Cien años más con Cintio Vitier

Desde la cercanía y la confrontación, Almanza en este homenaje expresa que Cintio Vitier estuvo siempre al lado de los marginados y desfavorecidos y que "defendió la libertad del espíritu humano, usó su libertad y apoyó la ajena".

Cintio Vitier
Escritor cubano Cintio Vitier (1921-2009).

Me gustó mucho tu intervención —dijo Cintio—. Alguien tenía que decirlo.

Alguien era el camagüeyano de veintisiete años, arrinconado en algún sitio de la Casa de Lezama, con un vaso de plástico en la mano. Fina me observaba silenciosa.

Era la inauguración de la Casa Museo, en junio de 1984.

La atmósfera era densa.

Aunque ahora parezca inverosímil, un aire de conspiración y miedo, y una ausencia de la famosa fluidez fraternal del cubano, nos hacía actuar con una discreción europea.

Un grupo de intelectuales intentaba recuperar a Orígenes. No solo la revista, cuyo cuadragésimo aniversario se celebraba, aunque casi clandestinamente, aquella noche, sino a todo el grupo presidido por Lezama.

Ahora presidía el pintor Mariano Rodríguez, que había acompañado a Lezama como ilustrador. Y estaba presente para agregar algo, el contribuyente José Rodríguez Feo. Dijeron sus memorias. Cintio Vitier intervino en forma secundaria. Pero no dejó de recordar a Gastón Baquero, bestia negra entonces de la llamada cultura socialista. A Fina García Marruz le escuchábamos su melodioso silencio, como dijo Roberto Fernández Retamar cuando llegó un poco después. Retamar se mostraba aplastado por los recuerdos, con aire de culpa.

Creerán que exagero, pero todavía en 1996, cuando Cintio organizó un evento internacional sobre Paradiso en el que participé, los generales comentaron que cómo se seguía celebrando a un homosexual, católico y contrarrevolucionario. Muerto Cintio, ya no se menciona a Lezama. Los generales siguen ahí. Y para qué preguntarles si han cambiado de opinión.

Con el vaso de té en la mano, conversé brevemente con Cintio, que agradecía que yo hubiese tomado la palabra al final de la sesión, en medio de un silencio polar, para declarar que los jóvenes sabíamos que la historia pone a la larga todas las verdades en su sitio, y que seguíamos la lección de dignidad intelectual que nos dio Orígenes. Fina me miraba con la tranquilidad de estar presenciando las cosas que tienen que pasar.

Y desde entonces nos hicimos amigos. Es una historia que algún día contaré en detalle. Para mí Cintio era la oposición intelectual, alguien cuyas coordenadas espirituales estaban al margen de todo lo que vivíamos. Apasionado católico, por esa y otras razones siempre marginado, se le trataba como una sobrevivencia útil por razones de cordura y para la propaganda en el exterior. Para mí era el autor de Temas martianos, el enlace vivo con el corazón del Maestro. Muchos años después comprendí que había otro enlace fundamental: Jorge Mañach. Pero había muerto en el exilio y su obra nos era casi desconocida. Temas martianos continúa siendo uno de los libros esenciales sobre Martí, y un ejemplo de ensayismo de altísimo vuelo, también por la calidad de su prosa.

En mi adolescencia un jefe de taller literario me dijo: usted no debe leer ese libro. Se trataba de Lo cubano en la poesía. Lo encontré en la biblioteca provincial y lo leí pasmado. Más allá de lo que no entendía entonces, estaba ese amor por la poesía y por la patria, por la poesía de la patria y ante todo por la patria que es la poesía, que me captaba con la fuerza de su realidad. Ya sabía yo por Martí que criticar es amar. Y en ese libro, como en tantos otros suyos, encontraba el amor cubano, la caridad cubana que habitaba en mí y que faltaba en cuanto me rodeaba. Pateado en donde quiera que iba, solo en esos textos encontraba yo, no un refugio, sino un alimento y un impulso. El disidente que soy fue creado por Martí, pero también por la palabra amorosa de su discípulo Cintio Vitier.

Porque uno y otro maestro prolongaban entre nosotros la inculturación de la idea cristiana del mundo, según la cual fuera del amor qué puede haber sino extravío, infelicidad, guerra, terrorismo. No hay necesidad de vivir un Dos Ríos para ser fiel a esa inculturación. Existen dimensiones más modestas, y muy efectivas, porque la mayoría de los humanos somos pequeños e incapaces de la dación completa de la vida. Conversar con Cintio era encontrarse con esa dimensión perfecta, cumplible, natural, la misma que me había educado en mi casa. La legión de comunistas feroces que atacaban a Cintio —yo presencié una de esas inmoralidades, en cierta ocasión pública y solemne—, y que lo trataban como un rezago de un tiempo que nunca volverá, intentaban liquidar un modo de ver la vida realmente superior, la del amor elevado a categoría de hábito familiar y social. Con eso liquidaban el impulso revolucionario, que había salido en parte del sentido urgente de la justicia que ese amor había cultivado en los ciudadanos. Y desde luego, en el caso de Cintio y Fina ese amor cubano se elevaba a las iluminaciones y los refinamientos propios de la clase media alta católica. Una civilización del respeto y del cariño que sigue estando viva entre nosotros, por debajo de la grosería y la violencia comunistas y de la contaminación con el paganismo destructivo y ridículo que inunda el planeta. Aquella noche saludé a Rodríguez Feo, a Retamar, a Hernández Novás, a otros intelectuales de valor. Pero solo Cintio y Fina quedaron como personas de mi familia, de mi casa.

