La novela El héroe de papel (Editorial Primigenios, 2026) del poeta y narrador Ray Faxas (Guáimaro, Cuba, 1975) comienza así:
Soñé que moría ahogado. En ese tiempo el país ya no era un país sino una larga y confusa caverna de la que era imposible escapar.
No es una historia feliz. El autor nos entrega una porción del inframundo donde tres personajes intentan esquivar, hasta donde sus menguadas fuerzas lo permitan, la violencia de una sociedad que los desprecia hasta el punto de preferirlos muertos.
Camilo Cienfuegos y su eterna desaparición
Narrada con un acertado manejo técnico, El héroe de papel aborda de manera singular la figura del comandante Camilo Cienfuegos y su desaparición el 28 de octubre de 1959. El carismático barbudo del sombrero de alas anchas y sonrisa convertida en su seña personal es encontrado, vivo y anciano, por Ray e Isabel, dos seres convertidos, de la noche a la mañana, en almas en pena, descartes de un tiempo demasiado hostil.
Ray, celador de la Necrópolis de Colón, es despojado de su casa y obligado a vivir en en su pequeño taller de orfebrería adjunto, después de que un teniente coronel y su joven pareja, un estudiante de filología, lo amenazaran con acusarlo de traición a la patria, razón por la cual primero decide permanecer, pero luego el pánico se apodera de su mente y se muda, como último recurso, a uno de los panteones. El país devora los sueños del viejo y cansado ciudadano de segunda o de tercera clase. De eso no cabe la menor duda.
Una noche es testigo de un intento de asesinato. Una mujer, presumiblemente muerta, es arrojada a una fosa y abandonada. Pese al miedo, espera a que el hombre se marche y va hasta el lugar. Entonces descubre que la mujer aún respira, pero si no actua con prontitud, será demasiado tarde. Sin embargo, una fuerza mayor que su voluntad le impide salir en busca de ayuda. Decide, en un intento desesperado, llevarla hasta el panteón y curar sus heridas.
Estructurada en capítulos breves, de una naturaleza onírica cercana a la poesía, El héroe de papel entrelaza el amargo testimonio de un anciano cuya figura de ochenta años se aleja del líder que se ganó el corazón de la mayoría de los cubanos. El "Héroe de Yaguajay" se ha convertido en el fantasma de un tiempo cada vez más desgarrador en el que el desencanto se mueve como una enredadera por cada rincón de Cuba.
Después llegó Huber y nos hicimos amigos y entonces los malos pensamientos fueron desapareciendo poco a poco de mi mente mientras nuevas ideas de libertad y esperanza volvieron a apaciguarme.
Huber siempre fue un gran amigo y aunque siempre dudó de los ideales de quien nos había sumido en aquel sitio, tenía la certeza de que el país debía ser liberado, que aquella era la única oportunidad.
Fue Huber quien me regaló el sombrero de alas anchas que había sido de su padre.
¿Por qué me lo regaló? No lo recuerdo.
Qué importa eso ahora.
Huber había sido un gran y sincero amigo, como un hermano mayor.
Un relato oficial poco creíble
El narrador toca la llaga de una historia que, por más que el relato oficial la presente como cerrada, no deja de inquietar. Primero, por las extrañas circunstancias que envolvieron el suceso; segundo, porque no apareció ningún resto del avión ni de sus tripulantes, ni tan siquiera una mancha de aceite.
La infelicidad y un mismo sueño se entrelazan para dejarnos la sensación de estar en presencia de vasos comunicantes entre cada uno de los personajes. El rencor de Ray, la devastación espiritual de Camilo y el desenfreno de Isabel, junto con su verdad oculta y peligrosa, pudieran verse como tres maneras de representar el cuerpo desvencijado de una sociedad enferma hasta el punto de devorarse a sí misma.
