Conozco a Rigoberto desde hace años. Detrás del hombre firme, incómodo para algunos y difícil de doblegar, existe una persona profundamente sensible. Un hombre dividido entre dos amores que nunca dejaron de disputarse su corazón: Cuba y su familia.
Este libro nace de esa tensión.
No son memorias para fabricar un héroe perfecto. Rigoberto no se presenta sin miedo, sin errores o sin heridas. Se muestra con las cicatrices de una vida marcada por la fe, la prisión política, el exilio, las traiciones y la necesidad de seguir creyendo en la libertad.
Pero estas páginas hablan también del precio de esa lucha. El autor reconoce que sus seres queridos soportaron consecuencias que no habían elegido. Mientras entregaba sus fuerzas a Cuba, su mujer y sus hijos recibían los restos de un hombre consumido por una causa. Esa confesión es una de las mayores verdades del libro.
Porque luchar por algo justo no convierte todas nuestras decisiones en justas. También el luchador puede equivocarse. También quien combate una tiranía debe vigilar para no imponer a los suyos sus ausencias, sacrificios u obsesiones.
El precio de una vida entregada a Cuba
Quien abra este libro encontrará al niño cubano al que intentaron convencer de que Dios no podía darle un caramelo, mientras el poder político sí podía hacerlo; al joven que aprendió que tener fe o pensar diferente podía convertirlo en sospechoso; y al hombre encerrado donde la dignidad humana parecía no valer nada.
Pero encontrará también algo más importante: la decisión de no convertirse en aquello que combatía. Rigoberto pudo dejar que el odio se instalara dentro de él. Sin embargo, en sus recuerdos aparecen el perdón, la ayuda incluso a quien formó parte del aparato represivo y la voluntad de seguir viendo seres humanos donde otros solo veían enemigos.
Este no es un libro escrito desde el olvido. Hay dolores que permanecen: la prisión, las humillaciones, la separación de sus hijos, la salida forzada de Cuba y las deslealtades. Rigoberto no finge una reconciliación cómoda. Dice lo que recuerda y lo que considera verdadero, aunque incomode.
Durante demasiado tiempo se ha hablado de Cuba desde consignas, discursos o distancias. Este libro habla desde el cuerpo de quien padeció la represión, desde el hambre, desde una celda y desde el desarraigo. El exilio no aparece aquí como una aventura romántica. Es una amputación: abandonar la tierra propia, sentirse culpable por quienes quedan atrás y reconstruir la esperanza con los bolsillos vacíos.
En España, Rigoberto encontró protección, derechos y la posibilidad de levantar una familia en libertad. La libertad no resolvió todos sus problemas, pero le permitió enfrentarlos sin pedir permiso para pensar, hablar o creer.
Para Rigoberto, la libertad solo tiene sentido cuando se convierte en servicio: llevar ayuda, tender puentes y acercar a personas separadas por la política y la distancia. No siempre fue comprendido: demasiado radical para unos, demasiado conciliador para otros. Pero nunca quiso pertenecer a una causa a costa de renunciar a su conciencia.
El amor como centro de la memoria
Al terminar estas páginas, tengo la impresión de que el centro verdadero no es la política. El centro es el amor: a una patria perdida y nunca abandonada; a una mujer que sostuvo más de lo que quizá le correspondía; a unos hijos que crecieron entre ausencias.
Rigoberto escribe para dejar testimonio, pero también para pedir comprensión. Sus palabras nacen de una vida llevada al límite, de una conciencia que se negó a callar y de un corazón dividido entre el deber público y el afecto privado.
No hay respuestas fáciles. Hay memoria, dolor, gratitud, fe, arrepentimiento, orgullo, amor y esperanza. Hay un hombre que ha decidido contar su verdad antes de que el tiempo la borre o sean otros quienes la cuenten por él.
Extractos:
En verdad, es muy difícil saber cuáles son las motivaciones reales y sus dimensiones, las que estremecen el interior del hombre para que este decida correr todo tipo de riesgos y plantar cara, o decir basta, a una cruel dictadura que lo oprime; por lo que solo puedo intentar hablar de las mías propias.
No obstante, tener una visión lo más precisa posible sobre estas cuestiones puede servirnos como brújula para comprender muchos comportamientos humanos, los grados de conciencia y sus dimensiones, que nunca fueron iguales para todos; pero la realidad humana y lo que cada cual llevaba en su alma tarde o temprano siempre aflora. (p. 27)
Bien me enseñó mi madre desde pequeño que "obras son amores y no buenas razones". Esta idea fue la saeta de mi implicación y motivación para que promoviera y fundara la ONGD Puente Familiar con Cuba en marzo de 1996, lo que también me costó señalamientos de que yo era un comunista por parte de algún sector de nuestro exilio en Madrid. Iniciativa que con satisfacción he visto a lo largo de años posteriores imitada, calcada o tomada como modelo de referencia; incluso en los días actuales, hasta el mismísimo embajador de los Estados Unidos de América en Cuba, el Excmo. Sr. Mike Hammer, la ha puesto en práctica, iniciativa que personalmente celebro con mucha ilusión y satisfacción personal. Y me pregunto: ¿se atreverían también a llamar comunista al Sr. Hammer aquellos que me señalaron y etiquetaron en el pasado? (p. 99)
Regresar al inicioTodo cuanto he podido ser y soy hoy se lo debo a mis padres, a España y, fundamentalmente, a mi mujer, que, incluso no estando muchas veces de acuerdo con algunas de mis actividades desde sus razones, siempre ha estado a mi lado para recoger los trozos de mi alma hecha jirones y recomponerme una y otra vez, como un tornillo sin fin.
Treinta y tres años en España me han dado para mucho: un inmigrante que llegó con los bolsillos vacíos y sin conocer a nadie, creyendo que todos los españoles eran gallegos; sin un teléfono al que llamar, donde tuve que reinventarme una y otra vez, y otra vez y otra vez. Y, a pesar del normal esfuerzo cotidiano, vivo en la eterna gratitud porque no tuve que saltar una valla ni vivir la agonía de un indocumentado. (p. 195)