¿Ya no eres marxista?, me preguntó Cintio con ironía en Santiago en 1995. Y me hizo el conocido chiste de Dalí: Picasso es español y yo soy español, Picasso es un artista y yo soy un artista, Picasso es un genio y yo soy un genio, Picasso es comunista y yo tampoco. Rara vez era divertido y mordaz el maestro. Pero ya en sus primeras cartas Cintio advertía sagazmente que yo era marxista en mis ensayos, pero que mi poesía era de raíz religiosa. Asunto notable porque mi instrucción católica se limitaba a unas oraciones aprendidas en la niñez, de las que solo recordaba el Padre Nuestro. Me citaba a Wallace Stevens: la poesía es la visión no oficial del ser. Cuando mi poesía y Cintio triunfaron sobre la visión oficial de mí mismo, y me acepté como cristiano católico ante el asombro de muchos y con las contradicciones propias de un laico sincero en una Iglesia pequeña, inculta y perseguida, aún le restaba darme una orientación decisiva que me rige hasta hoy: Rafael, la Iglesia son los santos. Escucho incluso la entonación, como de quien sabe lo que dice por experiencia propia. En otra ocasión, desesperado, se fue diciendo: lo mejor sería no tener Iglesia. En algún texto nos aclara que el tiempo real de cristianismo en dos mil años es sobrecogedoramente corto. Y está vinculado a los santos. Soy ateo la mayor parte del tiempo, afirmaba este hombre de fidelidad perfecta a su Iglesia en tiempos recios, este permanente defensor de Cristo. Yo, igual o más de ateo, permanezco tranquilo considerando esa confesión. Ah, la confesión católica nunca me gustó. Se pueden decir muchas cosas en contra, pero también se puede hacer la experiencia. Certero. Sabía por mi literatura que la experiencia es clave de la verdad para mí. El ejemplo de fidelidad y el fervor misionero de Cintio fueron decisivos para mi conversión.

Habiéndose confesado con Dalí, el maestro salió disparado a alguna tarea de la organización de aquel evento martiano. Yo había aceptado participar, para poder escapar de Camagüey sin pasar por la agonía del pasaje, y porque a mi hermano, el poeta Carlos Sotuyo, le habían prohibido salir de Ciego, pues la Seguridad sabía que queríamos conspirar en Oriente. Fui a Santiago para llegar a El Cobre sin problemas, y el 19 de mayo de 1995 a las doce meridanos me encontraba frente a la imagen de Nuestra Señora en su camarín. De manera que los papeles se habían tornado secundarios y un tanto humorísticos: el maestro católico estaría en Dos Ríos con la Jefatura y el ex marxista en el camarín de la Virgen. Váyase a sus asuntos… áulicos —le había dicho. Se fue como dolido. Solo las circunstancias me obligaban a esa frase, aunque él sabía que tengo pelos en la cara, pero no en la lengua. Me arrepentí enseguida. Nuestras diferencias en materia política fueron creciendo en aquellos años terribles y en algún momento llegaron a algún punto dramático. Pero ambos sabíamos del valor del otro y pasábamos por encima de esas disconformidades. Y de mi parte, siempre practiqué el culto de las personas mayores. Mantener el equilibrio resultaba muchas veces arduo, porque en cuanto me veía Cintio hablaba de política y confesaba directa o indirectamente sus angustias y sus dudas. Cuando estuve tres días tras la reja en 1991 se lo oculté cuidadosamente —él acababa de salir de un infarto—, y solo se enteró por uno de mis poemas que le hice llegar luego sin ruido, y motivó una solidaria carta suya, que Árbol Invertido publicó hace unos años.

Cintio y Fina
Cintio Vitier y Fina García Marruz, en Madrid, 1997.

