Este texto dialoga y rinde homenaje a la banda sonora de la isla, citando versos y estribillos de artistas como Carlos Varela, Willy Chirino, Alexander Abreu, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Gloria Estefan y la Charanga Habanera, entre otros.
Si no tienes a Cuba, tienes su música. La identidad de los pueblos suele heredarse, señalizarse y protegerse a través de los límites físicos de la tierra o mediante las estructuras gramaticales del lenguaje. Son los mapas y los diccionarios los que suelen resguardar el patrimonio de las sociedades. Pero en Cuba, la geografía es un accidente mudable y el idioma común se queda corto para contener la experiencia colectiva; allí la cubanía se hereda, se padece, se trafica y se goza directamente en el aparato circulatorio del ritmo.
"Nuestro día ya viene llegando"
Hay naciones enteras construidas minuciosamente sobre la tinta de sus constituciones, la frialdad burocrática de sus tratados internacionales o el mármol inmóvil y gris de sus monumentos patrios. Son países que necesitan la solidez de la piedra para recordarse quiénes son. Cuba, en cambio, parece haberse edificado sobre una arquitectura líquida de melodías volátiles, invisibles y, por lo mismo, indestructibles. Es un país flotante, levantado sobre una partitura indomable de canciones que nacieron históricamente del filo de "un machete", "un fusil" y "una lancha marinera".
Leídas una tras otra, despojadas de sus melodías originales y puestas sobre la desnudez del papel, las consignas de la guerra independentista, los estribillos carnales del baile popular y los gritos ahogados del exilio pierden sus fronteras cronológicas. Se revelan, entonces, como lo que verdaderamente son: fragmentos dispersos, esquirlas de una misma e infinita crónica colectiva. Es una historia compartida que nunca termina de comenzar del todo porque, en realidad, nunca ha terminado de acabarse.
En la síncopa de una sola barra musical conviven, sin estorbarse ni pedirse explicaciones, el esclavo recién desembarcado con las marcas del carimbo, el mambí encendido en la manigua, el campesino de la loma profunda, el revolucionario convencido de la plaza y el emigrante que mira el mapa con nostalgia desde una latitud congelada.
Todos cantan al mismo tiempo en el mismo solar mental, superponiendo sus dolores y sus glorias en una polifonía caótica pero perfecta. Es esa sintonía misteriosa, ese coro de fantasmas vivos, lo que verdaderamente nos define a "nosotros los cubanos" y lo que nos obliga, a pesar de los pesares y los naufragios, a mantener los ojos fijos en el horizonte, obstinadamente convencidos de que, tarde o temprano, "nuestro día ya viene llegando".
Y es que la música cubana es orgánicamente incapaz de olvidar; padece una especie de memoria sagrada. Su naturaleza íntima no consiste en borrar el pasado para dar paso a la novedad del mercado, sino en acumular energía indomable en cada capa, como los sedimentos geológicos de una isla hecha de sucesivas, violentas e inevitables llegadas.
África no desaparece bajo el asfalto de las avenidas modernas; España no se diluye en las aguas del mestizaje; el trauma histórico del exilio no se extingue con la distancia de los océanos. Nada se borra del todo; nada muere definitivamente: todo sigue sonando en un eco perpetuo que se transmite de cuerpo a cuerpo.
"Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar"
Mientras los golpes secos de la geopolítica sacudían la isla, destruían economías y cambiaban los nombres de las avenidas principales, las canciones se encargaban de hacer el trabajo de los arqueólogos: atrapar los restos emocionales de cada choque para devolverlos convertidos en pura resistencia vital.
Los rezos clandestinos y sagrados del monte se mezclaron de forma natural con la rumba de la esquina, porque en el ADN profundo de esa tierra se sabe, desde el primer día, que "sin clave no hay son", que en las horas del desespero absoluto se le grita con rabia y fe "que viva Changó", y que cualquier herida existencial se cura mejor si se le planta cara al destino con una "bemba colorá".
Frente a la rigidez del discurso oficial, la melodía siempre gana la batalla del tiempo. Los discursos de los políticos son criaturas frágiles, artificiales y perecederas: necesitan urgentemente ser creídos, necesitan el soporte de las instituciones, los dogmas, la censura y la propaganda para sostenerse antes de que los años los vuelvan obsoletos o ridículos. Las canciones, sin embargo, nacen libres y soberanas; no le rinden cuentas a nadie y solo necesitan una garganta para ser cantadas.
La música guarda con celo lo que los archivos de los ministerios no saben, no quieren ni pueden guardar: la temperatura exacta de las esquinas, el modo en que una generación completa diseñó mentalmente su futuro, el sonido limpio de una esperanza antes de convertirse en decepción.
Frente al vendaval implacable de la realidad, el cubano no se esconde en el silencio; se planta desde su raíz más honesta e incorruptible diciendo al mundo: "ojalá". Lo hace incluso cuando la vida se pone de frente para demostrarle la ironía de sus límites, obligándolo a suspirar un lamento que es a la vez confesión y frontera:
"Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar..."
