"La tragedia de Juan Clemente Zenea lega a los cubanos unas cuantas lecciones acerca de las complejidades de la historia, el papel de las personalidades en ella y la responsabilidad del intelectual y del político en aras de la salvación del pueblo".

Zenea, poeta cubano
Monumento al poeta Juan Clemente Zenea en el Paseo del Prado de La Habana.

Conmemorando días atrás el 150 aniversario del fusilamiento del poeta Juan Clemente Zenea, más de un joven me ha incitado a comentar ese acontecimiento. Siempre me resulta desolador comprobar cómo nuestros ilustrados suelen desconocer, y desde luego desdeñar, lo más elemental de nuestra historia. Si además se trata de sucesos del siglo XIX, que nos son explicados desde la primaria con intereses de Estado y que por lo tanto creemos conocer con rigor y para siempre, el desconocimiento de la historia y de la cultura nacionales llega a esas simas de confusión, idiotez y violencia que exige la ideología imprescindible al dominio de unos y otros poderosos. El siglo XIX, preferido de Borges, resulta especialmente odiado. Son muchachos con zapatillas de colores y admirables periodistas, y eso de ponerse de negro y con bombín les acaba la vitalidad; son artistas de mérito y cantan y bailan reguetón, y el vals lo conocen por el cine norteamericano; Tristán e Isolda era una ópera de cuando el sexo estaba muy reprimido, y no se hacían tríos para resolver los adulterios; y en general una sumatoria de elegías, o épicas, o reflexiones sobre Dios, o el ateísmo, o el socialismo, o cualquier seriedad arcaica que interrumpa la ligereza y la gozadera resulta sospechosa de comunismo, o por lo menos de izquierda, o de derecha, o de sexto grado en la escuela Renato Guitart. Así que una demanda juvenil y variada acerca de saber qué pasó, y mejor todavía, qué nos ha pasado con Zenea, ha logrado movilizarme a investigar y a comentar.

Rescate de Zenea
"Rescate de Zenea", Cintio Vitier (Ediciones Unión, 1987)

Si alguien quiere enterarse de todas las aristas del caso, bastaría con leer Rescate de Zenea de Cintio Vitier. En cuanto a los datos y los juicios principales, me atengo a ese libro. Pero el libro mismo merece ser contextualizado, y puede ser útil que intente discrepar y completar las reflexiones del autor de Lo cubano en la poesía, de ninguna manera para sumarme a las campañas de descrédito y odio que el maestro ha recibido en los últimos años, sino porque mis criterios van más allá de sus conclusiones, y estoy seguro de que le hubieran gustado: Cintio defiende apasionada y lúcidamente al poeta, pero le señala un error y haber caído en una trampa: a mi juicio Zenea estaba instalado en un acierto que no hemos podido comprender todavía, y por eso estamos padeciendo un cepo ridículo que podemos fácilmente sacudir.

Muerto Milanés en 1863, a los treinta y dos años Zenea era sin discusión el mayor poeta vivo en Cuba, pero ya a los veinte años había sido condenado a muerte por su periodismo político independentista (y no sería la única vez). Se exilió en los Estados Unidos y ahí siguió en esa tarea hasta el Grito de Yara, cuando se enroló en dos expediciones que fracasaron y continuó deseando regresar a Cuba para pelear. Sin embargo, la división del exilio en feroces facciones rivales impedía ese auxilio indispensable. Las noticias que venían de Cuba resultaban también desoladoras: al cabo de dos años los mambises parecían estar fracasados militarmente y divididos en el plano político. Casado y con una hija, Zenea vivía en la pobreza, trabajando como traductor. Muy activo entre los exiliados, Zenea decidió a fines de 1870 regresar clandestinamente a la patria, aunque con dinero y salvoconducto españoles, a fin de presentar a Céspedes unas propuestas de paz del gobierno del general Prim, que habían sido negociadas a través de Nicolás Azcárate, un cubano pro español pero liberal que aspiraba a la autonomía. Lo del salvoconducto era conocido y fue publicado antes de su viaje, en el exilio. La misión de Azcárate no, porque eso hubiera hecho imposible el apoyo de los exiliados para su maniobra personal. Zenea declaró que iba a Cuba a explorar, no a negociar la autonomía. Y así fue. Entró con inmenso riesgo, encontró a Céspedes y le presentó el plan de Azcárate-Prim, que en realidad el Presidente ya conocía porque se lo habían hecho llegar sus agentes oficiales en Estados Unidos. Pero lejos de insistir en ese proyecto, Zenea se comportó como el mambí que era y decidió regresar con unos documentos que ningún enemigo de la Revolución podía aceptar, que preservó hasta que fue apresado, y que le costaron la vida. Además, Céspedes le había confiado a su esposa, Ana de Quesada, para que viajara con él hacia los Estados Unidos. El Presidente rechazó sin escándalo la propuesta de paz que no incluía la independencia, pero el hecho de que le confiara su esposa, y le diera documentos y dinero comprometedores, significa que él entendía que Zenea simplemente venía a explorar, como había dicho, y a servir, a su manera y de esa manera, a la patria.