Cintio Vitier no tenía nada que ver ni con el marxismo ni con el socialismo. Fina me dijo una vez con todas las letras y bastante rabia: yo no soy marxista. Creían que el socialismo había sido, en Cuba, caridad eficaz para los pobres. Habiendo crecido yo en una familia pobre y trabajadora, nunca le testimonié que eso era falso. Mi familia no cesó de empobrecerse en el socialismo, como cualquiera otra de mi barrio, con la excepción de algún ladrón o mayimbito. Pero si usted vive en una casa burguesa de Santo Suárez, está tentado de conocer al pueblo a través de la televisión, como Kuntius en De peña pobre. A Cintio le interesaba mi profesión de economía, porque de eso no sabía nada. Se quedaba pasmado con la descripción que yo le hacía de la economía nacional, pues creía que los problemas graves estaban en… la cultura. La historiografía tampoco era su fuerte. Y por eso se aferró a dos errores de categoría: el antimperialismo y la teleología fidelista. Cuando le dije con suavidad que yo no distinguía entre un emperador y un imperialismo, le vi confuso. Su bendito nacionalismo tenía como reverso una ceguera antiestadounidense, que enmascara habitualmente el apoyo a imperialismos peores, y que en él se alimentaba de un rechazo católico al protestantismo. Y la teleología fidelista le inducía a creer que las cosas iban mal pero bien, que todo fluía desde siempre, incluso Orígenes, hasta la caridad eficaz del nacionalismo estricto aunque soviético del doctor Castro, para cuyo fenómeno hacía falta sacrificar temporalmente, pero no a la larga, las libertades de Guáimaro. Él había vivido ciertas libertades cuando la tal caridad resultaba ineficaz, y esas libertades, aun mínimas y cacofónicas, le habían dado ese espíritu de príncipe y esas obras brillantes y perdurables. A su alrededor veía ahora una literatura pálida o enemiga, una cultura amordazada y mutilada, de la que estaba consciente y que rechazaba. Esperaba, y de inmediato, días mejores para la cultura dentro del nacionalismo socialista sin fin. Apoyó y encabezó unos cuantos esfuerzos para liberalizar la cultura, incluyendo el rescate de Gastón Baquero y de todo Orígenes, cuyo epítome fue el evento internacional, enorme, abierto y distendido, por el cincuentenario de la revista en 1994, también con el disgusto de los generales, que fue financiado por Pablo Milanés y ninguneado por la prensa. Pablito se exilió inmediatamente después; su Fundación resultó liquidada. Cintio intentaba al menos conectarnos con el mejor pasado de nuestra cultura, no sé si como un exorcismo o como una invitación al regreso. En una ocasión afirmó que si apareciera una tercera vía, distinta a los comunistas y al imperialismo, lo tomaría en cuenta. La tercera vía la representaban Sotuyo, que acababa de visitarlo, y el amigo que estaba sentado delante de él.

Nuestra relación fue polémica desde el principio, pero justamente a él le interesaba el contraste de opiniones, la variedad de información, los ángulos imprevisibles y las objeciones fundamentadas. Aunque es verdad que cuando nos conocimos yo era el autor de una monografía sobre Martí y de un extenso poemario, el gran autor me trató como un igual todo el tiempo. Yo llevaba años leyendo su literatura, así que enseguida confesé mi discrepancia central: la obsesión de la Pobreza. Yo voy a seguir viviendo en la pobreza, pero no creo en peñas pobres con poca luz y escasa agua ni concibo a Dios como un Pobre. Sí, se puede pensar que el Hijo de Dios se empobrece al entrar en este mundo: pero también se debe creer que ese acto expresa la opulencia amorosa de Dios, capaz de encarnar y morir en la miseria, y luego resucitar y ascender al Padre, lo que está lejos de ser pobreza. Mis argumentos no eran entonces de origen cristiano sino platónicos: el Amor es el diálogo entre la Pobreza y la Riqueza. Cintio se atenía al Dios pobre, yo optaba descaradamente por la Opulencia. Tal vez este plebeyo debió comentarle al autor de Rajando la leña está, que sus maestros de teología y moral eran Enrique Bonne y Pacho Alonso, por aquello de El pilón es sin miseria. Porfirogeneta, para decirlo con el término que él gustaba en José Manuel Poveda, nacido en la púrpura de la clase media siendo hijo de un maestro y filósofo de rango, su elección de la Pobreza, y de los símbolos lunares en oposición a la vocación de sol de tantos poetas cubanos —Heredia, Martí, Lezama—, venía dada tal vez por su temperamento flemático. A Eliseo Diego lo filmaban caminando; a Cintio, sentado en su trono. Era un pacífico, como define él mismo a un personaje de De peña pobre. Cada cual es como es, y ser como se es alcanza mucha utilidad, como veremos enseguida. Pero esa condición de pacífico —no cobarde, ni siquiera flojo de carácter, que es otra cosa…—, y su muy cubana vocación por la familia, le impidió entender a fondo la dinámica salvaje de la historia. Podía entender, y admiraba, que Zenea arriesgara la vida, la familia y el prestigio por cumplir consigo mismo —y lo lamentaba profundamente—. Yo no lo lamento tanto, porque la vida es demasiado pobre como para no querer vivirla en desafiante abundancia. La historia es una máquina de moler carne, decía. Y lo es, pero hay gente que acepta felizmente ser pasada por la máquina, en vez de contemplar cómo muelen a los otros. Quiso creer que la poesía podía curarnos de la historia, a pesar del ejemplo martiano en que la poesía invita a descifrar, orientar y dirigir la historia padeciéndola, hasta la muerte inclusive. Yo tampoco llego a tanto pero mi temperamento colérico me permite comprender hasta qué punto una persona se atreve a enfrentar la miseria de la historia con la opulencia de su carácter, a cualquier precio, y más si se confía en la Cruz. Ahora bien, él mismo escapaba de esa su inclinación lunar. Siempre intentó el diálogo con otros, aun cuando careciera de la vocación coral de Lezama y de sus gravitaciones solares. Obstinadamente pensaba que podía hacerse lo mejor con muchos otros. Ya en una carta de sus veintidós años Eliseo le advertía que estaba perdiendo el tiempo con gente dudosa, que él quería hacer la Política de Dios pero sus interlocutores buscaban metas, vamos, menos nobles. Pocas personas he conocido con un discernimiento tan claro y justo del valor de las personas, pero la pasión por hacer patria, cultura y amor le obligaban, en la circunstancia perversa que vivíamos, a mezclarse con gente opuesta a él, que lo apreciaron, no faltaba más, y hasta lo admiraron por su obra, pero que lo convocaron cuando lo necesitaban mucho y ahora, cuando debían retribuir sus servicios con una fiesta nacional en su Centenario, organizando al menos un evento internacional sobre su obra, se limitan a homenajes rápidos y pálidos.

