Opinión | Dios es cubano

Gastón Baquero es uno de los poetas más notables de Hispanoamérica, con una obra de pensamiento y periodismo que aún conocemos mal.

Paisaje cubano.
Paisaje cubano. | Imagen: Hanoi Martínez León

Como si fuera ayer, Gastón se nos fue hace 25 años. Eran las 3 de la tarde, del Día de San Isidro, santo labrador celebrado en Madrid con fiestas, que junto a su Ermita donde se halla la fuente de los milagros, produce su apoteosis. Llovía para morir, como había preferido el admirado poeta de Gastón, Cesar Vallejo, quien además había vivido en otro tiempo en la calle Acuña, donde el poeta cubano tuvo su penúltima morada, antes de irse a la Residencia para mayores que lleva su nombre desde entonces. Y, además, era jueves.

Desde ese día ha caído mucha agua y sin embargo Gastón, como el mismo había intuido en su precoz Testamento del Pez, no se marcha en ese río llovido por el tiempo que pasa crecido delante de nosotros, sino que vuelve repartido y multiplicado, disputándose la sobrevida después de haber muerto de silencio en su Isla hasta casi el día que hoy conmemoramos. A pesar de ser uno de los poetas más notables de Hispanoamérica, con una obra de pensamiento y periodismo que aún conocemos mal.

El trabajo que hoy se reproduce aquí es una de esas piezas que sin que tengamos que estar de acuerdo con el autor, su lectura se vuelve inevitable para un país que sufre una identidad que nadie se atreve a discutir a pesar de que la misma ha sido distorsionada, manipulada y usada como fundamento ideológico y político del proyecto nacionalista del actual régimen.

No sabemos si el texto es inédito y no me atrevo a decirlo porque Gastón era un escritor prolífico que a todo no ponía su cara y firma. La lista de seudónimos, que un día me dictó, cubría los más inusitados espectros desde la moda al panfleto político para innumerables medios y foros, y no los recordaba todos. Además del trabajo de “negro” que hizo para el Gobierno de Cuba viviendo allí, y para el español después de salir al exilio en el 59.

Esta es la primera parte de «El valor de la Isla a los ojos de descubridores, colonizadores y gobernantes desde 1492 hasta 1898». He preferido darlo a conocer sin determinar si es inédito o revisitado, ya que la datación del mismo demoraría su publicación cuando generaciones mayores y jóvenes, sobre todo, urgen del conocimiento de nosotros mismos como cubanos, al margen de los consabidos lugares comunes de la doctrina identitaria de los intelectuales orgánicos e inorgánicos, hoy día casi todos hidropónicos.

El placer de tomar en las manos estos papeles amarillentos no tiene parangón. Como son las palabras del poeta, nos cuenta enamorándonos con las razones por las que cree somos lo que somos; como Dios, sin el fárrago de la moda académica de toga y martillo. Deleita mientras nos dice que Dios es cubano, no como lo diría un argentino, sino con borrones e imperfecciones dadas por los componentes y la forma en que nos hemos escrito con los dedos del Caribe en la mano de Dios. Quizás Dios realmente sea cubano y en un descuido nos haya dejado caer de sus rosáceos dedos.

El valor de la Isla a los ojos de descubridores, colonizadores y gobernantes desde 1492 hasta 1898 / Gastón Baquero

Los cubanos reconocen el deber urgente que les imponen para con el mundo su posición geográfica y la hora presente de la gestación universal; y aunque los observadores pueriles o la vanidad de los soberbios lo ignoren, son plenamente capaces por el vigor de su inteligencia y el ímpetu de su brazo, para  cumplirlo; y quieren cumplirlo.

José Martí

El 27 de octubre de 1492, Cristóbal Colón ponía pie en una tierra que para él representaba la culminación de sus afanes. Había dejado atrás las pobres islitas Lucayas, y su tenacidad le impedía imaginar que llegaba a una isla más. Para él, está “Cuba”, o “Cuabay”, o “Coabay”, tenía que ser, sin disputa, nada menos que Catay. Su inagotable capacidad de fábula, le impelía a sentirse ya pisando los territorios el Gran Khan. Cuéntase que la noche antes del descubrimiento, con las naves detenidas en espera de la alborada, sentíase ya embriagado por las especies que venía persiguiendo. Al despuntar el día, y a su luz, el paisaje que vieron Colón y sus hombres, era tan insólito para ellos, que el almirante resumió después sus impresiones con un piropo hiperbólico: «esta es la tierra más fermosa que ojos humanos han visto”.

Así es presentada Cuba ante el mundo, con un piropo, y con una exageración. Fue echada así, sin quererlo, la simiente de una superioridad natural, de un privilegio del cielo, que tiene mucho que ver con la formación posterior de la nacionalidad, con la psicología de los cubanos, y con los sentimientos que Cuba despertó por siglos en los pueblos de la tierra. Los descubridores creyeron haber llegado a un Paraíso, y lo dijeron. Incluso en 1508, cuando a instancias de Ovando realiza Sebastián de Campo (el llamado Ocampo, por su procedencia gallega), el bojeo que pone fin a la controversia sobre si Cuba es isla o tierra firme, lejos de desalentarse los descubridores, aumentaron las loas. El relato de Campo a sus amigos que le esperaban en La Española fue de tal naturaleza, que Las Casas definió enseguida a Cuba como hecha de «tierra enjuta y buena”.

