Arquitectura | Universo García: "El panorama de la arquitectura cubana es amargo" (I)

Viajar a Kazajstán fue "una oportunidad para materializar dos sueños: ser arquitecto, y estudiarlo en otro país, en otro idioma". 

Hombre y Planos
Universo García Lorenzo. | Imagen: Árbol Invertido

Todavía, a los 55 años, me hago el cráneo de estudiar arquitectura algún día. Ahí sigo, postergando ese propósito hasta que las convocatorias prescindan de las matemáticas entre sus requisitos de ingreso, cosa que, para algunos, parece haber sucedido ya. No es nada fácil esta profesión, una que amalgama en un solo resultado las bellas artes, la ingeniería y otros peliagudos conocimientos. Hasta los años sesenta del pasado siglo, la escuela cubana de arquitectura supo sincronizar los mejores aciertos vernáculos con las tendencias historicistas y de vanguardia. La tradición, sumada a los progresos técnico-constructivos, han modelado el horizonte de nuestras expresiones históricas y culturales. El proceso sociopolítico implantado desde 1959, pretendiendo equidad y justicia social, dio un giro brusco a la práctica de la arquitectura y el urbanismo en la isla. Hoy en día los resultados de ese experimento son calamitosos.

Tratándose de una notable “fachada” y, más que eso, de una “estructura” social, la configuración del paisaje arquitectónico es la mejor expresión del estado de salud socioeconómico y espiritual de una nación. La nuestra deja mucho que desear. El aparatoso declive en el ejercicio práctico de estas disciplinas y el deterioro físico-ambiental que padecen nuestras urbes, son el reflejo inmediato de una pésima y torpe administración pública, donde la anarquía y la improvisación llevan la batuta. En más de una ocasión me he envalentonado para escribir algo al respecto, pero ello implica un conocimiento cabal, no ya de lo que salta, o cae, a la vista de cualquier cubano con una formación cívica elemental, sino de los rigurosos entresijos que articulan estas materias.

La primera noticia que tuve del arquitecto Universo García Lorenzo fue a través del documental Espacios inacabados, un lamentable testimonio de los avatares de las Escuelas Nacionales de Arte, icónico conjunto arquitectónico que compendia lo más logrado de la herencia constructiva cubana. Revisando su abultado currículo, esta aparición suya en el filme se corresponde con un momento avanzado de su extensa carrera, marcada por significativos hitos en el panorama de su especialidad. Paralelamente a sus funciones profesionales, Universo ha devenido un habitual de las redes, denunciando y compartiendo los dislocados desaciertos de ese solar yermo en que se ha convertido la arquitectura por estos lares. Nadie mejor que él para arrojar luz sobre el tema en esta entrevista, agradeciéndole por su preciado tiempo, conocimientos y tenacidad.

Tomando en cuenta tu exótica formación, con el rigor que implica la maestría ganada en una de las academias politécnicas más prestigiosas del antiguo bloque socialista, ¿cómo asumiste el regreso a la experiencia vernácula? ¿Qué te aportó una percepción de la arquitectura tan distante de la nuestra?

Con 17 años, apenas iniciando mis contactos culturales en el ámbito social, que para mí era esencialmente la ciudad de Matanzas, y su entorno rural donde transcurrió mi infancia, viajar a estudiar arquitectura a Alma Atá, entonces capital de la República Soviética de Kazajstán, era una oportunidad para materializar dos sueños: ser arquitecto, y estudiarlo en otro país, en otro idioma (el ruso). Me atraía la idea de viajar, de conocer otra arquitectura, otra cultura, aunque apenas conociera la propia, y estudiar idiomas. Mi madre me armó una biblioteca básica con títulos fundamentales como La arquitectura colonial cubana y Medio siglo de arquitectura cubana de Joaquín E. Weiss, o Diez años de arquitectura en Cuba revolucionaria de Roberto Segre, que serían parte de una autopreparación y de un intercambio cultural paralelo con los profesores y compañeros rusos y kazajos, ambos, ellos, y nosotros los cubanos, ajenos a las esencias de nuestras respectivas culturas; la asignatura de Historia de la Arquitectura no contemplaba en su programa a la cubana.

