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Narrativa europea | Franz Kafka: "Un artista del hambre" (cuento)

Kafka convierte al ayunador en una parábola del arte moderno: "la obra que presenta el artista del hambre es el artista mismo en desaparición", según el ensayista Christian Bank Pedersen. "Una creación que es el autovaciamiento propio del creador."

"Desnudo masculino incorporándose" (1910) de Egon Schiele.
"Desnudo masculino incorporándose" (1910) de Egon Schiele.

UN ARTISTA DEL HAMBRE

"Un artista del hambre" fue publicado por primera vez en la revista alemana Die neue Rundschau (La nueva revista) en el número de octubre de 1922, y luego fue incuido por Franz Kafka en su último libro preparado en vida Un artista del hambre. Cuatro historias (Ein Hungerkünstler. Vier Geschichten, Berlín, Verlag Die Schmiede, 1924). Está considerado uno de los mejores relatos de la literatura universal, entre muchos motivos, porque anticipa problemas centrales del arte contemporáneo: el cuerpo como obra, la performance, la instalación, la mirada del espectador y la desaparición del artista en el propio acto artístico.

En las últimas décadas, el interés por el ayuno profesional ha disminuido notablemente. Antes era un negocio rentable montar grandes espectáculos de este tipo por cuenta propia, pero en la actualidad aquello es absolutamente irrealizable. Eran otros tiempos; en aquellos días, el artista del hambre acaparaba la atención de toda una ciudad. De día en día, mientras duraba el ayuno, la asistencia aumentaba. Todos querían ver al artista al menos una vez por día. Había gente con entradas de abono para los últimos días que se sentaba toda la jornada delante de la pequeña jaula de barrotes. Incluso por la noche había horas de visita, a la luz de las antorchas para cargar aún más el ambiente. En los días de buen tiempo, la jaula se sacaba al aire libre pensando especialmente en los niños, que eran los principales asistentes de la exhibición del artista. Para los adultos, normalmente, no era más que una bufonada a la que se sumaban porque estaba de moda; los niños, en cambio, se quedaban mirando con la boca abierta por el asombro, tomados de la mano por seguridad, mientras el artista permanecía tumbado, ni siquiera en un sillón sino en un lecho de paja; todo pálido en una trusa negra y con las costillas agudamente marcadas. Cada 
cierto tiempo respondía las preguntas que le hacían, agregando una sonrisa pesada y un gesto formal con la cabeza, y ofrecía algún brazo estirado a través de los barrotes para que se pudiera constatar lo delgado que estaba. Tan pronto como cumplía con esto, se volvía a replegar por completo en sí mismo, de modo que no prestaba atención a nada, ni siquiera a lo que era tan importante para él como la marcha de su reloj, el único mueble que lo acompañaba en su jaula. Se quedaba todo el rato viendo el vacío con los ojos casi cerrados y, de vez en cuando, sorbía un poquito de agua en un vaso diminuto para humedecer los labios.

Entre los invitados a la jaula, aparte de los diversos grupos de espectadores que iban y venían, estaban los relevos de guardias fijos, que eran propuestos por el público —curiosamente solían ser carniceros— y cuya tarea, siempre en grupos de tres, consistía en vigilar día y noche al artista del hambre para asegurarse de que no consiguiera alimentos gracias a algún procedimiento secreto. Esto no era más que una formalidad, instituida para tranquilizar a las masas, pues los conocedores de esta materia sabían muy bien que durante su ayuno el artista nunca, bajo ninguna circunstancia, habría comido el más mínimo bocado, ni aun bajo amenaza de violencia. El honor de su arte se lo prohibía. No todos los guardias eran capaces de entender esto, naturalmente. En ocasiones había grupos de guardias nocturnos que eran muy laxos en su vigilancia, y se apiñaban a propósito en algún rincón alejado para jugar a las cartas sin distracciones, con la clara intención de darle al artista la oportunidad para una pequeña merienda que suponían podía sacar de alguna recóndita despensa. Nada mortificaba más al artista que estos guardias, le hacían sentir miserable, hacían que su ayuno pareciera insoportable. A veces se sobreponía a su debilidad lo suficiente como para cantar durante ese turno, tanto tiempo como pudiera aguantar, para mostrarles lo injustas que eran sus sospechas. Pero eso servía poco porque ahora solo se mostraban impresionados por su destreza para comer y cantar al mismo tiempo.