La tragedia se desata al ser apresados Zenea, Ana de Quesada y otras mujeres, y la escolta huye despavorida. Los españoles fusilan de inmediato al práctico de mar que únicamente quedó con ellos: entonces Zenea muestra el salvoconducto firmado por el embajador español en los Estados Unidos. Inútil: lo conducen encadenado por mar a La Habana y lo ingresan en la Cabaña. Ana de Quesada es interrogada por el Capitán General Valmaseda y con su permiso sale para el Norte. Zenea es sometido a ocho meses de prisión, tortura e interrogatorios y finalmente es fusilado en el Foso de los Laureles de la Cabaña el 25 de agosto de 1871. Tenía 39 años.

Esta es la historia. Pero de inmediato las pasiones cubanas, tan iguales a las españolas, se desataron. Ana de Quesada se sintió traicionada por el asunto del salvoconducto, que pudo haberla salvado, y por haber oído opiniones de Zenea contra la política de su esposo (que a su vez hablaba horrores de todos sus compañeros, como puede comprobarse en su Diario). Se sigue creyendo que Céspedes no sabía de la existencia del salvoconducto, pero yo tengo mis dudas, porque en algún momento le escribe a su mujer algo que sugiere una confesión: tal vez Zenea le mencionó el documento en la entrevista privada que tuvieron y eso fue lo que incitó al Presidente a confiarle su propia mujer. Ni el uso del salvoconducto ni la propuesta de paz con autonomía parecen haber siquiera molestado a Céspedes, un hombre autoritario. Sospechar del icono nacional de la poesía estaba más allá de la suspicacia del escritor presidente. Pero en el exilio la noticia levantó las pasiones, y Zenea fue declarado traidor antes y después de haber sido fusilado, en la boca de unas personas que nunca volvieron a poner un pie en Cuba, por usar el salvoconducto y haber llevado una propuesta de paz de los españoles. El escaso dinero que había aceptado de ellos para la complicada y arriesgada maniobra de desembarcar y luego regresar a Estados Unidos vía Las Bahamas, fue declarado como la prueba de que se había vendido al gobierno enemigo. Daba igual si la esposa y la hija del poeta seguían padeciendo la miseria en un exilio de frío y desprecio.

Desde luego, esta curiosa narrativa donde el muerto era un traidor sin pruebas, y los enemigos que lo fusilaban decían con igual rabia lo mismo, resultó excesiva para la mayoría de los patriotas. Verbigracia, José Martí. En cuanto murió Zenea, Martí le dedicó un poema, y ya en la madurez, defendiendo a la viuda y a la huérfana del poeta, se refirió a sus motivaciones como el deseo de sacar con decoro de la derrota a la patria que creía vencida. Lograda la independencia, la hija logró que se instalara en el Prado la estatua de su padre, desgraciadamente lánguida, porque hay gente que cree que la elegía es un estado de depresión: el siempre erguido Goethe escribió unas Elegías Romanas y Giorgio Agamben afirma que las Elegías de Rilke son en verdad himnos. El homenaje nacional que significaba esa estatua molestó a los enemigos del poeta, que volvieron a las acusaciones sin fundamento. Pero la palabra de un poeta es oro, y en este caso era un oro refinado con sangre, de manera que el pueblo siguió respaldando al icono y desechando la gritería de los infelices.

