no puedo dar por confirmadas. Aquel año nacieron apenas 71.358 niños y más de una cuarta parte de la población tenía 60 años o más. No es una metáfora del exilio. Es demografía.
Los que se van y los que sostienen lo que queda
Durante décadas preguntábamos quién se iba. Ahora la pregunta es otra: ¿quién queda? A veces da la impresión de que aquellos que resistían ya se marcharon o están buscando la manera de hacerlo.
Quedan, naturalmente, millones de personas: los que no quieren irse y los que no pueden, la hija que cuida a su madre, el médico que todavía entra en una guardia, el profesor que insiste en dar clase, el joven que espera una cita consular, el empresario que pelea con tres tipos de cambio, el vecino que remienda un ventilador, la mujer que vende café, el hombre que protesta, el que calla, el que sueña con un billete de avión y el que ha decidido que nadie lo moverá de la Isla Metafórica aunque se derrumbe el techo sobre la cama.
Conviene recordarlo cuando desde fuera describimos Cuba como un país vacío. No lo está. Mas la emigración de jóvenes y profesionales altera la estructura de la sociedad y reduce el número de personas disponibles para sostener instituciones, empresas y servicios.
A eso se suma el desgaste político. Parte de la oposición visible ha terminado en prisión, bajo vigilancia o en el exilio. Human Rights Watch informó que centenares de participantes en las protestas del 11 de julio de 2021 seguían encarcelados o sometidos a restricciones, y en 2026 señaló que la gran amnistía anunciada por el Gobierno dejó fuera a críticos presos.
El procedimiento tiene una eficacia admirable, si uno consigue admirar tales cosas. Se encarcela al que protesta, se agota al que intenta reformar y se deja marchar al que pierde la paciencia. Después alguna comisión puede reunirse para estudiar por qué escasea la iniciativa ciudadana. Kafka habría pedido una libreta.
Una transición sin nuevos mesías
Y entonces aparece la cuestión decisiva. Si mañana comenzara una transición política, ¿quién podría conducirla desde dentro?
No confío demasiado en los salvadores. Cuba ha consumido suficiente mesianismo para varias generaciones. Preferiría algo mucho menos emocionante: un gobierno tecnócrata de transición, con mandato limitado, fecha de caducidad y la obligación de abandonar el poder después de crear las condiciones para unas elecciones libres.
Su tarea no tendría glamour. Tendría que estabilizar la moneda y recuperar servicios básicos. También tendría que reconstruir garantías jurídicas, dar seguridad a la propiedad y crear una autoridad electoral creíble. Después, elecciones y a casa. La eternidad gubernamental ya ha sido ensayada con notable perseverancia.
El problema vuelve a ser el mismo: ¿quién está allí? Decir que nadie sería falso y también cómodo.
El sector privado cubano empleaba ya en 2024 a unos 1,6 millones de los cuatro millones de trabajadores del país y superó por primera vez al Estado en valor de ventas minoristas. Eso significa que dentro de Cuba existen personas que administran empresas, negocian, importan, pagan salarios y toman decisiones fuera de la liturgia estatal.
También permanecen profesionales dentro de universidades, hospitales, empresas públicas y administraciones. La Isla Metafórica posee una habilidad sorprendente para formar gente y después pedirle que utilice una parte pequeña de lo que sabe. En junio de 2026, el propio Gobierno convocó a economistas no oficialistas y críticos para buscar propuestas de reforma y aprobó 176 medidas destinadas a liberalizar y descentralizar la economía.
El talento que queda y el que se fue
Fuera, por supuesto, hay una reserva enorme de conocimiento cubano. Este verano de 2026, varios conocidos opositores presentaron una propuesta para estabilizar la economía y avanzar hacia una economía social de mercado asentada en un Estado democrático de derecho. El equipo es transnacional. La materia gris, por fortuna, no necesita permiso de salida.
La diáspora tendría que participar en cualquier reconstrucción. Ha acumulado capital, experiencia institucional y conocimiento. Un país no puede amputarse una parte de sus ciudadanos; ergo, tampoco sería sensato entregar la transición únicamente a quienes vivimos fuera. Gobernar desde Madrid o Miami una calle de Centro Habana que se queda sin agua tiene algo de videojuego con mala conexión.
La fórmula tendría que mezclar legitimidad interior y capacidad exterior. Quien permaneció no posee una superioridad moral automática, y quien emigró tampoco adquirió clarividencia al pasar la aduana. La discusión cubana lleva demasiados años repartiendo certificados de pureza.
Quizá por eso me atrae la idea de una transición tecnocrática. No porque los técnicos sean seres angelicales. También tienen ego, ambición y cuñados. Me atrae porque su legitimidad podría descansar en una misión concreta y breve, no en una nueva epopeya nacional.
Hace unos días volví a escribir a mi amigo de La Habana. Evité preguntarle por política y le pregunté simplemente si seguía allí. "De momento", respondió otra vez.
El problema de Cuba cabe bastante bien en esas dos palabras. La pregunta es cuánto durará el momento y cuántos de los que podrían reconstruir el país seguirán allí cuando termine.
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