Octavio Smith, Bella García Marruz, Eliseo Diego, Fina, Vitier, Agustín Pi.
Octavio Smith, Bella, Eliseo Diego, Fina, Cintio Vitier y Agustín Pi, en los cincuenta del siglo pasado.

Hay más dolor interesante por referir. Porque ese carácter curiosamente disidente de Cintio, su condición de católico de filas, que solo compartía con su esposa, Eliseo y Octavio Smith y por supuesto el padre Gaztelu, en un país de agnósticos y librepensadores, o de creyentes yorubas, o de ateos marxistas militantes; su condición de hombre bien casado y padre de familia, entre intelectuales de lo más libérrimos en materia sexual, incluyendo al orgiástico Mariano y otros heterosexuales públicos; su defensa de los iconos de nuestra cultura, en medio de la puja de los iconoclastas por obtener sus quince segundos de fama, en la “unea” o en el exilio; esta marginalidad del famoso le llevaba a un deseo profundo de ser aceptado y útil, de pertenecer a una comunidad de esfuerzos y de proyectos, aunque fuese desde una esquina o un sótano. Nunca quiso ser diputado, se negó y lo incluyeron en la tropa desoyendo su negativa. Uno va ahí a levantar la mano. Y ponen una sesión en Navidad a propósito, y no voy. Quiso ofrecer la posibilidad de un marxismo martiano, en la época en que la crisis del marxismo era ya tan grave, que hubo que inventar un marxismo kantiano y otro gay, para tontos o ilusos que ignoran que Marx no fuera marxista hoy, entre otras razones porque gozaba del sentido del humor. Es imposible un marxismo martiano, o un platonismo materialista. Un martiano, y es mi caso, puede asimilar lo que se salva del marxismo, o de cualquier otra línea de pensamiento, pero para actualizar y enriquecer al Martí sustantivo, no para ponerlo de adjetivo a otra doctrina. Eso sí, la desesperada tesis ha tenido cola, pues ahora el Partido Comunista de Cuba se define como martiano antes que como marxista, lo que ojalá, y Dios me oiga, fuese verdad algún día. En su vejez Armando Hart dijo que él, Hart, burgués de cuna como Cintio, hablaba en nombre de Dios, y aunque sus hijos eran trotskistas tanta disidencia pasó desapercibida. Los mejores comunistas cubanos quisieran ser martianos, y no pueden, porque tienen que ser marxistas; pero tampoco pueden ser cabalmente marxistas, porque destruirían, como Gorbachov o Den Xiao Ping, el socialismo real del que viven. Ahora bien, ¿hay marxismo en el martismo de Cintio Vitier? Ninguno. ¿En su obra como escritor? Tampoco. ¿Logró una síntesis del aceite y el vinagre? No lo intentó. Ni siquiera la Teología de la Liberación, que defendió discretamente, tiene demasiada presencia en su obra. Cintio fue un hombre conservador que jamás se apartó de la teología católica más tradicional. Siempre estuvo muchísimo más cerca, desde luego, de San Agustín que de Leonardo Boff, de Maritain que de Ernesto Cardenal. Con aquellos se sentía en la certeza, los segundos eran solo una posibilidad: que la Iglesia defendiera a los pobres, lo que sigue siendo, por cierto, una meta cristiana desatendida e irrenunciable.

