¿De verdad podemos dejar atrás al perseguidor, a la policía política, cuando logramos cruzar la frontera?
Todos los sistemas totalitarios necesitan una policía del pensamiento actuando en la sombra. Necesitan vigilantes, confidentes, interrogatorios, expedientes. Su extremista visión del mundo no puede imponerse sin métodos violentos o mesiánicos al resto de los mortales. Pero la obra maestra de la represión ocurre cuando el policía de carne y hueso consigue dejar un sustituto dentro de sus víctimas.
Ese policía interior no necesita seguir a nadie por la calle, instalar un micrófono o citarlo para un interrogatorio. Tiene acceso a sus pensamientos y emociones. Conoce las palabras prohibidas, sabe cuándo debe bajar la voz y puede adelantarse incluso a sus planes más secretos, castigarlo antes de que se haya atrevido siquiera a pensar.
Una vez que el perseguidor se cuela en la conciencia, a través de instintos básicos como el de sobrevivir o vernos aceptados, se cierra un gran circuito del sistema represivo. Así el miedo aceptado una vez puede transmitirse y durar generaciones.
En los años ochenta, la psicóloga Susan Mineka y otros investigadores realizaron experimentos con monos rhesus criados en laboratorio que no mostraban miedo a las serpientes. Bastó que observaran a otros monos reaccionando con terror ante ellas para que aprendieran ese miedo y lo conservaran durante meses. Lo más inquietante vino después: monos que habían aprendido el miedo observando a otros sirvieron a su vez de modelo para nuevos monos, que también terminaron aprendiéndolo. El miedo podía transmitirse sin que la nueva víctima hubiera sufrido la experiencia original.
La dictadura cubana sembró el terror desde sus primeros años con los fusilamientos, las turbas gritando "¡Paredón!" y la persecución política. Su derroche de terror revolucionario a gran escala, como recomendaba Lenin, instaló una economía emocional que se mantendría siempre en alza. Por eso no necesitaría mantener siempre aquel mismo baño de sangre. Había dejado sembrada en el ADN de muchas familias la certeza de lo que el régimen era capaz de hacer con cada individuo.
Después bastaba con recordarlo, despertar ese reflejo dormido.
Recuerdo los discursos de Fidel Castro y la expectativa de terror que activaban dentro de nuestros hogares. ¿Contra quién se ensañará ahora? Un día eran los "macetas"; otro, los "intermediarios"; después los cuentapropistas o los religiosos. Aquel carácter irracional de unos discursos que estaban por encima de todas las normas jurídicas o naturales nos hacía temer que de su boca salieran rayos que calcinaran a algún nuevo sospechoso o chivo expiatorio. Cualquiera se podía convertir de pronto en enemigo.
Ese Fidel Castro, multiplicado por la policía política omnipresente y sin límites morales, terminó sembrándose también dentro de los cubanos.
Por obra y gracia de esa paranoia impuesta con sangre, en Cuba aprendimos un lenguaje paralelo, con un diccionario secreto, lleno de doble moral, medias intenciones, señas y silencios, que se activaba pasando la escoba de la mirada alrededor antes de hablar, y con una pregunta retórica, automática: "¿Quién estará escuchando?".
Alguien nos vigilaba siempre desde algún lado. Así la figura del "compañero que me atiende" se volvía definitivamente cercana y hasta íntima.
Al llegar al exilio sentí una clara diferencia de ambiente en una forma de paz que todavía puedo recordar de un modo muy físico, caminando por Madrid, entre caras por fin extrañas, que no me intentaban decodificar porque ni me veían, así que no sentía tampoco necesidad de estudiar los gestos de la multitud como un campo minado. Antes de contar con un techo o un plato de comida, me infundía un gran sosiego perderme en la corriente humana de Madrid, lejos de relaciones torcidas por el miedo o la simulación.
Unos años antes había tenido otra experiencia reveladora en ese sentido, aunque muy distinta, cuando puse por primera vez un pie en Europa.
Estaba de visita en Praga en 2014, invitado a desentumecer los músculos necesarios para respirar algo de libertad —sencillamente, respirar—, tras años de muchas tensiones y ostracismo que habían acabado por afectarme. Viajar brevemente fuera de Cuba lo llamábamos "salir a la superficie". Era un poeta y disidente cubano que se asomaba por pocos días a la ciudad más bella del mundo. Belleza dura que, nieve incluida, me dolía, porque cuando terminara el corto viaje debía pasar otra vez por la aduana política de Cuba y entregarme a la inquisición de los inevitables interrogatorios.
En un encuentro con figuras checas, incluidos algunos sobrevivientes de la legendaria Revolución de Terciopelo que puso fin al comunismo, se anunció la actuación de un grupo de músicos cubanos que residían en Praga. Me sentí doblemente motivado para escuchar lo que tenían que decir. Sin embargo, su primera frase no fue un estribillo del país del son montuno y la rumba. Su primera nota nada tuvo que ver con la música. Antes de hacer sonar sus instrumentos, pidieron que nadie les hiciera fotos. Tenían miedo de que en la embajada cubana se enteraran de que habían estado allí.
Me resultó paradójico, chocante. Mientras yo debía regresar a Cuba, ellos residían ya en la Praga de Václav Havel. Y, sin embargo, eran ellos los que tenían más miedo dentro de aquel salón.
El represor de carne y hueso que "los atendía" se había quedado en la isla. Pero el policía interior había viajado junto con sus maracas y guitarras.
Desde entonces he conocido a unos cuantos cubanos que, aunque pertenecen a esa masa humana que logró salir de la isla-cárcel, siguen arrastrando cierta condición fantasmal de nunca poder tocar ni traspasar ciertas cosas, como parte de una población penitenciaria flotante, con pánico a dejar huella, a "marcarse". Tienen pánico a dar un like en las redes sociales o a salir en una foto.
Hay un viejo grafiti —dicen que lo pintaron por primera vez en Chile, otros lo sitúan en Barcelona sobre un muro— que resume con crueldad esta lógica: "Coopera con la policía: golpéate tú mismo".
Sin duda una de las últimas estrategias de cualquier totalitarismo, y que termina sellando su arquitectura, es conseguir que sus víctimas continúen vigilándose cuando el policía no está, o que no se atrevan a caminar y correr por sus propios pies cuando la cárcel se queda abierta.
Por eso, la más clara liberación de quien ha vivido a través de generaciones secuestrado y humillado quizás pase inevitablemente por asaltar el palacio de la conciencia propia, descubrir a ese policía interior, sacarlo a patadas del último rincón donde se haya escondido, arrancarlo de todo lo que nos pertenece y nos importa, y matarlo.