Los guardias que se sentaban cerca de los barrotes eran con los que se sentía más a gusto. Estos, no satisfechos con la tenue luz de fondo de la sala, lo alumbraban con el rayo pleno de las linternas de bolsillo que les había prestado el empresario del espectáculo. La luz deslumbrante no le molestaba para nada, casi nunca conciliaba un sueño profundo, en cambio siempre podía dormitar un poco, bajo cualquier iluminación y a cualquier hora, incluso en una sala atestada de ruidosos espectadores. Con tales guardias tenía una permanente buena disposición para pasar toda la noche sin pegar el ojo; estaba dispuesto a intercambiar bromas con ellos, a contarles anécdotas de su vida de trotamundos y, a su turno, a escuchar sus ocurrencias, lo importante era mantenerlos despiertos para poder demostrarles en cada ocasión que no tenía nada de comer en su jaula y que ayunaba como ninguno de ellos podría hacerlo. Sin embargo, el instante más feliz para él era cuando llegaba la mañana y les hacía servir 
un abundante desayuno por cuenta suya, al que se lanzaban con el apetito de una persona de impecable salud tras una agotadora noche de vigilia. Por supuesto, no faltaban los personajes que querían ver en este desayuno un desvergonzado intento de sobornar a los guardias, pero esto era el colmo de la mala fe y si se les invitaba a encargarse ellos mismos de la guardia nocturna, sin desayuno, solo en interés de la justicia, encontraban un pretexto para negarse, pero se mantenían obstinadamente en sus sospechas.

De todos modos, aquellas sospechas eran inherentes a la profesión del ayuno. Porque de hecho nadie estaba en condiciones de vigilar al artista día y noche sin interrupción, así que nadie podía saber, basándose en su propia observación, si el ayuno había sido realmente continuo, sin permitirse la más mínima indulgencia. El único que podía saberlo con absoluta certeza era el propio artista del hambre, por lo que estaba destinado a ser el único espectador completamente satisfecho con su ejercicio de ayuno. Aun así, nunca quedaba satisfecho, pero la causa de ello estaba en otro lado. Tal vez ni siquiera era el ayuno la razón por la que estaba casi en los huesos, tan demacrado que más de uno debía abstenerse de presenciar sus exhibiciones de cerca, con pesar del artista, pues verlo así era demasiado para ellos; tal vez su figura esquelética se debía únicamente a la insatisfacción consigo mismo. Porque solo él sabía lo que ningún otro entendido podía comprender: lo fácil que era ayunar. Era la cosa más fácil del mundo. No era una opinión que él se reservara, pero no le creían. En el mejor de los casos, pensaban que estaba siendo modesto; la mayoría de las veces, sin embargo, lo consideraban como un jactancioso o incluso como un farsante, que encontraba fácil ayunar porque había descubierto una manera de hacerlo fácil y luego tenía la desfachatez de confesarlo vagamente. Tenía que tolerar todo eso y se había acostumbrado con los años, pero aquella insatisfacción no dejaba de carcomerlo por dentro. Pese a todo, había un mérito del que no habría por qué dudar: nunca, después de ningún período de ayuno, había abandonado la jaula por su propia voluntad.

El empresario había fijado la duración máxima del ayuno en cuarenta días; más allá de ese término no se le permitía al artista continuar ayunando, ni siquiera en las grandes capitales y, de hecho, no le faltaba una buena razón. La experiencia había demostrado que durante unos cuarenta días se podía estimular el interés de un lugar mediante una actividad publicitaria que se iba intensificando con el paso de los días. Pero después de ese periodo, el público se quedaba corto, se constataba una disminución significativa de la popularidad. A este respecto, había ciertamente pequeñas variaciones entre las distintas ciudades y entre los distintos países, pero por regla general los cuarenta días marcaban el límite.