Comenzando el siglo encontramos un Vitier intentando navegar en este mar de contradicciones, y ser útil a la cultura y al pueblo. Como diputado se empeña en reconstruir la catedral de Bayamo, la del Himno. Y en crear los Cuadernos Martianos para niños, adolescentes y jóvenes, con la fe de que la palabra del Maestro penetre en ellos y salve al pueblo. Martí fue un prisionero político, y yo voy a hacer esos Cuadernos. Apostaba a un futuro imposible para él, con esforzada confianza, no en el marxismo, sino en Martí y las nuevas generaciones. Es ya un hombre de ochenta años, con tantas enfermedades que es difícil imaginar cómo sobrevive. Cuando lo vi por última vez, de nuevo y como simbólicamente en la Casa de Lezama, era un anciano que trataba de hilar una lucidez perdida. Resista, le dije. Me miró con severidad. Ya no quería hablar conmigo, era un abuso pedirle la energía del antiguo sabio diálogo. Sus cartas iban siendo cada vez más breves, menos literarias, más angustiosas. Desgracias familiares, muertes. A un hombre en estas condiciones le ponen por delante una carta, si no infame, dudosa, y la firma para mantenerse unido a los que cree sus compañeros. El mero hecho de que también la firmara su esposa, que se abstenía de la vida pública, indica el nivel de desesperación detrás del hecho. Se arriesgaban juntos delante de Dios, como toda la vida.

Cuando unos jóvenes avileños para nada revolucionarios velan a la distancia el cuerpo ausente de Cintio Vitier, sin dormir la noche entera, mientras le encienden una vela, leen sus poemas y sufren su pérdida, y cuando Leonardo Romero Negrín, el del cartel de Socialismo sí, represión no, se fotografía con un ejemplar de los Cuadernos Martianos después de padecer una descarada represión, inevitable para salvar ese socialismo, vamos entendiendo lo que el otro joven dijera, que la historia siempre pone a cada cual en su sitio. Ni Baquero era un batistiano, aunque fuera un hombre de derechas, ni Vitier fue fidelista, aunque se definiera como admirador de la izquierda cristiana. Lo peor de aprender más o menos a escribir es que uno no se convierte en inocente. Tal vez escribimos para aspirar a una ilusión o un sucedáneo de inocencia. Caminábamos por el costado de aquel lujoso templo católico del Vedado en 1994: Tanto que lo critiqué en mi novela, y ahora es mi templo. El templo de la clase media alta, no el de los pobres, que le tocaba ahora por vivir solo con su esposa en un pequeño apartamento de ese barrio. ¿En dónde debía vivir el escritor, en La Guinera? Siempre habrá ricos y pobres, me había dicho burlón en Santiago. Evocaba por supuesto a Cristo: los pobres siempre los tendréis. ¡Bendito el porfirogeneta en su lujoso templo natural, y anatema contra el muerto de hambre santiaguero devenido policía para comer, que reprime en La Habana a las damas de la Belleza, a la aristocracia del arte cubano! Como Zenea, Vitier tenía derecho a soñar su país y a explorar vías pacíficas, y por lo tanto lentas y contradictorias, para mejorar su país. Quien se considere autorizado a explorar las suyas, o a sumarse a la exploración o a la receta de otros si carece de mente y corazón para encontrar las propias, comience por respetar al patriota de mérito, incluso en sus errores. Porque los errores pasan, incluyendo la millonada mensual que Baquero recibía de su amigo el dictador, y queda el mérito de Baquero y su periodismo sincero; y los graznidos de las trescientas ocas de izquierda, de derecha y sobre todo de retaguardia, permanecen también, pero como ejemplo de lo que no se debe hacer, y como material de humorismo arqueológico.