Integré un magnífico grupo de veinte jóvenes de varias provincias, los primeros cubanos en el Instituto de Arquitectura y Construcciones de Almá Atá, de 1983 a 1988. En adición al programa curricular de la facultad de arquitectura en la CUJAE, el nuestro incluía Historia del Arte Universal, y clases de Dibujo, Pintura y Escultura, disciplinas fascinantes que creo indispensables para la formación humanística de un arquitecto. A diferencia de determinadas restricciones creativas que imponía en la CUJAE la visión más constructiva del momento en Cuba, con énfasis en el empleo de sistemas constructivos tipificados en los ejercicios de diseño, nuestra formación académica fue más libre, centrada en asimilar tendencias y movimientos contemporáneos como el Postmodernismo, en apogeo entonces. Desde la distante geografía del Asia Central realizamos prácticas de restauración arquitectónica en el monumental complejo de la Necrópolis de Shahi Zinda, en Samarcanda, Uzbekistán; y me las ingenié para conocer las ciudades soviéticas ruso-europeas de Moscú, San Petersburgo, y las ucranianas de Kiev y Járkov, así como de sus más importantes colecciones de arte y arquitectura. Para los estudiantes del ramo viajar es esencial, un plus, y tuvimos ese privilegio.

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Bocetos del Hotel Nacional de Cuba. | Imagen: Cortesía del entrevistado

O sea que, al regresar, ya graduado, me acompañaba ese riquísimo cúmulo multicultural, aún inmaduro, y la expectante incertidumbre e ilusión de hallar en Cuba un espacio oportuno para la realización creativa, con el gran temor de insertarme en un contexto para el que tendría que readaptarme, desde el idioma, los códigos técnicos, y actualizarme también culturalmente, contextualmente. Hoy los jóvenes se plantean el viaje como recurso emancipador, sin retorno, entonces era más romántico, con añoranza de volver. Y yo no sólo volvía; circunstancialmente, siendo matancero, me establecía en La Habana, la capital, otro reto.

Creo que volvía con la ansiedad de ponerme a prueba, “a la hora de la verdad”. Mis proyectos estudiantiles de diseño arquitectónico, por acuerdo con los profesores, intentaban asimilar en la lejanía un contexto nacional que era ajeno para ellos, y apenas conocido por mí, pero experimenté; en ese proceso descubrí a Ricardo Porro con sus Escuelas de Arte. Ciertamente, el contexto almatiense mostraba una "modernidad" arquitectónica desde la tradición multinacional ruso-kazaja, más conservadora, sumado a lo común —la masividad impersonal y la rudeza soviética. Allí, nuestro pensamiento progresista se nutría más de las publicaciones actualizadas de arquitectura y urbanismo internacional, y de las conferencias de nuestros profesores de teoría, que provenían de pasantías en occidente.

Mi regreso del lejano Kazajstán se materializó en pleno corazón de El Vedado.

Obtuve mi ubicación laboral en una de las principales empresas de proyectos de obras de arquitectura en La Habana, la EMPROY-2, en la que aún eran arquitectos activos íconos como Antonio Quintana Simonetti y Mario Girona, entre otros, además de un sólido colectivo profesional de varias generaciones, con todas las experiencias posibles en disímiles ámbitos de proyectos, un ambiente donde se percibía, aún en aquel momento, el sentido de la arquitectura. Mi regreso del lejano Kazajstán se materializó en pleno corazón de El Vedado, en la Rampa, en La Habana moderna y ecléctica, otro mundo por descubrir: el propio. Más que recuerdos jactanciosos, trasciende la gratitud hacia Luis Rubio Suaznábal, quien me acogió en su equipo del proyecto de rehabilitación y remodelación del Hotel Nacional de Cuba (1989-1992). Fue mi iniciación profesional y mi escuela como joven arquitecto cubano, con la suerte de desarrollarme, reaprendiendo de manera creativa, prácticamente todas las disciplinas afines a la intervención en edificios históricos de valor patrimonial: restauración, remodelación, interiorismo, paisajismo. Y, en la práctica, fue también la oportunidad para estrenarme en el debate interactivo sobre el pensamiento arquitectónico y cultural, sobre lo patrimonial versus lo contemporáneo.

El Simposio de la Ciudad era un evento que se celebraba anualmente a finales de los ochenta. Estaba especializado en manejo de arquitectura, urbanismo y también de otras disciplinas del patrimonio mobiliario. Mi primera esposa y yo presentamos en una de sus convocatorias un estudio sobre la evolución territorial y estilística del núcleo urbano de Pinar del Río. Al frente del panel estaba Fernando Salinas, quien nos dio tremenda cuerda, despertando en nosotros profunda simpatía y respeto. En la convocatoria siguiente lo condujo Roberto Segre. Esos años fueron de gran efervescencia. La ruptura dinámica de la plástica cubana había arrastrado consigo a la arquitectura en su revisión estética, artística, luego de años de aplastante y estereotipado funcionalismo técnico. ¿Se continúan celebrando eventos de esa naturaleza en la actualidad? En ese sentido, ¿qué diferencias marcarían aquel contexto, con relación al presente, pasadas tres décadas?

