Pasar al contenido principal

Libros | Ileana Álvarez y la ética de escribir cuando la oscuridad no termina

"La poesía de Ileana Álvarez no pretende derrotar al poder. Pretende impedir que el poder conquiste aquello que todavía permanece fuera de su dominio: la memoria íntima, los afectos, la respiración de la lengua y la dignidad de las palabras."

Imagen de cubierta del libro "Escribir la noche y otros abismos" (2024) de Ileana Álvarez. Diseño: Yaudel Estenoz.
Imagen de cubierta del libro "Escribir la noche y otros abismos" (2024) de Ileana Álvarez. Diseño: Yaudel Estenoz.

Escribir la noche y otros abismos (Ediciones La Mirada, Nuevo México, 2024) no es un libro sobre la noche, sino uno escrito con y desde dentro del alma de una poeta.

He colocado una margarita en el balcón.

La he sembrado con los terrones que hurté

a mis sueños mordisqueados,

sin ojo y sin alas.

Ni llueve, hace tanto que no llueve

que el polvo se ha hecho un charco de sudor

sobre los árboles.

Pero la he colocado

para que cante a la lluvia,

la invoque en una danza antigua

que aprendió de mis manos aún húmedas.

Toda forma de poder aspira a gobernar el lenguaje antes que los cuerpos. No porque las palabras posean una autoridad superior a la de la fuerza, sino porque quien consigue alterar el significado de las palabras modifica también la experiencia de la realidad. 

Retrato en blanco y negro de Ileana Álvarez sonriente junto a la portada de su libro Escribir la noche y otros abismos, con un atrapasueños y la luna de fondo.
La poeta cubana Ileana Álvarez junto a su libro "Escribir la noche y otros abismos". | Imagen: Árbol invertido (montaje)

Lo que el poder no puede conquistar

Las dictaduras no solo administran territorios, instituciones o economías; administran el vocabulario con que una sociedad aprende a nombrar el miedo, la verdad, la culpa o la esperanza. Cuando esa operación se completa, la violencia ya no necesita manifestarse de manera permanente: comienza a hablar desde la conciencia de quienes la padecen.

Sobrevivir/esperar.

Recogida/apilada.

Apenas pensamiento.

Fiebre, pálpito,

sin proferir quejido.

La literatura conoce esa disputa, pero existen distintas maneras de responder a ella. Hay obras que denuncian, obras que testimonian, obras que convierten la indignación en una retórica de la confrontación. La poesía de Ileana Álvarez elige un camino más silencioso y, por ello mismo, más difícil de reducir a una consigna. No pretende derrotar al poder. Pretende impedir que el poder conquiste aquello que todavía permanece fuera de su dominio: la memoria íntima, los afectos, la respiración de la lengua y la dignidad de las palabras.

Los barrotes de la cárcel de Leningrado se cubrían de lodo y nieve y fuego y nieve y sangre y nieve… Silencio y nieve. 

A Ana Ajmátova le florece la nieve y la nieve enseña los brillantes frutos, los cristales que hechos racimos le cuelgan de los ojos, de los pechos, y le brotan aún más blancos, traslúcidos del útero todavía tibio, todavía púrpura.

Esa es la operación profunda de Escribir la noche y otros abismos. No estamos ante una poética de la resistencia, entendida como enfrentamiento frontal con la violencia histórica. Estamos ante una poética de la custodia. El verbo resulta decisivo: resistir supone oponerse; custodiar significa conservar. Resistir implica un adversario visible; custodiar exige proteger aquello cuya desaparición suele pasar inadvertida. 

La poeta rusa Ana Ajmátova (1889-1966).
La poeta rusa Ana Ajmátova (1889-1966).

El verdadero nombre de las cosas

La poesía de Ileana Álvarez no levanta barricadas verbales. Mantiene abierta una habitación donde todavía es posible reconocer el verdadero nombre de las cosas.

Me acercaba a la estación

de la que nunca partimos del todo

y a la que nunca acaban de llegar los trenes

ni las mulas de carga.

Un olor conocido me empujaba a que corriera

y tropezara

como un perro extraviado entre la muchedumbre.

