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Buena memoria | "¿Tú también, Bruto?": memorias de la La Rosa Blanca, organización opositora cubana

La Rosa Blanca, fundada en Nueva York en 1959 por Rafael Díaz-Balart, articuló un proyecto opositor para una futura Cuba democrática. Al recordar su paso por ella, Rigoberto Carceller aprendió a "nunca permitir que la política devore mi dignidad".

Rigoberto Carceller junto a Rafael y Waldo Díaz-Balart.
Rigoberto Carceller junto a Rafael y Waldo Díaz-Balart.

Este texto corresponde al capítulo 8 de Queloides (Diversidad Literaria, España, 2026), memorias del expreso político y activista Rigoberto Carceller, cuyo título es "La Rosa Blanca e Isaac de Moya (mi seudónimo). Et tu, Brute? ('¿Tú también, Bruto?')". Carceller concibe este libro como un testimonio de más de cuatro décadas de cárcel, exilio, rupturas y compromiso cívico contra la dictadura cubana, y afirma que "no quiere ser una estatua. Quiere ser un espejo".

La Rosa Blanca debe nuestra vinculación a Waldo Díaz-Balart: él fue quien nos presentó a Rafael Díaz-Balart y a este servidor en su casa de Madrid, por detrás del Museo Reina Sofía. Waldo y yo nos conocimos por medio de Lorenzo Mena, otro gran artista plástico cubano y amigo personal, quien me apoyaba durante el año 1998 en la recaudación de obras de arte donadas por diversos artistas cubanos, junto con Osbel Suárez —crítico e historiador de arte cubano—, para ser expuestas de forma permanente en la sede de la ONGD Puente Familiar con Cuba.

Waldo era un destacado artista plástico de trayectoria muy reconocida en los diversos ambientes del arte, incluso internacional; excuñado de Fidel Castro, amigo personal de su hermano Raúl, socio de juergas de Andy Warhol, colega de Jackson Pollock y Willem de Kooning, compañero de piso de Fernando Botero y amante de César Manrique —pincelada biográfica de Waldo publicada en el periódico El Mundo unos días antes de morir en Madrid, el 8 de febrero de 2025—.

El ideario de La Rosa Blanca a mí me fascinaba porque se sintetizaba en el pensamiento de nuestro apóstol nacional, José Martí: "Con todos y para el bien de todos". No tardaron voces cercanas y familiares en alertarme de que no debía fiarme de los Díaz-Balart porque "me iban a engullir y vomitar"; pero hacer posible y viable una lucha tan larga rara vez detiene a quien se ha entregado en cuerpo y alma al servicio de una causa y de su nación. 

EN DIRECTO | Presentación de "Queloides", memorias de Rigoberto Carceller, en Madrid (11 de septiembre de 2026).

Rafael Díaz-Balart y la historia viva de Cuba

Rafael Díaz-Balart, un hábil abogado y político, compañero de aula y estudio de Fidel Castro, quien le presentó a su hermana Mirta, con la que Fidel Castro sostuvo su primer matrimonio, líder de la mayoría en la Cámara de Representantes —1955-1958— y subsecretario de Gobernación con Fulgencio Batista, todos de Banes —los Díaz-Balart, los Castro y Batista—, conocía como nadie los intríngulis y gérmenes de la dictadura de Fidel Castro y nuestro exilio; de él siempre consideré que podía aprender mucho y avanzar juntos en nuestra lucha, como así ocurrió.