Fueron precisamente los arquitectos Fernando Salinas y Roberto Segre quienes lograron, a inicios de los noventa, enfrentando toda reticencia ideológica, crear en la UNEAC la “Sección de Diseño Ambiental”, para que la arquitectura (sin su prohibido nombre, por razones de dogmas gremiales) —despojada ya de su prestigioso Colegio de Arquitectos, y más bien recluida, podría decirse, únicamente al ámbito académico de la Facultad de Arquitectura y su propia revista, algunos de cuyos números también formaron parte de mi biblioteca itinerante de estudiante— se integrara al entorno del debate cultural junto a los demás artistas y a los escritores. Hasta cierto punto ha sido la UNEAC uno de los centros recurrentes del debate sobre el lugar de la arquitectura, de las ciudades cubanas y de su patrimonio, como esencias de la identidad nacional, contando entre sus principales defensores a la doctora Graziella Pogolotti. Fue precisamente en uno de sus Consejos Nacionales, en 1999, en esos debates con Fidel Castro, que resurgió el largamente omitido asunto de las inconclusas Escuelas Nacionales de Arte en Cubanacán, la obra paradigmática y emblemática que, en términos de arquitectura, podría considerarse uno de los símbolos del espíritu utópico-humanista de la naciente Revolución Socialista, luego censurado y acallado; aunque, en paralelo, fuese el principal centro formador de artistas, y generador del arte cubano de este periodo. El debate sobre las Escuelas Nacionales de Arte, como todo sobre la arquitectura cubana, es asunto pendiente.

A finales de los ochenta la arquitectura cubana “implosionó” con una pujante generación joven, fue un momento de “rebelación” y revelación de un renovado pensamiento crítico hacia el estancamiento acumulado con los años, hacia el esquematismo funcionalista, hacia la negación de la arquitectura, y fue un momento de novedosas ideas y propuestas urbanas y arquitectónicas. Hubo concursos y exposiciones, la mayoría de las cuales fueron obras irrealizadas.

A mi regreso de la Unión Soviética yo me aproximaba precisamente a ese ambiente de pensamiento, con inconciencia, pero con interés intelectual. Existió —y luego desapareció—, con notable activismo, una sección de Arquitectura en la naciente Asociación Hermanos Saíz. Mi acercamiento a esta atmósfera cultural fue con mi colega y pareja Nury Bacallao, en su círculo de amistades; un inconveniente de no haber estudiado en la CUJAE era el desconocimiento del medio profesional cubano.

El pueblo de Caimanera sería el ave fénix de la Revolución.

De ahí sobrevino una vivencia única, que fue el Taller de Ideas para la reanimación del pueblo de Caimanera, frente a la base naval de Guantánamo, en 1991; una experiencia casi surreal, luego de un trayecto de un día en una maltrecha guagua “Girón”, con las ya latentes limitaciones alimentarias del Periodo Especial. En ese pueblo costero, que casi había perdido su fisonomía, finalmente conseguimos instalarnos con creatividad, a puertas abiertas, en la Casa de Cultura, en el mismo centro de la localidad. Allí, un grupo de jóvenes arquitectos soñamos su rescate, proponiendo, debatiendo. Hubo interacción con la gente de Caimanera, con sus autoridades; el pueblo sería el ave fénix de la Revolución.

En equipo con Nury, propusimos la renovación del acceso principal del pueblo desde las salinas, y la “humanización” con acupuntura arquitectónica de los múltiples “cajones” que constituían los bloques de viviendas prefabricados esparcidos por allí. Creo que un componente esencial del pensamiento y debate crítico sobre arquitectura es el propositivo, las ideas visualizadas. Y bueno, aquel proyecto quedó en utopía. De ese período da fiel testimonio la exquisita muestra curada por Iván de la Nuez, con Atelier Morales (arquitectos Juan Luis Morales y Teresa Ayuso), "La Utopía Paralela. Ciudades soñadas en Cuba. (1980 - 1993)" , exhibida en 2019 en La Virreina Centre de la Imatge, La Rambla 99, Barcelona; y en 2021 en Es Baluard Museu d’Art Contemporani de Palma de Mallorca, en España.

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Centro Cultural Proyecto-Estudiantes Tercer Año. | Imagen: Cortesía del entrevistado

La revista Arquitectura Cuba, principal magazín especializado en la materia, dejó de publicarse hace 15 años por falta de financiamiento. Se mantiene, con un diverso guión editorial-académico, la Revista Científica de Arquitectura y Urbanismo, con números cuatrimestrales electrónicos, arbitrada por la Facultad de Arquitectura de la CUJAE. Se mantienen celebrándose bianualmente los Salones Nacionales de Arquitectura y Urbanismo de la UNAICC, con eventos teóricos, y el concurso de obras, proyectos y publicaciones; así como otros eventos que abordan la vivienda, el paisajismo y el urbanismo como temas. Se han organizado eventos periódicos por DOCOMOMO Cuba, grupo gestor creado en 1997 para la divulgación y protección del patrimonio arquitectónico moderno, con su propio boletín desde el 2004.