Por eso sería un error leer el libro como una obra "sobre" la noche. Escribir sobre la noche implica contemplarla desde una distancia suficiente para describirla. Ileana Álvarez escribe desde dentro de ella. La oscuridad no constituye el tema del libro, sino la condición desde la cual el lenguaje intenta todavía producir verdad.

Mis hijos temblaban bajo mi falda mojada.

Cómo puedo, pensé, abandonarlo todo

sin un último ardor, sin el alarido

del que, con la lanza hundida en Utopía,

no se rinde.

Ese desplazamiento explica la extraordinaria sobriedad de estos poemas. No encontramos la teatralización del dolor ni la exuberancia confesional que caracteriza a buena parte de la poesía contemporánea. El sufrimiento no busca impresionar al lector mediante la intensidad de la confesión: se convierte, más bien, en sintaxis. 

El poeta y artista visual Rafael Vilches leyendo el libro "Escribir la noche y otros abismos" (2024) de Ileana Álvarez. Foto: Ana Rosa Díaz.
El poeta y artista visual Rafael Vilches leyendo el libro "Escribir la noche y otros abismos" (2024) de Ileana Álvarez. Foto: Ana Rosa Díaz.

La poeta no escribe el acontecimiento traumático; escribe la manera en que ese acontecimiento modifica la respiración del idioma. Parece desconfiar de toda palabra que no haya atravesado antes una larga disciplina de depuración. No hay imágenes ornamentales ni metáforas destinadas al deslumbramiento. Cuando escribe:

y solo debo parecerles a todos

un agujero vacío en la pared,

el poema no compara un estado de ánimo con un objeto exterior. Produce una transformación ontológica del sujeto: la voz deja de ocupar un lugar en el mundo para convertirse en una ausencia inscrita en la arquitectura del mundo. La imagen sostiene por sí sola el peso de la experiencia; nada se explica, nada se comenta.

Lo que no cantó en esa grieta

que arrebaté a los muros

de la noche asfixiante, repetida

y sin fin de la provincia,

ahora huye.

Es ahí donde comienza la verdadera singularidad de Ileana Álvarez. Su poesía no convierte el miedo en espectáculo, sino en una forma de resguardo del lenguaje mismo.

la nada me define. he intentado a veces nuevos, a veces diferentes caminos, extrañas ensoñaciones. mi cuerpo giraba como una cruz y con él mi esperanza descendía como la trampa al pasto. ignoro ya qué cuervos se quemarán en la hornacina del horizonte, qué simientes fugaces entrever bajo la inclemencia de esta isla. en la cueva de la noche no apuro ya los gérmenes de un aletear embebido, nadie puede evitar las pupilas que se arrastran como dos babosas por el puñal de jade.

También el léxico participa de esa arquitectura. Determinadas palabras reaparecen una y otra vez —noche, luz, cuerpo, silencio, madre, sombra—, pero nunca como simples repeticiones: cada nueva aparición modifica retrospectivamente el significado de las anteriores. Después de recorrer estas páginas, la noche ya no designa únicamente la oscuridad; nombra un estado de vigilancia permanente.

La luz mínima

La luz, por su parte, deja de representar una promesa de redención para convertirse en una claridad mínima, vulnerable, apenas suficiente para impedir que el mundo desaparezca por completo.

De cara al horizonte mi soledad se torna

un corazón ardiendo.

Bajo los arcos en fuga de la memoria

se abre una luz enferma

como pálida rosa en lo breve del mundo.

Selvas, multitudes devoran su desnudez

hasta verle gotear siete sombríos candelabros,

la deforme columna de quien baja al dolor.

La sintaxis de Ileana Álvarez no busca reproducir el caos de la experiencia traumática. Busca preservar un orden frágil dentro de ese caos. Muchos poemas contemporáneos representan la violencia mediante la fragmentación extrema del discurso; Álvarez elige el camino contrario. Incluso cuando el verso se interrumpe o la imagen queda suspendida, existe una voluntad de equilibrio que impide la disolución del sentido. Ahí comienza a perfilarse la ética de la custodia que recorre todo el libro: la forma poética deja de ser un problema exclusivamente estético para convertirse en una decisión moral.

Alguien me está llamando detrás de aquella sombra,

alguien se funde al arcoíris de mi espera,

a las criaturas que en el amanecer siempre atesoran

mis columnas abiertas al gesto dúctil de la noche.