De Rafael Díaz-Balart me impresionaba su discurso y oposición a la amnistía que Batista otorgó a los Castro. Sabía como nadie sus consecuencias: nadie lo conocía mejor que él. Este fragmento de discurso fue pronunciado en la Cámara de Representantes de la República de Cuba en mayo de 1955 por el Dr. Rafael L. Díaz-Balart, en ese momento líder de la mayoría y presidente del comité parlamentario de la mayoría en la Cámara, contra la ley que amnistió a Fidel Castro y demás asaltantes al cuartel Moncada, cuando habían cumplido solamente dos años de cárcel y después de haber sido condenados por un tribunal civil. Castro había recibido una condena de quince años: 

"Creo que esta amnistía tan imprudentemente aprobada traerá días, muchos días, de luto, de dolor, de sangre y de miseria al pueblo cubano, aunque ese propio pueblo no lo vea así en estos momentos. Pido a Dios que la mayoría de ese pueblo y la mayoría de mis compañeros representantes aquí presentes sean los que tengan la razón. Pido a Dios que sea yo el que esté equivocado."

A mi modo de entender, nuestra unidad era una gran oportunidad al servicio de la causa de la libertad de Cuba y su democratización: dos generaciones muy distantes en el tiempo y en orígenes, ambos quedamos deslumbrados el uno frente al otro. Yo veía en Rafael la historia viva de Cuba en la que yo ni tan siquiera había nacido; él veía en mis proyectos la conexión con un arraigo social y un liderazgo de los que el tiempo lo había "distanciado". Eran los momentos en que, gracias a mi trayectoria y a los proyectos liderados por mí —Puente Familiar con Cuba y la Plataforma Internacional Cuba Democracia Ya—, nos conectábamos y consolidábamos de manera estratégica. 

Su paternidad e influencia sobre Lincoln y Mario Díaz-Balart, dos congresistas estadounidenses de gran resonancia en el exilio y el Gobierno estadounidense, eran la guinda del pastel, como bien me decía Rafael: "los imponderables del destino". Estoy muy convencido de que, si se hubieran producido unas elecciones libres y democráticas en la Cuba de ese momento, nuestra unión y La Rosa Blanca habrían partido con muchas ventajas.

Fue así como Rafael me confió reorganizar y pensar las nuevas estrategias y la redacción del programa político de La Rosa Blanca como partido concurrente en unas posibles elecciones libres en Cuba, todo bajo la constante supervisión y comunicación entre Rafael, Lincoln, Anita Carbonell, Waldo y yo, a lo que sumé inicialmente a Orlando Fondevila para la redacción y recopilación de ideas que iríamos estructurando como borrador de discusión y diseño de nuestro programa político compartido. 

Todos los viajes de los Díaz-Balart a Madrid prioritariamente eran aprovechados para consolidar nuestra unión, discusión y análisis del programa, así como nuestras líneas de acción y nuevas estrategias, en las que también participaban accidentalmente Rafaelito, hijo mayor de Rafael Díaz-Balart, y Raúl Pozo, vicepresidente de La Rosa Blanca.

"Isaac de Moya" y la trastienda de La Rosa Blanca

Fue en aquellos primeros días cuando Rafael Díaz-Balart, en la medida en que me dotaba de toda la información necesaria sobre la historia pasada y la trayectoria de La Rosa Blanca, me entregaba documentos de archivo, fotografías, discursos pronunciados por él, etc., para mi nueva encomienda —actualizar esa nueva imagen y presencia de La Rosa Blanca, trazar estrategias, elaborar un borrador de discusión de nuestro programa político para su futura publicación y difusión, construir una página web, diseñar y elaborar el carné de miembro del partido, el certificado de miembro de la Célula Ejecutiva Central, etc.—. 

Entonces acordamos un seudónimo para mí con historia vinculante y que este no afectara a mi dirección y responsabilidades con los otros proyectos, los que yo había fundado y que también me encontraba dirigiendo en la actualidad, como los de la ONGD Puente Familiar con Cuba y la Plataforma Internacional Cuba Democracia Ya.

En verdad, la propuesta me ilusionó y me llenó de orgullo y satisfacción porque no era otro que Isaac de Moya, ya que, en los primeros días de la presentación pública y andadura de La Rosa Blanca, en enero de 1959, en la ciudad de Nueva York, los castristas y sus simpatizantes afincados en aquella ciudad arremetieron con mucha violencia, incluso física, contra Rafael y la naciente organización, lo que lo obligó a asumir desde un punto de vista estratégico su propio seudónimo: Abraham de Moya. 

