Idalberto murió a los 81 años de edad. Tenía una mano como nadie para la siembra de caña, a la que dedicó los mejores años. Vivió toda su vida esperando terminar su casa. Según Adela, su esposa, murió abandonado por el propio sistema que le prometió un mejor destino.
Natural del municipio de Chambas, en la provincia de Ciego de Ávila, la familia de Idalberto se ha dedicado por generaciones a la agricultura, en particular a la producción de caña para la industria azucarera, históricamente el motor económico de Cuba.
Su semblanza es un destilado del cubano que atravesó la revolución, fue atravesado por ella y terminó sus días enterrado dentro de una caja de cartón como ataúd porque el Estado, único responsable de los servicios funerarios, no pudo garantizar una muerte con dignidad, según obligan la Constitución de la República de Cuba de 2019 y la Ley de Salud Pública de 2026.
El engaño de la Reforma Agraria
Tras el triunfo de la revolución cubana, el 1 de enero de 1959, y la posterior proclamación de la Primera Ley de Reforma Agraria, el 17 de mayo de ese mismo año, el campo cubano comenzó a cambiar de rumbo. En aquellos días, Idalberto tenía 14 años. A esa edad ya no era solo un muchacho que miraba: trabajaba codo a codo con su padre en la finca familiar.
La ley establecía límites a la propiedad de la tierra —inicialmente hasta treinta caballerías— y disponía que las extensiones consideradas excedentes pasaran a manos del Estado para su redistribución o para la creación de cooperativas y empresas agrícolas estatales. El objetivo oficial era eliminar el latifundio, reducir la desigualdad en el acceso a la tierra y reorganizar la producción agrícola bajo nuevas estructuras económicas.
El padre de Idalberto, que también llevaba el mismo nombre —heredado a su vez del abuelo—, fue engañado. Le prometieron una casa, un salario digno y un porcentaje considerable de todas las producciones de sus tierras, que pasarían a propiedad del Estado, como refiere Orestes, su hermano.
Según cuenta su hijo mayor, cuando Idalberto tenía 33 años era de los hombres que no se detenían en el surco. En un buen día podía cortar hasta diez surcos de caña de más de doce cordeles de largo, una medida que —según su propia familia— solo los más fuertes y experimentados lograban sostener de manera constante. Recuerda:
"Él no descansaba casi. Decía que mientras más cortara, más iba a resolver en la casa, aunque al final nunca alcanzaba."
Su cuñado asegura que muchas veces regresaba con las manos llenas de ampollas y pequeños cortes, producto del filo de la hoja de la caña y del machete:
"La caña corta. Y el sol también."
En tiempos de zafra, las jornadas podían extenderse por más de diez horas. Bajo el sol del mediodía, con la ropa empapada y el cuerpo cubierto de bagazo, Idalberto seguía avanzando surco tras surco, como si la tierra le marcara el paso. Su hermana recuerda que, incluso enfermo, se negaba a dejar de trabajar:
"Decía que la caña no espera. Que si no la cortas hoy, mañana es peor."
Uno de los sueños más constantes en la vida de Idalberto fue su casa. Durante años, la promesa de terminarla aparecía una y otra vez. Cada cierto tiempo, alguien le decía que "ya venía la ayuda”, que "este año sí se iba a resolver", que "solo había que esperar un poco más". Pero la casa nunca terminaba de llegar e Idalberto comenzó a entender que aquello no sería como le prometían. Entonces decidió empezar a guardar dinero del que se ganaba trabajando, aunque fuera poco, con la idea de avanzar por sí mismo.
La enfermedad
La salud de Idalberto comenzó a deteriorarse. Retirado de la cooperativa, su vida dependía de una pensión que apenas alcanzaba los 1.500 pesos cubanos, cifra que posteriormente fue aumentada a 3.200 pesos. Incluso esa actualización resultaba insuficiente.
Según su familia, ese ingreso no alcanzaba ni para cubrir necesidades básicas. Un simple pomo de leche diario que le encargaban para su dieta podía costar alrededor de 300 pesos cubanos.
