Hace años, durante una cena en Madrid, alguien me dijo mezclando ese cariño y cansancio que provocamos a veces los cubanos:
—Vosotros os creéis superiores.
Respondí de inmediato:
—No nos creemos superiores. Lo somos.
La mesa se rió. Yo también.
Había soltado la frase como una broma, aunque sospecho que una parte diminuta de mí, cuidadosamente escondida entre la educación científica y los modales adquiridos en Europa, pensaba que tampoco era un disparate absoluto.
Porque al cubano le cuesta muchísimo considerarse una persona normal. Puede aceptar que Cuba esté arruinada, que el transporte sea un ejercicio de metafísica aplicada y que conseguir determinados alimentos requiera habilidades propias del espionaje internacional.
Lo que jamás aceptará con facilidad es que el cubano sea simplemente un ciudadano más de la especie Homo sapiens.
Somos especiales. Eso nos enseñamos.
La pedagogía de creernos excepcionales
En la Isla Metafórica crecimos rodeados de una mitología nacional particularmente eficaz. Éramos cultísimos, los mejores médicos, deportistas extraordinarios, músicos incomparables, gente que sabía resolver cualquier problema con un alambre, una cuchara y dos centímetros de cinta adhesiva.
Y algo de razón había.
Cuba consiguió durante décadas indicadores educativos llamativos para un país de sus recursos. Ahora viene el pequeño inconveniente: saber leer no convierte automáticamente a nadie en intelectual.
Lo escribo con temor a que me retiren el pasaporte sentimental, el físico no lo uso.
Haber estudiado química en secundaria tampoco nos hace químicos, haber leído dos poemas de Martí no nos convierte en expertos en literatura y conocer perfectamente quién fue Maceo no garantiza una comprensión razonable de la historia universal.
La educación cubana produjo un capital cultural, no lo discuto. De ahí a considerar que cada cubano lleva dentro un profesor universitario esperando una conversación sobre Hegel hay una distancia prudente.
Con la genética nos va todavía peor.
Si alguien pretende localizar el cromosoma de la superioridad cubana, recomiendo paciencia. Un estudio publicado en 2014 en la revista científica PLOS Genetics, realizado con 1.019 personas de todas las provincias, encontró en aquella muestra una ascendencia autosómica media aproximadamente europea del 72 %, africana del 20 % y nativa americana del 8 %, con diferencias considerables entre regiones.
Somos biológicamente lo que nuestra historia anuncia: una población profundamente mezclada.
No existe el gen de la cubanía, ergo tampoco existe el alelo que permita bailar casino, discutir durante cuarenta minutos y descubrir —desde Hialeah o Malasaña— cómo arreglar la economía mundial.
Lo nuestro viene de otro lugar.
Hemos sido construidos por españoles, africanos, chinos, indígenas, franceses llegados desde Haití, campesinos, esclavos, comerciantes, migrantes, guerras, azúcar, tabaco, ron, tambores, pianos, solares, salones aristocráticos, ciclones y barcos que unas veces llegaron cargados de gente y otras se marcharon cargados de despedidas.
Ahí está mi única explicación razonable para tanta intensidad.
El arte nacional de sobrevivir
El deporte ofrece otro alimento para nuestra autoestima. —¡Bárbaros en casi todo! —dirán muchos. Sospecho que cualquier entrenador serio preferirá hablar de selección, formación y horas de gimnasio.
Nos queda entonces nuestra cualidad favorita: "resolver". Ahí sí nos ponemos insoportables.
El cubano llega a cualquier país convencido de que sabe sobrevivir mejor que sus habitantes. Y probablemente posee una capacidad de adaptación considerable. Quien ha vivido con escasez aprende a improvisar. Quien desconoce qué estará disponible mañana desarrolla una peculiar ingeniería del presente.
El error consiste en romantizarlo.
Resolver una avería sin la pieza adecuada puede demostrar imaginación. Pasarse la vida sin la pieza adecuada no constituye un modelo civilizatorio. La precariedad desarrolla determinadas habilidades de supervivencia, igual que el frío obliga a aprender a calentarse. Nadie propone por ello eliminar la calefacción para mejorar el ingenio europeo.
Y luego está nuestra supuesta alegría.
Tampoco todos los cubanos bailan. He conocido compatriotas con una relación tan conflictiva con el ritmo que deberían permanecer a cincuenta metros de cualquier conga por razones de seguridad pública. Tampoco todos somos extrovertidos, graciosos o seductores.
Hay cubanos tímidos. Cubanos aburridos. Cubanos antipáticos… e incluso feos. He de admitir que de estos últimos hay pocos.
La revolución antropológica empieza cuando aceptamos semejante posibilidad.
La patria portátil de la memoria
Quizá nuestro verdadero rasgo diferencial sea otro: hemos desarrollado una formidable capacidad para narrarnos. La cubanía también es un relato que llevamos en la maleta. En la diáspora incluso puede crecer. Cuanto más lejos queda la Isla Metafórica, más fácilmente adquiere proporciones épicas.
Uno recuerda el café, no la cola para conseguirlo. Recuerda el Malecón, no el autobús que nunca llegó. Recuerda a la gente hablando en las puertas y olvida cuidadosamente algunas razones por las que terminó haciendo la maleta.
La memoria también sabe editar.
Por eso no creo que el cubano sea superior. Procedemos de una sociedad que consiguió logros y luego los convirtió en una narración colectiva de excepcionalidad. Después llegaron las carencias, el autoritarismo, las emigraciones y el deterioro, y aquella autoestima sobrevivió incluso cuando muchas de las circunstancias que la habían alimentado desaparecían.
Es comprensible.
A veces el orgullo es la patria portátil de quien ya no tiene otra.
Ahora vuelvo a aquella cena madrileña. Si hoy alguien me dijera nuevamente que los cubanos nos creemos superiores, intentaría contener el reflejo nacional y respondería:
—No. Somos exactamente tan humanos como vosotros.
Haría una pausa y luego añadiría:
—Aunque nosotros lo contamos mejor.
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