Pero en los años setenta la Prolekult triunfante en Cuba volvería a poner de moda, oportunamente, esos escandalitos. Al fin nos íbamos a volver soviéticos, casi rusos, y después de haber eliminado en 1968 todo vestigio de propiedad privada en el país, la Revolución Cultural leninista —indispensable según los manuales—, que algunos han llamado quinquenio gris —supongo que después vinieron para ellos unas décadas lila o rosa pálido—, determinó que debíamos deshacernos de cualquier lastre burgués no solo en las obras o el pensamiento, sino sobre todo en el estilo de vida. Después de la defenestración de Heberto Padilla y su grupo, del combate contra Paradiso y Orígenes, de la propagación en la enseñanza del llamado ateísmo científico, y de la persecución de homosexuales en todos los ámbitos de la cultura, el grupo Prolekult la emprendió con los iconos nacionales de la cultura burguesa. Una persecución minuciosa contra la histórica familia Vitier pasaba por un chiste comparado con la acusación de que José de la Luz y Caballero era un esclavista porque había tenido un criado esclavo. Como si todos los patriotas no los hubiesen tenido, como si ese esclavo hubiese vivido mejor con otro amo o con diverso empleo. Otra característica de ese grupito iluminado fue declarar innecesaria la investigación de archivo, puesto que el materialismo histórico daba respuesta a todas las preguntas de la historia. Avanzada la década un ensayo de Sergio Chaple y una obra de Abilio Estévez nos presentaban a Zenea como un repugnante traidor, o como un individuo flojo y contradictorio, como suelen ser los intelectuales burgueses, o más bien los intelectuales en general, tipo caso Padilla o Lezama. Preguntándole por Lezama, Chaple me dijo, siendo yo un adolescente, que se trataba simplemente de un caso patológico.

En Rescate de Zenea, Cintio desbarata los argumentos de Chaple con una rotundidad casi cómica. La obra de Estévez tal vez ha sido eliminada de su catálogo. Pero lo que estos ciudadanos casuísticos y materialistas no podían imaginar es que años después de estos nuevos fusilamientos del poeta, un bendito investigador de archivo, Raúl Rodríguez La O, encontraría en España los legajos del proceso de los españoles contra Zenea. Aun con la reserva de que se trata de la visión del enemigo, el hecho es que el proceso demuestra que el supuesto traidor no reveló ningún dato sobre los mambises, que una y otra vez, a veces procurando embromar a sus carceleros para salvarse, dijo que no sabía, que ignoraba, que no. Un individuo sometido a tortura y con la certeza de que puede ser fusilado, obstinadamente calla lo que sabe, lo que se sabe que sabe. Cómo no iba a saber dónde estaba el campamento de Céspedes si por los documentos que portaba quedaba clarísimo que había estado ahí. Los españoles notan que nunca se refiere a España como la Madre Patria. Escribe unos versos en los que se identifica como mambí. El flojo de carácter rechaza, a punto de ser fusilado, los auxilios de la Iglesia, por ser librepensador. Le piden que se arrodille, y se queda de pie. Altivo, lo vio Martí. Porque ser sobrio y fino, elegíaco de veras, para nada tiene que ver sino con la autenticidad y la integridad del ser, que no se esconde ni se traiciona, que se desborda en el poema suave y profundo y en la vida noble y heroica.

Zenea, poeta cubano
Monumento al poeta Zenea en La Habana.

Pero aún quedaría el reproche del error: haber creído que la guerra estaba perdida, por el desastre de los emigrados y por las disensiones de los mambises en la Isla. ¿Error? ¡Pero si eso fue exactamente lo que pasó! Que la guerra demorara siete años más, y en los años inmediatos al 1871 los mambises alcanzaran resonantes victorias, por el talento excepcional de Agramonte y Gómez, solo significa que hay gente que ve lejos y ve primero, y qué casualidad que haya sido un intelectual quien haya tenido la razón. El Zanjón fue una salida sin decoro, con Gómez huyendo y todos abochornados. Maceo protestó simbólicamente, y unos días después salía tranquilamente en un barco español, después de negociar con Martínez Campos. ¿Alguien se lo ha reprochado alguna vez? Se ha especulado que Zenea cambió de opinión al conocer el estado de las tropas: pero el hecho de que Céspedes decidiera enviar a su esposa al extranjero confirmaba sus criterios. En 1871 más de veinte mil mambises se presentaron, es decir, desertaron. Ni siquiera puntualmente por lo que vio en Cuba, puede decirse que el criterio de Zenea fuera un derrotismo gratuito o una traición. Era pura objetividad. Tenía derecho, incluso la obligación, a pensar lo que pensaba y a decirlo y a actuar en consecuencia. Y eso ni siquiera implicaba un abandono del ideal de la independencia. Aparte de que no hay evidencia alguna de que el poeta se hubiera arrepentido de veinte años de independentismo, eso sí, independiente, el análisis del segundo reproche, la trampa, puede sernos esclarecedor.

