Narrativa | Celeste

"...El circo llegó y se instaló a las afueras del pueblo, buscando la mejor sombra y la mayor tranquilidad para el león Arquímedes...".

Circo.
"Circo". | Imagen: Pixabay

El circo llegó al pueblo, como todos los años, con dos carromatos donde iban un viejo y desdentado león llamado Arquímedes, varios perros que bailaban el vals de las olas, varios payasos, muchos baúles colmados de pelucones rubios, trajes de colores, casacas bordadas con lentejuelas, largos pañuelos de gasa. El circo llegó y se instaló a las afueras del pueblo, buscando la mejor sombra y la mayor tranquilidad para el león Arquímedes. Todo parecía igual que otros años: la misma carpa remendada, los mismos chites, el mismo gitano de largos bigotes negros y con algunos dientes menos, plantado ante la puerta del circo vendiendo las entradas y, poco después, presentando los números circenses. Todo era igual, salvo la Mujer de Oro que anunciaba el altavoz de la camioneta que recorría las calles del pueblo.

―¡No se pierdan a la Mujer de Oro cabalgando sobre su alazán! ¡Celeste de Lima, la amazona conocida mundialmente!

Por el cielo de un pueblo sumido en un julio caluroso, sobre las copas de los árboles, caminaba la luna de níquel alumbrando los caminos por donde la gente volvía a sus casas felices, acabada la función del circo. Serafín, un adolescente de quince años, también regresaba a su casa, perdidamente enamorado de la Mujer de Oro. En su mente bullía la imagen rubia de la muchacha de largas piernas y redondos muslos enfundados en medias doradas, haciendo cabriolas sobre un alazán. A cada vuelta que mujer y caballo daban a la pista, a Serafín, sentado en la primera fila, le llegaban los olores misteriosos del cuerpo femenino así como otros olores  procedentes del colorete, la colonia, la tintura de cabello. Un mundo de fragancias hasta entonces desconocidas para él y que ahora se le pegaban a la garganta y le enrojecían el rostro como si llevara dentro un pecado mortal.

Cuando acabó el acto, Serafín compró una rosa amarilla y fue en busca de la Mujer de Oro con ánimo de regalársela. Pero ante la puerta del vestuario se encontró con una gitana fea, vieja, con un pañuelo a la cabeza, el cual dejaba libres algunos mechones de pelo cano. Debía ser la cuidadora del león Arquímedes o del alazán porque su ropa olía a serrín meado.

―He venido para hablar con la Mujer de Oro ―repuso el joven emocionado.

―Ven, siéntate y cena conmigo. Ella no tardará, se está desvistiendo.

Serafín se sentó a la mesa sin ganas de comer junto a aquella fea mujer que podía ser su abuela. La gitana, de mirada penetrante, le preguntaba por su vida y le servía sabrosas tajadas de pollo frito, pan moreno y té helado con menta. Serafín le respondía a sus preguntas y así supo la gitana lo muy enamorado que estaba de la amazona. La cena terminó y la Mujer de Oro no apareció.

―Se habrá acostado. Dame la rosa, niño, yo se la daré ―aconsejó la gitana.

El circo estuvo en el pueblo una semana y el joven Serafín acudió todas las noches solo para poder ver a la Mujer de Oro. Su corazón rompía a palpitar desenfrenado cuando la trompeta del presentador anunciaba: ―¡Y ahora, Celeste de Lima!― y aparecía la muchacha de pie sobre la grupa del caballo. Una vuelta, dos vueltas, tres vueltas y a Serafín le venía un desmayo amoroso. Cómo amaba el largo cabello volandero de la joven, cuánto le impresionaba la elegancia de su cuerpo, la seguridad con que se mantenía en equilibrio sobre la grupa del animal. Acabada la función, Serafín corría en su búsqueda y ninguna vez consiguió hablar con ella, porque la gitana flaca y desgarbada le entorpecía la entrada al camerino.

―Se está desmaquillando. Me ha dicho que cenes mientras tanto.

El muchacho se sentó a la mesa, como las noches anteriores, frente a la gitana, pero esta vez sin probar bocado de cuanto ella le servía.

La noche de la clausura, Serafín fue en busca de la Mujer de Oro decidido a entregarle la carta de amor que le había escrito. No quería que se fuera del pueblo sin que ella supiera que allí dejaba a un amor dispuesto a esperarla todo el tiempo que fuera necesario. Pero aquella noche la gitana volvió a pedirle que cenara con ella y esta vez, Serafín, rehusó la invitación.

―Solo quiero entregarle a Celeste la carta que le he escrito.

―Yo le daré, niño, no te preocupes.

La luna grande y muy blanca, como de porcelana, iluminaba el camino que atravesaba el campo con el trigo ya recogido. Por él regresaba Serafín a su casa, cabizbajo, lloroso al presentir que la gitana no le entregaría la carta a la Mujer de Oro, como tampoco debió de darle la rosa amarilla. ¡Qué desgracia! Se quedaría sin saber lo mucho que la amaba. El muchacho lloraba y pensaba en lo largo que se le iba a hacer el año esperando su regreso, si es que regresaba con el circo.

La luna también iluminaba el quicio de la puerta donde se había quedado la gitana leyendo la carta que el adolescente le había entregado. Su corazón rompió a palpitar emocionado. Aquella era la primera carta de amor que un hombre le dirigía. Ni siquiera cuando fue joven, consiguió interesar a alguno.

«¿Me querría si me viera sin la peluca de largos cabellos rubios? ¿Sentiría por mí la misma pasión, si no llevara las medias doradas que ocultan mis varices, sin la boca pintada de granate, sin el corpiño de encaje y bordado con lentejuelas, sin las pestañas postizas y yo volando sobre el caballo, sin...?» Y la Mujer de Oro rompió a llorar y besó la rosa amarilla que, desde hacía días, llevaba guardada dentro de la blusa, al calor de su pecho. Y volvió a leer la carta una vez más y otra y otra.

(Del libro Cántico del Alba, Ed. Deslinde, Madrid, 2019).

Ángela Reyes
Ángela Reyes

(Jimena de la Frontera, España). Poeta, narradora. Pasó su infancia en Granada. Vive en Madrid desde los trece años. Trabajó como secretaria de dirección en la Federación Nacional de Alquiler de Vehículos. Desde 1980 desarrolla una amplia actividad cultural con la Asociación Prometeo de Poesía, fundada por Juan Ruiz de Torres, siendo cofundadora y colaboradora de sus revistas literarias Cuadernos de Poesía Nueva, Valor de la Palabra y La Pájara Pinta. También colaboró en el diario El Día de Toledo. Ha publicado en total unos dieciséis poemarios, cinco novelas y varias colecciones de cuentos. Sus novelas son: Morir en Troya (premio «Juan Pablo Forner», Mérida, 1999), Adiós a las amazonas (finalista del «Premio de la Crítica», Andalucía, 2005), Benedicamus domino (premio «Ciudad de Majadahonda», Madrid, 2008), Los trenes de marzo (2008) y Verónica y el hombre bello (2015). Entre sus colecciones de cuentos anteriores: Crónica de un lirista naufragado (1991), Cuentos en la Arganzuela (1991) y Las mujeres del farolillo rojo (premio «Calicanto», Manzanares, 2009). Incluida en numerosas antologías.

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