Las criaturas del artista cubano Yulier Rodríguez, más conocido por su nombre artístico Yulier P., parecen haber sobrevivido a una catástrofe cuyo nombre desconocemos. No sabemos exactamente qué las atravesó ni de qué mundo provienen, pero algo en la torsión de sus cuerpos, en la persistencia fatigada de sus ojos o en la precariedad con que ocupan el espacio sugiere una experiencia para la que el lenguaje ordinario resulta insuficiente. No son cuerpos heridos: son cuerpos reorganizados después de la herida.
Cabe destacar que, como ha señalado el propio artista en entrevista, sus referentes desde sus inicios han sido tres: Caravaggio, Matisse y Banksy.
Durante más de dos décadas, Yulier Rodríguez ha construido uno de los imaginarios visuales más singulares y potentes surgidos del arte cubano contemporáneo: seres alterados, frágiles, suspendidos en un territorio ambiguo entre la inocencia y el agotamiento, como si hubiesen aprendido demasiado pronto que existir también significa adaptarse al daño. Yulier no pinta anatomías. Pinta consecuencias.
Los "regalos" de Yulier P.
Mucho antes de galerías, ferias o legitimaciones institucionales, esas criaturas ya habitaban silenciosamente los muros de La Habana. Emergían de fachadas erosionadas, edificios detenidos en el desgaste, superficies donde el tiempo parecía haber abandonado toda promesa de reparación. No intervenían la ruina: parecían brotar de ella.
Había algo profundamente orgánico en aquella relación entre cuerpo y ciudad. Como si el deterioro urbano hubiese comenzado lentamente a infiltrarse en la sensibilidad de los muros y las piedras; intervenciones a las que él denominó "regalos", y que han continuado apareciendo ahora en las calles de Madrid. Yulier comprendió algo esencial sobre ciertas formas contemporáneas de la precariedad: el desgaste nunca permanece únicamente en la materia. Termina modelando también la percepción.
Pero reducir su obra a una lectura meramente social e inmediata sería empobrecerla y ponerle cotos.
La experiencia del desarraigo atraviesa estas imágenes sin agotarlas. Incluso cuando el contexto biográfico resulta inevitable —años de distancia institucional, prejuicios, exclusión silenciosa de espacios legitimadores—, la obra parece negarse obstinadamente al resentimiento. Hay artistas que convierten la fractura en consigna. Y otros —más raros— la transforman en lenguaje.
En conversaciones recientes, Yulier ha descrito el acto de crear como un estado de meditación: trabajar con el pastel sobre cartulina hasta alcanzar una forma de concentración donde el pensamiento logre desprenderse del ruido de los referentes sociales. La afirmación podría parecer ingenua si no fuera, en realidad, profundamente radical.
Porque lo decisivo en Yulier no ocurre en el territorio de la denuncia, sino en el de la percepción.
La defensa de la imaginación
En un presente saturado de discursos, su obra insiste en algo menos visible y acaso más difícil: la defensa de una imaginación que intenta permanecer libre incluso después del daño. No para negar la historia, sino para impedir que la historia tenga el monopolio de la mirada.
Eso explica la extraña intensidad emocional de sus figuras. Hay ojos desplazados hacia lugares improbables del cuerpo, anatomías que parecen reconstruidas desde una lógica afectiva antes que biológica, criaturas suspendidas entre lo humano y lo animal, entre la ternura y una forma silenciosa de amenaza. Pero el rasgo decisivo de estas imágenes no es la deformidad. Es la vulnerabilidad.
En Yulier, el monstruo no produce terror. Produce compasión y, a veces, ternura. Sus figuras parecen demasiado frágiles para sobrevivir al mundo que habitan y, sin embargo, continúan mirando. Hay algo profundamente contemporáneo en esa persistencia fatigada: como si cada cuerpo hubiese sido alterado por fuerzas que no consigue nombrar y aun así intentara conservar algún resto de humanidad.
Yulier P. en Madrid
La mirada ocupa aquí un lugar central. Pocas iconografías recientes han convertido el ojo en una obsesión tan insistente. En las ocho piezas presentadas ahora en Madrid como parte de la muestra colectiva Búsquedas, en OCCO Art Gallery, curada por Carmen Bescós e inaugurada el 11 de junio de 2026, la ciudad parece replegarse y el conflicto desplazarse hacia el interior mismo de la figura. El muro desaparece; permanece la conciencia. Los ojos se multiplican, invaden el cuerpo, vigilan desde zonas inesperadas. Mirar deja de equivaler a comprender: se vuelve una forma de resistencia.
Hay obras donde una figura monumental se inclina sobre otra más vulnerable bajo un arco de ojos que parece proteger y vigilar al mismo tiempo. En otras, cuerpos híbridos se repliegan hasta hacer difuso el límite entre refugio y asfixia. Más recientemente, ciertas figuras parecen escindirse, como si la identidad hubiese comenzado a dialogar con sus propios restos.
Nada en estas composiciones funciona como alegoría cerrada. La línea nerviosa —casi arañada— no describe tanto las figuras como el temblor interior que las sostiene. El color tampoco ornamenta: piensa. Azules eléctricos, rosas saturados, amarillos abruptos y violetas densos operan aquí como temperaturas emocionales, como atmósferas de una conciencia sitiada.
El cuerpo y la catástrofe
La tentación de buscar parentescos resulta inevitable. Puede haber un eco lejano de ciertas deformaciones expresionistas o de la presión psicológica ejercida sobre el cuerpo en parte de la pintura del siglo XX. Pero las filiaciones se agotan pronto. Yulier ha construido una gramática propia dentro de su poética personal: un idioma visual donde la precariedad, la memoria y la fragilidad terminan produciendo algo infrecuente: la narrativa poética del cuerpo sobreviviente dentro de la catástrofe. Porque sus criaturas no parecen derrotadas. Más bien parecen alteradas.
Y acaso ahí resida la potencia más incómoda de su obra: figuras que inquietan no porque sean extrañas, sino porque resultan demasiado reconocibles. En ellas aparece una intuición profundamente contemporánea: sobrevivir quizá consista precisamente en eso, continuar aun después de haber sido transformados por aquello que intentó quebrarnos.
Hace poco, al hablar de su regreso a un espacio galerístico después de años de distancia y prohibición, Yulier confesó la alegría de volver a exponer en Madrid y Europa. La emoción es comprensible. Pero quizá el verdadero acontecimiento de esta obra haya ocurrido antes y en otro lugar: en la obstinación de seguir imaginando incluso cuando ciertos espacios parecían cerrarse.
Porque hay artistas que representan el mundo. Otros —mucho más raros— trabajan para descubrir qué parte de nosotros todavía no ha sido completamente vencida por él. Las criaturas de Yulier Rodríguez parecen haber encontrado la respuesta. Siguen con sus heridas. Pero nos siguen mirando.
Regresar al inicio