Ileana Álvarez: Patria y "Ecopoesía"

Niña frente al mar
Niña frente al mar. Foto: Israel Moya Torres
Imagen: Israel Moya Torres

Ver a una jovencita, alegre y radiante Ileana Álvarez pasar al frente de los poetas, en una tarde de lecturas para la que autores cubanos llegados desde todas las provincias habíamos copado una casona vieja junto a la bahía de La Habana —sede entonces de la asociación de jóvenes escritores y artistas—, en aquellos oscuros y feroces primeros años de la década de 1990, y decir casi de memoria lo que ella advirtió que eran sus “ecopoemas”, con su voz temblorosa, apasionada... constituye uno de los momentos hermosos que se han negado a desprenderse de mi memoria, después de acumular mu-chos años y daños recibidos.

Los poetas cubanos por aquellos días nos juntábamos con relativa frecuencia para leernos, a pesar de la falta de transporte, alimentación y electricidad, intentando mantenernos visibles, como insectos, en busca de una luz.

Ileana, por entonces llena de pulsos, collares y aretes que formaban una orquesta con el viento, montaba siempre el rayo nervioso de su emoción que la hacía despistada, ino-cente, extrovertida y, con su gran sonrisa y su maraña de cabello rebelde, era en sí misma como una imagen vegetal de un mundo interior que merecía mejor trato que el que recibían nuestras edades o nuestras pequeñas vidas, las de una generación golpeada por la bancarrota de la política mesiánica, por la escasez material, por los discursos vacíos y la censura.

Luego, en un inevitable ritual confirmatorio de sus promesas vitales, Ileana dejó de ser una poeta tan tierna, así como tan inédita y desconocida. Ha trabajado, sus libros han ido brotando desde las editoriales y los concursos, uno tras otro. ¿Pero... y aquellos “ecopoemas”? Quedaron como olvidados o atrapados lejos, nunca los incluyó en sus cuadernos, y ahora es que se publican por primera vez en la revista Árbol Invertido.

 

Aunque tienen la inconfundible frescura de unos primeros retoños, no obstante, ¿no reconoces que late en esos textos, Ileana, el germen de tu poesía?

 

Cierto que nunca los incluí en ninguno de mis libros y hasta este momento no había accedido a publicarlos, pero tampoco los destruí, quizás algo intuí en ellos que debía salvarse, y es lo que ahora entrego a los lectores. Mucho de ingenuidad late entre la es-pecie de fábula que narro, un juego como de niños, pero con seguridad en estas cándidas imágenes se puede rastrear el germen de mi futura manera de enfrentarme al hecho poé-tico, y de una actitud de defensa del entorno. Al menos la emoción que existía en ellos, y la sinceridad con que fueron expresados, creo yo, no me ha abandonado.

 

Eras una ambientalista en potencia. ¿Ese tipo de preocupación no te dio problemas, no parecía “sospechosa”?

 

Mi amor por la naturaleza está en mis genes. Primero mis abuelos y luego mis padres me enseñaron a amarla y respetarla, tomar de ella solo lo que realmente necesitara. Viví en un barrio al sur de la ciudad, entre el monte y el pueblo se tendió mi infancia y mi adolescencia, y como la cabra siempre tiré al monte, que estaba al alcance de mi mano. En el puro potrero, sin cercas ni dueños que me impidieran el paso, se forjó mi espíritu y desboqué los corceles de la imaginación; corría descalza por la hierba noble, y me quitaba el fogaje de mis andanzas con la pandilla del barrio en el río Machaca, donde habitaban el güije y la madre de agua, con los que conversaba a menudo, y no solo en sueños, y que nunca nos hicieron daño, a pesar de la mala fama que tenían entre los más viejos. Ah, el monte cubano y su nobleza, el olor a monte de mi infancia, sus bichitos graciosos, sus enredaderas cargadas siempre de flores coloridas que atenuaban el can-sancio de tanto verde y le daban un matiz distinto a la llanura. Ah, la enredadera abra-zando a un arbusto. Nada es tan hermoso como la casa natural de bejucos y lianas por las que se filtraba tímido un sol abrasador, ese fue mi castillo. Y desde adentro de ese castillo, a donde llevaba mis tesoros —piedrecitas, caracoles de río y frutas silvestres—, un infinito descampado, donde pastaba alguna que otra vaca embobecida por la rica yerba, te rodeaba sin perturbar. El infinito, filtrado por el verde y su aroma que penetra-ba la piel, era un infinito sin peligros, que te hacía sentir, paradójicamente, importante y segura. Ningún paisaje de los muchos que he visto después supera el infinito verde de la llanura cubana. ¿Cómo no amar, entonces, la naturaleza, si yo, igual que los bichitos, bijiritas y mariposas amarillas y negras, para mí las más hermosas, formaba indisolu-blemente parte de ella; estaba en mí, como yo en ella. Mientras más la contemplaba, más crecía dentro este amor por lo bello natural y descubría la presencia de Dios, su energía.

