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Opinión | La llama indomable de Cuba

"Ninguna dictadura puede apropiarse para siempre del futuro. Puede vigilar, encarcelar, intimidar y tratar de imponer el silencio; pero no puede garantizar que las preguntas desaparezcan ni que la memoria se extinga."

Performance frente a la sede de la ONU para exigir la libertad de los presos políticos cubanos (2021). Foto: ProActivo Miami.
Performance frente a la sede de la ONU para exigir la libertad de los presos políticos cubanos (2021). Foto: ProActivo Miami.

Cuando miro hacia atrás y desfilan por mi memoria tantos nombres de hombres y mujeres valientes, los contemplo como un rosario interminable de sacrificios, dignidad y resistencia. Cada nombre es una cuenta de ese rosario; cada vida, una herida abierta en la conciencia de Cuba; cada sacrificio, una llama que ni la represión ni las cárceles ni el destierro han conseguido extinguir.

Más de siete décadas de oscuridad no han podido convertir en noche perpetua el anhelo de libertad de un pueblo. Porque la historia de la resistencia cubana no es solamente la historia de quienes combatieron: es también la de quienes heredaron, muchas veces sin proponérselo, el testigo encendido de una lucha que nunca encontró relevo porque jamás llegó a detenerse.

La libertad cubana ha sido una antorcha transmitida de generación en generación, incluso cuando quienes la portaban no sabían quién habría de recogerla después.

Eloy Gutiérrez Menoyo y Rigoberto Carceller (1997). Foto: Cortesía.
Eloy Gutiérrez Menoyo y Rigoberto Carceller (1997). Foto: Cortesía.

En los primeros capítulos de esta larga contienda aparecen nombres que pertenecen ya a la memoria de una nación: los comandantes Huber Matos, Eloy Gutiérrez Menoyo y Rolando Cubela Secades, junto a Nino Díaz, hombres a quienes tuve el privilegio de conocer personalmente y con quienes compartí amistad. Recordarlos es volver a una época en la que muchos creyeron que la revolución prometida sería libertad y terminaron enfrentándose a una realidad que consideraron incompatible con ella.

¿Y cómo olvidar a Pedro Luis Boitel, cuyo cuerpo terminó sucumbiendo a una huelga de hambre sin que su voluntad se rindiera; al Chino Chan, al sacerdote Miguel Ángel Loredo, a Chanes de Armas, Ignacio Castro Matos, Ángel de Fana, José Antonio Reyes Dupont, Rufino Álvarez, Pedro Corzo y Armando Valladares, entre cientos de héroes más?

Son nombres que nos obligan a mirar de frente una parte dolorosa de nuestra historia. Desde la Sierra del Rosario, el Escambray hasta el intrincado Yateras y la región montañosa de Baracoa. Desde los campos hasta nuestras ciudades, miles de cubanos conocieron la lucha, la persecución, el presidio y la separación de sus familias. Las prisiones de Isla de Pinos, La Cabaña y Boniato se convirtieron para muchos en escenarios de una lucha en la que la libertad exterior podía ser arrebatada, pero no necesariamente la libertad interior.

Los barrotes encerraron cuerpos; no consiguieron encarcelar todas las conciencias.

Rolando Cubela durante la firma de la "Posición Común de los Demócratas Cubanos (octubre de 2005). Foto: Cortesía de Rigoberto Carceller.
Rolando Cubela durante la firma de la "Posición Común de los Demócratas Cubanos (octubre de 2005). Foto: Cortesía de Rigoberto Carceller.

La disidencia: cuando la palabra se convirtió en resistencia

Llegaron después los años setenta y ochenta, y con ellos otra generación que comenzó a abrirse paso mediante la denuncia, el pensamiento y la defensa de los derechos humanos. Fueron llamados disidentes, como si disentir de un poder absoluto fuese una anomalía y no uno de los derechos más elementales del ser humano.

Allí estuvieron Ricardo Bofill, Gustavo Arcos Bergnes, Marta Frayde, Ariel Hidalgo y Elizardo Sánchez, entre otros, vinculados a una etapa en la que el Comité Cubano Pro Derechos Humanos abrió caminos de denuncia frente al silencio impuesto.