Piropo tras piropo, Cuba llegó a ser llamada en el mismo siglo XVI «la perla de las Antillas». Sus moradores primitivos no dejaron constancia de su admiración a la isla, pero el hecho de que vivieran en forma tan descansada y ociosa, hace pensar que para ellos la Isla era lo más hermoso del mundo. Hacia los tiempos del Descubrimiento, seguían llegando indios procedentes de otras islas, y para el instante en que comienza la Historia de Cuba, o sea, cuando Cuba entra en la corriente de la Historia, está poblada por indios de tres razas diferenciadas. Esas tres razas quieren decir tres estadios culturales, con sorprendentes diferencias. No había transcurrido suficiente tiempo para que las razas indígenas se fundiesen en un tipo. Siboneyes o ciboneyes, taínos (tatinos en el original) y guanahatabeyes, vivían en un mismo territorio, poseían muchas costumbres comunes, pero no se habían fundido, hallábanse en proceso de acercamiento, de integración, y es atribuible a esto el hecho de que la actual ciencia de las culturas vea en Cuba precolombina una tierra mestiza, mixta, donde esa presencia un tanto dual, la de razas que seguían siendo ellas mismas, pero en las cuales asomaba ya la mestización, mantenía a las culturas, también, en proceso de desarrollo, y en inestabilidad. La constante transmutación que en lo biológico, en lo étnico, da la convivencia de razas, se traduce en una constante transmutación en el campo de la cultura, y en todas sus manifestaciones. El carácter inseguro, la docilidad, la tendencia posterior a rebelarse, la adoración a veces desmedida por el paisaje en que se ha nacido, la fijación emocional a las madres y a la protección de los elementos mágicos que ayudan a dominar el difícil mundo circundante, son características que aparecen en el indio cubano tal y como lo muestran los relatos, las contadas tradiciones que se conservan, y las huellas de sus ritos funerales y de su incipiente religión.

Por encontrarse en esa etapa casi paradisíacas de la existencia, vivían sumergidos en la contemplación y en el deleite de su paisaje, de su isla. Allí no se conocían los animales salvajes; allí la agricultura tenía que ser forzosamente rudimentaria, porque la tierra paría sin descanso y sin necesidad de cultivo ni riego; allí las viviendas podían ser rústicas y ligeras, porque la temperatura pedía techos y paredes propicios al frescor; allí, de tiempo en tiempo, y anunciándose por señales que los indios descubrían de inmediato, la cólera del cielo enviaba el huracán; pero para esto el Señor de lo Alto había dado también la protección de las cuevas… Cuando la isla dejaba de ser hospitalaria, y venían las interminables lluvias o el temido huracán, allí estaban las cuevas para el refugio y la salvación. Siempre encontraba el cubano una solución fácil para sus problemas. No necesitaba exigirse demasiado, porque la isla lo daba todo por sí misma. Una sola planta, la palma, daba vivienda, alimento, medicina, ropa, canoa… Si alguna planta resultaba venenosa, sabíase que junto a ella crecía al mismo tiempo, mágicamente, la triaca o antídoto: así el caso de la yuca, fuente del alimento principal de los indios, una de cuyas variedades contiene ácido prúsico, uno de los venenos más activos. Pues bien, junto a la yuca venenosa, crecía la bixa o bija, la planta que usaban los indios para extraer los colores con que se adornaban la piel. Esa bixa, en infusión, es el más eficaz antídoto del ácido prúsico. A unas horas de navegación, en la otra orilla del Mar Caribe, se abrían las tierras donde si un reptil muerde a una persona, esta muere en cuestión de minutos. En Cuba, los reptiles eran inofensivos. Tan suave y benigno era su clima, y tantas eran sus playas hermosísimas, y de tal agrado eran sus frutas y peces, que en la región de aquellos mares e islas, recorridos por los feroces caribes, teníase a Cuba como un lugar de paz y de oasis. Incluso háblase por algún autor de que en realidad la pacífica Isla, poco poblada, y poblada por gentes mansas y tiernas, venía a ser una especie de «reposo del guerrero», pues allí dejaban a las hembras los caribes cuando salían a sus extensas razzias por los mares y tierras de la vecindad, seguros de que al regresar, un año después, en la estación del mal tiempo, las hembras aparecían más bellas que nunca, sin que nadie ni nada las hubiese molestado ni dañado.