Ese origen quizás explique mi actitud ambientalista, que en mi opinión debería ser algo intrínseco a todo ser humano. Aunque, desgraciadamente no es así, y el camino de la destrucción, el más fácil, prevalece por encima del amor.

En cuanto a la segunda parte de tu pregunta, te digo que era claro que en un país donde había sido eliminada cualquier iniciativa personal y todo tenía que ser orientado desde arriba, todo tenía que ser oficial, una actitud de defensa de la ecología debió verse como algo fuera de lo común y, por tanto, peligroso, y eso fue lo que me ocurrió en la Univer-sidad al querer realizar un activismo ecologista que empezó por tratar de salvar al propio Jardín Botánico de la Universidad Central donde estudiaba Filología, aun más cuando era la segunda mitad de la década de los 80 y grandes cambios estaban ocurriendo en Europa del Este, de los que Cuba no quería formar parte. En fin, casi me cuesta la carre-ra, fui puesta a escoger, una vez más, pero nunca mataron el espíritu que me animó en aquellos años juveniles.

 

¿Alguna vez has tenido complejos por ahondar en tu poesía el diálogo con la naturaleza y que te acusen de anticuada o vivir aún en las églogas de Garcilaso?

 

Para nada. No creo que intentar dialogar con el entorno natural sea algo extemporáneo, por el contrario, es una actitud normal de toda persona que realmente se sienta respon-sabilizada con su tiempo, es una actitud de civilidad y eticidad, y de compromiso viven-cial. Siendo alguien generoso, si piensas en los que vendrán, convienes en la necesidad del espíritu que busca para su alimentación el espacio natural. Es cierto que hoy abunda mucha poesía citadina entre mis contemporáneos, y yo no la excluyo, de hecho los es-pacios construidos, ciudades, parques, templos, calles, muros... tienen una presencia muy visible en mi poesía, pero la naturaleza y sus formas de manifestarse a través del paisaje ocupan lugar especial. La mirada que perdura en mi poesía, creo yo, es la de una mujer entrada en su tiempo, que observa con rabia y temor cómo la obra de Dios, de la que formamos parte, se va desmoronando como estatua de sal, por nuestra propia im-prudencia y egoísmo.

 

Si tuvieras que escoger aquellos momentos de presencia de la naturaleza en la poesía cubana que más te han convencido, ¿cuáles apartarías?

 