A través de las páginas se establece un diálogo duro en el que los desahuciados habitantes del cementerio se sienten traicionados. El viejo del sombrero se cuestiona el haberse dejado seducir por quien a la primera oportunidad decidió apartarlo de su camino. Pero la más punzante de todas las preguntas es un golpe que duele demasiado: ¿por qué? Esa pregunta gravita y llega como un proyectil hasta él, sometido a torturas, humillaciones y, tal vez lo más cruel del inmenso catálogo: ver a sus padres destruidos, al lado del hombre que con el más absoluto cinismo les prometía escanear cada metro de tierra y de mar hasta dar con su hijo.
Sometido al escarnio de permanecer en una celda ubicada cuatro metros por debajo de un panteón y con estrictas medidas de seguridad, poco a poco se transformó en la sombra del héroe que fue. Mientras, veía un mar de pueblo encabezado por niños, desfilar hasta el malecón con flores blancas para rendirle tributo. Ahí, desde una muerte convertida en espejo de una dictadura, se fue diluyendo hasta prácticamente desaparecer.
—Por más de cincuenta años, los niños te han lanzado flores al mar —le dije—, te han hecho canciones, le han puesto tu nombre a las escuelas militares, calles, barrios, municipios, eres sin duda uno de los héroes más queridos y venerados de la historia cubana.
Demoró en contestar. Su voz se había vuelto más quieta, como quien ha vivido demasiado y solo espera el momento final.
—Hubiera preferido ser algo diferente a un héroe —dijo.
—Todos preferimos ser lo que nunca fuimos.
—Lo único que he añorado es un mínimo de libertad —terminó.
—Te comprendo —dije.
Un ruido de sirenas nos sorprendió. Miré consternado a Camilo.
—Tenemos que huir antes de que nos encuentren —y tirándole de la mano, apresuramos la marcha de regreso.
El ruido de las sirenas era cada vez más estridente.
Desmontar la historia desde la ficción
Pese a la densa capa de impureza que se esparce como un virus mortal, esta novela posee la capacidad de atrapar al lector. Está bien escrita y su prosa es fluida, contundente, visceral. Con una poética bien fundamentada, imágenes de hermosa construcción y un preciso empleo de los diálogos, estamos en presencia de una obra distinguible.
Hay títulos que se quedan en las memorias de quienes deciden ser cómplices del autor. El héroe de papel es uno de esos libros que prestigian el catálogo de Primigenios. La madurez de un autor se evidencia cuando decide arriesgarse en un proyecto capaz de desmontar, desde el poder de la ficción, la historia contada desde una sola dirección.
Ray Faxas supo unir en un solo cuerpo la otra mirada, el otro discurso, con un acertado manejo del lenguaje. No todos salen airosos. Casi veinte años le tomó convertir el manuscrito en libro y me complace corroborarlo.
Dentro del ecosistema de editoriales existe una competencia desleal. Los grandes emporios acaparan la mayoría de los espacios de distribución y promoción. Para nadie es un secreto. Que una modesta editorial apueste por un autor desconocido para el mercado es una valiente manera de demostrar que no todo está perdido. Atreverse a escribir y luego a asumir el riesgo de dar a conocer lo que nació cuando muchos ya habían desistido, es un extraordinario acto de fe.
En esas horas en que todos hacíamos algo necesario, Fidel se embutía en su casucha con la arpía de Celia para escribir su Manifiesto de la Sierra Maestra, que más tarde firmaría junto a Felipe Pazos y Raúl Chibás.
Recuerdo aquel primer párrafo que tantas veces nos leyó:
¿Es incapaz la nación cubana de cumplir su alto destino o recae la culpa de su impotencia en la falta de visión de sus conductores públicos?
Nuestra mayor debilidad ha sido la división, y la tiranía… Cuánta mentira y maldad, cuánto cinismo.
Perdón, madre mía, padre mío.
La mayor virtud de esta novela está en su capacidad de construir, sobre una base bien sólida, una visión desprejuiciada del héroe como sostén ideológico. Aquí está el resultado de años de escritura. Acercarse a sus páginas, pese al dolor que sobrevuela como ave de rapiña, será una experiencia gratificante y, me atrevo a decir, inolvidable.
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