Mientras pronuncia mi nombre dos veces

y lo deja escapar por los cerros del ocaso,

yo caigo en el hueco de una luz incierta,

en la voluptuosidad

de dejarme rodar como una manzana.

Alejandra Pizarnik

Toda gran obra poética elige a sus muertos. No para inscribirse dócilmente en una tradición, sino para encontrar interlocutores capaces de devolverle preguntas que ninguna época consigue responder del todo. En Escribir la noche y otros abismos, Alejandra Pizarnik ocupa precisamente ese lugar. Su presencia comparece como una conciencia con la que la autora necesita medir su propia experiencia del lenguaje. Cuando Ileana Álvarez escribe:

yo no puedo, alejandra, escribir la noche.

como a ti me atormentan las palabras.

el peso esencial de las sílabas

sobre la llaga abierta,

el poema parece reconocer una comunidad de destino. Ambas conocen la insuficiencia de las palabras; ambas escriben desde un territorio donde cada sílaba pesa más de lo que debería soportar una vida. Pero esa afinidad constituye apenas el punto de partida. Pizarnik convirtió el silencio en el horizonte extremo de la escritura. Ileana Álvarez comparte esa conciencia del límite, pero modifica radicalmente su sentido: para ella, el silencio no constituye únicamente una experiencia interior, sino también una construcción histórica: un silencio aprendido, administrado e impuesto,

La poeta, ensayista y traductora argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972).
La poeta, ensayista y traductora argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972).

En Pizarnik, el lenguaje se aproxima al silencio porque la experiencia resulta inabarcable. En Ileana Álvarez, el poema permanece dentro del lenguaje porque abandonar las palabras significaría dejar el idioma en manos del poder. El verso inicial —"yo no puedo, alejandra, escribir la noche"— expresa el reconocimiento de que la noche ya no puede ser escrita desde el mismo lugar. No basta con explorar sus profundidades interiores; es necesario impedir que la oscuridad reorganice también el significado de las palabras.

La conversación alcanza su momento más intenso cuando la poeta escribe:

tú tomaste la ternura por el cuello

y yo ultrajo la rosa que me salva.

Ninguna de las dos voces aparece idealizada. Ambas ejercen una violencia sobre aquello que podría ofrecer consuelo, y ninguna puede conservarse intacta: deben atravesar la experiencia de la devastación para adquirir verdad. Más revelador aún resulta el desenlace del diálogo:

comparte, alejandra, el frasco apretado contra el pecho,

las chispas de secanol olvidadas, la furia.

yo padezco como tú la misma esperanza.

Ese último verso modifica retrospectivamente toda la escena. Lo que ambas comparten no es la desesperación, sino la esperanza despojada de cualquier ilusión redentora. Consiste, simplemente, en la obstinación de seguir escribiendo cuando el lenguaje parece haber agotado todas sus garantías. La esperanza deja así de ser un sentimiento para convertirse en una práctica.

La violencia mínima e infinita 

Las grandes dictaduras no se reconocen únicamente por aquello que prohíben, sino por aquello que consiguen volver innecesario. Su triunfo más profundo consiste en lograr que los individuos incorporen la vigilancia a sus propios gestos y anticipen el castigo, hasta que esa misma vigilancia se convierta en una forma de conducta. Escribir la noche y otros abismos desplaza este conflicto hacia espacios donde la violencia resulta menos espectacular y por ello más devastadora: la cocina, la habitación, la mesa familiar, el cuerpo. La autora comprende que toda dominación duradera necesita colonizar primero la vida cotidiana.

Por eso, estos poemas rehúyen toda retórica heroica. La voz poética conoce demasiado bien la fragilidad humana para permitirse la épica del enfrentamiento. Aquí adquiere especial importancia la presencia de la maternidad, la memoria familiar y los vínculos afectivos. La madre no representa únicamente el origen de la vida, sino la responsabilidad de preservarla cuando todo alrededor parece organizado para degradarla. Custodiar consiste en impedir que desaparezca aquello que hace posible reconocer nuestra propia humanidad.

Noche en el bosque con luciérnagas.
Noche en el bosque con luciérnagas.