La trampa en que cayó Zenea, según Cintio, fue la negociación con el embajador español, creyendo que podía utilizarlo para llegar a Cuba, teniendo solo una simpatía, pero no un compromiso radical, por la gestión de paz con autonomía que promovía Azcárate. De hecho fue así, pues cuando Valmaseda preguntó al embajador por Zenea, este le confirmó que había negociado con él pero no lo señaló como espía ni como enviado personal. Era una típica gestión, por ambas partes, a ver qué sale. Barata para el embajador, pues dos mil pesos oro eran una bicoca comparado con los más de sesenta mil que estaba derrochando en información y espionaje. De haber sido un agente, el embajador lo hubiese defendido, y Valmaseda hubiera evitado el fusilamiento. La gestión no era imprescindible, pues el embajador ya se había comunicado con la representación mambisa en Estados Unidos, y esta con Céspedes; pero desde luego el diplomático carecía de certeza acerca de ese punto final. El poeta actuó como un espía al negociar con el embajador, pero como un espía a favor de su idea de Cuba, y sin ningún compromiso ulterior. Cintio reconoce que Zenea abrigaba temores acerca del destino de la guerra. Tiene sentido que quisiera contribuir a superar sus fallas o vicios, o incluso a detenerla antes de que se precipitara en el descrédito y el fracaso, aunque esto último fuese un grave error de su parte. Ya hemos visto que no era un error, sino objetividad. Cintio parece creer que Zenea se enredó con eso de un plan español, porque era una ilusión o un disparate y porque generaba una ambigüedad peligrosa. Lo que pasa con este criterio es que se salta a la torera la necesidad de estudiar el contenido del plan de Azcárate y las circunstancias en que fue concebido y propuesto. Sin eso, se puede pensar en una trampa. Pero una vez que lo consideremos a fondo, Zenea se revela como un político informado y arrojado, que merecía entonces, y también ahora, una comprensión mayor.

El plan del cubano Azcárate, que fuera el único autonomista con que Martí tuvo simpatía y amistad, porque era un hombre de limpias intenciones, provenía de los contactos inevitables de la aristocracia liberal habanera con los liberales españoles. El embajador español Mauricio López Roberts era una tercera figura sin iniciativa ni poder. Azcárate sin embargo era amigo de Segismundo Moret, el ministro de Ultramar del general Prim. Y el general Juan Prim y Prats era el hombre fuerte de España, el líder mayor, junto al general Francisco Serrano, de La Gloriosa, la revolución que había destronado a Isabel II unos días antes de Yara. Todavía hoy continúan las investigaciones acerca de si el Grito de Lares en Puerto Rico, La Gloriosa y el Grito de Yara, que se suceden en ese orden durante solo 17 días, estuvieron coordinados por Prim. El historiador cubano César García del Pino apuntaba en 1976 la posibilidad de que tres emisarios de Prim se reunieran con representantes de Céspedes en Santiago en febrero de 1868, precisamente con el objetivo de coordinar un levantamiento. Y es conocido que Céspedes y Prim se conocieron en la juventud de ambos, cuando el cubano estudiaba en Barcelona, donde participó en las luchas catalanas al lado de Joan Prim i Prats, natural de Reus, Cataluña. Griñán Peralta y otros historiadores insisten, aunque no hay pruebas documentales, que los dos liberales mantuvieron una estrecha amistad y se escribieron durante años. El fin de la amistad pudo estar determinado por la conducta de Prim como gobernador de Puerto Rico, donde se enriqueció durante un año como cualquier capitán general, y ayudó a masacrar a unos rebeldes negros, a los que odiaba, en Martinica: esa conducta tenía que desagradar a Céspedes definitivamente. Céspedes sabía que los españoles podían y querían y necesitaban ser liberales, ma non troppo. Sin embargo, el hecho de que Céspedes no contara con Prim —de la supuesta reunión en Santiago habría salido una negativa—, no significa que Prim no contara con Céspedes. Le urgía el apoyo de los cubanos liberales para combatir a los conservadores de casa, y liberar a España del lastre de una colonia gravosa, para garantizar los recursos que urgía el progreso de su país.