Y la historia avanzó hacia los noventa, cuando la resistencia adquirió nuevas voces, organizaciones y formas de expresión. Surgieron, entre otros muchos, el Movimiento Cristiano Liberación y la figura de Oswaldo Payá, cuya propuesta cívica reivindicó el derecho de los cubanos a decidir su propio destino.

A su lado, en aquel vasto mapa de la oposición, encontramos a María Elena Cruz Varela, Indamiro Restano, Marta Beatriz Roque, Vladimiro Roca Antúnez, René Gómez Manzano, Félix Bonet Carcaces y el doctor Óscar Elías Biscet, junto a cientos de hombres y mujeres cuyos nombres no siempre ocuparon titulares, pero cuya perseverancia contribuyó a mantener viva la conciencia de los derechos ciudadanos.

No todos pensaron igual, no todos recorrieron idénticos caminos ni compartieron siempre los mismos métodos. Pero la diversidad de sus trayectorias demuestra que ninguna autoridad puede apropiarse de la conciencia de una nación, ni decretar que solamente una voz tiene derecho a representar a su pueblo.

Y en esa historia colectiva también ocupan un lugar muy especial mis hermanas y amigas personales: Áurea Feria Cao, Bienvenida Cucaló Santana y María Elena Aparicio. Las nombro desde el afecto y la gratitud, porque la historia de la resistencia no puede escribirse únicamente con los nombres de sus dirigentes más conocidos. También debe escribirse con los de aquellas mujeres que sostuvieron sus convicciones, afrontaron dificultades y mantuvieron encendida su dignidad.

Los relevos que nunca se declararon

Llegaron nuevas generaciones.Los hermanos Ferrer, desde Santiago de Cuba; Jorge Luis García Pérez, conocido como Antúnez, desde Placetas; Guillermo Fariñas, conocido como Coco Fariñas; Manuel Cuesta Morúa y tantos otros que continuaron denunciando la falta de libertades y reclamando cambios para nuestro país.

Y llegaron también quienes llevaron su protesta hasta el límite de la propia existencia. Orlando Zapata Tamayo, Wilman Villar Mendoza, Pablo Moya Delá, Andy Andriel Reyes Cruz y Fidencio Pérez Diéguez forman parte de una relación de nombres asociados a muertes tras huelgas de hambre o en circunstancias de protesta y encarcelamiento que merecen documentación rigurosa e individualizada.

No debemos convertir sus vidas en una cifra ni sus muertes en una consigna. Cada uno tuvo una historia, una familia, unos afectos y unas razones. Recordarlos exige algo más que pronunciar sus nombres: exige defender el derecho de cualquier ser humano a no ser castigado por sus ideas y a recibir un trato digno, incluso cuando está privado de libertad.

La resistencia tampoco desapareció con ellos. Continuó en quienes narraron lo que ocurría, en quienes denunciaron los abusos, en quienes acompañaron a las familias y en quienes se negaron a aceptar que el miedo fuese el precio obligatorio de la supervivencia.

Editorial de Árbol Invertido: "Anna Bensi: La Cuba que da la cara frente a la tiranía" (2026).

Por eso debemos mencionar a Yunia Figueredo y Alberto Méndez Castelló, periodistas independientes que han denunciado las restricciones y el hostigamiento contra la prensa; y a Ernesto Ricardo Medina y Kamil Zayas Pérez, integrantes del proyecto audiovisual El 4tico, cuyas detenciones y procesos judiciales suscitaron preocupación por la libertad de expresión.

Y junto a ellos, la joven Anna Sofía Benítez Silvente, conocida como Anna Bensi, y su madre, Caridad Silvente Laffita. Su caso recuerda que las convicciones religiosas, la palabra y la expresión personal pueden convertirse también en espacios de conflicto con el poder. Su fe, manifestada públicamente, añade a esta historia una dimensión espiritual: la de quienes encuentran en su relación con Dios una fuente de fortaleza ante la adversidad.

Las voces que continúan encendidas

Hoy, la resistencia sigue teniendo rostros, nombres y apellidos. Está en Loreto Hernández García y Donaida Pérez Paseiro, vinculados a la Asociación Yorubas Libres de Cuba; en Yoani Sánchez, periodista y fundadora de 14ymedio; en Camila Acosta, periodista independiente; en el escritor y activista Ángel Santiesteban; y en Dagoberto Valdés, intelectual católico que ha defendido espacios de reflexión cívica desde Pinar del Río.