Esta primitiva imagen de Cuba con un gran “cabaret” indígena, quedó acuñada para siempre. En nuestros días, da ella visión más inmediata a quienes de Cuba solo conocen el resplandor y la leyenda. Esta imagen ha acompañado a través de los siglos a la historia real de Cuba. Los clásicos españoles, los viajeros europeos y sudamericanos, desde el mismo siglo XVI, hablan de la Isla como de un sitio alegre, sonoro, lleno de fiestas y propicio a la orgía. Desde la observación del Padre Las Casas, para quien la música de los indios cubanos era «mejor sonante” que la de los otros, hasta la expresión inevitable en antillanos y suramericanos, quienes nunca dicen «pasé tres días en La Habana», sino «pasé tres noches en la Habana”, todo un rosario de confesiones más o menos eróticas hablan del hedonismo natural que desprende Cuba, de la bulliciosa alteración que experimenta la sangre, de la delicia que es vivir a la sombra de árboles siempre verdes, bajo un cielo siempre azul, acompañado por mujeres singularmente exuberantes y graciosas.

La imagen inicial de Cuba pertenece al placer, a la fiesta de los sentidos, a la poderosa posesión y predominio del cuerpo sobre el espíritu que parece ser inseparable de los trópicos. Pero la isla era, además, atractiva por muchas otras razones. El propio Descubridor, con su olfato casi hiperestésico para el oro, sintió que allí había algo especial. Los colonizadores experimentaron también, en los primeros años, la fascinación de los bosques, de las minas, de los frutos. Transcurridos esos años —menos de veinticinco en total—, fue descubierta otra singular característica de la Isla: su posición geográfica en el crucero de los mares hacia la Tierra Firme. El descubrimiento del valor de Cuba como punto geográfico, es el eje sobre el cual se moverá a partir de ahí toda su historia. De ahí vendrían sus grandezas y sus miserias, sus conflictos y su rápido avance. Mucho antes de que los geógrafos llegasen a la conclusión de que Cuba es el centro de gravedad de las Américas, y mucho antes de que Fernando Ortiz estampara su afirmación de que “Cuba ha debido lo más trascendental de su historia a su situación geográfica «, los estadistas europeos, comenzando por los reyes de la Casa de Austria que sucedieron a los Católicos de España, comprendieron la extrema importancia de la Isla como centro de operaciones comerciales y guerreras. «Llave del golfo “, » Antemural de las Indias «, «Centro del Mediterráneo Americano”, “Clave de la posesión de las tres Américas «, y cien títulos más, a cual más hiperbólico si se quiere, subrayan la comprensión que desde el siglo XVI se tuvo sobre lo que representaba para una nación dominar la estratégica isla. Por eso, aunque los grandes hechos de la Colonización de América arrastraron a los primeros europeos que llegaron a las Antillas, y se los llevaron a la gigantesca aventura de domar los continentes, y Cuba, como las otras Antillas, quedó en segundo plano en cuanto a la explotación de la riqueza y el interés por civilizarla, la posición geográfica hacía que en definitiva la flota, a la ida o a la vuelta, tuviese que tocar en puerto cubano. Allí se llegaba, y se respiraba con la seguridad de que ya los piratas, esa vez, no podían hacer daño. Cuba era de nuevo, como antes del Descubrimiento, el refugio y la paz. De allí se salía hacia el Atlántico, y a medida que las cosas de Cuba se perdían, crecía el temor en los navegantes. En medio de la lucha sin cuartel que España hubo de librar contra las naciones europeas que le disfrutaban a dentelladas sus tesoros de América, Cuba era el alfa y omega el símbolo de la seguridad, la llave de la confianza. Este sentimiento hizo cristalizar en el ánimo de los españoles una especial relación con Cuba, un vínculo insólito. Allí estaba el puente, y mientras aquello fuese propiedad de España, España poseía un imperio. No puede sorprender, por esto, que cuando el clarividente Conde de Aranda aconseja al rey Carlos III que, prácticamente, abandone los territorios españoles de América —previendo las consecuencias de la ayuda carolina a la independencia de los Estados Unidos—, insiste este sin embargo en que de ningún modo se entregue Cuba ni se entregue Puerto Rico. «Con las islas que he dicho —afirmaba Aranda— no necesitamos más posesiones». Este hombre veía claro que todas las Américas podían trabajar para la metrópoli, bajo una autonomía, y con un comercio que forzosamente había de pasar por la gran aduana —central de la isla llave de los mares.

Si tales eran los sentimientos de España hacia Cuba, si tal era el valor que se le concedía, cabe concebir cuáles eran los sentimientos de los propios hijos de Cuba. Estos sintieron siempre, amén del amor innato que despierta la tierra madre, un gran orgullo por haber nacido allí. Los primeros poetas, los relatos de los viajeros, las cartas, la conducta de los cubanos en el extranjero, todo, enseña que los cubanos poseyeron desde muy temprano un fuerte sentimiento de admiración para su patria. Para que un cubano declare que Cuba es la más bella isla del universo, no se necesita insistir mucho. Para que derrame su oratoria sobre las glorias físicas, intelectuales, artísticas, morales de Cuba, no hace falta más que plantearle el tema.

Desde muchos años antes de la independencia ya los cubanos cantaban: 

Cuba no debe favores

a ninguna extraña tierra;

en Cuba todo se encierra,

¡Cuba es un jardín de flores!