Para el rescate de Cintio Vitier, que es tarea de la salvación patria, debiéramos comenzar precisamente por esa condición impar que lo convertía en un marginado ansioso de servicio y participación (y nunca de protagonismo). Yo me afilio, se sabe, a la línea solar de nuestra literatura, al Sol sobre la Corriente del Golfo en Santa María del Mar (aunque a mi edad unos segundos de canícula me envían a la cama). Pero el centro lunar de Cintio, del que a veces se burló el jupiterino Lezama, me resulta indispensable. Queridos míos, la vida no es solo salsa, y para nada reguetón. No sé si al fin aprenderemos algo de eso en la pandemia, o esperaremos a una masacre en las calles o a un terremoto en Santiago. Defender la alegría es una vocación cubana que está en el centro de mi literatura. Pero limitarme a la alegría sería mutilarme. Recordemos a Rita Montaner al final de aquel filme de la gozadera: ¡Se acabó! Sonriente y con asombro, y como con horror. Qué duro final tuvo la deliciosa, la inmortal Rita. Usted quiere morir gozando pero no se preocupe, que no va a ser así. Cintio es un elegíaco, como Zenea. Le interesa el dolor humano. La insuficiencia de la vida como es. El extravío asechándonos en cualquier rincón de la conciencia. La rabia de la culpa. Extrañeza de estar —título formidable— frente a la gozadera de estar aquí un rato, un instantillo más de sordo juego. Sus dos hijos resultaron charangueros —aunque ahora José María, católico, escribe…—, y él mismo era naturalmente campechano y amigo de los festejos. Jamás rechazó la vida profana, sino que la enlazó a la sagrada, pero llevaba sus límites en lo profundo, lo que por cierto es frecuente en los nacidos en la púrpura. Se me dirá que hay otros poetas cubanos de esa línea y están de moda. Pero Cintio exhibe dos características que lo hacen distinto, y en buena medida insoportable, para los partidarios de la Tribu del No. Simple: es un poeta del Sí. Y además, un poeta reflexivo. Que la isla me pesa y que la mando al carajo, bien; pero él indagaba en esa extrañeza, desde su experiencia ante todo, pero con el auxilio de una imponente cultura filosófica y teológica. ¿Se soporta esa finura aquí? Hasta ahora es rechazada con asco o con indiferencia por muchos. Es más fácil —para el cubiche las cosas tienen que ser fáciles, aunque a Lezama sólo le estimulaba lo difícil— gritar, quejarse, poner en el papel lo primero que viene a la cabeza, y hacer genio y figura del escándalo y la ignorancia. Después de más de medio siglo de oscurantismo, pedir simpatía para un poeta de la existencia reflexivo y cristiano, se antoja un atropello. Lo que pasa es que el oscurantismo va pasando, los jóvenes se convierten al cristianismo, leen a Mañach como a Dilthey, me exigen que les explique a Varela y a Martí, se pasman del perfil purísimo de la poesía de Vitier, y el mismo odioso oscurantismo, con sus simplificaciones tan fáciles, los mueve a la reflexión difícil, a la búsqueda de verdades complejas y a las actitudes creadoras de fundamento y rigor. Con el No se puede ayudar a acabar con las mentiras de unos gobernantes, pero solo con el Sí se puede hacer un país. El Sí de la gravedad cubana, el de Varela y Martí, el que heredó y prolongó Vitier, empieza a crecer en la aristocracia intelectual, porque es indispensable para que tengamos Patria y Vida, y la poesía de Cintio, elegíaca y lunar, hímnica desde la medianoche, alimenta esas dimensiones sagradas.

Ese sol del mundo moral de Cintio Vitier
Primera edición de "Ese sol del mundo moral" de Cintio Vitier, Siglo XXI ediciones, México,1975.

Es fácil, oh tan expedito, atacar sin parar Ese sol del mundo moral, el libro más débil del maestro. Permítanme recordar que este libro fue prohibido en Cuba en los setenta. Aunque Raúl Roa y Carlos Rafael Rodríguez lo defendieron —y esquivaron comprometerse con el libro y el autor, diz que porque iba más allá de sus responsabilidades…—, siguió prohibido. Tenía que estar prohibido. Yo lo leí, de joven, en la Biblioteca Nacional, a toda prisa, en la edición mexicana. Y me estremeció, me educó, me liberó. Debiera recordarse que publicar fuera un libro prohibido aquí era un desafío. Había que prohibirlo porque, aunque ahora lo vemos como el eje de la teleología fidelista de Vitier, en ese momento nos presentaba una visión de la historia nacional desde otros supuestos. El materialismo histórico resultaba incompatible con esos supuestos. Cualquier objeción contra el materialismo histórico debía ser por lo menos ignorada, si no eliminada. Escrito en la época de la Prolekult triunfante, constituía una herejía peligrosa. Pues terminaba en el año 1959: ¿y luego la moral de la justicia seguía realizándose aquí? El joven que lo leía recibía un aliento de patriotismo tan intenso y noble, que le hacía ver con ojos implacables la injusticia que le rodeaba, y que el autor había previsto en la reflexión de Raíz diaria que veremos luego. En el momento de las injusticias brutales de la Prolekult, Cintio confrontaba a los comunistas con la tradición cubana de la justicia que decían encarnar. El libro fue admitido luego sólo cuando la ruina del materialismo histórico era ya tan absoluta que hasta fue eliminado como asignatura en las universidades. Los comunistas, de repente desprovistos de la omnipotencia imaginaria de sus teorías, se aferraban a cualquier elaboración que justificara, al menos para la conciencia de los partidarios de los facilismos intelectuales, el poder y la gloria del mayimbato. Y Cintio creyó que ciertas liberalizaciones en la cultura significaban un retorno posible a los ideales morales cubanos. Eso sí, en Cuba la justicia, como en cualquier sitio, va a seguir siendo el Sol del mundo moral, tal como la definió Luz y Caballero, y por eso tanta gente ha salido valientemente a la calle a reclamar sus derechos.