Así pues, el cuadragésimo día se abría la jaula, adornada con guirnaldas floridas para la ocasión. Una multitud fervorosa abarrotaba el anfiteatro. Dos médicos entraban en la jaula para hacer el examen físico de rigor, cuyos resultados eran comunicados a la audiencia a través de un megáfono. Finalmente aparecían dos jovencitas, contentas de recién haber sido elegidas por sorteo para ayudar al artista a bajar los pocos escalones que lo conducirían fuera de la jaula hacia una pequeña mesa servida con un banquete de comida de hospital cuidadosamente elegida. En ese momento el artista siempre se ponía testarudo. Es cierto que extendía sus brazos huesudos entregándolos a las delicadas manos de las jovencitas, que se inclinaban sobre él dispuestas a ayudarle, pero no pretendía levantarse. ¿Por qué parar ahora, después de cuarenta días de ayuno? Podría seguir durante más tiempo, un tiempo cuya magnitud no tenía cota. ¿Por qué detenerse ahora, cuando estaba en su mejor forma o, mejor dicho, cuando ni siquiera había alcanzado su mejor momento de ayuno? ¿Por qué privarle de la gloria que merecería por ayunar durante más tiempo, por no solo ser el ayunador profesional más grande de todos los tiempos —presumiblemente ya lo era—, sino por superar su propia marca con una ejecución más allá de lo imaginable? ¿Por qué esta multitud, que decía admirarlo tanto, tenía tan poca paciencia con él? Si él podía continuar ayunando más tiempo, ¿por qué ellos no podían perseverar con él? Por otro lado, estaba cansado y reposaba a gusto sobre la paja y ahora se suponía que debía enderezarse hasta alcanzar su gran estatura para acercarse a una comida cuya simple idea le producía náuseas, a duras penas reprimiendo unas arcadas en consideración a las jóvenes. Él levantaba la mirada hacia los ojos de estas jovencitas, tan gentiles en apariencia, pero en realidad capaces de alguna atrocidad, y sacudía la cabeza, demasiado pesada para su raquítico cuello. 

Entonces, una vez más, ocurría lo de siempre. El empresario se acercaba y sin emitir palabra, pues la música hacía imposible cualquier charla, levantaba los brazos por encima del artista, como invitando al cielo a contemplar a su criatura allí en la paja, aquel desdichado mártir, algo en lo que, en efecto, el artista del hambre se había convertido, solo que en un sentido completamente distinto. El empresario lo tomaba por la apretada cintura sin carnes con exagerado cuidado para que se apreciara que estaba lidiando con algo tan delicado como el cristal y lo entregaba —no sin antes darle una sutil sacudida sin que se notara, de modo que sus piernas y su tronco vacilaban sin control de adelante para atrás— al cuidado de las jóvenes, que entretanto habían perdido los arrestos al igual que los colores.

En ese momento, el artista se plegaba a lo que quisieran hacer con él. La cabeza le reposaba sobre el pecho como si hubiera rodado y aterrizado allí por casualidad; su cuerpo era como un cascarón vacío; por puro instinto sus piernas se sostenían mutuamente apretándose en las rodillas, sin embargo, sus pies solo raspaban el suelo como si este no fuera el real y estuvieran buscándolo más abajo. Todo el peso de su cuerpo, aunque ligero, recaía sobre una de las jóvenes. Esta desesperada jovencita, con la respiración agitada —este puesto de honor no era en absoluto lo que ella esperaba—, intentaba estirar el cuello todo lo posible para al menos evitar el contacto de su cara con el artista; luego, al ver que era imposible y que su compañera aun contando con más fortuna no acudía en su rescate sino que se contentaba con acunar entre sus manos temblorosas la mano del artista que más bien parecía una bolsa de huesitos, rompió a llorar en medio de las risas encantadas del auditorio y tuvo que ser relevada por un asistente, que estaba dispuesto para ello desde hacía tiempo.

Ahora llegaba el momento de la comida. El empresario se las arreglaba para poner un bocado entre los labios del artista, cuya conciencia oscilaba en el límite del desmayo, y entonces daba un gracioso discurso para apartar la atención del público de la condición física del artista. A continuación, se proponía un brindis para todos los espectadores, cuyas palabras serían dictadas por el artista al oído del empresario, según su propia versión. La orquesta subrayaba cada parte con un estruendoso toque de trompetas. Al final la multitud se dispersaba y nadie tenía ningún motivo para sentirse insatisfecho con el evento, nadie excepto el propio artista del hambre, únicamente él, como siempre.