Y lo psicológicamente interesante de esta expresión, no reside en la belleza que se le descubre a la tierra propia, que esto es lo habitual, lo de rutina (“España es un rosal”, dice Ortega y Gasset), sino en lo de “no debe favores —a ninguna extraña tierra”. Ese sentimiento de suficiencia está muy arraigado en el cubano.

La propia actitud de crítica constante, de denuncia de todo, de autocensura en voz alta, nace del sentimiento de orgullo, tanto como del afán de superación. Automáticamente, por el decantar de los siglos y de las palabras, los cubanos llegaron a la conclusión de que Dios les había dotado de un país único, por múltiples motivos. Es universal en Cuba la creencia de que el tabaco digno de este nombre es tan solo el de Cuba; no hay cangrejos que merezcan llevar este nombre, sino son los “cangrejos moros”. ¿Frutas? ¡Frutas las de Cuba! ¿Música? ¡Música la de Cuba! ¿Mujeres? ¡Mujeres, lo que se dice mujeres, las cubanas! Y, sin embargo, no se trata del sentimiento de superioridad que acompaña a los argentinos, sino que en la pasión del cubano por exaltar sus cosas como superiores, el motor está en la gratitud al Creador, en la seguridad que se tiene de que “Dios es cubano”, frase que en un tiempo se repetía mucho en Cuba, principalmente cuando en forma mágica, irracional e inesperada, se resolvía por si solo algún problema trascendental o alguna tarea difícil.

El valor de la isla, a los ojos del cubano, es inmenso. Otra cosa muy distinta es la del valor de los individuos. En la Argentina, por ejemplo evidentísimo, hay una correlación entre el orgullo por la nación y el orgullo personal, por la propia persona sobre todo. En Cuba, a la inversa, la exaltación del país no va pareja con la exaltación de las personas. Es muy extraño oír a un cubano hablar mal de Cuba; y es igualmente extraño oírle hablar bien de otro cubano. Posiblemente habrá nacido esta actitud del inmenso piropo que Cuba como isla, como territorio, ha escuchado desde la primera de efusión del Almirante, y de los pocos elogios que los cubanos, como tales, han escuchado a través de su historia, salvo en instantes muy excepcionales y demasiado efímeros. La fama de músicos a toda hora, de habladores, de derrochadores, de excesivamente frívolos, no abandona jamás a los cubanos,—ni aún cuando puedan mostrar, en el paso de la historia, la presencia de innumerables pruebas de seriedad, de espíritu de sacrificio, de austeridad ante la muerte, de sobriedad en el vivir cuando llega la hora. Es casi inevitable la asociación de ideas rumba-alegría-gasto-erotismo-informalidad a la evocación o aparición de un cubano. Surge así una profunda dicotomía, una diferencia muy marcada entre la importancia de la Isla y la poca importancia, el poco peso, y la poca conciencia de su propia significación, por parte de los pobladores de la Isla.

De ahí surge a su vez el sentimiento, tantas veces aparecido en labios y conductas de extranjeros, de que el mejor destino de una isla tan importante desde el punto de vista militar, económico, histórico, político, es el de pertenecer a alguna potencia seria, madura, de hombres que no tomen a chanza ni a desparpajo el quehacer público, la tarea de ciudadanos de una nación independiente. Y de ahí surgió también, y no ha desaparecido, la idea de que una isla tan importante, en manos de personas tan poco preparadas para cumplir un destino de valor mundial, debe de anexarse o anexionarse a una gran potencia. Ese sentimiento es de tal profundidad en el alma cubana, pese al amor a la independencia política y a la libertad, que ante una grave crisis se reacciona siempre volviendo los ojos hacia un poderoso, llámese este Estados Unidos de Norteamérica o llámese Unión Soviética. La paradoja que supone la tendencia al anexionismo vivida paralelamente con el inmenso amor a la tierra y a sus perfecciones y deleites, explica en buena medida el complejo histórico que es Cuba.

