Escritores | Lenguaje de la memoria, para felicitar a Delfín Prats

Más de 50 años después de la censura de “Lenguaje de mudos”, el poeta Delfín Prats gana el Premio Nacional de Literatura. 

El escritor cubano Delfín Prats.
El escritor cubano Delfín Prats. | Imagen: Delfín Prats/ Facebook

Con especial agradecimiento a Erián Peña y a Yoan Rivero.

Esperé a tener a mis manos un ejemplar de ese libro del que apenas sobreviven unas pocas copias, a fin de poder organizar mis emociones y mis ideas al saber que finalmente el Premio Nacional de Literatura es parte de la vida de mi querido Delfín Prats. Las redes, que tienen su propia dinámica, me devolvieron en los días previos al otorgamiento de ese lauro un texto que colgué en mi muro, allá por el 2018, cuando supimos que tampoco se le había reconocido con esa distinción en aquel entonces.

Pareció una confirmación de que nunca el llevado y traído Premio que debe subrayar la obra de nuestros autores más relevantes iba a llegar a sus manos. Pero al fin sucedió, cuando nos recuperábamos del susto con el cual recibimos la noticia de un feo incidente que tocó a la puerta de Delfín. Y como suele suceder últimamente, esta victoria nos deja un sabor semi amargo, una especie de triunfo que sin embargo llega tras mucho empeño y algún desasosiego. Y que, por encima de todo, no debería hacernos olvidar ciertas cosas muy importantes.

Si yo tuviera los medios para hacerlo, lo primero que haría sería imprimir una edición facsimilar de “Lenguaje de mudos”, ese cuaderno con el cual, en 1968 Delfín Prats, con solo casi 23 años, se ganó el Premio David de Poesía. Era la segunda convocatoria del certamen, que por aquel entonces (cuando tales concursos no abundaban como hoy, hasta el exceso), colocaba a quien lo ganase bajo una luz muy particular. Lina de Feria y Wichy Nogueras lo habían merecido en 1967, con “Casa que no existía” y “Cabeza de zanahoria”, dos libros que aún se leen con interés. El poemario de Delfín no tuvo tal suerte. Uno de los miembros del jurado ya había expresado sus recelos ante esos versos, tan intensos como atrevidos, imaginados por ese joven holguinero que había ido desde su paisaje natal hasta Moscú, y volvía con esas pequeñas epifanías.

Ese señor era Ángel Augier, el más renombrado de los integrantes del jurado que se completaba con Belkis Cuza Malé y Miguel Barnet, quien escribió una breve nota para las solapas del volumen que contenía aquella docena de poemas, ilustrados con viñetas de ángeles descabezados que acaso nos hablaban en ese idioma inaudible, pero que transverberaba esas estrofas ya malditas. En esa nota, decía Barnet, amigo por entonces de Reinaldo Arenas y ex integrante de El Puente, el grupo literario fundado por José Mario y que resultó primordial en la escritura de esos poemas:

"Lenguaje de mudos".
"Lenguaje de mudos". | Imagen: Norge Espinosa/ Facebook

“Quizás lo más convincente de este ´Lenguaje de mudos´ sea la conmovedora sinceridad con que su autor se plantea la existencia. Aquí no hay escafandras ni lugares comunes. Es una poesía desgarrada, ingenua porque no se cubre con falsos oropeles, pero desaliñada. De un desaliño necesario a una voz que aún no ha logrado la perfecta armonía entre la palabra y la emoción. (…) ´Lenguaje de mudos´ es un libro de exploración. Su autor no se limita a describir plácidamente los contextos, ni a enarbolar puras abstracciones de la realidad. Indaga en las relaciones personales estableciendo un lenguaje nocturno si se quiere, pero lleno de imaginación y aliento. Sin ser un libro simbolista sus mecanismos se acercan a esa corriente, alterando naturalmente los significados con elementos que tocan muy directamente al joven que, en un proceso de transición, en una revolución, acaba de abandonar ese duro y caótico paréntesis que es la adolescencia.”