Si fuéramos a medir a un pensador —y Cintio era un escritor reflexivo, pero no un pensador propiamente dicho— por aquello en lo que se equivocó, habría que eliminar a Darwin por escribir que las jirafas tienen el cuello largo porque secularmente se estiraban para comer las hojas altas de los árboles, faltando las de abajo. Darwin estaba lejos de Mendel, era imposible que imaginara la mutación. Ciertas hipótesis de Freud sobre la sexualidad de Leonardo da Vinci clasifican para ser archivadas en un manual de humorismo, y para él eran ciencia constituida. La idea de una coherencia de la historia cubana en la búsqueda de la justicia, sigue siendo defendible. Un apagón de sesenta o más años, por mucho que nos desespere, va siendo nada en un país que estrena sus primeros siglos. Se puede rechazar la tesis de una coherencia cualquiera en la historia humana, especialmente si uno se queda esperando a Godot y se entretiene creyendo en el absurdo, el sinsentido y el narcotráfico, pero en todo caso la tesis se remonta a Giambatista Vico, el propio creador de la Historia como ciencia. Como disparate posee un pedigrí de categoría, en el que participa también Hegel, y de hecho un cristiano se aparta del presupuesto de que el Señor de la Historia no sabe lo que hace. Lo que falla principalmente en ese libro es que la Revolución fuera la realización definitiva, o por lo menos primera, de esa búsqueda de la justicia. Cuando Cintio salía de su ámbito, que era la poesía, corría el riesgo de equivocarse. Pero ¿hemos leído Poética? ¿Alguien se atreve a acceder a esas páginas de inmensa lucidez, la única Estética de la Poesía que ha sido elaborada en Cuba, y una de las pocas en el ámbito de la lengua? Claro que no, porque la misma idiotez colectiva que determina la ausencia de reflexión de ese tipo nos impide interesarnos por el libro. La mayoría de los filólogos ni siquiera sabe que existe. Los escritores o artistas, ni hablar. Su conferencia anterior Experiencia de la poesía, título revelador por cierto, escrita a sus veintidós años, causó la admiración de Thomas Merton en su abadía de Kentucky, USA. Poética constituye la plataforma del grupo que Cintio integraba con su esposa, Eliseo y Smith, y ante todo la de su propia expresión. Ahora que los escritores y artistas se han metido a teóricos, con resultados alambicados aunque francamente cómicos, debieran atenerse a la prioridad de Vitier. Lezama nunca construyó una poética orgánica y explícita, e hizo bien. Vitier sí, e hizo mejor. Porque de su propia experiencia de la poesía obtuvo una lucidez para cualquier poema, cualquier autor, cualquier otra experiencia lírica verdadera. Siendo nuestro mayor crítico literario —aunque su esposa le hace una tremenda competencia—, Cintio posee, implícita y explícitamente, una visión reflexiva de la poesía que en fin de cuentas sostenía su crítica y su reflexión sobre la cultura. Ni Martí ni Lezama llegaron tan lejos.

Ya sería pedir peras al olmo que los despiadados críticos de Ese sol del mundo moral nos hicieran un comentario sobre La luz del imposible. Sin embargo, sin este texto aquel se vuelve incompleto: Y todo lo que parecía imposible, fue posible, es la última frase del primero. Yo mantengo una continua polémica con ese conjunto de reflexiones libres, al estilo de Nietzsche, de una variedad y una penetración excepcionales. Pero en uno de sus componentes, Raíz diaria, encontramos esta oración suelta: ¡No convertir la comunión de los Santos en un ismo! Si usted ignora qué es la comunión de los santos, y yo voy a evitar una lección de teología católica aquí, probablemente no apreciará el alcance de esta reflexión que deja convertido los famosos ideales del comunismo en una cosita desechable. Averigüe, y reflexione. Aun si no es usted cristiano, la frase devela una carencia central del ideal comunista, que lo desautoriza: lo único que tendríamos común en el comunismo sería la propiedad y sus productos, por la falta de Algo Superior que nos mantuviera inspirados y unidos. Al incluir, en 1997, ese libro en el primer tomo de sus Obras, publicó el texto sin autocensura ni nota explicativa o de corrección o arrepentimiento, lo que significa que él lo consideraba vigente, con esos elocuentes signos de admiración, raros en su ensayística y que denota la cólera del magister. El católico Cintio era un discípulo de la vocación cubana por la justicia, y estaba a mil millas del comunismo. Porque en Raíz diaria encontramos luego este párrafo:

En cuanto hay un Amo (el Estado, la Revolución, el Partido), el mecanismo de la injusticia se reproduce idéntico, porque la esencia de la injusticia está en el hacer del otro una cosa: un adepto, un instrumento, una cifra; algo esencialmente manejable. Si la Iglesia es el Amo (como ha ocurrido alguna vez en la historia), sucede exactamente lo mismo, y no puede decirse que se haga entonces ¨en nombre de Dios¨ la injusticia, porque la injusticia es, rigurosamente hablando, la supresión de Dios y de su Iglesia viviente. La historia es el reino del Amo, del ¨príncipe de este mundo¨. Por eso la plegaria política y social por excelencia es el ¨venga a nos tu reino¨. Pero el reino de Dios no es político ni social. ¿Hay aquí un imposible, un misterio?