Está también en los sacerdotes José Conrado Rodríguez Alegre, Enrique Corona López y Alberto Reyes Pías o Sor Nadieska Almeida Miguel, cuyas voces, desde distintas circunstancias y trayectorias, han contribuido a sostener un espacio de conciencia moral, reflexión religiosa y preocupación por la dignidad humana.

Porque la libertad no es propiedad exclusiva de una ideología, una organización ni una generación. La libertad pertenece a cada ser humano, y su defensa puede nacer tanto de una convicción política como de una exigencia moral, de una fe religiosa o de la sencilla certeza de que nadie debería vivir sometido al miedo o a la falta de libertad.

Sacerdote cubano Alberto Reyes Pías
Sacerdote cubano Alberto Reyes Pías.

En esa misma historia contemporánea encontramos a Félix Navarro Rodríguez y su hija Saylí Navarro Álvarez, a Roberto Pérez Fonseca, Roilán Álvarez Rensoler y Fernando Vázquez Guerra. Sus nombres aparecen en denuncias e informes sobre detenciones, condenas y restricciones relacionadas con el ejercicio de derechos fundamentales. Cada caso debe examinarse en sus circunstancias particulares, pero todos merecen que la situación de su libertad y sus garantías judiciales sea observada con atención.

Y no olvidemos a Henry Constantin Ferreiro, periodista independiente que ha defendido el derecho a informar desde Camagüey, ni a quienes, en ciudades y pueblos menos conocidos, continúan documentando la realidad de su entorno aun cuando hacerlo pueda acarrearles consecuencias personales.

El 11J: cuando el silencio se quebró

¿Cómo perder la esperanza después de haber sido testigos del 11 de julio de 2021?

Aquel día, miles de cubanos salieron a las calles para expresar su descontento. No todos tenían idénticas motivaciones ni compartían un mismo programa político. Pero las protestas hicieron visible, dentro y fuera de la Isla, una realidad que durante mucho tiempo había permanecido contenida: el cansancio, la frustración, las demandas de libertad y la necesidad de ser escuchados.

El 11J no nació de la nada. Tenía detrás décadas de historias individuales, familias separadas, fusilados, presos, exiliados, periodistas perseguidos y ciudadanos que habían aprendido a medir sus palabras antes de pronunciarlas.

Fue una expresión colectiva de ese deseo de ser escuchados, y también el comienzo de nuevas historias de detenciones, condenas y sufrimiento familiar. Las trayectorias de Loreto Hernández García, Donaida Pérez Paseiro, Félix Navarro, Saylí Navarro Álvarez y Roberto Pérez Fonseca forman parte de esa memoria que exige atención y documentación.

manifestación en Cuba 11J
Manifestación del 11 de julio en Cuba.

La lucha ha cambiado de herramientas. Donde antes hubo cartas clandestinas, testimonios transmitidos de boca en boca y denuncias que tardaban años en cruzar las fronteras, hoy existen teléfonos, cámaras, redes sociales y plataformas digitales capaces de hacer llegar una imagen al otro extremo del mundo en cuestión de segundos.

Quizá algunos nos sintamos desfasados ante la velocidad de esta transformación. Quizá no dominemos todos los lenguajes de la nueva época. Pero sería un error confundir la edad con la caducidad de las convicciones.

La tecnología puede cambiar el fusil de la denuncia, pero no sustituye el valor de quien se atreve a levantarlo en defensa de la verdad.

Los jóvenes de hoy no necesitan repetir exactamente los pasos de quienes les precedimos. Necesitan conocerlos, aprender de sus aciertos y errores y construir sus propias formas de participación. La resistencia no es una reliquia que se hereda para venerarla: es una responsabilidad que cada generación debe reinterpretar a la luz de su tiempo.

Una patria no puede vivir eternamente de rodillas

Después de tantos nombres, tantas décadas y tantos sacrificios, me pregunto: ¿cómo podríamos perder la esperanza? ¿Porque hemos envejecido? ¿Porque algunos de nuestros compañeros quedaron en el camino? ¿Porque las herramientas de la lucha han cambiado? ¿Porque el cansancio, las discrepancias y las decepciones han abierto heridas incluso entre quienes perseguíamos un mismo horizonte de libertad?

No. Ninguna de esas razones puede obligarnos a renunciar a la dignidad.