Acaso lo mejor de esa nota sea señalar ese “lenguaje nocturno”, porque en verdad estos poemas transcurren en la hora de una vida bohemia, de una vigilia que lucha y se abraza al sueño en una paradoja febril, y que levantó las sospechas no solo de Ángel Augier. “Es una obra con caídas sutiles pero con un ritmo ascendente que desborda el lenguaje”, apunta Barnet, y uno, a la vuelta de estos años, no sabe si comprender esas líneas como saludo al joven poeta, o como una especie de advertencia que trata de disimular justamente esos elementos que pudieran obrar en su contra, esas revelaciones desaliñadas pero sinceras que provenían de un escritor que no temía, en aquel tiempo ya peligroso, confesar dudas, deseos ambiguos, al tiempo que hablaba de raras amistades, de “animales extraños”.

Los 2.000 ejemplares que terminaron de imprimirse en diciembre de aquel 1968, según reza el colofón del volumen diseñado por Darío Mora, y que ostentaban el logotipo del concurso firmado por Félix Beltrán, no llegaron a otros tantos lectores. En ese año, habrá que recordar, hubo otros libros malditos. La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) publicó “Fuera del Juego”, premio Julián del Casal, el explosivo poemario de Heberto Padilla, y “Los siete contra Tebas”, la obra de Antón Arrufat que obtuvo el premio José Antonio Ramos, que llevaban como prólogo una larga nota que los negaba por sus “desviaciones ideológicas”. Casa de las Américas, desde su propio concurso, anunció “Dos viejos pánicos”, la pieza de Virgilio Piñera, y “Condenados del Condado”, la colección de relatos de Norberto Fuentes.

Esos cuatro títulos tuvieron mejor suerte que “Lenguaje de mudos”, aunque los dos primeros circularon de modo muy limitado, para demostrar a ciertos preocupados que al menos existían y se habían impreso. Sus autores, como Delfín Prats, recibieron al mismo tiempo premios y castigos. Los lectores más suspicaces de esas páginas no iban a olvidar sus atrevimientos, no iban a quedarse de brazos cruzados ante esas “caídas sutiles” en hora de tan recta virilidad. Reducido a pulpa, “Lenguaje de mudos” desapareció. Sobreviven de esa única tirada los poquísimos ejemplares que, como el que tuve entre mis manos, confirman que su autor no lo soñó, ya fuera como encantamiento o una pesadilla.

Por eso digo que, si yo pudiera, ahora que Delfín Prats tiene por fin el Premio Nacional de Literatura y aún estamos adaptándonos a lo que ello debe significar para sus amigos, sus fieles, y también algunos de sus enemigos, me gustaría ver en los estantes del país una edición facsimilar de ese poemario. No para creer que lo congelamos en el tiempo, sino para devolverlo al espacio de visibilidad que sobrepasara el mito y la maldición, para dejar que muchos puedan palparlo, leerlo, olerlo, poseerlo, del modo en que ese libro lo merecía y se merece. Me permito ese delirio porque muchos recuerdos de mi amistad y respeto hacia Delfín entran en esa espiral, en la que se mezclan anécdotas, risas, desplantes, adioses. Y una inevitable carga de dolor.

Lo que sí me gustaría es que este premio no nos haga creer que esas heridas no fueron ciertas. Tras el affaire “Lenguaje de mudos”, Delfín Prats tuvo otros accidentes en su vida, y sufrió más. Tendría que esperar a 1987, cuando al fin salió de las prensas “Para festejar el ascenso de Ícaro”, acaso el más sonado comeback de las letras cubanas por aquellos días. Entonces lo leímos como si fuera otro joven poeta, al tiempo que aprendíamos su leyenda y tratábamos de abrazarlo por encima de ella, de los golpes que ella contenía. “Lenguaje de mudos” se publicó en España, hay una edición artesanal que salió bajo el sello Cuadernos Papiro en el 2011, y sus poemas han sido recogidos y revisados por el autor en diversas antologías y al menos dos ediciones de toda su obra poética, la preparada por Yoandy Cabrera para Hypermedia y la del catálogo de Ediciones La Luz.