Pero esta paradoja solo existe para el cubano, para el criollo. El valor de la isla a los ojos de los extranjeros, por no estar implicado de sentimentalismo ni de autoadoración, es un valor desnudamente práctico. En cuanto España comenzó a colonizar en grande al Nuevo Mundo, y en cuanto las viejas querellas entre las potencias europeas se extendieron a ese Nuevo Mundo, la posición geográfica de Cuba ocupó un papel preponderante. Hacia allí dirigieron sus ojos, con creciente avidez, Francia e Inglaterra, Holanda en sus tiempos, e incluso algunas naciones hispanoamericanas en cuanto se independizaron. Quien más cerca estuvo de materializar su sueño de posesión antillana, fue Inglaterra en 1762, cuando tomó la Habana y permaneció en ella poco más de un año, abandonando el territorio por acuerdo y transacción con la corona española. Los norteamericanos, desde que vieron encarnados en hombres de gran valor sus latentes ensueños de grandeza, de expansión y de dominio, volvieron sus ojos hacia la Isla. Bien sabían ellos lo que valía militarmente, pues desde La Habana salieron las tropas que vulneraron más el poderío inglés en Norteamérica. Alejandro Hamilton resumió su pensamiento, y el de la diplomacia de su nación, diciendo: “El puerto de La Habana es un puerto del Mississippi”. Tras esta definición, se iniciaron los amistosos forcejeos por acercarse a la isla, por poner pie en ella. Primero fueron los tratados comerciales con España, cuando ésta abrió un tanto el comercio de Cuba; luego fueron las inversiones de capital, tímidas al principio, y finalmente aparecieron las ofertas de compra. Todas las otras potencias europeas, incluyendo a las que habían perjudicado más a España en sus intereses en la América del Sur, velaban celosamente porque España no perdiese a Cuba, excepto, desde luego, que la isla pasase a manos de alguna de esas potencias. A los primeros intentos norteamericanos de compra de la Isla, respondieron enérgicamente, para oponerse, Francia e Inglaterra. Y a ritmo con la zigzagueante vida política española de todo el siglo XIX, subía o bajaba la marea del posible acuerdo para la venta de Cuba. Unos gobernantes se oponían resueltamente, por cuestión de dignidad, de prestigio internacional, y de defensa de los últimos restos del Imperio; otros, como Prim, se inclinaban a la venta, por estar convencidos de que tarde o temprano se cumpliría la profecía del Conde de Aranda y los Estados Unidos avanzarían por el mar, más allá de la Florida… Lógicamente, a medida que los Estados Unidos crecían, aumentaba su interés por poseer salidas propias al Atlántico. Estando el Archipiélago de las Bahamas en manos de Inglaterra, numerosas islas en manos de Francia, Holanda, Dinamarca incluso, ¿por dónde podía asegurarse la nación que se expansionaba como un gigante en desperezo una salida al mar? Cuando los trastornos de Haití, se había ensayado un acercamiento, con ánimos de posesionarse de esta o de aquella Bahía, pero en lo tocante a la Isla Española, el interés americano se detuvo desde los primeros momentos en la bahía de Samaná. Y cuando miraban hacia Cuba, los ojos quedaban como fascinados en torno a la Bahía de Guantánamo. Ambas bahías Samana y Guantánamo, miraban hacia el mar abierto, hacia el libre mar que conduce a la América suratlántica. Quien tuviese esas dos bahías, y la isla de Puerto Rico, ¿para que había de envidiar nada a Inglaterra, ni por qué había de pensar en ir a una batalla por la conquista de las islas? El procedimiento de “ayudar” a la independencia desde esas islas, cuyo reverso quería decir “expulsión de España del nuevo mundo», sería más eficaz para la guerra. Ante todo, se prefería la compra, pero obstaculizándose esta, o frustrándose toda negociación, quedaba abierto el camino ideológico, el de la exaltación de los principios de independencia y libertad…

Aquellas islas comenzaron a ser cultivadas, como bienamados jardines, con las ideas que mejor conducían a modificar su estatus político. Éstas ideas, hay que reconocerlo sin tapujos, representaban una bendición, especialmente por la increíble pérdida de autoridad moral que se produjo en las últimas colonias españolas de América después de la independencia de la América del Sur. La Isla de Cuba, se vio asediada desde todos los puntos: los españoles más progresistas, convenían en que era indispensable dotarla de derechos, de libertades, de ocasiones para acelerar su desarrollo; los norteamericanos promovían por todos los medios, la rebelión armada en busca de la anexión, o de la independencia; Y los propios cubanos, madurando políticamente, alcanzando una mayoría de edad mental hacia mediados del siglo XIX, formulaban de manera constante su ideario independentista, o al menos reformista en grado sumo. Esas fuerzas, las revisionistas españolas, que producían la autocrítica en la Metrópoli y denunciaban los males, las separatistas o anexionistas de inspiración norteamericana, y las propias impulsiones en favor de la libertad, no hacían sino subrayar y poner al rojo vivo el valor de la Isla en el escenario de la historia que había comenzado a vivirse en el Nuevo Mundo gracias a las independencias de Suramérica, y en todo el universo debido a la aparición de los Estados Unidos, con la doctrina Monroe y con su poderío en diario aumento, amenazando en convertirse a la vuelta de unos pocos años en potencia mundial. Para este papel histórico de los Estados Unidos, que ya pensaban en abrir el Canal de Panamá, ese viejo sueño que rodaba desde los días de Carlos V por las cancillerías europeas, que interesó a Goethe y enloqueció a Francia, la salida libre al mar era más urgente que nunca. Sin mar, ¿cómo se puede ser potencia mundial? Rusia dominaba aún buena parte de la costa noroeste de los Estados Unidos, Inglaterra contaba aún con inmenso poder marítimo, Francia, aprovechándose de la guerra de Secesión, había invadido a México: el peligro solo podía ser combatido con una rotunda aparición en el escenario grande de la historia. Los halagos, las solicitaciones, los piropos a Cuba, llegaron al máximo. La conciencia cubana de ser importantes, de desempeñar un papel, aunque fuera pasivo, en el gran juego de las potencias, se vio exacerbado. Desde 1492 hasta 1898, con muy breves periodos de enfriamiento o decadencia, el valor de Cuba como clave y llave se mantuvo excepcionalmente alto. Es en este escenario, pequeño en lo físico, en lo material, pero grandioso en el significado internacional, donde nace, crece, se desarrolla y muere el cubano. Su isla vive entre tensiones, llevada y traída de aquí para allá por los intereses de las potencias, perteneciendo geográficamente a un área y espiritualmente a otra, ¿puede él evitar el ser un hombre de encrucijada, de tensísimas tensiones internas y externas? El gran valor de su isla aplasta y domina el simple valor humano de cada hijo de la Isla. El martillar de los acontecimientos le va moldeando el alma al cubano. Aspira a valer tanto como su isla, a ser tomado personalmente, por sí, tan en serio como se toma el enclave geográfico de su patria. Es en este dramático forcejeo donde echa andar por el árido camino de hacerse una historia propia dentro de la Historia, de ser él mismo, de integrarse colectivamente en una nación. La nación, él lo sabe, él lo adivina, él lo siente, es más que una posición geográfica y es más que una leyenda, buena o mala. La nación es un ser definido, peculiar, no enajenable ni transferible. Sí: para romper las tensiones entre el Norte y el Sur, entre la cultura sajona y la hispánica, entre las razas no fundidas, entre los mares y costas, Cuba tiene que hacer de todo eso, y hacerlo con voluntad, con energía, con eficiencia, una Nación.