Así vivió durante muchos años, con pequeños intervalos regulares de recuperación, en un puesto de aparente prestigio, admirado en todos los lugares a los que iba; pero a pesar de eso la mayoría del tiempo se le veía desilusionado y cada vez se ponía de peor ánimo al ver que nadie se esforzaba por comprender el asunto. ¿Pero cómo se le podría dar consuelo? ¿A qué otra cosa podría aspirar? Cuando alguna vez se encontraba con un buen samaritano que, compadeciéndose de él, quería advertirle que probablemente su tristeza se debía a la abstinencia de alimentos, bien podía suceder, sobre todo en etapas avanzadas de ayuno, que el artista reaccionara con un estallido de ira y empezara a sacudir los barrotes, hecho una fiera, aterrorizando a todos los presentes. Sin embargo, el empresario tenía una forma de castigarlo que le gustaba poner en práctica tras estallidos de ese estilo. Él se disculpaba en nombre del artista ante las personas congregadas, concediendo que solo la susceptibilidad provocada por la falta de alimentación, algo difícilmente comprensible por personas con un metabolismo satisfecho, podía hacer excusable este comportamiento. De ahí, siguiendo con el tema, pasaba a mencionar la presunción del artista del hambre —que podría explicarse por razones similares— de que podía seguir ayunando durante mucho más tiempo del que ahora llevaba. Ponderaba las altas aspiraciones, la buena voluntad y la gran abnegación que indudablemente estaban contenidas en aquella presunción, pero de inmediato se afanaba por rebatirla de manera, al mismo tiempo, sencilla e inapelable: sacaba a la luz unas fotografías que estarían a la venta en las que se observaba al artista en el cuadragésimo día de ayuno, postrado en una cama casi consumido por el agotamiento. Esta distorsión de la verdad, por muy familiar que fuera para el artista, siempre lo exasperaba al punto de hacerle perder la fe y el buen ánimo. ¡Lo que era una consecuencia de la finalización prematura del ayuno se presentaba ahora como la causa de esta! Luchar contra esta incomprensión, contra este mundo de malentendidos, era imposible. Una y otra vez, se quedaba sobre los barrotes, expectante, escuchando con genuina atención al empresario, pero en cuanto aparecían las fotografías se alejaba de los barrotes y, entre suspiros, volvía a hundirse en la paja; el público, ahora más calmado, podía aproximarse y observarlo otro rato.

Cuando, unos años más tarde, los que habían presenciado tales escenas se acordaban de ellas, a menudo ni ellos mismos les encontraban algún sentido. Porque entretanto había ocurrido el cambio en la opinión pública antes mencionado, parecía haber sucedido casi de la noche a la mañana. Puede que hubiera causas profundas para ello, pero ¿quién iba a molestarse en descubrirlas? En cualquier caso, un día el consentido artista del hambre se halló abandonado por la multitud ávida de distracción, que ahora prefería acudir a otros espectáculos. El empresario, una vez más, se lo cargó a toda prisa por media Europa para ver si el antiguo interés aún sobrevivía en algún lugar; todo fue en vano. En todas partes, como si se tratara de un acuerdo secreto, se había instalado una opinión adversa al espectáculo del ayuno. Desde luego, esto no podía haber ocurrido tan repentinamente, y muchos indicios premonitorios, a los que no se les prestó suficiente atención en los tiempos de frenesí del éxito, o que se suprimieron oportunamente, venían ahora a la memoria, pero ya era demasiado tarde para hacer algo al respecto. Seguramente la popularidad del ayuno volvería en el futuro, pero eso no daba consuelo a los que vivían en el presente. ¿Qué podía hacer entonces el artista del hambre? Él, al que miles habían ovacionado, no podía exhibirse en ningún puesto callejero de las pequeñas ferias rurales; y en cuanto a elegir otra profesión, no solo era demasiado viejo para ello, sino que era tan faná­ticamente devoto del ayuno que cualquier otra actividad se anulaba en la comparación. Así que se despidió del empresario, su compañero en una carrera sin igual, y se dejó contratar rápidamente en un gran circo. Para no ponerse sentimental ni siquiera examinó las condiciones del contrato.

Un gran circo, con su enorme tráfico de personas, animales y artefactos, que se liberan y se reemplazan constantemente, puede emplear a cualquier persona en cualquier momento, incluso a un ayunador, siempre que sus exigencias sean modestas, naturalmente. Además, en este caso en particular no solo se sumaba la persona del artista del hambre, sino también su antiguo y famoso nombre. Pero eso no era todo pues, dada la peculiaridad de su arte —que no se veía afectado con el avance de la edad—, no se debía suponer que se trataba de un artista desgastado, que ya no se encontraba en la cúspide de su capacidad profesional y que buscaba refugiarse en un tranquilo puesto de circo. Por el contrario, el artista del hambre afirmaba que podía ayunar como siempre lo había 
hecho, lo cual era totalmente creíble; incluso aseguraba que si se le permitía ayunar como quería —lo cual se le prometió sin darle muchas vueltas—, ahora sí que asombraría al mundo con una actuación nunca antes vista, una aseveración que ciertamente provocaba una sonrisa entre los conocedores del oficio, ya que dejaba de lado el nuevo sentir de la época, algo que el artista en su entusiasmo convenientemente olvidaba.