Juan Prim era un militar de carrera, un arquetípico macho alfa al que las balas le tenían pánico. Ascendió en la jerarquía de las luchas españolas, y la reina a la que después derrocó le concedió el título de Conde de Reus. Pero en la política española decimonónica, en ausencia de democracia, los militares, incluso los sargentos, hacían la política mediante escándalos y alzamientos, y Prim fue destacando en el bando liberal, hasta el punto de convertirse en una amenaza para la monarquía. Lo habían mandado a enriquecerse a Puerto Rico para sacarlo de la península. Lo mismo hizo con el otro líder de La Gloriosa, el general Serrano, que fue capitán general de Cuba, donde se casó con una cubana y se alió con los reformistas habaneros. Pero en realidad no era la riqueza sino el poder lo que movía a Prim. Más fuerte que Serrano, al que le tocó el cargo de Regente a la caída de Isabel, el gobierno estaba en manos de Prim. Cuba creó una constitución republicana en Guáimaro en abril de 1869, y en junio los españoles tuvieron la suya para una monarquía constitucional, cuyo garante y ejecutivo era Prim, que se lanzó a la tarea de conseguir un monarca liberal y extranjero para el trono vacante. Finalmente el hijo segundo del rey de Italia, Amadeo de Saboya, aceptó, y las Cortes dominadas por Prim lo proclamaron rey. El día en que el joven Amadeo I entraba en España, Prim fue asesinado en un atentado del que todavía se discute la autoría. El gatillo se apretó en La Habana, comentaban entonces, señalando a un financiamiento del crimen por parte de los banqueros y comerciantes españoles y sus aliados de la aristocracia local. El rey italiano hizo lo que pudo para controlar a republicanos y monárquicos y dos años después abdicó. Le sucedió la Primera República, con Serrano al frente. También fracasó en breve. Se produjo entonces lo peor: la restauración borbónica, aunque no en la figura de la detestada Isabel, que hubiese sido demasiado, sino en la de su hijo Alfonso XII.

Aparentemente Prim quedaba como un hombre ambicioso que había conseguido un rey de papel para gobernar él. Y así era. Pero mirando más atentamente, vemos que su opción por la monarquía constitucional se atenía a un realismo profundo. Certera visión de la realidad, le atribuye Benito Pérez Galdós. España sigue siendo hoy una monarquía constitucional, aunque desde luego con una democracia liberal real. La Segunda República también fracasaría, muchos años después, y dio paso a la monarquía absoluta, aunque sin corona, de Franco. Puede pensarse que el gobierno de Prim y Amadeo hubiera dado a España una estabilidad social, al conceder a los monárquicos y a la Iglesia —Prim se confesaba católico, no librepensador, devoto de la Virgen de Misericordia— la institución y los alcances ideológicos por los que decían pelear, y a los republicanos todas las ventajas de la democracia. Pudo haber consolidado su poder sobre el ejército y apoyarse en la inmensa simpatía que le prodigaba el pueblo. Pudo haber lanzado adelante a la burguesía industrial catalana, vanguardia del país, con la que estaba muy relacionado. Probablemente el asesinato de Prim fue una desgracia nacional para España, que se pagó con más de cien años de extravío y ruina. Las personalidades tienen un papel en la historia, positivo o negativo, y por lo general muy difícil y muy caro, para la persona en cuestión y para el país que encabezan. En España se sobran hoy los homenajes a Prim —y también detractores—, por las razones que acabo de apuntar.

El general Prim
El general Juan Prim y Prats (1814-1870)

Se sabe que Prim, siendo un hombre de acción y de poder y un rudo militar, distaba de ser bruto. Casado con una mexicana, había luchado en México contra Juárez, con quien finalmente se reconcilió, y gobernando en Puerto Rico: nos conocía. Desde La Habana se dirigió por su cuenta a los Estados Unidos, visitó las tropas del Norte durante la Guerra de Secesión, y a Abraham Lincoln en la Casa Blanca: los historiadores españoles sostienen que fue el primer español en comprender la principalía de los Estados Unidos en el mundo. A menudo estaba en Londres y en París, reunido con los diplomáticos. Al escoger a Amadeo de Saboya, pretendía instalar a España en Europa, convirtiéndola en parte del bloque monárquico constitucional burgués integrado por Italia, Francia y Gran Bretaña. Este hombre tenía un pensamiento global: la América Latina libre y la colonizada, Europa, Estados Unidos. Estaba lejos de los enquistamientos españoles de siempre, del nacionalismo encerrado y soberbio que dominó a España hasta su entrada en la Comunidad Europea: recuérdese que era Prim i Prats, un catalán. Por eso no debe extrañarnos que este asombroso personaje, en determinado momento de su trayectoria como Ejecutivo del Reino sin rey, se manifestara a favor de… la independencia de Cuba.

Por los documentos desclasificados del Departamento de Estado de los Estados Unidos, estudiados recientemente, nos hacemos una idea del intercambio del presidente Prim con el embajador norteamericano en España en el verano de 1869. Dos norteamericanos habían muerto en Cuba, de manera que el gobierno del presidente Grant protestó y aprovechó para presentar propuestas de mediación entre España y los cubanos, dados sus intereses en la Isla. Prim responde con esta contrapropuesta: los insurgentes dejarán las armas, habrá amnistía general, y el pueblo cubano deberá votar por sufragio universal la cuestión de su independencia, de manera que si la mayoría opta por ella, las Cortes la concederán, pagando Cuba una cantidad satisfactoria, garantizada por los Estados Unidos.