Escogería muchos momentos, tantos, no sé, que se atropellan, versos símbolos de los cuales he bebido, trozos de luz y sombra que me han levantado y dado aliento para se-guir, que así de poderosa es la poesía, como aquel fragmento del Diario de Colón en el que se le aparece “un ramo de fuego sobre el mar”. Luego en un primer gesto amigable tenemos la descripción graciosamente neoclásica de las frutas cubanas en Espejo de Paciencia. Me quedaría con la “Oda al Niágara” de Heredia, donde está el paisaje cuba-no por ausencia, y uno de los gritos de dolor más auténticos de nuestra poesía conden-sado en “las palmas ¡ay! las palmas deliciosas”, o su “dulce tierra de luz y hermosura” del “Himno del desterrado”, o aquel grito de “¡Patria mía, Idolatrada Patria!” recogido en su Emilia, escritos con fervor romántico y donde se plasma la plena comunión del yo con el paisaje, mientras se alejaba de su isla amada. Me adentraría en la “tristeza que-jumbrosa”, de la “Vuelta al bosque” de Zambrana, donde al decir de Lezama notamos que hay una “acumulación dolorosa en la naturaleza, que el hombre descubre por la muerte”; no rechazaría el impetuoso mar detestado por Martí en su “Odio al mar”, o el canto al monte cubano que trasudan algunos de sus Versos Sencillos; preferiría ese sin-gular soneto, nostálgico y doloroso, “Al partir”, que derrumba cualquier duda sobre la cubanía de la Avellaneda, y donde habla de la patria como una “perla” y un “edén que-rido”; descansaría de nuevo en el mar, esta vez sosegado, de “Los barcos que pasan”, de René López; permanecería en cada imagen condensada de la naturaleza del libro Juegos de agua de Dulce María Loynaz, bellísimo canto a la materia vivificante que nos rodea siempre en múltiples formas y fulgores, y en la que se contempla el alma femenina; no excluyo esa otra agua menos mansa de “La isla en peso”, de Virgilio, donde el vacío histórico que nos rodea se torna “maldita circunstancia”; distinguiría la naturaleza cuba-na transustanciada en la mitología universal de Muerte de Narciso, o el paisaje sublimado de “El arco invisible de Viñales”, de Lezama; preferiría ese magnífico libro de Eliseo, Por los extraños pueblos, donde se aprecia la equilibrada comunión entre lo natural y los espacios construidos por el hombre de manera respetuosa y amorosa; nunca obviaría el Canto a la sabana de mi conterráneo y amigo Roberto Manzano y el “ojo negro” que asoma como un misterio en medio del verdor de la llanura de una Cuba secreta. Me decidiría por dos monumentos de nuestra narrativa, Jardín y El siglo de las luces, puros cantos de amor a lo natural y al espíritu libre, indomesticado, y a las bellezas de nuestros paisajes caribeños. Escogería El monte de Lidia Cabrera, donde los elementos y las criaturas de la espesura cubana se transforman en puro mito; escogería, escogería, escogería más, y sería feliz mientras los repito en voz alta como un rezo o un canto de alabanza primigenia. En fin, nuestra más fecunda poesía y literatura, y con ella nuestra propia identidad, está sustancialmente determinada hacia la naturaleza cubana, no hay duda.

 

¿Con qué situaciones o elementos naturales te sientes más identificada?

 

Disfruto cualquier contacto incontaminado con la naturaleza, con aquella que no ha su-frido la intervención inescrupulosa del hombre, en la que aún se respiran destellos vir-ginales y se percibe la respiración del Dador. Adoro el aviso lejano y el encuentro entre el mar y la montaña, visualizarlo en una línea, fundirme en los contrastes del azul, los verdes y marrones; gran sosiego me procura la penumbra que se extiende en los amane-ceres y al caer la tarde; la penumbra de la paloma, la penumbra del cuervo, como dirían las culturas orientales, ambas me sobrecogen y son materia de mis versos. No tengo preferencia entre el “arroyo de los montes” y el mar “democrático”, pero nada me hace sentirme más integrada a los grandes ciclos de la vida que caminar desnuda por la orilla de una playa donde quizás aún desovan las tortugas sin que las ataquen. Mirar al cielo en noches estrelladas me llena de esperanza y refuerza mi convicción de que no estamos solos en el Universo, y que aún tenemos tiempo de enmendar todo el daño que le hemos hecho a la Madre Tierra.

 

¿Qué opinión tienes de la conciencia o cultura ecológica, actualmente, en Cuba?