Sin embargo, no había perdido su sentido de realidad y aceptó sin problema que él y su jaula no fueran ubicados en el centro de la arena como atracción principal sino al aire libre, en algún otro lugar de fácil acceso cerca de los establos. Grandes carteles pintados con alegres colores enmarcaban la jaula anunciando lo que se podía apreciar en su interior. Cuando el público se precipitaba a los establos para ver a los animales durante los intervalos de la función era inevitable pasar junto a la jaula del artista y detenerse allí por un momento; quizás se habría podido permanecer más tiempo ante él si los que se apretujaban detrás en el estrecho pasillo, que no le encontraban sentido a esa demora en el camino hacia los ansiados establos, no hubieran hecho imposible una observación más prolongada y reflexiva. Esta era la principal razón por la que el artista empezaba a temblar al acercarse las horas de visita, a pesar de que aguardaba por ellas con ilusión en tanto constituían su auténtica razón de ser. En los primeros días, apenas podía ocultar la impaciencia por los intervalos de las funciones; esperaba emocionado a la multitud que agolpándose se acercaba, hasta que muy pronto —ni siquiera el instinto de autoengaño más obstinado podía refutar la prueba de la experiencia— se convenció de que la gran mayoría de estas personas eran, sin importar la hora de la pausa, por convicción propia, únicamente ruidosos visitantes del establo. Aquella visión desde la distancia seguía siendo el momento más encantador, porque cuando llegaban a su jaula el artista se encontraba de repente en la mitad de un griterío cargado de maldiciones, generado por dos bandos que reaparecían con regularidad, uno, y este pronto se convirtió en el más desagradable para él, de los que querían tomarse un tiempo para contemplarlo, no con el fin de comprender su misterio sino por el gusto de llevar la contraria y fastidiar al otro bando, el de los que simplemente querían llegar a los establos lo más pronto posible. Una vez que pasaban las grandes multitudes, quedaban los rezagados y, aunque ya no tenían ningún impedimento para detenerse el tiempo que se les antojara, pasaban de largo con grandes zancadas, sin siquiera dedicarle una mirada lateral, en su afán de darles un vistazo a los animales. 

Era bastante inusual que la fortuna le sonriera con la visita de un padre de familia y sus hijos. El padre les enseñaba con el dedo al artista del hambre, les ofrecía una explicación detallada de lo que allí acontecía y les contaba sobre épocas pasadas en las que él había asistido a espectáculos similares pero incomparablemente más fastuosos, pero los niños seguían sin entender nada pues aún no habían sido preparados para esta lección, ni en la escuela ni en la vida en general. ¿Qué podía significar el ayuno para ellos? Sin embargo, en el brillo de sus ojos intrigados se podía adivinar la inminencia de nuevos tiempos, más receptivos y benévolos. En sintonía con esos buenos augurios, el artista se repetía a sí mismo que tal vez su situación mejoraría un poco si su jaula no estuviera tan cerca de los establos de los animales. Así sería mucho más fácil para la gente escoger qué preferían, y eso sin mencionar lo que sufría por el hedor de los establos, la inquietud de los animales en la noche, los trozos de carne cruda arrastrados frente a su jaula para los depredadores, los rugidos a la hora de devorarlos, todo aquello lo dejaba en un estado de abatimiento constante. Pero no se atrevía a acudir a la administración; al fin y al cabo, era gracias a los animales que contaba con una multitud de personas que pasaban por su jaula; además, quién sabe en qué escondite lo pondrían si al llamar la atención se acordaban de su existencia y, con ello, caían en cuenta de que en la práctica no era más que un estorbo en el camino hacia los establos. 

Un pequeño estorbo que, en cualquier caso, se hacía cada vez más pequeño. Para la gente cada vez era menos excepcional la extraña pretensión de reclamar atención para un ayunador en los tiempos actuales y cuando esto fue irreversible, el veredicto para su caso fue claro. Podía ayunar tanto como solo él podía, y así lo hacía, pero ya nada podía salvarlo. La gente pasaba de largo. ¡Que alguien intente aclarar en qué consiste el arte del ayuno! Quien no se conmueve con él no va a poder entenderlo. Los bonitos carteles se ensuciaron y se volvieron ilegibles, fueron arrancados y a nadie se le ocurrió reemplazarlos. El pequeño tablón con el número de días de ayuno alcanzados, que al principio se sustituía cumplidamente cada día, se había detenido en la misma cifra desde hacía un buen tiempo, ya que pasadas las primeras semanas el personal se había hartado incluso de esta sencilla tarea. Así, el artista del hambre se limitó a seguir ayunando como en alguna época había soñado y esto no le suponía ningún esfuerzo, tal como lo había anunciado en su momento. Pero nadie contaba los días; nadie, ni siquiera el propio artista del hambre sabía cuán grande era su marca a estas alturas y el corazón quedaba abrumado de pena. Cuando de tanto en tanto algún desocupado se detenía y se tomaba en broma aquella cifra llena de polvo y proclamaba que era una estafa, aquello era, en tal sentido, la mentira más estúpida jamás inventada por la indolencia y la malicia innata, pues no era el artista del hambre el que hacía trampa, él trabajaba honradamente, sino que era el mundo el que lo traicionaba, privándolo de su recompensa.