¿Inverosímil, verdad? Prim solía hacer promesas a diestra y siniestra, siempre tratando de lograr sus objetivos. Pero qué político no. Hasta donde conozco, en todo el siglo XIX ningún hombre de poder español llegó a admitir la posibilidad de la independencia para Cuba. Esa declaración era tabú. Ni siquiera perdida la guerra con Estados Unidos, se sentaron con los cubanos a negociar la independencia. Todavía muchos nostálgicos españoles creen que Cuba nunca fue ni ha sido independiente y que la falsa independencia fue un invento norteamericano, para que España fuera derrotada en la lucha de potencias. De la misma manera que el actual gobierno de La Habana predica que el pueblo cubano está por inmensa mayoría con el socialismo, excepto un grupito de algunos miles, manipulados por los yanquis, que protestaron hace unos días, estos españoles afirman que la gente estaba encantada con el colonialismo, excepto los bandidos de Guáimaro que habían pedido unánimemente, y es verdad que lo hicieron, la anexión a los Estados Unidos.

En el intercambio con los norteamericanos Prim moderará su propuesta, porque según le dice al embajador norteamericano, algunos miembros de su gobierno no conocen las dificultades de la guerra en Cuba y se dejan llevar por el orgullo de conservarla a cualquier precio. ¿Segismundo Moret, ministro de Ultramar? Prim confiesa que él lo que quiere es traer al Ejército de vuelta para consolidar las libertades y los recursos de España. Insiste: cese de hostilidades y amnistía, elección de diputados, acción de las Cortes, plebiscito e independencia.

Muerte de Prim
Grabado que representa el atentado al General Prim en la calle del Turco, en Madrid 1870.

Sin embargo, el canciller norteamericano Fish le dice a Prim el 24 de agosto que los insurgentes deben ser parte de la negociación y que EU se niega a pedirles que entreguen las armas a menos que los voluntarios fuesen desarmados. Por su parte el embajador en España no deja de apuntar una y otra vez que muchos catalanes prefieren la venta de Cuba a Estados Unidos…pues dudan de que sus propiedades estuvieran seguras bajo control de los cubanos. Prim es catalán, intenta el soborno. El catalán se negó siempre a considerar la venta de Cuba a Estados Unidos, que había estado de moda en Madrid en los años cincuenta. Su gobierno, oficialmente, mantiene la propuesta.

Prim eleva la parada al declarar que va a iniciar un plan de reformas en Cuba y a desarmar a los voluntarios de inmediato, sin esperar al fin de las hostilidades, y que enseguida comenzará el proceso de abolición gradual de la esclavitud. ¿Blufeaba? Es verdad que los voluntarios habían forzado la renuncia del moribundo Capitán General Domingo Dulce, compañero de Prim en La gloriosa, el 2 de junio de 1869, por considerarlo reformista y por lo tanto traidor. Pero eso concitaba el rechazo de Prim. Los voluntarios y los que los pagaban eran tan enemigos suyos como de Céspedes. Céspedes, de hecho, era un enemigo con el que seguía teniendo mucho en común. Quería negociar con él, no con los voluntarios. Le prometía mucho, nada a los voluntarios. Segismundo Moret, ministro de Ultramar, se proclamaba el mayor abolicionista español y defendía la abolición inmediata de la esclavitud en Cuba.

Finalmente los norteamericanos retiran la propuesta ya en septiembre de 1869. Se va a producir un giro en la política del presidente Grant, general corrupto, hacia Cuba: acabará apoyando a los españoles y combatiendo a los mambises. Los voluntarios fueron desarmados, sin que los mambises siquiera negociaran, y es posible que los norteamericanos creyeran que sus propiedades en las ciudades estaban ahora menos amenazadas. El canciller Fish, a quien le simpatizaban los mambises, pasó a un segundo plano.

Por lo que vemos, Azcárate, amigo de Moret, tenía sus razones para creer que era posible una negociación que beneficiara a Cuba. Moret era realmente un abolicionista, y Prim llegaba a considerar incluso la posibilidad de la independencia, en términos de la legalidad española pero con sentido democrático, y ofrecía al menos una amplia autonomía. Todo eso lo sabía la representación mambisa en el exilio y así lo informa José Manuel Mestre en su carta al gobierno de Céspedes, el 6 de septiembre de 1870, es decir, inmediatamente antes de la llegada de Zenea: que al gobierno español ni aun la independencia lo detendría con tal que a ella pudiera llegarse salvando la honra y el decoro de España. Un marco de negociación realmente amplio, tal vez fluido. Y concretamente se proponía el desarme de los voluntarios, la constitución de un gobierno organizado y constituido por los cubanos sin intervención de España, abolición inmediata o gradual de la esclavitud, ejército y marina que pidieran los cubanos con un jefe designado por España pero sin mando civil, leyes cubanas no sometidas a veto, y solo unos impuestos designados por el parlamento español.