El punto de partida para esa Nación, su base física, material, es la Isla. Del armonioso o bien concertado vivir entre lo que esa Isla es en medio del mar de la Historia y lo que sus naturales hacen en ella y hacen de ella, nace la personalidad propia de Cuba como entidad política, como figura o cifra histórica. Los cubanos fueron colocados por Dios en una tierra que llamaba poderosamente la atención de las grandes potencias de todos los tiempos. Se acostumbraron, aún en el siglo XVII, a observar cómo Cuba era el eje de gran parte de la política internacional. A ritmo con los vaivenes de la posición de España ante Europa primero, y ante el resto de América después, Cuba se sentía amiga o enemiga de Francia y de Inglaterra, de la naciente Confederación Norteamericana, de los países hispánicos vecinos, pero siempre contemplaba, con sentimiento de orgullo, el papel que el destino geográfico le había designado. Cuando Inglaterra acaricia la idea de “coexistir”, como ahora se dice, con la poderosa España en lucha contra Napoleón, y quieren los ingleses reparar el agravio de Gibraltar, piensan en Cuba como prenda del cambio; pero ni aún por Gibraltar, llave para la política española en África, acepta España entregar Cuba a Inglaterra. Cuando Bolívar necesita que la antigua Metrópoli reconozca la personalidad independiente de la Gran Colombia, no tiene más remedio que acudir a una amenaza que sabe decisiva para España: si no son reconocidas las nuevas patrias, el Ejército vencedor en Ayacucho irá a libertar a Cuba… Este halago tácito que hay en la constante valoración de los demás, fue despertando en el cubano la conciencia de que la Isla merecía ser amada y defendida, poseída a pleno título de autoridad, no solo porque allí se había nacido y porque aquel ámbito era muy bello, sino porque esa Isla poseía además, como una especie de plus-riqueza, de ultra-valía, una misión histórica, un papel importante en la historia.

