EL PODER DE LOS SIN PODER
El presente es un fragmento del libro escrito por Václav Havel en 1978, que circuló en ediciones clandestinas por toda Europa del Este. Fue editado en Londres en 1979, bajo el sello Londýnské listy. Es finalmente publicado en Checoslovaquia en 1990 por la editorial Lidové noviny, tras la caída del régimen comunista y la elección de Václav Havel como presidente del país.
1. Un espectro atemoriza a la Europa oriental...
Un espectro atemoriza a la Europa oriental: en Occidente lo llaman "disidencia". Este espectro no ha llovido del cielo; es una manifestación natural y una consecuencia inevitable de la fase histórica que atraviesa actualmente el sistema al que ese espectro atemoriza. Es decir, lo ha creado el hecho de que una parte de este sistema no puede ya, desde hace tiempo y por mil motivos, seguir basándose en la mera y brutal arbitrariedad de un poder que excluye cualquier manifestación no conformista y que, por otra parte, ha llegado a un punto de tal inmovilismo político que no permite que a la larga estas manifestaciones se afiancen en el ámbito de sus estructuras oficiales.
Pero, ¿quiénes son en realidad estos llamados "disidentes"? ¿De dónde nace su postura y qué sentido tiene? ¿Cuál es el sentido de esas "iniciativas independientes" en torno a las que los "disidentes" se congregan y qué oportunidades reales tienen tales iniciativas? Al referirse a su actuación, ¿es adecuado emplear el concepto de "oposición"? Si es así, ¿en qué consiste realmente —en el ámbito de este sistema— semejante "oposición", cómo actúa, qué papel representa en la sociedad, qué espera y qué puede esperar? Como hombres que están fuera de cualquier estructura de poder y en una situación de "ciudadanos de segunda", ¿tienen los disidentes las fuerzas y la posibilidad para influir de algún modo en la sociedad, en el sistema social? ¿Pueden, en definitiva, hacer algún cambio?
Creo que una reflexión sobre estos interrogantes —es decir, una reflexión sobre las posibilidades de los "sin poder"— no es viable sino mediante una reflexión sobre el carácter del poder en la situación en la que estos "sin poder" actúan.
2. La dictadura de una burocracia política sobre una sociedad igualitaria...
Comúnmente al sistema de gobierno de nuestro país se le caracteriza como una dictadura, la dictadura de una burocracia política sobre una sociedad igualitaria.
Me temo que esta misma definición —aunque comprensible en otros aspectos— acabe por confundir más que aclarar el carácter real del poder en este sistema.
¿Qué es lo que, en definitiva, nos imaginamos bajo este concepto?
Yo diría que es un concepto tradicionalmente ligado en nuestra conciencia a la imagen de un grupo determinado, relativamente restringido, de personas que en un país toma a la fuerza el poder sobre la mayoría de la sociedad, que basa abiertamente su poder en los medios autoritarios de que dispone y que, de un modo relativamente fácil, puede ser distinto de la mayoría dominada. A esta idea "tradicional" o "clásica" de la dictadura, le corresponde intrínsecamente el postulado de su provisoriedad, de su brevedad e inestabilidad; su existencia se presenta estrechamente ligada a la vida de las personas que la han instaurado; de ordinario se trata de un hecho de alcance y significado locales y, por mucho que tal dictadura se legitime con esta o aquella ideología, su poder deriva sobre todo del número y equipamiento de sus soldados y de sus policías. Por tanto, su riesgo mayor es la posibilidad de que se alce alguien mejor dotado bajo este aspecto y que sustituya al grupo en el poder.
"Un elemento imprescindible de las dictaduras 'clásicas' es su inestabilidad histórica".
Creo que un simple vistazo desde el exterior basta para sugerirnos que el sistema en que vivimos tiene muy poco en común con la dictadura "clásica".
1. No tiene una extensión limitada, sino que es común a todo el inmenso bloque de poder en que domina una de las dos actuales superpotencias. Tiene normalmente sus peculiaridades temporales y locales, pero su dimensión está por principio limitada por lo que une el sistema a toda el área del bloque del poder; no sólo se basa en todas partes en los mismos principios y se estructura del mismo modo (esto es, según el modo desarrollado por la potencia dominante), sino que en todos los países lo atraviesa la red de los instrumentos de manipulación de un centro de gran potencia a cuyos intereses está totalmente subordinado. Esta circunstancia —en un mundo "asentado" sobre el equilibrio nuclear de las superpotencias— le asegura en general, con respecto a las dictaduras "clásicas", una estabilidad extraordinaria desde el exterior; muchas crisis locales que en un estado aislado habrían llevado a un cambio del sistema, aquí pueden resolverse con las intervenciones autoritarias de la parte restante del bloque.
