Teatro de Martin McDonagh: "El hombre almohada"

La crueldad, la ruptura de todos los códigos y un agudo estudio de la condición humana definen la obra teatral de Martin McDonagh, uno de los dramaturgos más influyentes del panorama actual. 

Martin McDonagh
El cineasta y dramaturgo irlandés Martin McDonagh. | Imagen: Time Out London

A la fecha, Martin McDonagh es uno de los dramaturgos más prestigiosos de la escena contemporánea, un autor angloirlandés cincuentenario, único desde Shakespeare en colmar a Londres con cuatro puestas al unísono. Desde luego que alguien podría aseverar que el bardo isabelino conquistó esa gloria con mayor prontitud, y casi con desprecio se retiró de ella cuando apenas rebasaba los treinta años, según se cree. Pero McDonagh desprecia a Shakespeare por aburrido. De nada valen los elogios de Harold Bloom hacia el de Avon, el mayor artífice de lo humano, ni el carácter hiperbólico que atañe Borges al autor de Hamlet.

A McDonald, a quien pudiéramos llamar El Bardo de Galway, no le atrae lo humano de los personajes, que es otra máscara, al fin y al cabo, sino la anécdota, grotesca y cruel, que va desnudando a los personajes de sus máscaras humanas, para mostrar sus almas frente al espectador atónito. Un teatro de almas, en que solo hacia el final se nos devela la esencia, siempre en un último acto a oscuras donde encontrarnos frente a esas almas, tan parecidas a las nuestras. A este exponente del teatro de la crueldad no le molestaría ser comparado con el dios de los mayas a cuyo sacrificio era arrancada la piel de alguna víctima. Más bien la hipérbole le resultaría fascinante, en contraste con la rimbombancia shakespeariana, caída en desuso cuando el hombre, el artista, comenzó a amar su Yo, y en consecuencia, a despreciarlo. 

Teatro cruel y vigoroso, como la vida

Shakespeare no era un romántico, McDonagh sí. A Shakespeare no le interesaba exaltar ningún ego, aunque creó los mayores egos del teatro mundial. McDonagh no trabaja tanto los personajes sino por las historias que narran, no es tan psicológico como su predecesor, no prodiga el monólogo o la reflexión, elementos resaltadores de la individualidad que pueden ayudar a modelar el conflicto; sin embargo, sus obras son un gran ego, especie de dios al que hay que tributar aceleradamente, sin respirar apenas, el resultado de extirpar las máscaras: el superego. Esta es la visión que tuve desde que leí a los catorce años aquel libro de Antonin Artaud que tenía por epílogo su Chorro de sangre, obra ininteligible para mí en aquella época, a pesar de los esfuerzos del autor por explicármela con originales paralelismos. Esto es lo que años después confirmé con las primeras lecturas de Freud. La crueldad en el teatro del siglo XX me parecía tan inexacta como la terribilità del renacimiento. Lo terrible por lo vigoroso, lo cruel por la representación encarnizada de la realidad. Me quedo con el absurdo que sobrevivió a las absurdas guerras mundiales.

“Esas cosas pasan” —me digo ante algunas de estas crueldades. Pero a la dramaturgia parece importarle un comino, siempre a mitad entre el ego del autor y el trasfondo de valores morales en los que subyace un argumento sólido, sin demasiada poesía. Tal vez estemos escribiendo un epitafio de la era caótica, cuando escasean los escribas y el teatro inventa un metalenguaje para separarse definitivamente de la literatura. Lo positivo, para quienes tienen El Globo al doblar de la esquina, es que importa más la representación y la visualidad de las obras, como antaño, pero ahora acudiendo a los modernos recursos de la cámara —el propio McDonagh dirige sus filmes.

Cartel de El hombre almohada
Cartel de la obra "El hombre almohada", dirigida por el dramaturgo gallego Tito Asorey, por IlMaquinario Teatro.