El orgullo es una fuerza positiva, para los hombres como para las naciones, cuando no degenera en vanidad y en petulancia. Cuba se acostumbró a contar, a ser tenida en cuenta, por sus puertos primero, por sus productos forestales y agrícolas después, por su riqueza más tarde, y finalmente por su influencia en el mantenimiento o trastorno de un equilibrio internacional. La satisfacción de producir “el mejor tabaco del mundo”, así como la satisfacción de ser “la azucarera de la humanidad”, dieron a los cubanos un pedestal, un punto de partida para moverse sin complejos en el mundo, incluso en los escenarios más aparatosos exclusivos. Antes de ser famoso como patriota y como mártir, Carlos Manuel de Céspedes fue famoso como caballero en la corte de Inglaterra. Los salones europeos eran iluminados por la belleza de las cubanas y por la opulencia de los cubanos, de los criollos, como acostumbraban a llamarse cuando todavía eran políticamente súbditos de España. Raynal afirmaba una y otra vez que la Isla de Cuba, ella sola, valía por todo un imperio. La presencia en Europa de un hombre llamado José de la Luz y Caballero, descubrió a muchos sabios europeos la existencia de un valor cultural, de un importante nivel de civilización en la Isla del tabaco, del azúcar y del café. Cuando un Álvaro Reinoso deslumbra a la Academia de Ciencias de París, y luego un Carlos Finlay conquista la de Berlín, y la medicina francesa, la suprema entonces, disputa para así la gloria de un Albarrán, no hace sino afirmarse el hecho, sumamente notable y merecedor de análisis, de que a la importancia mecánica, fatal de la Isla, ha ido sumándose una creciente importancia de las personas de esa Isla. Aún en plena vida republicana, la presencia viva, personal, de la pequeña isla de Cuba iba a ser intensa y significativa: la Liga de las Naciones, veías obligada a llamar “Gran Elector de Ginebra”, a un diplomático cubano, Arístides Agüero y Betancourt Agüero, dueño de apellidos criollos enraizados en el siglo XVI, fundacional de la Isla. Un cubano presidía el Tribunal Internacional de la Haya, otro desempeñaba la Presidencia de la Liga de las Naciones, y tanto en los organismos mundiales como en los regionales interamericanos, la actuación de los cubanos se hacía notar por la brillante intervención y por la influencia decisiva que ejercían sobre delegaciones de países mucho más viejos, más poblados, más importantes que Cuba desde el punto de vista territorial, demográfico, económico… Esa influencia, ese destacarse de lo cubano, alcanzó hasta la actual Organización de las Naciones Unidas. En San Francisco, en Chapultepec, en Nueva York, en París, la acción de los diplomáticos cubanos, especialmente en la época anterior a la aparición de las nuevas naciones afro-asiáticas, ha sido decisiva, y es de justicia señalar que gran parte de esa aparición sea debido a la acción de los cubanos en las comisiones de la ONU. La fe en el sentido político de Cuba, en su independencia de criterio, en su natural inclinación a la rebeldía y a la defensa de lo justo, explica el hecho, para muchos asombroso, de que a la hora de una votación en la ONU, volviesen su rostro hacia la Delegación de Cuba los representantes de milenarios países árabes, o los de naciones hispanoamericanas que por un motivo u otro no poseían una política internacional nítidamente diseñada.

Éstos hechos ejercen a su vez una influencia dentro del país. Al viejo orgullo por la elección de maderas preciosas para la grandiosa fábrica de El Escorial, acababa por unirse, a lo largo de los siglos, el orgullo por la actuación cubana en la conferencia Panamericana de Montevideo; a la un tanto ligera, pero no despreciable, satisfacción porque en un momento dado el universo entero baila con música cubana, o por qué hombres como Sibelius o como Winston Churchill, fumadores legendarios, lleven siempre “a Cuba en los labios”, únese en el tiempo la gloria de un Derecho Internacional codificado por el cubano Sánchez de Bustamante, la posición cada día más apreciada como primerísima en el Continente de la cultura cubana del siglo XIX, y la transformación de lo que parecía » una revolución más «, en uno de los grandes agentes de modificación de las estructuras generales, en lo económico y en lo político, de toda Hispanoamérica. Paulatinamente, siglo tras siglo, la pequeña isla ha ido ocupando un puesto cada vez más importante en las relaciones internacionales. Su valor geográfico apuntalado por el valor humano de sus hijos y por la fuerza de las ideologías formativas de la nacionalidad cubana, ha confirmado todas las profecías en cuanto a la importancia de Cuba como crucero de movimientos, acciones, hombres e ideas.

Pero el cubano echa de menos una cosa. Sabe que nadie niega el valor geográfico de la Isla, y sabe también que son muy contados quienes conocen o reconocen los otros valores, los del hombre y su cultura, los de la tierra y sus ideas, los de la conducta ciudadana. Sabe que hay una suerte de entredicho, de subestimación (que alcanza toda Hispanoamérica, es cierto), para el sentido histórico que pueda experimentar y abrir el cubano en sus actuaciones. En una palabra, se echa de menos el reconocimiento de una congruencia nacional, de una constante y diáfana persecución de determinados fines, para lo que ha sido el hacer de los cubanos a través de los tiempos. Muchos creen que la gran crisis representada por la conversión de la Isla del Caribe en un satélite soviético, es una prueba del mecanicismo histórico, de la automática entrega de la isla, por su posición, a una potencia extranjera. Interprétase que Cuba, desde antes de Colón, tenía un destino de Colonia: Colonia de los Caribes hasta 1498, Colonia de los Españoles hasta 1898, Colonia de los Norteamericanos hasta 1958, Colonia de los Rusos a partir del 1 de enero de 1959… La Isla, objeto pasivo de la política de las potencias y nada más. Pero, ¿y los cubanos?, ¿qué han ansiado, qué han pretendido, a qué han aspirado? ¿Es que no han sabido nunca luchar contra la fatalidad geográfica? O, lo que es lo mismo, ¿es que no han poseído una cultura, es decir, una fuente de ideas claras para actuar en lo político, en lo social, en lo económico, de manera que la personalidad y la voluntad de los humanos se sobreponga al determinismo geográfico?