"Lo definiría más bien como un ambiente familiar de extrema confianza y libertad."

Y, como el hijo bíblico de Abraham había sido Isaac, así surgió que el mío fuera Isaac de Moya. Gesto que incluía una profunda muestra de cariño personal y confianza, que yo no niego haber aceptado con mucha responsabilidad y emoción. Así quedó registrado y documentado para nuestra historia compartida en mi certificado como miembro de la Célula Ejecutiva Central de La Rosa Blanca.

Comenzamos el arduo trabajo de construir un equipo inicial que diera forma y contenido a ese borrador de discusión de nuestro futuro programa político, por lo general en casa de Waldo Díaz-Balart. Encargamos que se ocupara de ello a Orlando Fondevila, quien aún no había conocido personalmente a Rafael. Fue un acuerdo a propuesta mía entre Waldo y yo. Orlando era un intelectual vinculado a la Fundación Hispano Cubana y hacía buen trabajo en la revista de la Fundación; mi labor sería más de nuevas estrategias y acciones. En el primer viaje que hizo Rafael a Madrid le presentamos a Orlando y así quedó definido ese centro neurálgico operativo en Madrid, el que daría forma y viabilidad a todos nuestros sueños y proyectos.

Rigoberto Carceller, Waldo Díaz-Balart, Orlando Fondevila y Rafael Díaz-Balart en Madrid.
Rigoberto Carceller, Waldo Díaz-Balart, Orlando Fondevila y Rafael Díaz-Balart en Madrid.

Todo fluía en total armonía y confianza absoluta. Yo lo definiría más bien como un "ambiente familiar de extrema confianza y libertad". Mientras Orlando iba redactando y dando forma al borrador, Waldo coordinaba el flujo directo de las comunicaciones entre todos; yo me ocupaba de la selección de imágenes que fortalecieran nuestros objetivos marcados, de buscar una imprenta de mi confianza para los diseños y publicaciones, así como de la construcción por la misma empresa de nuestra página web, del certificado acreditativo de los miembros de la Célula Ejecutiva Central y del carné que entregaríamos a nuestros afiliados. 

Waldo también aportaría un diseño, según su gran capacidad creativa, como logotipo de La Rosa Blanca, que utilizaríamos inicialmente como imagen corporativa. Se hicieron diversas propuestas que aún guardo con todo celo y cariño en mis archivos personales.

Mi relación de trabajo con todos, pero especialmente con Waldo, se llenaba de mucha complicidad personal. Incluso, hasta en alguna ocasión lo llevé en mi coche hasta la misma puerta de la casa de su hermana Mirta, y Waldo después cariñosamente me recompensaba regalándome los buenos puros que Fidelito, su sobrino —hijo de Fidel Castro y Mirta Díaz-Balart—, le traía a la familia desde Cuba. Jamás entré en la casa de Mirta; solo llevaba a Waldo hasta la puerta, pero sí conocí a una de sus hijas. Sé que trabajaba en la Universidad Complutense, según ella misma me contó en una cena que compartimos juntos en casa de Waldo para un fin de año. No recuerdo si se llamaba también Mirta. 

"Aquel primer viaje a EE.UU. facilitó que Lincoln y yo nos conociéramos en presencia de Rafael Díaz-Balart"

La peor "imprudencia" que Waldo cometió tal vez conmigo, y por el exceso de confianza que compartíamos, fue un día en que, en presencia de Lincoln, quien estaba de visita en Madrid, Waldo me mostró jocosamente un cartel publicitario de Lincoln postulándose por el Partido Demócrata en EE.UU. La cara de Lincoln enrojeció y lo decía todo: lo fulminó con la mirada, pero no significó más que un gesto de extrema confianza entre amigos de una relación que duró más de una década de trabajo compartido.

