Cuando tenía ocho o diez años escribí en mi diario de entonces: "seré yo después". Fue curioso leerlo décadas más tarde y percatarme de lo que me quise decir.
Alguien podría despacharlo como una ocurrencia infantil. Yo, en cambio, sospecho que había aprendido pronto una manera muy cubana de relacionarme con el tiempo.
En Cuba casi todo ocurría después.
Después mejoraría la economía. Después terminarían las dificultades. Después llegarían las viviendas, los alimentos, los transportes, la prosperidad prometida. Después podríamos viajar. Después habría menos sacrificios. Después aparecería aquel futuro luminoso… siempre faltaban unos años.
El presente tenía una función modesta. Servía para resistir.
La pedagogía de la espera
Quien haya crecido en la Isla Metafórica conoce bien esa pedagogía. No importaba demasiado cómo vivías hoy porque estabas participando en algo superior que se materializaría mañana. Había que estudiar, trabajar, esperar, comprender, apretarse el cinturón, aceptar la libreta de abastecimiento, soportar el apagón y confiar.
Mi generación adquirió así una notable especialización en futurismo doméstico.
Cuando terminara el Periodo Especial. Cuando mejoraran las relaciones con Estados Unidos. Cuando desapareciera este dirigente. Cuando apareciera aquel otro. Cuando llegaran las reformas. Cuando las reformas fueran verdaderas. Cuando se pudiera abrir un negocio. Cuando pudiéramos irnos.
La lista podía ampliarse durante una vida entera con un insoportable etcétera.
Eso tiene gran eficacia política. Pedirle a una población que renuncie al presente resulta más sencillo cuando la renuncia se muestra como una inversión. Usted no está perdiendo años: los está entregando a la Historia. Sus carencias no son carencias, son contribuciones. Su paciencia no es resignación, es conciencia.
Hay que reconocer y reconozco el talento narrativo.
Los gobiernos autoritarios suelen manejar muy bien los almanaques. El pasado les pertenece porque lo reescriben; el presente, porque lo administran; el futuro, porque lo prometen. Al ciudadano solo le queda el reloj.
Y el reloj, a diferencia de la propaganda, no sabe mentir.
Cumples veinte. Luego treinta. Los padres envejecen. Mueren los abuelos. Los amigos se marchan. Alguien vende la casa. Otro consigue un visado. Una pareja se separa. Un hijo nace en Madrid, Miami o Montevideo y aprende a decir Cuba como quien pronuncia el nombre de un animal mitológico.
Mientras tanto, el futuro sigue llegando el año próximo.
La gran estafa de la espera consiste en hacernos creer que el tiempo colectivo y el personal avanzan a la misma velocidad. No es así. Un país puede permitirse cincuenta años para cambiar. Una persona no.
Yo también me fui.
Emigrar sin dejar de esperar
Y aquí aparece una segunda trampa que conocemos bien quienes emigramos: uno abandona el país, mas no siempre abandona su manera de esperar.
Primero dices que empezarás a vivir cuando tengas los papeles. Después, cuando consigas trabajo. Luego, cuando el trabajo sea estable. Cuando puedas alquilar algo mejor. Cuando pagues la hipoteca. Cuando obtengas la nacionalidad. Cuando asciendas. Cuando tengas ahorros. Cuando tus padres estén tranquilos. Cuando puedas traer a alguien. Cuando Cuba cambie.
Un día miras alrededor y descubres que has conseguido casi todo aquello que necesitabas para empezar. Y sigues aplazando.
El cubano posee la extraordinaria habilidad de convertir cada decisión en un asunto geopolítico. Si se compra una casa, piensa en la posibilidad de volver. Si invierte, calcula qué pasaría con Cuba. Si hace planes para dentro de diez años, aparece inevitablemente alguien que pregunta: "¿Y si aquello cambia?".
Aquello.
Ni siquiera hace falta precisar el sustantivo.
La supuesta excepcionalidad cubana también se manifiesta ahí. Gusta pensar que la vida está vinculada a procesos históricos de una gravedad que otros pueblos, pobres ellos, no pueden comprender. Un sueco decide mudarse de ciudad porque le gusta más. Un cubano puede necesitar explicar primero la Guerra de los Diez Años.
Nos fascina conferir trascendencia a nuestras dudas.
La libertad de ser ahora
Quizá sea una defensa. Cuando una biografía ha estado atravesada por decisiones que no elegiste, cuesta admitir que ahora algunas dependen de ti. La libertad también produce vértigo, y eso se dice bastante menos.
Durante años puedes responsabilizar al país, al exilio, al visado, al dinero, al idioma, a la nostalgia. Después llega un momento peligroso: muchas de esas barreras desaparecen. Ergo, tienes que decidir.
Y decidir significa aceptar que ya no podrás atribuir completamente tu infelicidad a los Castro, al Departamento de Extranjería o al funcionario que perdió aquel documento en 1996. Es un contratiempo intelectual considerable. Tal vez porque crecimos entre consignas, efemérides, héroes, zafras, discursos, marchas, planes quinquenales, victorias anunciadas y mañanas radiantes que nunca parecían tener la delicadeza de llegar.
Ahí está mi única enumeración, que ya es bastante equipaje.
Debo admitir que yo rompí las reglas: no esperé. Antes de tener la nacionalidad ya vivía, antes del trabajo estable ya existía. Y aquel "seré yo después" lo convertí en feroz realidad, asumiendo las consecuencias, que fueron y siguen siendo muchas.
Por todo esto, aconsejo ser ahora, aunque Cuba no haya cambiado, aunque queden asuntos pendientes, aunque el futuro siga haciendo promesas.
Podemos continuar deseando otro destino para la Isla Metafórica. Lo que no deberíamos seguir haciendo es entregarle también nuestro calendario.
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