En el Zanjón ni se soñó con obtener tanto.

Céspedes advirtió que este intento de negociación poseía un lado bueno: de hecho, España reconocía la beligerancia mambisa, lo que abriría paso al reconocimiento de la beligerancia por parte de los Estados Unidos. Y si eso se producía la independencia estaba asegurada, pues el número de expediciones bien armadas para auxiliar a los mambises hubiera sido enorme. Esa puede haber sido una razón para que fuera amable y comprensivo con la misión de Azcárate-Zenea. Sin embargo, no negoció ni trató de sacar ventaja haciendo una declaración pública dirigida a su conocido Prim. Tal vez el escándalo suscitado por su mujer y sus amigas en relación con Zenea lo paralizó. Resultaba duro moderar la consigna de Independencia o muerte, por la que ya habían muerto tantos. Y aceptar alguna negociación era potenciar al grupo moderado de Miguel Aldama, enemigo de su cuñado y enviado Manuel de Quesada.

El que se queje del personalismo de Zenea debe tener en cuenta que todos los líderes de entonces, desde Prim hasta Céspedes, lo practicaban sin complejos. En la misma época Emerson filosofaba que no existía la historia, sino solo biografía. En el XIX la gente amaba su dignidad y su integridad y las ejercían sin miedos. Preguntémonos si este poeta de nombre Clemente, cuya hija se llamaba Piedad, no padecía un horror a la violencia contra el prójimo, que estaba dispuesto a enfrentar sin embargo al precio de su propia vida.

Basta leer esas propuestas para darse cuenta de que una autonomía de este tipo no era más que un paso hacia la independencia. Recuérdese que las Trece Colonias se independizaron después de más de cien años de gobierno autónomo. Elegían sus parlamentos y decidían sobre muchos asuntos locales. Estaban acostumbrados a la política, y los políticos se manejaban a un nivel alto de cultura del debate, y se conocían entre sí. Incluso la Revolución tuvo una argumentación legal, puesto que el parlamento británico había legislado un impuesto sin contar con las colonias, como era su obligación. Los Padres de 1868 carecieron de todo eso. Varela lo había previsto al traducir el Manual de prácticas parlamentarias de Jefferson. Aún seguimos no ya sin cultura del debate, sino sin intención de debate. En 1870 el bando mambí se empeñaba en discusiones absurdas, calumnias comprobables, riñas entre Céspedes y Agramonte por unos caballos, que provocaba la renuncia del Mayor y la aceptación de Céspedes, las críticas a Aldama porque iba a la ópera en carruaje en Nueva York mientras se peleaba en Cuba, el desenfreno de Emilia Casanova, la esposa de Cirilo Villaverde y auxiliadora de Narciso López, contra Zenea, y un elenco interminable de infamias y tonterías que nos hacían vulnerables frente al poderío español. Sí, es verdad que la autonomía podía conducirnos a muchos años más sin independencia (¡y fueron 32 más!). Pero en ese período el país podía madurar para la democracia, el progreso y el equilibrio con las potencias. Veinte años es mucho tiempo, pero imaginemos un 1890 con la bandera de la estrella solitaria en el Morro, sostenida por el anciano Céspedes e izada por Ignacio Agramonte, mientras el canciller Zenea entona el Himno de Bayamo. Imaginemos, por un solo instante, que el sacrificio de Dos Ríos pudiera haber sido evitado.