2. Si es verdad que un elemento imprescindible de las dictaduras "clásicas" es su inestabilidad histórica —a veces aparecen como una especie de aberraciones de la historia, una salida casual de procesos sociales casuales o de inclinaciones individuales y masivas—, esto no es posible afirmarlo con respecto a nuestro sistema; aunque ya, desde hace tiempo, éste se ha alejado de todos los movimientos sociales originarios de cuyo trasfondo social e ideal nació, sin embargo la autenticidad de esos movimientos (pienso en los movimientos obreros y sociales del siglo XIX), le ofrece una estabilidad histórica innegable: es una base segura sobre la que pudo apoyarse antes de que su desarrollo lo constituyese gradualmente en esa cualidad política y social totalmente nueva con la que actualmente se encuentra ya instalado con solidez en la estructura del mundo y de la época moderna.
A este anclaje histórico pertenecía también la correcta inteligencia de los conflictos sociales de la época de la que brotó el movimiento originario; y poco importa que ya en la semilla misma de esta "inteligencia correcta" estuviera genéticamente presente la disposición a la monstruosa alienación a que ha llevado su desarrollo posterior; por lo demás, también este elemento creció orgánicamente en el clima de la época y también él tuvo su "anclaje" propio.
"Parte integrante de la ideología asumida consiste en delegar la razón y la conciencia en manos de los superiores".
3. Otra de las particularidades que diferencia nuestro sistema de las distintas dictaduras modernas es una especie de herencia de esa "inteligencia correcta" originaria; nuestro sistema dispone de una ideología mucho más concisa, lógicamente estructurada, generalmente comprensible y, por su esencia, muy elástica, que por su globalidad y su exclusivismo adquiere casi la importancia de una religión secularizada: ofrece al hombre una respuesta rápida a cualquier pregunta, no es posible aceptarla sólo en parte y abrazarla incide profundamente en la existencia humana. En la época de la crisis de las certezas metafísicas y existenciales, en la época del desarraigamiento del hombre, de la alienación y de la pérdida de sentido del mundo, esta ideología ejerce necesariamente una particular sugestión hipnótica; ofrece al hombre extraviado una "casa" accesible —basta asumirla e inmediatamente todo se vuelve claro de nuevo—, la vida vuelve a tener sentido y de su horizonte desaparecen el misterio, los interrogantes, la inquietud y la soledad.
Por esta modesta "casa" el hombre en general paga un alto precio: la abdicación de su razón, de su conciencia, de su responsabilidad; en efecto, una parte integrante de la ideología asumida consiste en delegar la razón y la conciencia en manos de los superiores, esto es, el principio de identificación del centro del poder con el centro de la verdad (en nuestro caso hay una conexión directa con el cesaropapismo bizantino en el que la suprema instancia laica es también la suprema instancia espiritual).
Es verdad que, a pesar de todo esto, esta ideología —al menos en el área de nuestro bloque— no ejerce ya un influjo demasiado fuerte en el hombre (excepto quizá en Rusia, donde todavía prevalece la conciencia de esclavo con su respeto obstinadamente fatalista por la autoridad y su identificación automática con todo lo que la autoridad afirma, con lo que se corresponde al patriotismo de la gran potencia para la que los intereses del imperio son tradicionalmente más importantes que los del hombre). Pero esto no tiene importancia, ya que el papel que la ideología tiene en nuestro sistema (y de eso se trata) lo desempeña de manera extraordinariamente feliz esta ideología, precisamente por ser tal como es.
4. A la imagen tradicional de la dictadura pertenece también —debido a la técnica misma del poder— el elemento de la improvisación. Las más de las veces los mecanismos del poder no están demasiado sólidamente fijados; queda mucho espacio para el azar y para la arbitrariedad no programada; se dan todavía las condiciones socioambientales y objetivas para alguna forma de fuerzas de oposición; en definitiva, ciertas suturas no son todavía muy firmes y pueden romperse antes de que la estructura total del poder logre estabilizarse.
En cambio, el desenvolvimiento durante 60 años de nuestro sistema en la URSS y de casi 30 en los países de la Europa oriental (que se basa en algunos modelos estructurales, reconocidos desde hace tiempo, de autosumisión como colonia rusa) ha creado —por lo que respecta al aspecto "físico" del poder— unos mecanismos tan perfectos y elaborados de manipulación directa e indirecta de toda la sociedad que representan hoy una cualidad radicalmente nueva de la base "física" del poder. Su eficacia —no lo olvidemos— está reforzada por la propiedad estatal y la gestión centralizada de todos los medios de producción, lo cual asegura a la estructura del poder unas posibilidades extraordinarias e incontroladas de invertir en sí misma (por ejemplo, en el campo de la burocracia y de la política) y le permite —como gestor único de trabajo— manipular la existencia de todos los ciudadanos.