Los poetas son luciérnagas. Georges Didi-Huberman recurrió a la imagen de la luciérnaga para pensar aquellas formas de supervivencia que mantienen viva una posibilidad de sentido en medio de la oscuridad. La luciérnaga no compite con el sol ni pretende abolir la noche; su luz es frágil e intermitente. Y, sin embargo, desmiente la pretensión de toda oscuridad de presentarse como absoluta.

La poesía de Ileana Álvarez participa de esa lógica. Puede leerse junto a Alejandra Pizarnik por su interrogación del lenguaje; junto a Fina García Marruz por la sobriedad de su dicción; junto a Paul Celan por la conciencia de que la historia modifica la materia misma de las palabras. La lectura de su obra termina revelando una voz que asimila estas filiaciones para formular una inquietud propia: qué merece ser preservado cuando el daño ya ha ocurrido. Obliga a entender el poema no como un lugar donde la experiencia se exhibe, sino como un espacio donde encuentra resguardo.

Tal vez la poesía no pueda salvar el mundo —una ilusión que suele terminar en desencanto—, sino que todavía puede salvar al poeta y a los lectores, y preservar el significado de algunas palabras esenciales sin las cuales la realidad dejaría de ser reconocible. Mientras esa tarea sea posible, la oscuridad nunca tendrá la última palabra, porque siempre habrá una voz dispuesta a cruzar el umbral:

Entraré en esa habitación sin puertas,

entraré portando la abeja de oro que parió la noche.

no llenarás con tu muerte el vacío del olvido:

te cerrarás como una flor bajo la sombra.

Regresar al inicio
▶ Ayúdanos a permanecer

Un contenido como este, y nuestro medio informativo en general, se elabora con gran esfuerzo, pues somos un proyecto independiente, trabajamos por la libertad de prensa y la promoción de la cultura, pero sin carácter lucrativo: todas nuestras publicaciones son de acceso libre y gratuito en Internet. ¿Quieres formar parte de nuestro árbol solidario? Ayúdanos a permanecer, colabora con una pequeña donación, haciendo clic aquí.

[Y para cualquier propuesta, sugerencia u otro tipo de colaboración, escríbenos a: contacto@arbolinvertido.com]

Rafael Vilches Proenza

Rafael Vilches en Árbol Invertido.

(Vado del Yeso, Río Cauto, Oriente, Cuba, 1965). Licenciado en Educación Artística. Poeta y narrador. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (Ciudad de La Habana, 1998). Ha publicado los libros de poesía Dura silueta, la Luna  (Ediciones Bayamo, Cuba, 2003), El único hombre (Ediciones Orto, Cuba, 2005), Trazado en el polvo (Ediciones Holguín, Cuba, 2006), País de fondo (Ediciones Orto, Cuba, 2011),Tiro de gracia (Ediciones Holguín, Cuba, 2011), Lunaciones (Editorial LetrAbierta, Cuba, 2012 y Editorial Primigenios, Estados Unidos, 2020), Café amargo (Editorial Alexandria Editores y Neo Club Ediciones, Estados Unidos, 2014), La luna entre nosotros (Puente a la Vista Ediciones, Estados Unidos, 2019), Antología de la Poesía Oral -Traumática y Cósmica de Rafael Vilches Proenza (Frente de Afirmación Hispanista, México, 2019), Dulce café (Editorial Primigenios, Estados Unidos, 2020), Escribo mi sangre en la arena (edición bilingüe, Editorial Ilíada Ediciones, Alemania y Editorial Primigenios, Estados Unidos, 2023), y las novelas Ángeles desamparados (Ediciones Bayamo, Cuba, 2001; Editorial El Barco Ebrio, España, 2012, y Editorial Puente a la Vista y Neo Club Ediciones, Estados Unidos, 2016), e Inquisición roja (Editorial Ilíada Ediciones, Alemania, 2019), Sálvame si puedes (Editorial Puente a la Vista, Estados Unidos, 2021).

Añadir nuevo comentario

Plain text

  • No se permiten etiquetas HTML.
  • Las direcciones de correos electrónicos y páginas web se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
CAPTCHA
Resuelva este simple problema matemático y escriba la solución; por ejemplo: Para 1+3, escriba 4.
Este reto es para probar que no eres un robot. Por favor, ten en cuenta minúsculas y mayúsculas.