Aún se mantiene un sólido grupo de pensamiento teórico y crítico, en Cuba y en el exilio.

La Casa de las Tejas Verdes —restaurada por la Oficina del Historiador de la Ciudad en el año 2010 como Centro Promotor para la Arquitectura Moderna y Contemporánea, el Urbanismo y el Diseño Interior— mantiene una programación que apoya la divulgación. Se organizan otros eventos temáticos, por la Cátedra Gonzalo de Cárdenas de Arquitectura Vernácula, como sus Jornadas Técnicas; así también lo hace el Comité Nacional del Consejo Internacional de Museos y Sitios (ICOMOS), por ejemplo. Aún se mantiene un sólido grupo de pensamiento teórico y crítico, en Cuba y en el exilio, que es quizás el puntal de subsistencia de la arquitectura cubana, más centrado en su legado, y muy limitado en cuanto a sus proyecciones como manifestación de impronta cultural de vanguardia, dada la carencia de una continuada producción real de arquitectura y urbanismo.

No recuerdo otro momento "reciente" de mayor trascendencia que la conferencia de Mario Coyula, "El Trinquenio Amargo y la Ciudad Distópica", precisamente en el Salón de Actos del ISA (Escuelas Nacionales de Arte), como parte del debate promovido por el Centro Cultural Criterios y Desiderio Navarro: "Quinquenio Gris", en el 2007. En aquel evento se abordó "La política cultural de la Revolución: memoria y reflexión", en el que el campo de la Arquitectura no podía quedarse fuera. En lo adelante, en los congresos de la UNEAC, se ha mantenido el planteamiento crítico sobre lo inaplazable del conflicto cultural que hoy representa la problemática de la arquitectura cubana, debate que no logra trascender ni producir cambios.

Pero el debate, la crítica, y el pensamiento, se ejercen; se renuevan, se proyectan sobre las bases de la propia producción creativa. Transcurridas tres décadas del descalabro socialista europeo, con efectos económico-sociales y culturales no superados, ¿podemos referirnos a un conjunto notable, homogéneo y sostenido de obras de la Arquitectura Cubana, reconocidas y valoradas favorablemente por la crítica? Padecemos de ambas ausencias: de una sostenida producción arquitectónica, y del debate contrastado con la práctica sobre arquitectura y urbanismo para superarlo.

Aunque son notables los logros por recuperar centros históricos e inmuebles de gran valor histórico-patrimonial, se construyen hoteles que sólo diseñan arquitectos extranjeros desde hace 20 años, ajenos a todo contexto. Se simplifica la ejecución de nuevos desarrollos de viviendas, desconociendo la pluralidad y variedad de estudios y propuestas que sobre el tema se realizan; se continúa mutilando el patrimonio histórico por parte de personas y entidades que ignoran sus valores; se restringen las posibilidades innovadoras de muchos diseños en las empresas por supuestas limitaciones. El panorama continúa amargo.

Amílkar Flores
Amilkar Feria Flores

La Habana (1967). Escritor y artista visual. Licenciado en Pedagogía en Artes; Diplomado en Antropología Cultural y en Producción Simbólica. Ha ejercido como ilustrador gráfico, analista de prensa, periodista y profesor universitario. Ha publicado, entre otros, los títulos: Las dulces horas (Premio Pinos Nuevos 2007 (Poesía, Unión, 2008)); Algunas animalezas y otras bestialidades (Narrativa, Ediciones Extramuros, 2010 y Crónicas diluvianas (Narrativa, 2010). Cuenta con numerosas exposiciones personales y colectivas en Cuba y el extranjero. Actualmente desarrolla el proyecto de experimentación artística Observatorio Entrópico de Palatino.

Comentarios:


Yoan (no verificado) | Jue, 17/03/2022 - 21:17

espero las demás partes del articulo, gracias

Amilkar Feria … (no verificado) | Vie, 18/03/2022 - 06:45

Estimado amigo, las próximas entregas serán el lunes y miércoles de la semana que viene. Gracias por su interés!

Anónimo (no verificado) | Vie, 18/03/2022 - 23:58

Muy interesante el tema,además muy necesario .
seguiré con atención las siguiente entregas.
Muchas gracias

DILIA PINTO (no verificado) | Sáb, 19/03/2022 - 12:59

“El panorama continúa amargo”…,
Mutilas la mente, al tener mutiladas las posibilidades.
Hasta cuando..?
Espero la siguiente parte.

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