 

Pese a que el amor a sus bellezas naturales está en el espíritu mismo de la cultura cubana, la conciencia ecológica es muy precaria. Los grupos ecológicos forman parte de la sociedad civil y deben emerger de forma espontánea, como iniciativa ciudadana, fomen-tando un estilo de vida ajeno al consumismo y el actuar irresponsable y criminal contra la naturaleza y sus criaturas. En este país todo lo que surge al margen de lo institucional se ve erróneamente como algo peligroso y contraproducente, y siempre que han surgido o intentado surgir aparece la oreja peluda de la suspicacia y el miedo que lo envenena todo; pero si el actuar de la ecología en Cuba se restringe a una serie de normas creadas por el CITMA, y velar porque estas se cumplan, que sabemos que así no sucede, se pueden destruir ecosistemas completos —como sucedió en la cayería al norte de Ciego de Ávila, por construir un pedraplén—, sin que pase nada. Me horroriza escuchar los discursos triunfalistas sobre lo mucho que se ha realizado supuestamente en los últimos cincuenta años para el cuidado de la naturaleza cubana, cuando todos sabemos que ríos, bahías, lagunas donde aprendimos a nadar los niños de mi generación, o ya no existen o son lugares contaminados por los desechos tóxicos de las industrias y la basura que el más común de los cubanos arroja sin medir las consecuencias. Mientras se hagan pelear perros por dinero, y un coro de personas alrededor apueste y goce con ese espectáculo y no se escuche una voz que se les enfrente, ante “la vista gorda” de las autoridades, no se podrá hablar en Cuba de una verdadera cultura ecológica. Y eso duele, porque habla de la ausencia de eticidad y del más elemental sentido común.

 

¿Cómo imaginas un medioambiente futuro, en Cuba, que sea definitivamente hermoso y sano?

 

Por supuesto, no aspiro a volver a la selva tropical de inmensos árboles y perros mudos, pájaros parlanchines y graciosos roedores, con que se tropezaron los conquistadores españoles, que hicieron exclamar a Colón que esta era “la tierra más fermosa”, pero sí aspiro a recobrar el espíritu generoso y respetuoso de otras generaciones que tenían una relación más armónica con el entorno. Un ambiente donde vivan en equilibro, en toda su diversidad y complejidad, los seres humanos y las formas de la naturaleza, complacidos en el misterio de sus diferencias. La búsqueda de ese equilibrio y la necesidad de reco-brar una actitud de diálogo inteligente y de tributo a lo natural, es ahora mismo una cuestión insoslayable para la sobrevivencia. Muchas naciones se simbolizan a través de construcciones, pienso ahora mismo en el reloj de Londres, la Tour Eiffel en Paris, la estatua de la libertad en Estados Unidos, mientras nuestro símbolo esencial es un árbol: la palma, la “deliciosa palma”, las “palmas como cruces”, la “palma negra”, la “palma sola” del patio interior, como han dicho nuestros poetas, pero siempre la palma. Ello habla de la importancia del paisaje y lo natural en el carácter del cubano. La patria futura debe regresar de nuevo, desde la raíz, a la comunión con su naturaleza; el espíritu de lo cubano, como el de cualquier otra cultura de esta tierra, se sustenta en ese pacto amoroso entre el hombre y su hábitat.

Francis Sánchez. Foto en revista Árbol Invertido

(Ceballos, Ciego de Ávila, Cuba, 1970). Lic. Estudios Socioculturales. Máster en Cultura Latinoamericana. Perteneció a la UNEAC desde 1996 hasta su renuncia el 24 de enero de 2011. Fundador de la Unión Católica de Prensa de Cuba en 1996. Ha sido redactor fundador de la revista católica Imago (1996-2001) y Jefe de Redacción de la revista cultural Videncia. Dirige la revista independiente Árbol Invertido. Autor, entre otros, de los libros Revelaciones atado al mástil (1996), El ángel discierne ante la futura estatua de David (2000), Música de trasfondo (2001), Luces de la ausencia mía (Premio “Miguel de Cervantes de Armilla”, España, 2001), Dulce María Loynaz: La agonía de un mito (Premio de Ensayo “Juan Marinello”, 2001), Reserva federal (cuentos, 2002), Cadena perfecta (cuentos, premio “Cirilo Villaverde”, 2004), Extraño niño que dormía sobre un lobo (poesía, 2006), Caja negra (poesía, 2006), Epitafios de nadie (poesía, 2008), Dualidad de la penumbra (ensayo, 2009) y Liturgia de lo real (ensayo, premio “Fernandina de Jagua”, 2011).

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