Delfín Prats
Delfín Prats

“Seguramente Delfín Prats escribirá muy buenos poemas, más coherentes y perdurables, pero en este libro ha reunido los más auténticos. Y esa es la mejor iniciación de un poeta que se propone desentrañar las fórmulas del tablero.” Así cerraba Miguel Barnet sus notas de solapa de aquel cuaderno, del cual no vi un ejemplar hasta que se abrió en la UNEAC una exposición por las cuatro décadas del premio David. Y en general, no se equivocaba. Delfín escribió otro poema esencial, como Aguas, y otros que lo identifican como nuestro mejor poeta lírico. Pero en “Lenguaje de mudos”, efectivamente, ya él cifró las claves de su poesía, el temblor de los descubrimientos que lo hace aún tan vívido, tan vulnerable, y al mismo tiempo, tan resistente.

Hoy se le dedica a Delfín Prats, en su ciudad, en Holguín, la semana de la cultura, y el Premio seguramente lo dejará ver en otras ceremonias y celebraciones. Como quien lo ha querido siempre, como quien lo ha abrazado en la casi felicidad y en la casi tragedia que nos ha tocado vivir, quisiera solo que se le cuidara. Que lo protegieran sin exceso de halago ni frases huecas, que lo reconozcan en su dimensión real, y se alejen de esta oportunidad de gozo quienes jamás lo saludaron, hablaron a sus espaldas, le negaron el saludo, y que ahora pretenden aparecer, sonrientes, cuando las cámaras de la televisión se asoman a esos festejos. Que se le cuide, como el ser humano que es, y que viene de tantos fuegos. Y no perdió nunca la fe en la poesía. Que esos “oropeles” no acallen su biografía. Y que se le siga cuidando y queriendo cuando se apaguen las luminarias pasajeras.

Para eso debería servir el Premio Nacional de Literatura que al fin es suyo, que ya era suyo mucho antes de que se le concediera, porque leíamos sus palabras con un fervor que ya no rodea a tantos autores muertos, y muertos en vida, por abundantes que sean sus bibliografías. Los poemas de Delfín Prats caben en la palma de una mano. Y digo eso como quien sabe que señala un privilegio. La poesía es otra forma de la memoria, me digo cerrando ese ejemplar milagrosamente salvado de “Lenguaje de mudos”. Y desde esa pequeña revelación que él nos sugiere, lo quiero más, lo abrazo más, lo leo más.

 

Este texto fue originalmente publicado por Norge Espinosa en su cuenta de Facebook.

El escritor cubano Norge Espinosa.
Norge Espinosa Mendoza

Norge Espinosa Mendoza (Santa Clara, 1971). Graduado de la Escuela Nacional de Instructores de Teatro y Licenciado en Teatrología por el Instituto Superior de Arte. Obtuvo el Premio de Poesía de El Caimán Barbudo con su libro Las breves tribulaciones. Se ha desarrollado como poeta, dramaturgo, investigador y ensayista. Es fundador de Teatro de los Elementos y ha colaborado de manera sostenida con los grupos Pálpito, Teatro de las Estaciones y Teatro El Público; de este último es asesor actualmente. Ha obtenido, entre otros, los premios Calendario, Abril, Prometeo, Dora Alonso (en 2010, con la obra para niños Un mar de flores) y Rine Leal. Dentro de su producción dramatúrgica destacan Romanza del Lirio (publicada en la revista Tablas en 2000), Federico de nocheCintas de seda,Sácame del apuroTrío e Ícaros, casi todas llevadas a escena. La Virgencita de Bronce, estrenada por Teatro de las Estaciones, obtuvo, entre otros galardones, el Premio Villanueva de la Crítica Teatral cubana.

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