Transcurrieron muchos días más y esto último también llegó a su conclusión. Un día cualquiera la jaula llamó la atención de un capataz y preguntó a los empleados por qué habían dejado aquella jaula perfectamente útil sin usar y con paja podrida dentro. Nadie daba razón hasta que uno de ellos se acordó del artista del hambre con ayuda del tablón que marcaba los días. Con palos revolvieron la paja y encontraron allí encogido al artista. 

"¿Sigues ayunando?", preguntó el capataz. "¿Cuándo piensas dejar de hacerlo?"

"Perdónenme por todo", susurró el artista. Solo el capataz, que apretaba la oreja contra los barrotes, lo alcanzaba a escuchar. 

"Dalo por hecho", dijo el capataz llevándose el dedo a la frente para indicar al personal el estado del artista. "Por nuestra parte, quedas perdonado."

"Siempre quise que admiraran mi ayuno", dijo el artista del hambre.

"Nosotros ya lo admiramos", dijo el capataz de forma condescendiente.

"Pero no deberían admirarlo", dijo el artista.

"Pues bien, no lo admiramos", dijo el capataz. "Pero ¿por qué no deberíamos hacerlo?"

"Porque ayunar me es imprescindible, no puede ser de otra manera", dijo el artista. 

"Está visto que es como dices…", dijo el capataz. "Pero ¿por qué no puedes dejar de ayunar?"

"Porque…", dijo el artista del hambre, levantando un poco la cabeza, con los labios fruncidos como para dar un beso, hablando al oído del capataz para que no se perdiera ni una sílaba "… no pude encontrar un plato que me dejara satisfecho. Si lo hubiera encontrado, créame, no habría dado un espectá­culo y habría comido a gusto, como usted y todos los demás". 

Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía en sus ojos apagados estaba la firme convicción, aunque ahora desprovista de orgullo, de que seguía ayunando.

"¡Bueno, ya pueden despejar esto!", ordenó el capataz y, así, enterraron al artista del hambre junto con la paja.

En la jaula pusieron una pantera joven. Hasta para el individuo más apático, era un alivio indiscutible el hecho de ver a esta criatura salvaje brincar de aquí para allá en aquella jaula, tanto tiempo fría e inerte. Nada le hacía falta. El alimento que le gustaba se lo proporcionaban los custodios sin vacilar. No parecía echar de menos la libertad. Su noble cuerpo, en el que la naturaleza no había escatimado para dotarlo de todo lo necesario, parecía también llevar consigo la libertad, esta parecía acechar en algún resquicio de sus fauces, y la alegría de vivir brotaba con una pasión tan fuerte de su garganta que no era fácil para los espectadores soportar la conmoción que les causaba. Pero se sobreponían, se amontonaban alrededor de la jaula y no querían apartarse de ahí en lo absoluto.


Franz Kafka y su prometida Felice Bauer. Budpaest, c. 1917.
Franz Kafka y su prometida Felice Bauer. Budpaest, c. 1917.


Claves de lectura

"Un artista del hambre" fue publicado por primera vez en la revista alemana Die neue Rundschau (La nueva revista), en el número de octubre de 1922, y luego fue incluido por el autor en su último libro preparado en vida: Un artista del hambre. Cuatro historias (Ein Hungerkünstler. Vier Geschichten, Berlín, Verlag Die Schmiede, 1924). 

El cuento pertenece al último período creativo de Kafka y concentra varias de sus obsesiones mayores: la exposición del cuerpo, la soledad del creador, el fracaso de toda explicación definitiva y la sospecha de que la vida humana transcurre bajo leyes que nadie descifra por completo. El pensador alemán Walter Benjamin apuntó en su ensayo "Franz Kafka. En el décimo aniversario de su muerte" (1934):

"Kafka tenía una rara capacidad para crear parábolas para sí mismo. Sin embargo, sus parábolas nunca se agotan en aquello que puede explicarse; al contrario, tomó todas las precauciones concebibles contra la interpretación de sus escritos. Hay que abrirse camino en ellos con circunspección, cautela y recelo."