En el mismo año 1971 en que triunfa la Prolekult en Cuba, Vitier publicaba una de sus investigaciones más minuciosas y extensas, que jamás se cita: La crítica literaria y estética en el siglo XIX cubano. Cintio afirma que Martí escribía para que ganáramos grados en el ser de la cultura, para que aprendiéramos a asimilar el mundo y a ser fieles al genio de nuestra tierra, para que creciéramos en el culto de la libertad y la universalidad del espíritu.

Poderosas palabras que guiaron mi juventud.

La justicia, en la libertad —había fallado Mañach en el inicio del oscurantismo, resumiendo genialmente esa vocación heredada de Varela, Luz y Martí. Porque la primera justicia es la libertad, y porque sin la libertad nunca sabremos qué debemos considerar justicia. Difícil tarea, y estimulante. Viendo las desgracias de la democracia representativa en América Latina, con las excepciones de Costa Rica y Uruguay, y habiendo llegado nosotros a un extremo de degradación económica, social y espiritual que dejaría inmóvil al más entusiasta de los políticos, se necesita mucho optimismo para suponer que seremos enseguida, o alguna vez, Uruguay y Costa Rica, y que la desconfianza y el rechazo de Cintio —compartidos con la mayoría de la sociedad cubana prerrevolucionaria, especialmente la clase media culta— contra los mecanismos y contenidos de esa democracia, que no es la de con todos y para el bien de todos y que garantiza alguna libertad para pocos y mucha injusticia para tantos, será por fin obviada. Parece imposible, como lo parecía hasta hace unos meses que el pueblo saliera a la calle a combatir el oscurantismo. Y aun si fuera imposible, esa es la Luz. Lo que está más allá de la acción colectiva, siempre torpe, lenta, falible, peligrosa, está sin embargo al alcance de la autodeterminación personal, en la que caben las mayores exigencias. Y las autodeterminaciones personales pueden acabar nutriendo, a la larga, la acción colectiva. Es cierto que el culto martiano de la libertad no fue el centro de la vida y el pensamiento de este vocativo de la paz y la pobreza. Pero si como decía Eliseo miramos bien, la trayectoria personal de Cintio Vitier exhibe un majestuoso despliegue de su libertad personal, un desborde para nada pobre, sino sobreabundante y comunicativo, afincado e irreductible, de experiencia y cultura, de creación y responsabilidad. Defendió la libertad del espíritu humano, usó su libertad y apoyó la ajena. Se puso de parte de los marginados, incluyendo a los homosexuales expulsados de sus labores en el arte y a los presos por razones políticas. Fue un vocativo de todas las justicias. En él constatamos, cristiano católico, asimilador del mundo y pensador cultísimo, la universalidad del espíritu. Lo que creemos imposible tenemos que hacerlo posible, y Cintio Vitier va a vivir cien años más entre nosotros, dándole Vida a la Patria y Patria a la Vida.

Amén.

 

 

Rafael Almanza
Rafael Almanza

(Camagüey, Cuba, 1957). Poeta, narrador, ensayista y crítico de arte y literatura. Licenciado en Economía por la Universidad de Camagüey. Gran Premio de ensayo “Vitral 2004” con su libro Los hechos del Apóstol (Ed. Vitral, Pinar del Río, 2005). Autor, entre otros títulos, de En torno al pensamiento económico de José Martí (Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1990), El octavo día (Cuentos. Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 1998), Hombre y tecnología en José Martí (Ed.  Oriente, Santiago de Cuba, 2001), Vida del padre Olallo (Barcelona, 2005), y los poemarios Libro de Jóveno (Ed. Homagno, Miami, 2003) y El gran camino de la vida (Ed. Homagno,Miami, 2005), además del monumental ensayo Eliseo DiEgo: el juEgo de diEs? (Ed. Letras Cubanas, 2008). Colaborador permanente de la revista digital La Hora de Cuba, además de otras publicaciones cubanas y extranjeras. Decidió no publicar más por editoriales y medios estatales y vive retirado en su casa, ajeno a instituciones del gobierno, aunque admirado y querido por quienes lo aprecian como uno de los intelectuales cubanos más auténticos.

Comentarios:


Anónimo (no verificado) | Sáb, 25/09/2021 - 16:52

Bravo! Certero y justo como siempre. Gracias, Maestro! Un honor vivir la misma época que Rafael Almanza.

Angélica (no verificado) | Dom, 26/09/2021 - 00:27

Maravilla de artículo. Cuánta injusticia leo en este día de los odiadores que habitan todos los tiempos.Deberían todos bañarse en la luz de las palabras de Almanza.

Alexis González (no verificado) | Mié, 13/10/2021 - 18:52

Como todo lo que escribes, puro arte y sabiduría

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