La esperanza no consiste en ignorar las derrotas ni en anunciar victorias que todavía no han llegado. Consiste en negarse a aceptar que la injusticia sea el destino inevitable de un pueblo. Consiste en comprender que cada generación tiene su propia responsabilidad y que ninguna puede exigir a la siguiente que cargue con el pasado sin entregarle también sus enseñanzas.

He conocido hombres y mujeres que sacrificaron años de su vida, que padecieron prisión, que perdieron amistades y que tuvieron que reconstruirse lejos de su tierra. También he conocido la generosidad de quienes, aun después de las discrepancias, siguieron defendiendo aquello que consideraban justo.

De todos ellos he aprendido que una causa puede sobrevivir a sus protagonistas cuando deja de depender de sus nombres y se convierte en una convicción compartida.

Por eso, esta oda no pertenece únicamente a los que aparecen aquí. Pertenece también a quienes no he nombrado, a los que todavía no conozco, a los que trabajan sin reconocimiento y a los que, desde el interior de Cuba, sostienen sus principios en la intimidad de sus hogares.

Pertenece a las madres que esperan, a los hijos que preguntan, a los esposos que resisten la separación, a los periodistas que documentan y a los creyentes que encuentran en su fe el valor para seguir adelante. Pertenece, en definitiva, a todos los que consideran que la dignidad humana no puede depender de la voluntad de un gobernante.

Represión en La Habana, 11 de julio de 2021
Represión en La Habana, 11 de julio de 2021. | Imagen: AFP

Porque ninguna dictadura puede apropiarse para siempre del futuro. Puede vigilar, encarcelar, intimidar y tratar de imponer el silencio; pero no puede garantizar que las preguntas desaparezcan, que la memoria se extinga ni que todos los seres humanos renuncien a pensar por sí mismos.

Y si alguna vez alguien me preguntara qué queda, después de tantas décadas de lucha, respondería sin vacilar: queda la memoria; queda la dignidad; queda la responsabilidad de transmitir la verdad sin convertirla en odio; queda el deber de defender los derechos de quienes piensan distinto; queda, sobre todo, la esperanza de una Cuba en la que ningún ciudadano tenga que escoger entre su conciencia y su libertad.

La resistencia cubana no es la historia de una luz que nunca conoció la oscuridad. Es la historia de una luz que, aun rodeada de oscuridad, se negó a desaparecer.

Y mientras exista un cubano dispuesto a defender pacíficamente la dignidad de otro cubano, mientras una madre reclame justicia para su hijo, mientras un periodista se atreva a contar lo que ve y mientras un joven descubra que su conciencia no tiene dueño, esa llama seguirá viva.

No sabemos cuándo amanecerá. No podemos prometer la fecha ni anticipar el desenlace. Pero sí podemos decidir qué hacemos mientras llega la mañana.

Que nuestros hijos reciban de nosotros no el odio acumulado durante décadas, sino la memoria de los sacrificios, el respeto por la verdad y el compromiso de construir una patria donde la libertad no sea una concesión del poder, sino un derecho de todos y para el bien de todos.

Porque Cuba no pertenece a una familia, a un partido, ni a una ideología. Cuba pertenece a los cubanos.

Y la antorcha que tantos hombres y mujeres sostuvieron antes que nosotros no debe apagarse en nuestras manos.

Por los que lucharon. Por los que resisten. Por los que aún esperan. Por los que vendrán.

Por Cuba, para que algún día la libertad deje de ser una promesa y se convierta, por fin, en la realidad cotidiana de todos sus hijos.

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Rigoberto Carceller

Rigoberto Carceller

(Santiago de Cuba, 1963). Escritor, activista y expreso político cubano, vinculado en su juventud al Movimiento Cristiano Liberación, del que fue uno de sus primeros integrantes y promotores en el oriente de Cuba. Fue condenado a cinco años de prisión por "propaganda enemiga" y salió de Cuba desterrado a España en 1993. Desde el exilio impulsó iniciativas como Puente Familiar con Cuba y Cuba Democracia ¡Ya!. Es autor del libro de memorias Queloides (Diversidad Literaria, España, 2026).

Comentarios:


Calixto Alexis… (no verificado) | Mar, 03/11/2026 - 15:06

La verdad nos hace libres...
Felicidades a todos los patriotas cubanos

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