El crítico y teórico estadounidense Harold Bloom, en su ensayo "Kafka" (1994), entendió esa resistencia como una de las claves de su autoridad literaria:

"Mi norma de trabajo al leer a Kafka es observar que hizo todo lo posible por evadir la interpretación, lo cual significa sólo que lo que más necesita y exige interpretación en la escritura de Kafka es su perversamente deliberada evasión de la interpretación."

Esa advertencia sirve para leer al ayunador protagonista del cuento: puede ser artista absoluto, mártir del espectáculo, asceta, cuerpo enfermo, trabajador de feria o criatura incapaz de encontrar alimento en el mundo. Ninguna lectura cancela a las otras. El relato convierte un fenómeno real de la cultura de masas —los ayunadores profesionales— en una parábola sobre el mercado de la atención, la incomprensión del público y la soledad del creador.

El crítico y académico de origen danés Christian Bank Pedersen, en el ensayo "En lo más bello del ayuno. Sobre el arte del hambre en Franz Kafka" (2006), lee el cuento desde la relación entre cuerpo, creación y desaparición:

"¿Qué hace el artista del hambre —y 'Un artista del hambre'— en Franz Kafka? La obra del artista es el artista de la obra. Y, sin embargo, hay una diferencia: la obra y el arte no terminan ni se agotan en el artista. La materia del artista es el propio artista. Y, sin embargo, no hay ninguna unidad inmediata ni sin fricciones. Por una parte, el artista propiamente dicho es su única materia y, por otra, ese artista está a cada momento, en su arte, más allá de su materia."

No hay cuadro, libro, partitura ni escultura. Hay una presencia física que se reduce ante los ojos de otros. El arte no aparece como acumulación, sino como pérdida. Pedersen lo formula así en el mismo texto:

"La obra que presenta el artista del hambre es el artista mismo en desaparición. Eso es lo que produce: una creación que es el autovaciamiento propio del creador, e íntimamente desde el interior. Es un movimiento hacia la nada, el cero, el vacío. Es la poiesis como negatividad corporal."

El límite de los cuarenta días introduce el conflicto entre arte y espectáculo. El ayunador aspira a continuar; el empresario calcula el cansancio del público. La obra, para el artista, está siempre por llegar; para los demás, ya ha durado demasiado. Muerto el ayunador, la jaula es ocupada por una pantera: cuerpo lleno, ágil, vital, inmediatamente fascinante. Frente al artista que se vacía hasta volverse ilegible, aparece una presencia que no necesita explicación.

La vigencia política del cuento fue subrayada por Don DeLillo en "El artista desnudo en una jaula" (1997), texto en el que relaciona al artista del hambre con el disidente chino Wei Jingsheng, encarcelado por el régimen de su país:

"El Estado totalitario quiere drenar toda convicción del escritor. Quiere absorber al escritor disidente. En Occidente, todo escritor es absorbido, convertido en cereal de desayuno o en risas enlatadas. Pero cuanto más cercano a lo total es el Estado, más vívido se vuelve el artista disidente. El artista es tan vívido y singular, tan inasimilable a la maquinaria estatal, que el Estado debe encontrar una forma de hacerlo desaparecer."

Desde esa lectura, la jaula kafkiana es también una figura del encierro político, de la vigilancia y de la desaparición del creador incómodo. DeLillo resume el núcleo trágico del relato con una frase: 

"La tragedia de su vida es que no se le permite seguir hambriento."

"Un artista del hambre" permanece como uno de los relatos más inquietantes de Kafka porque une arte y mercado, cuerpo y mirada, vocación y fracaso, espectáculo y encierro, desaparición y resistencia. Kafka no ofrece una explicación final: deja una jaula abierta a la interpretación.

"Un artista del hambre" en las artes visuales

"Un artista del hambre" (2016), de Lucas Ospina (Colombia) 

"Un artista del hambre" (2016), instalación, performance y texto de Lucas Ospina (Colombia).
"Un artista del hambre" (2016), instalación, performance y texto de Lucas Ospina (Colombia).

Instalación, performance y texto presentados en el marco del Museo Efímero del Olvido, dentro del 15 Salón Regional de Artistas, en Bogotá. El cuento de Kafka funcionó como pretexto para pensar el espectáculo, el espacio urbano y la pérdida de público alrededor del artista.

"Un artista del hambre" (2023), de Danijel Žeželj (Croacia)

"Un artista del hambre" (2023), obra basada en la novela gráfica "Como un perro" de Danijel Žeželj (Croacia).
"Un artista del hambre" (2023), obra basada en la novela gráfica "Como un perro" de Danijel Žeželj (Croacia).