Los años de construcción y confianza

Fueron años muy fructíferos y trascendentales para mí y de gran crecimiento personal desde el punto de vista de la madurez política y el trabajo en equipo. Siempre había soñado con un proyecto sólido de programa político de transformación de la nación cubana, orientado hacia un desarrollo sostenible y que fuera creíble y viable. No sé si a mí me lo parecía por mi implicación y participación en este, pero siempre me he sentido orgulloso de él.

Según se avanzaba en el programa, lo enviábamos a Rafa y Lincoln a Miami para rectificaciones, concreción de matices y aprobación consensuada de este. Siempre que Rafa estaba en Madrid, dedicábamos largas horas de trabajo conjunto y debates sobre el mismo con la idea de enriquecerlo, gratos momentos que siempre terminábamos comiendo en un restaurante cerca de la casa de Waldo o en la misma casa de Rafael y Chela, quienes tenían una cocinera de origen puertorriqueño que cocinaba para chuparse los dedos.

Todos los viajes siempre eran muy exprimidos y aprovechables, hasta los de Anita Carbonell a Madrid y su esposo, quien también aportó puntualmente ideas en uno de esos encuentros. Rafaelito, el hijo mayor, quien terminaría siendo el vicesecretario de la organización, también participaba, como también recuerdo fugazmente un encuentro con Mario Díaz-Balart en su paso por Madrid. Todos los demás se hacían en Miami, a donde viajé poco y exclusivamente por estas razones, porque quien bien me conoce sabe que me gustan muy poco los aviones, que solo cojo por fuerza mayor.

La primera vez que viajé a EE.UU. fue por invitación de Rafael Díaz-Balart. Entré por el Kennedy, en Nueva York, viaje que aproveché para reunirme y conocer a Bob Menéndez, congresista demócrata por Nueva Jersey, hijo de madre cubana y con muchos vínculos con la comunidad cubana en aquella ciudad y, por ende, con parte de la familia de mi mujer.

"Era el momento de darle popularidad a La Rosa Blanca como partido político."

Aquel primer viaje a EE.UU. facilitó que Lincoln y yo nos conociéramos en persona en presencia de Rafael Díaz-Balart, quien me esperó a las puertas de la oficina de Lincoln en Miami. También ese día, lógicamente, conocí allí a Ana Carbonell, a quien pude agradecer en persona todas sus gestiones en favor de mi viaje.

Entre mi primer viaje a EE.UU. y el segundo se fueron consolidando las profundas relaciones con todos los Díaz-Balart, a quienes fui conociendo en su totalidad, incluyendo a la Sra. Hilda Caballero, madre de Lincoln, en una cena a la que me invitaron Lincoln y Cristina en su propia casa. Allí también pude saludar esa noche a la congresista Ileana Ros-Lehtinen, a quien también invitaron para que yo la conociera.

Entre Madrid, Miami y Washington

Todo fluyó de manera creciente en todas las direcciones: nuestro programa político, las nuevas estrategias, nuestra confianza, la consolidación de una estructura organizativa, mis frecuentes viajes preorganizados, incluyendo visitas y reuniones en el Congreso en Washington, visitas y reuniones con diferentes personalidades en Miami. 

Una de esas reuniones que no debo olvidar, además de la que mantuve con Raúl Pozo, vicepresidente del nuevo partido cubano La Rosa Blanca, fue con la Sra. Verónica Maya, quien cariñosamente nos llevó primero de visita a su casa y después nos dio un recorrido por la calle Ocho, donde disfrutamos de unas inolvidables croquetas cubanas que tanto me han gustado.

El programa político ya terminado se presentó en marzo de 2009 en el Templo Moisés de Miami Beach. Allí conocí también a Frank, el hermano de Rafael. Las visitas, reuniones y nuevas iniciativas también se mantenían de manera fluida y creciente. Ahora era el momento de darle popularidad a La Rosa Blanca como partido político, formas y estructuras, ganando simpatizantes y afiliados. Para ello también se elaboró un carné de militante y un certificado que acreditaba a los miembros de su Célula Ejecutiva Central como órgano dirigente y rector inicial del partido, en el que se incluía el seudónimo de lucha en caso de poseerlo.