Hay que dejar de ver la historia como si lo que pasó fuera justa y únicamente lo único que podía y debía haber pasado. Incluso un determinista como Carlos Marx sostuvo que una historia así de rígida tendría un aspecto muy místico. Los vencedores suelen presentar sus éxitos como inevitables, pero eso no resiste ningún análisis. Aunque Prim ha sido acusado de ser veleidoso y de prometer sin cumplir, lo cierto es que su propuesta se mantuvo durante todo el tiempo en el que estuvo oficialmente, gracias a la Constitución y las Cortes, en el poder: desde el verano de 1869 hasta su muerte en diciembre de 1870. El desarme de los Voluntarios, tropas paramilitares que molestaba al Ejército, se produjo también. Y aunque la demanda de desarme de los mambises era inaceptable, también ese elemento se hubiera podido negociar con un armisticio inteligente. Al liderazgo mambí se le sobraba inteligencia y cultura para la negociación, pero carecían del hábito, y la masa estaba contaminada de la intolerancia que crea en el alma el despotismo sin fin, y el ejercicio de la violencia, y la muerte de los mejores y de los propios, en la contienda contra ese despotismo. Llevamos, además, la terquedad española en la sangre, la incapacidad para el diálogo, el entendimiento, el pacto razonable. Por otro lado, téngase en cuenta que Zenea es detenido un día después de la muerte de Prim. Si Prim hubiera sobrevivido al atentado, y estuvo tres días luchando con la muerte, Zenea hubiese sido liberado y regresado a los Estados Unidos, el escándalo hubiese sido deshecho por su voz, y la posibilidad de negociar se hubiera potenciado. Zenea, amigo de Azcárate y protector de la mujer de Céspedes, pudo haber desempeñado un papel de primera en ese esfuerzo de política sabia para ambas partes, bueno para España, táctica y estratégicamente, y bueno para la conquista de una independencia real en Cuba. Zenea exploraba una posibilidad histórica que era difícil, pero no imposible; y de cuya autenticidad y nobleza es imposible dudar. Ojalá hubiese tenido éxito.

La tragedia de Juan Clemente Zenea nos lega unas cuantas lecciones acerca de las complejidades de la historia, el papel de las personalidades en ella, la función de la casualidad en los más graves acontecimientos, y la responsabilidad del intelectual y del político en aras de la salvación del pueblo. Para nada me propongo ser didascálico, ni dejar concluido el asunto. Queda mucho por investigar: ni siquiera se conoce el periodismo de Zenea, en el que puede haber claves para entender su aventura. Presento los hechos tal como fueron, esperando que hayamos alcanzado al fin, después de siglo y medio de la agonía del poeta, la inteligencia colectiva necesaria para superar de una vez y por todas la intolerancia, el irrespeto, los escándalos, las acusaciones gratuitas, la impaciencia disfrazada de valentía, la indiferencia ante la ruina de los iconos nacionales, el personalismo disfrazado de verdad colectiva, la bravura enorme del tipo que reside lejos de la pelea, la intransigencia que dura quince días, las miserias que el despotismo, y el enfrentamiento con él, engendran en la sicología de un pueblo y de sus líderes, y lo lastran por siglos. Sin liberarnos de esas miserias solo lograremos sustituir un tipo de despotismo por otro. Y si alguien conocía, de antemano, estas debilidades nuestras, era el poeta que había escrito:

Tengo el alma ¡Señor! adolorida

Por unas penas que no tienen nombres,

Y no me culpes, no, porque te pida

Otra patria, otro siglo y otros hombres.

Que aquella edad con que soñé no asoma,

Con mi país de promisión no acierto,

Mis tiempos son los de la antigua Roma

Y mis hermanos con la Grecia han muerto.

Hagamos por fin, hermanos, que con la moral de Roma y la inteligencia de Grecia, Cuba sea, en este siglo, la patria de Zenea.


BIBLIOGRAFÍA

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Pérez Galdós, Prim, Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, sin fecha de edición.

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Vidal Delgado, Rafael, y Guinea Cabezas de Herrera, Ángel, La sombra americana del general Prim, Foro para la paz en el Mediterráneo, Valencia, sin fecha de edición.

Vitier, Cintio. Rescate de Zenea, en tomo 11 de sus Obras, Letras Cubanas, La Habana 2014.

 

Rafael Almanza
Rafael Almanza

(Camagüey, Cuba, 1957). Poeta, narrador, ensayista y crítico de arte y literatura. Licenciado en Economía por la Universidad de Camagüey. Gran Premio de ensayo “Vitral 2004” con su libro Los hechos del Apóstol (Ed. Vitral, Pinar del Río, 2005). Autor, entre otros títulos, de En torno al pensamiento económico de José Martí (Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1990), El octavo día (Cuentos. Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 1998), Hombre y tecnología en José Martí (Ed.  Oriente, Santiago de Cuba, 2001), Vida del padre Olallo (Barcelona, 2005), y los poemarios Libro de Jóveno (Ed. Homagno, Miami, 2003) y El gran camino de la vida (Ed. Homagno,Miami, 2005), además del monumental ensayo Eliseo DiEgo: el juEgo de diEs? (Ed. Letras Cubanas, 2008). Colaborador permanente de la revista digital La Hora de Cuba, además de otras publicaciones cubanas y extranjeras. Decidió no publicar más por editoriales y medios estatales y vive retirado en su casa, ajeno a instituciones del gobierno, aunque admirado y querido por quienes lo aprecian como uno de los intelectuales cubanos más auténticos.

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