Es justo en esa grieta entre el deseo y la realidad cuando toca admitir, con el pecho apretado, que el "unicornio azul" de las viejas promesas se ha perdido para siempre en la niebla; o cuando el destino empuja a mirar la línea de la costa desvaneciéndose desde la cubierta de un barco, cantando con lágrimas en los ojos: "cuando me fui de Cuba"; o buscando consuelo al recordar su origen en "mi tierra". Es el canto del arraigo que sobrevive a cualquier aduana, la herencia indestructible de saber que, "aunque nadie me ve nunca contigo", la isla entera camina con uno, metida en el bolsillo, a dondequiera que la vida nos arroje.
Vino luego la madurez de los golpes secos, el rigor del apagón interminable, la entrada cruda de un almanaque que siguió corriendo implacable. Miramos hacia atrás y nos damos cuenta de que aquel melancólico Son de las cuatro décadas se escribió hace ya muchos años; hoy la cuenta se ha estirado tanto que la realidad bien podría rebautizarlo como el "Son de las siete décadas de un mismo e inmóvil laberinto".
"Cuba ha cantado siempre con furia y con rabia"
Mientras en las casas se iba gastando la vida a la espera de un mañana, el cubano despertaba descubriendo, entre el asombro y la ironía, que la narrativa idílica de la televisión oficial chocaba de frente con el plato vacío en la mesa, teniendo que decirse a sí mismo en voz baja que "el cuento no era así". El mapa familiar se fracturó por completo y los aeropuertos se llenaron de abrazos de despedida que sabían a eternidad, obligando a poetas y trovadores a plasmar el desgarro de ver cómo los tuyos se dispersaban por el mundo entero bajo una premisa terrible:
"Qué largo es el son que canta mi desmembrada generación."
Pero ante el derrumbe, la música de la isla, lejos de apagarse, de ponerse a llorar o de buscar la compasión ajena, reaccionó con la agresividad de lo que se niega a morir: se volvió más ácida, más matemática, más cruda, más bailable y visceralmente callejera.
El cubano de a pie aprendió a cantarle a su propio desespero en clave de timba urbana, desarmando la frustración cotidiana para transformarla en puro combustible para los pies en el asfalto. Se le demostró al mundo que somos un pueblo "distinto, diferente", curtido en mil batallas invisibles y perfectamente consciente de "cómo pasa el tiempo que de pronto son años". Cuando el cansancio histórico se transformó finalmente en dignidad colectiva, el coro de la calle se plantó para decretar con orgullo que "se acabó el sometimiento".
Al final de la jornada, cuando la realidad material aprieta hasta quitar el aire y las palabras corrientes ya no alcanzan para explicar la hermosa y dolorosa contradicción de seguir vivos, la música se impone por encima del ruido del mundo. Entra sin pedir permiso por la ventana abierta, se mete por los oídos para romper el silencio sepulcral de las crisis y nos recuerda, con una sonrisa desafiante en el rostro, que pase lo que pase, que caiga quien caiga, "esto no puede ser más que una canción".
Y por eso Cuba ha cantado siempre con furia y con rabia. Ha cantado en los barracones e ingenios coloniales y en los puertos industriales desiertos; en los solares ruidosos donde falta todo menos el aire y en los cabarets de luces tenues donde se simula la opulencia; en las plazas de los grandes mítines políticos, en los cuarteles fríos y en las salas de espera desoladas de los aeropuertos. Ha cantado con el nudo de la angustia en la garganta un minuto antes de partir, y ha cantado con un alivio violento un segundo después de llegar a tierra extraña. Ha cantado sobre vigas de poliespuma a mitad del estrecho de la Florida y en las esquinas más oscuras y frías de ciudades extranjeras. Ha cantado para celebrar el milagro de estar vivos, para resistir la decadencia material y para sostener la promesa inquebrantable de que un día, no importa cuándo ni cómo, tú "volverás" a pisar tu tierra.
Cuando las certezas ideológicas se caen a pedazos por el peso de su propia inviabilidad, cuando la geografía física se estira y las fronteras políticas se vuelven muros de hormigón intolerables, la música permanece intacta, flotando sobre los escombros.
No está ahí para resolver nuestros conflictos históricos ni para darnos las respuestas políticas o morales que queremos escuchar para consolarnos. Simplemente se queda ahí, de pie, erguida sobre el caos, como el tambor original: golpeando, marcando el paso de la resistencia, insistiendo en el pecho del que escucha. Atraviesa de golpe a generaciones que jamás presenciaron los acontecimientos históricos que la originaron, cruza océanos enteros sin perder un solo decibelio, sobrevive a las crisis humanitarias, a las leyes migratorias y a la arrogancia efímera de los gobiernos.
Y sigue ahí, suspendida en el aire, preguntando al vacío:
"¿Qué culpa tengo yo de este tambor que me golpea la vida sin clemencia?"
Quizás ninguna. Porque algunas herencias sagradas no se reciben mediante pasaportes, leyes ni testamentos notariales: te arrollan por sorpresa en cualquier esquina del mundo y te salvan para siempre del olvido.
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