Un golpe de violencia a la condición humana

A nuestro Virgilio le hubiese encantado conocer a este transgresor que se burla de la anestesia de Shakespeare y Chejov, y que siendo abandonado por sus padres en Londres cuando niño, regresó ya adulto a Galway para forjarse ese estilo impregnado de vocablos irlandeses con el que matiza sus violentas fábulas. Solo que el estilo de McDonagh no sugiere, no insinúa nada con tibieza: “el único deber de un narrador es contar una historia”, dice un personaje de El hombre almohada (The Pillowman), su obra más popular hasta el momento. El doble del teatro de Artaud ha sido suprimido por el in-yer-face, un golpe de violencia en la cara del espectador. ¿Me pregunto hasta qué punto es eficaz este método en la época contemporánea, abrumadoramente violenta y sádica? Después de todo somos seres morales, y si entramos en la sala del teatro es porque ansiamos despegarnos del mundo, mediante ese fenómeno incomprensible e inefable que llamamos arte.

​  Personaje de la obra "El hombre almohada"  ​
Escena de la obra "El hombre almohada". ​

La experiencia más reciente la viví en una puesta en escena de El hombre almohada, que más bien podría haberse llamado La mujer almohada, por el cambio de sexo en los papeles del escritor-protagonista y su hermano. Confieso que el acento de los actores españoles abarataba un poco la violencia original de la obra, y que, aunque estaba acostumbrado al humor negro que abunda en estas —con el ejemplo cercano de Piñera, incluso en sus cuentos fríos—, no esperaba las carcajadas de buena parte del público en instantes realmente crueles de la obra. Entiéndase que se trata del asesinato de niños en situaciones escalofriantes. Perdónenme, pero mi sentido del humor no puede llegar tan lejos. No sé cómo se lo tomarán en Broadway, pero tengo que resaltar el elemento perturbador que, por otra parte, no puedo decir —como Ben Jonson de Shakespeare—, pertenezca “no solo a este siglo, sino a todos los tiempos”. ¿Y si a la vuelta de la era caótica nos tropezamos con Homero, o con Shakespeare, again?

Cartel de El hombre almohada
Escena de la puesta en escena de "El hombre almohada".

Dramaturgia y totalitarismo

El golpe de gracia es su nivel de realismo. Su autor no ha vivido en un Estado totalitario y a pesar de no haber encarnado nunca al Katurian de la obra, no podemos dejar de sentirnos familiarizados con los sucesos. La Seguridad del Estado llama a contar a un escritor por la redacción de unos cuentos que guardan una aparente relación con crímenes cometidos. Pero la relación se torna real cuando aparece la metáfora de la inocencia: Michal, el hermano del escritor, quien ha cometido los crímenes siguiendo el patrón de las historias. Katurian, el escritor, queda trastocado mediante un giro en El hombre almohada de una de esas historias, el ser acomodaticio que prefiere acabar con la inocencia a enfrentar el suplicio cara a cara (¿in-yer-face?), y asesina a Michal. De esta forma, Katurian Katurian Katurian, así, como una compulsión de repetición freudiana, sucumbe a la envidia pues ha sido superado por la rebelión de su inocente hermano, quien ha reescrito dos de sus cuentos, y cambiado un tercero por un desenlace positivo, alegre. Recordemos que la alegría es una herejía en el Estado totalitario, y la inocencia reclama siempre la autenticidad para salvarse —cuento del cerdito verde. Una Seguridad del Estado tan fina que sospecha de la culpabilidad de la literatura, créanme, existe. Basta con que el pueblo, cuya inocencia es violada por la represión del Estado, se libre de una vez y por todas de las almohadas y camine solo hacia el final feliz que tanta literatura ha predicho. Y aunque lo de McDonagh no es este tipo de finales, vale la pena asumir las culpas de una literatura que se atreve a contar sin prejuicios la Historia.

 

Mario Félix Ramírez
Mario Ramírez

(Camagüey, Cuba, 1994). Poeta, editor y periodista independiente. Graduado de Ingeniería en Telecomunicaciones y Electrónica por la Universidad Central de Las Villas, en 2018. Ha publicado el libro de poemas Corolarios (Ediciones Homagno, 2019) y la investigación Un cuarto de siglo con Martí: La Peña del Júcaro 1995-2020 (edición conjunta Grupo Ánima-Homagno). Es editor en Homagno y de la revista La Hora de Cuba. Colabora como redactor en las revistas Árbol Invertido y Alas Tensas.

Comentarios:


Amilkar Feria … (no verificado) | Sáb, 23/10/2021 - 19:19

¡Gracias por este texto, Mario!

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