5. Alrededor de la dictadura "clásica" se cierne ordinariamente por todas partes una atmósfera característica de pasión revolucionaria, de heroísmo, de espíritu de sacrificio y de entusiasmo, pero también los últimos restos de esta atmósfera han desaparecido de la vida del bloque soviético. Ya desde hace tiempo este bloque ha dejado de constituir una especie de enclave aislado del resto del mundo civilizado e inmune a los procesos que éste atraviesa: todo lo contrario, es parte integrante de él que comparte y concreta su destino global.
Esto significa en concreto que en nuestra sociedad lleva inexorablemente la delantera (y la larga coexistencia con el mundo occidental no hace más que acelerar su proceso) la misma jerarquía de valores vitales que caracteriza a los países avanzados de Occidente, si es que incluso no se trata de facto sólo de una forma distinta de sociedad consumista e industrial, con todas sus correspondientes consecuencias sociales y espirituales. Si no se tiene en cuenta esta dimensión, no se puede siquiera comprender adecuadamente el carácter del poder de nuestro sistema.
La profunda diversidad de nuestro sistema —por lo que respecta al carácter del poder— en relación con lo que tradicionalmente entendemos bajo el concepto de dictadura, diversidad que espero se haya hecho evidente con esta confrontación todavía superficial, me lleva a buscar para el caso —sólo por las exigencias de estas reflexiones— una designación más apropiada. De ahora en adelante lo llamaré sistema postotalitario, consciente ciertamente de que no se trata de la expresión más feliz; pero no se me ocurre otra mejor. Con ese "post" no intento decir que se trata de un sistema que ha dejado de ser totalitario; todo lo contrario, quiero decir que es totalitario de modo sustancialmente distinto de las dictaduras "clásicas" a las que normalmente va unido en nuestra conciencia el concepto de totalitarismo.
Las circunstancias de que he hablado constituyen en general sólo el ámbito de los factores condicionantes y una especie de esfera fenoménica propia de la estructuración del poder en el sistema postotalitario. Ahora trataré de indicar algunos aspectos de esta estructuración.
3. El director de la tienda de verduras...
El director de la tienda de verduras ha puesto en el escaparate, entre las cebollas y zanahorias, el eslogan: "¡Proletarios del mundo uníos!".
—¿Por qué lo has hecho? ¿Qué quería decir al mundo? ¿Está realmente inflamado con la idea de la unión de los proletarios de todo el mundo? ¿Este fervor es tan encendido que siente la necesidad irrefrenable de comunicar a la opinión pública su ideal? ¿Ha reflexionado, al menos por un instante, sobre cómo debiera hacerse esta unión y sobre el significado que tendría?
Yo creo que se puede suponer que la gran mayoría de los tenderos de verduras no reflexionan especialmente sobre el texto de los eslóganes expuestos en sus escaparates y mucho menos que con ellos quieran manifestar algo de su visión del mundo.
Es la administración la que entrega a nuestro tendero el eslogan, junto con las cebollas y las zanahorias, y él lo pone en el escaparate porque así lo hace desde hace años, porque lo hacen todos y porque así tiene que ser. Si no lo hiciera podría tener un disgusto; podrían acusarle de no poner el "adorno", incluso alguien podría acusarle de falta de lealtad. Lo ha hecho porque este gesto entra en la norma de salir adelante; porque es una de las mil "naderías" que le aseguran una vida relativamente tranquila "en consonancia con la sociedad".
La función originaria —de "servir de coartada"— de la ideología es, entonces, la de dar al hombre, en cuanto víctima y sostén del sistema postotalitario, la ilusión de estar en consonancia con el orden humano y el del universo.
Cuanto más pequeño es el campo de acción de una dictadura y menor la estratificación de su sociedad, más grandes las posibilidades para su propósito de afirmarse sin recurrir a intermediarios: es decir, sólo mediante la "pura" disciplina, sin las complicaciones de "confrontarse con el mundo" de su "autojustificación". Cuando, en cambio, los mecanismos del poder son más complejos y mayores y más estratificadas sus sociedades, más "externa" se hace la unión de los individuos entre sí y más grande la importancia, en el ámbito de su actividad, de una "coartada" ideológica como "puente" entre el poder y el hombre, mediante el cual el poder tiene acceso al hombre y el hombre al poder.
Por eso es tan importante el papel de la ideología en el sistema postotalitario; el complicado mecanismo de factores, condiciones e instrumentos de transmisión directa o de manipulación indirecta, que no deja nada al azar y que garantiza sólidamente la integridad del poder, es realmente impensable sin ella: su "coartada" universal es la "coartada" para cada uno de sus miembros.