En ese periodo fue diagnosticado con enfermedad de Parkinson y cáncer de próstata, dos enfermedades que fueron avanzando y cambiaron por completo su cotidianidad. El temblor en las manos, la rigidez en el cuerpo y el desgaste general fueron haciéndose más visibles, limitando su capacidad de moverse con la misma autonomía de antes.
El 13 de febrero de 2026, cuando intentaba ir al baño por su propia cuenta, Idalberto —ya un octogenario— resbaló y se fracturó la cadera. Fue trasladado al hospital y la valoración médica no fue positiva: aunque se le realizara una operación, ya no volvería a caminar, por lo que sería someterlo a una intervención "por gusto", afirmó su esposa. Ese día, al regresar, Idalberto apenas pudo hablar. Con mucha dificultad, le dijo:
"Cuida mucho a los muchachos, yo ya no salgo de esta."
Su estado fue empeorando con los días. Dejó de comer y solo tomaba, de manera muy escasa, algunos sorbos de agua. Su cuerpo fue debilitándose progresivamente, hasta quedar completamente limitado a la cama.
El final y la lluvia
Idalberto murió el 25 de febrero, a los 81 años de edad. Ese mismo día llovía intensamente y no había electricidad, lo que implicaba que tampoco había conexión telefónica. Su hijo explicó que tuvo que recorrer cerca de siete kilómetros en una bicicleta para poder llegar a un teléfono público y así llamar a los servicios funerarios, exclusivamente controlados por el Estado cubano.
Los funcionarios le informaron que no contaban con vehículo disponible para trasladar el cadáver desde su casa hasta el cementerio, pues ya habían decidido no llevarlo a la funeraria, pero que buscarían una alternativa.
De acuerdo con una nota del diario Invasor en febrero de 2025, Luis Pérez Olivares, director de Servicios Comunales de la provincia de Ciego de Ávila, donde vivió y murió Idalberto, solo ocho de los 19 carros fúnebres funcionaban. Los once restantes estaban averiados. El medio CiberCuba publicó en diciembre de 2025 que el gobierno compró carros eléctricos, alimentados con paneles solares, para prestar servicios funerarios en La Habana.
Unas cuatro horas después de haber reportado su fallecimiento, el Gobierno les envió un vehículo de la Empresa Eléctrica de Ciego de Ávila, a falta de carroza fúnebre: en un país con agotadores cortes de luz, la estatal eléctrica es destinada a transportar fallecidos. El ataúd fue amarrado a la escalera que el vehículo llevaba encima. Fue construido de madera cubierta con cajas de cartón y forrado con una tela de color gris.
Bajo aquel aguacero fuerte que parecía no tener fin, el cortejo fúnebre avanzó hacia el cementerio. Al llegar, encontraron otra realidad dolorosa: la bóveda donde sería enterrado no tenía tapas: habían sido robadas, según les dijo el propio sepulturero a la familia de Idalberto. Ya era muy tarde y tuvieron que colocar bloques de cemento de manera provisional, con la promesa de regresar al día siguiente para sellarla correctamente.
Al día siguiente, la familia tuvo que pedir un cubo de cemento para terminar de cerrar la bóveda, pues ya sabían que en el cementerio no contaban con los recursos para poder despedirlo definitivamente.
El mismo 25 de febrero de 2026, el medio Diario de Cuba publicó un artículo titulado "Bóvedas destapadas, falta de higiene, ataúdes de mala calidad: la crisis total de los servicios necrológicos", que señala los problemas de mantenimiento en los más de veinte camposantos de Ciego de Ávila, entre ellos el cementerio donde reposan los restos de Idalberto.
Según relata uno de los vecinos que acompañó a la familia, uno de los hijos de Idalberto repetía una frase que quedó suspendida en medio del duelo:
"Mi papá trabajó toda su vida en los surcos y ni siquiera pudo descansar con dignidad."
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