Exposición presentada en la Galería Forum de Zagreb, Croacia, entre mayo y junio de 2023. El proyecto se relaciona con la novela gráfica de Žeželj Como un perro, basada en "Un artista del hambre" y otros textos de Kafka, desde una reflexión sobre renuncia, creación y libertad.

"Hambre" (2018-2019) exposición de fotografía online

Fotografía inspirada en el relato "Un artista del hambre" de Franz Kafka, por el español Tolo Parra (2018-2019).
Fotografía inspirada en el relato "Un artista del hambre" de Franz Kafka, por el español Tolo Parra (2018-2019).

Proyecto fotográfico experimental creado por Void, editorial independiente de fotografía con sede en Atenas, Gracia. Inspirado en el cuento de Kafka, reunió a 28 fotógrafos en siete publicaciones tipo periódico y una exposición online en PHmuseum.

Adaptaciones al cine

La potencia expresiva de "Un artista del hambre" ha favorecido varias adaptaciones audiovisuales, desde el cortometraje experimental hasta la animación y la relectura contemporánea en clave digital. La jaula, el cuerpo expuesto, la mirada del público y el deterioro físico del artista convierten el relato de Kafka en un material especialmente fértil para el lenguaje cinematográfico.

El artista del hambre (1982), dirigido por John Strysik (EUA)

Fotograma del cortometraje "Un artista del hambre" (1982) de John Strysik.
Fotograma del cortometraje "Un artista del hambre" (1982) de John Strysik.

Adaptación en blanco y negro. Cortometraje. La elección de Strysik resulta coherente con su obra posterior y paralela: Strysik ha trabajado en el horror televisivo y en adaptaciones de autores como H. P. Lovecraft y Franz Kafka, territorios marcados por lo inquietante, lo fantástico y lo anómalo. Esta versión parte del núcleo original del relato: un hombre que ayuna durante largos períodos mientras públicos de feria contemplan su cuerpo convertido en espectáculo.

El artista del hambre (2002), dirigido por Tom Gibbons (EUA)

"El artista del hambre", cortometraje de animación del estadounidense Tom Gibbons (2002), basado en el relato homónimo de Franz Kafka.

Adaptación animada en stop-motion del cuento. Cortometraje ganador del Premio de la audiencia en el Festival de Cine de Brooklyn de 2002, la película sitúa al ayunador en una ciudad entre el pasado y el presente, encerrado en una jaula y reducido a una soledad casi absoluta después de haber sido célebre. La elección del stop-motion refuerza la textura física del relato: un cuerpo frágil, manipulado cuadro a cuadro, que parece consumirse ante la mirada del espectador.

Un artista del hambre (2018), dirigido por Daria Martin (EUA)

Fotograma del cortometraje "Un artista del hambre" (2018) de Daria Martin.
Fotograma del cortometraje "Un artista del hambre" (2018) de Daria Martin.

Cortometraje que traslada el cuento al terreno del arte contemporáneo, ganador del Premio Jarman, prestigioso galardón del Reino Unido que reconoce a los artistas más innovadores y experimentales que trabajan con imágenes en movimiento (video y cine de autor). La obra de la artista visual y cineasta Daria Martin suele cruzar cine, performance, cuerpo, percepción y relaciones entre sujetos y objetos. En esta adaptación, el ayunador aparece como artista de duración y la jaula kafkiana se vuelve un espacio de voyerismo, poder y transformación corporal.

Un artista del hambre (2023), dirigido por Oskar Zoche (Alemania)

Fotograma del cortometraje "Un arista del hambre" (2023) de Oskar Zoche.
Fotograma del cortometraje "Un arista del hambre" (2023) de Oskar Zoche.

Este otro cortometraje actualiza el relato al entorno del espectáculo digital: un streamer ayuna durante cuarenta días ante una audiencia online que sigue y comenta su vida en una transmisión permanente. La adaptación traslada la jaula kafkiana al ecosistema del livestream y convierte la atención pública en un flujo de vigilancia, comentario y abandono.

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Franz Kafka

Franz Kafka

(Praga, 1883 - Kierling, 1924) Escritor austríaco en lengua alemana. Es uno de los autores más influyentes en la literatura universal. En vida publicó, entre otros libros, La condena (1913), El fogonero (1913), La metamorfosis (1915), En la colonia penitenciaria (1919) y Un médico rural (1919). Pero no pasó de ser un desconocido hasta después su muerte, y gracias a la gestión de su amigo Max Brod, se reconoció su importancia. Póstumamente se publicaron las novelas El proceso (1925), El castillo (1926) y El desaparecido (1927), así como sus cartas, diarios y poemas.

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