Las respuestas a estas preguntas integran una biografía de los sentimientos y de las acciones de los cubanos en su largo camino hacia la formación de una auténtica nacionalidad. La transformación de las instituciones en programas y la transformación de estos en pautas de acción colectivamente realizada y sentido, confieren personalidad histórica un pueblo, dotan de la jerarquía cultural de Ente Histórico a lo que fuera hasta entonces simple conglomerado, tribu o agrupación impuesta por el espacio comúnmente compartido. La isla que fuera llamada Citeres, la apodada Perla, la soñada como una Arcadia llena de cándidas pastoras, de amorosas rutas, de idílicas siestas y danzas lánguidas, poseía amén de su naturaleza de prodigio, un conjunto de fuertes factores humanos, económicos, políticos, culturales en suma, que la empujaban a salir de la beata estampa del indígena ocioso y de la señora con el papagayo en el hombro, para entregarse a la grandiosa tarea de devenir en Nación, de vivir en la Historia, que es el fin de las colectividades humanas hermanadas por un origen común, por un ámbito común, y por un mismo destino.

Ante este impulso secreto, recóndito; ante ese misterio germinal que hace brotar de súbito en un pueblo la conciencia de un destino, la necesidad de poseer una meta, un imán superior que ilumine y dinamice la vida cotidiana, comenzaron a comprender los mejores hijos de la Isla, primero, y luego todos sus hijos, para que tenía esta el valor inmenso que le reconocían los estadistas y militares de todos los tiempos. Ahora comprendían los cubanos —y este ahora, concretamente puede fijarse un tiempo hacia la segunda mitad del siglo XVIII y primera del XIX—, que bajo de la tierra cálida, mórbida, sensual, bullía un espíritu, una necesidad de ser algo más que un cuerpo columpiado por la brisa y por las músicas, y, también, algo más que un muerto peón de ajedrez entre los dedos de los grandes de la tierra.

Avanzar hacia la Historia, a tientas al principio, y más lúcidamente cada día, paso a paso, enredándose los pies entre espesas lianas de fatalismo geográfico y espinosos boscajes de ambiciones extrañas y de impreparación de la mayoría humana, ha sido el patético quehacer de un pueblo al cual se tiene por niño, por frívolo, por irresponsable, en la mente de quienes no se han detenido a pensar en la conflictiva existencia que el Destino ha reservado a una isla enclavada en el crucero de los mundos, poblada por razas distintas, y mantenida en alto, y pese a abogar contra la corriente, en posición brillante siempre, gracias a la capacidad de imaginación y de magia, al gracejo personal y la independencia de carácter de un pueblo que ha pagado los piropos, los privilegios naturales y los halagos de sus rondadores, con muchos sufrimientos y con excesivas lágrimas. Quienes no han aprendido a discernir entre las brumas de todo complejo histórico cuánto dolor puede ocultarse detrás de una sonrisa, y cuánta sed de grandeza puede encerrarse en los pequeños pueblos condenados por la geografía a ser juguete de las grandes potencias, harían muy bien en dedicar todo el tiempo que merece al estudio del caso cubano, que no nace en 1959, sino que venía de muy lejos, que estaba a la vista de todos, pero nadie quería observarlo ni reconocerlo.

 Primera página de EL VALOR DE LA ISLA A LOS OJOS DE DESCUBRIDORES, COLONIZADORES Y GOBERNANTES DESDE 1492 HASTA 1898, de Gastón Baquero.
Primera página de "El valor de la Isla a los ojos de descubridores, colonizadores y gobernantes desde 1492 hasta 1898", de Gastón Baquero.
León de la Hoz
León de la Hoz

(Santiago de Cuba, 1957). Ha publicado Coordenadas (La Habana, 1982); La cara en la moneda (La Habana, 1987); Los pies del invisible (La Habana, 1988); Preguntas a Dios (Madrid, 1994); La poesía de las dos orillas. Cuba (1959-
1993)
; (Antología), (Madrid, 1994, 2018); Cuerpo divinamente humano (Madrid, 1999), ilustrado por Roberto Fabelo; La semana más larga (Madrid, 2007, 2018); Los indignados españoles: del 15-M a Podemos (Madrid, 2015); Vidas de Gulliver (Madrid, 2012, 2016, 2017 y 2018), La mano del hijo pródigo (Madrid, 2019); Ejercicio de convivencia (Madrid, 2020). En Cuba, entre otros premios nacionales, obtuvo los que fueron los más importantes entonces, el “David” (1984) y “Julián del Casal” (1987), ambos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba dentro de la isla y más tarde los inicios de Otrolunes en el exilio. También fue Secretario del Consejo Técnico Asesor del Ministerio de Cultura. Ha sido incluido en numerosas antologías, entre otras, Poesía cubana: La isla entera, Felipe Lázaro y Bladimir Zamora (Madrid, 1995); Los ríos de la mañana, Norberto Codina (La Habana, 1995), Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX, Jorge Luis Arcos (La Habana, 1999); Antología de la Poesía Cubana, Vol. IV, Ángel Esteban y Álvaro Salvador (Madrid, 2002) y Poemas cubanos del siglo XX, Manuel Díaz Martínez (Madrid, 2002). Actualmente escribe su blog de opinión, El Blog de León (https//leondelahoz.com).

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