Música | El Havana World Music, la manzana, las flechas… y Carlitos

"No hay libertad sin verdad. (...) Algo que en este Havana World Music Festival debemos agradecer a nuestro Carlitos por ayudarnos a recordarlo".

Personas cantando.
Concierto de Carlos Varela en el HWM. | Imagen: Página oficial de Carlos Varela en Facebook.

Escandaloso y silenciado suceso. El cantautor Carlos Varela, autor del emblemático tema Guillermo Tell —incluido en su primer disco Jalisco Park, en el 89—, fue corajuda y milagrosamente invitado al Havana World Music Festival, celebrado desde el 26 al 28 del pasado mes de mayo en el Coliseo de la Ciudad Deportiva de La Habana. La posibilidad, por supuesto, corrió a riesgo de sus organizadoras; por lo que, para ellas y sus ovarios, el artista no escatimó un elogio público. También gritó: “¡Viva Cuba Libre!”, como despedida.

"....mientras Varela cantaba, se gritó “¡Libertad!” en más de una ocasión..."

Pero no fue el único grito. La multitud explotó en voces de “¡Libertad! ¡Libertad!”. ¡Idénticas a las coreadas el 11J frente al Capitolio y en las calles de toda Cuba! Eso convirtió el concierto, ante los nerviosos policías que custodiaban el evento, en una confirmación, tanto para el pueblo como para sus opresores, de que nada está zanjado, de que el miedo no ha apagado el incendio popular.

Sí, mientras Varela cantaba, se gritó “¡Libertad!” en más de una ocasión. ¡Y que nadie se atreva a decir esta vez que fue fruto de la ingenuidad o la confusión! Fue nuevamente el grito de una Cuba en ruinas, ahogada por la depresión económica a causa del sistema imperante aunque la cúpula del poder continúe gastando recursos y discursos para ocultarlo. Se reclamó a nombre de una nación que agoniza bajo la mano dictatorial más longeva del hemisferio; en un país sacudido hace casi un año por las protestas del 11 de julio, sobre las que, la inconformidad intelectual y popular por la represión ordenada presidencialmente y las exageradas condenas a los manifestantes, ha sumado opositores incluso desde el bando oficialista.

Fue el clamor de una isla abandonada en masa por los habitantes que pueden, mientras muchos de los que quedan en ella hablan y sueñan con hacer lo mismo. Fue la expresión de esa mezcla de dolor y esperanza que puede despertar un mínimo rayo de luz en la celda, de quien se sabe un confinado en esta enorme cárcel cercada por el mar, con un reciente y fascistoide código penal aprobado, en donde los represores se preparan para sofocar la temida y próxima protesta.

No soy seguidor de Varela especialmente, pero entiendo que pudo conformarse con la clara y desafiante letra de sus canciones para meterse en otra camisa de once varas. Tal vez este acto personal de libre expresión que decidió tomarse, al final, es el que me hace regresar al Concierto por la Paz como la última de sus apariciones en Cuba que logro recordar (seguramente otro acto de magia que debemos agradecer a algunos artistas organizadores del patio junto la presión de los participantes internacionales).

En esa ocasión, visiblemente molesto por algo que seguramente enfrentó antes de subir a escena, tuvo unos minutos de descarga, a pura guitarra, antes de comenzar a cantar. No es un secreto para nadie que el poder no le deseaba allí, que temía su participación. Como mismo ahora; aunque en estos días, para sofocar el paradigma, gente como Leopoldo Luis García se atreva llamar a esto “el mito de la censura”. 

Aquella vez subió al escenario como un adolescente rebelde eso sí: maravillosa y creativamente rebelde. Hizo notorio su desacuerdo con la reglamentaria camisa blanca (que todos, achacamos, más que al color de la paz, a la misma estrategia que en ese tiempo se comenzaba a exigir en los desfiles para anular la posible visibilidad de las damas de blanco). Subió con un pulóver negro que decía en letras claras: “yo tengo una camisa blanca” (je, je). Ese día me di cuenta de que yo estaba equivocado. Carlitos no estaba anulado, rendido, ni él ni sus anhelos; aunque todos continuáramos secuestrados a bordo del Ford que se compró su tío en el 59, y que “hace mucho ruido, pero no se mueve”.

¿Por qué gritar “¡Libertad!” en un país donde se presume de ella?

Cuando Varela comenzó a cantar en los años 80, aún estábamos en el paraíso. Eso nos habían dicho una y otra vez desde pequeños. Tuvimos que escribirlo de muchas formas distintas en nuestras libretas y cuadernos escolares. Tuvimos que responderlo, de pie, de memoria. Había incluso que ponerle una nota de sentimiento al recitarlo y, ¡lo repetimos en tantas canciones, que nos robaron el alma!

Entonces apareció el ´gnomo´, vestido de negro. “Como Martí”, se decía en voz baja. “De luto por su patria hasta que sea verdaderamente libre”, se explicaba con orgullo; pero también con sigilo. Sus primeros temas eran “posibles” desde “la conciencia revolucionaria” de la época (aún muchos creíamos vivir en el único país del mundo en que se tenía educación y salud gratis, y que se preocupaba por los pobres del mundo).

Pero sus composiciones tenían un problema muy serio. Eran temas de reflexión profunda. Cuestionaban lo que éramos, lo que pensábamos, lo que hacíamos. Sus letras llevaban, irremisiblemente, al cambio. Y el cambio es lo más temido por el poder; porque el cambio genera más cambio, ¡todo el cambio necesario! ¡Nunca es suficiente cambio! ¡Siempre se necesita más! Es un problema de dialéctica. Y la dialéctica es solo un alarde de la teoría comunista.

"Aquel ´gnomo´ nos hizo reflexionar sobre la verdad..."

En aquella época (para los que no lo sepan) había una cosa peor que gritar “libertad”, en plena calle o en un concierto; pues cuando te ocultan las paredes de la celda cualquiera puede creerse libre, o creer que quien grita así es un obcecado. Por esa “cosa” es que el poder no ha podido perdonar a este desafiante trovador, y fue, en esencia, la libertad misma: nos hizo corear a todo pulmón “…que aquí las hojas se caen también”. Eso, tan simple, en una melodía desgarradora, fue el desmoronamiento de la teoría del paraíso. Y constituyó gran parte del comienzo del fin. Aquel ´gnomo´ nos hizo reflexionar sobre la verdad. Porque no hay libertad sin verdad. Algo que se han encargado de hacernos olvidar y que, cada vez más descaradamente, pisan quienes intentan desesperadamente aferrase al poder. Algo que en este Havana World Music Festival debemos agradecer a nuestro Carlitos por ayudarnos a recordarlo.

No. Varela no está rendido aún, o ¿cómo puede alguien rendido hacer poner en pie a una multitud? ¿Ven?, tampoco el pueblo. Los asistentes sabían sus canciones a pesar de la censura sostenida por décadas. Corearon "Foto de familia". También estaban al tanto de la letra de "La feria de los tontos" a pesar de los pesares de la pandemia. Y aprovecharon para acompañarla de la andanada de gritos en vez de “bailar con los payasos el pasito del fracaso”. ¿Ven lo que digo? Una verdad saca a otra. Irremisiblemente, como mismo sucedió al principio de su carrera. Y, aunque el Guillermo Tell de la canción ya abandonó el papel de padre confundido y temeroso para hacer de la manzana en la cabeza una obligación de todo un pueblo, los gritos dieron, como flechas, en el blanco... “por cada sueño roto”.

trompetista
Serguei Torres Machado

(Cuba). Graduado de la Universidad de La Habana. Periodista independiente. Colabora con medios cubanos y extranjeros.

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