Claves de lectura
Václav Havel ya era un importante dramaturgo cuando la invasión soviética de Checoslovaquia en agosto de 1968. Ese mismo año firma junto a otras personalidades el Manifiesto de las Dos Mil Palabras contra la injerencia y es detenido. Sus piezas fueron prohibidas y se convirtió durante los años setenta en crítico de lo que llamó “sistema postotalitario”, que fomentaba el egoísmo, la hipocresía, el miedo y la renuncia a la responsabilidad individual.
A partir de 1977, su implicación como portavoz de Carta 77 —en la que se exigía al Estado el respeto de los derechos humanos— provocó nuevas detenciones y encarcelamientos. Durante esta ola represiva muere su amigo, el filósofo Jan Patočka, producto de los violentos interrogatorios. En memoria de Patočka, Havel escribe en 1978 El poder de los sin poder, que, según apunta la catedrática española Belén Becerril Atienza en el prólogo a la edición en castellano de 2013 por Ediciones Encuentro:
Más allá de la crítica y de la denuncia, el ensayo constituye un minucioso análisis, una disección, de las mentiras y la manipulación en las que se sustenta el sistema comunista, que aparece desnudo, desenmascarado por su palabra. Como él mismo diría más tarde, "una palabra verdadera, incluso pronunciada por un solo hombre, es más poderosa, en ciertas circunstancias, que todo un ejército. La palabra ilumina, despierta, libera. La palabra tiene también un poder. Es ése el poder de los intelectuales". El poder de los sin poder pronto habría de constituir un manifiesto de la disidencia en Checoslovaquia, en Polonia, y en otros regímenes comunistas.
El texto fue inicialmente publicado y distribuído en la samizdat (sistema clandestino de reproducción y distribución de textos censurados en la Unión Soviética y Europa del Este durante la Guerra Fría) en la Checoslovaquia comunista, y tuvo una edición en Londres en 1979, por el sello Londýnské listy. El ensayista, historiador y ex disidente anticomunista polaco Adam Michnik escribió en 2011 que aquí, Havel:
Reflexionó sobre la naturaleza de los escritores disidentes. Y reflexionó que son solo personas que dicen en voz alta lo que todos saben, pero no se atreven a decir. Los "disidentes", aunque la mera idea de ser la conciencia de la nación les parezca insoportable, hablan por quienes callan. Arriesgan sus vidas donde otros no se atreven.
Havel fue encarcelado de nuevo entre 1979 y 1983, convirtiéndose luego en una de las principales figuras de la disidencia pacífica checoslovaca que lideró el proceso de transición democrática, conocido como Revolución de Terciopelo.
En 1989 es nombrado presidente de la República de Checoslovaquia y en 1993 acepta ser el primer presidente de la recién instaurada República Checa. Es entonces cuando El poder de los sin poder se publica finalmente en su país, por la editorial Lidové noviny, en 1990. El historiador británico Timothy Garton Ash apuntó en The Guardian en 2011, con motivo del fallecimiento del político e intelectual checo ese año, que:
Havel fue una figura decisiva de la Europa de finales del siglo XX. No fue solo un disidente; fue el epítome del disidente, tal como entendemos ese término novedoso. No fue solo el líder de una revolución de terciopelo; fue el líder de la Revolución de Terciopelo original, la que nos dio una etiqueta que se aplica a muchas otras protestas masivas no violentas desde 1989.
Más allá de la importancia que tuvo El poder de los sin poder durante los años setenta y ochenta, Becerril Atienza señala que lo más sorprendente de este ensayo es:
La sensación de actualidad que se desprende, de principio a fin, de cada una de sus páginas... ¿A qué se debe, si precisamente sus esfuerzos contribuyeron a socavar un régimen que forma ya parte de la historia? Es indiscutible que este ensayo constituye, decíamos, un grito de libertad. Libertad de reflexión filosófica y política, en la literatura y en la música… una libertad que como él decía es indivisible y es solidaria, ya que no defender la de los demás significa también renunciar voluntariamente a la propia. Pero El poder de los sin poder es además, o es aún en mayor medida, una voz que clama la necesidad del hombre de vivir en la verdad, un acto de resistencia, de rebelión contra la mentira de la que el propio poder totalitario es prisionero. Ésta es la idea que Havel nos transmite en sus primeras páginas con aquella inolvidable parábola del tendero que pone en su escaparate, entre las cebollas y las zanahorias, el cartel: "Proletarios del mundo uníos".
En 2013, el Consejo de Europa estableció en su memoria el Premio Václav Havel de Derechos Humanos que ha reconocido a importantes figuras de la disidencia antitotalitaria como la venezolana María Corina Machado, en 2024.
Regresar al inicio