Una tarde me llama Rafael Díaz-Balart y me dice que quiere que yo esté presente en un cóctel que se ofrecerá en la Embajada de EE.UU. en Madrid, en favor del Excmo. ministro de Vivienda, Mel Martínez, a lo que le digo que es para mí algo imposible porque yo no tengo esos vínculos. Él añadió que tuviera cero preocupaciones, que mi nombre estaría registrado en la puerta, y un par de días después me llegó por correo postal la invitación oficial al evento a mi propio domicilio. Me dice también que debería estar presente en un encuentro en su oficina de la calle Almagro de Madrid, ya que el ministro venía a la oficina a saludarnos.

Rigoberto Carceller junto al secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano de EE.UU., Mel Martínez, Rafael y Rafaelito Díaz-Balart y Orlando Fondevila, en Madrid.
Rigoberto Carceller junto al secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano de EE.UU., Mel Martínez, Rafael y Rafaelito Díaz-Balart y Orlando Fondevila, en Madrid.

De todos aquellos encuentros recuerdo uno muy, pero muy especial, y fue cuando Lincoln vino a mi casa en Madrid a cenar una noche con sus dos hijos adolescentes —Daniel y Lincoln— y mi familia, chicos muy educados y generosos, quienes esa noche regalaron a mis hijos, María Teresa y Jorge, los yoyós que traían para jugar y entretenerse. Al otro día, Lincoln y yo nos fuimos solos a la plaza de toros de Madrid a ver las corridas de toros y, al siguiente, con toda su familia, incluyendo a sus hijos, a Cristina, su mujer, y a su tío Waldo, a un almuerzo al que invitaron a Lincoln en un cigarral en Toledo.

El último viaje de Rafael a Madrid fue el más entrañable y emotivo entre nosotros dos. Rafa no se sentía bien de salud y al menos yo no sabía la profundidad de sus males, que terminarían con su vida. Caminábamos por Madrid como un padre y un hijo, sin complejos. Él se abrazó y enredó en uno de mis brazos, apoyándose, mientras solo los dos caminábamos y charlábamos sin prisas. Acabábamos de salir de comer en un restaurante cerca de la calle Génova y, por ende, de su oficina en Almagro. 

Rigoberto Carceller, Lincoln Díaz-Balart, sus dos hijos, Waldo Díaz-Balart y otros familiares en Toledo, España.
Rigoberto Carceller, Lincoln Díaz-Balart, sus dos hijos, Waldo Díaz-Balart y otros familiares en Toledo, España.

Él quería que yo lo acompañara a comprar unos turrones a la Carrera de San Jerónimo, frente al Congreso de los Diputados, en el centro de Madrid, cosa que hice con mucho gusto y todo mi cariño. Allí compró unos turrones, incluso también uno para mi mujer; lo acompañé al coche y fue la última vez que estuvimos juntos físicamente. Estos son los grandes y buenos recuerdos que guardo en mi interior para siempre de Rafael Díaz-Balart, entre ellos, cuando con frecuencia compartía conmigo este pensamiento y preocupación: 

"Cuántas dificultades vamos a encontrar en el futuro de Cuba: si encuentras un cubano inteligente, no suele ser honesto; si es honesto, no es inteligente."

En octubre de 2004, el Excmo. ministro de Exteriores español, D. Miguel Ángel Moratinos, y yo nos reunimos a petición mía. Casi un mes después fue a la inversa: fue el propio ministro quien me pidió que volviéramos a reunirnos. Por supuesto, también acudí, como solía hacer en todos mis encuentros oficiales con terceros, acompañado de parte de mi equipo de trabajo. Fueron encuentros muy mediáticos, excesivamente mediáticos, por los que al día siguiente Rafa me llamó para felicitarme por el impacto de los mismos. 

Una semana después nuevamente me vuelve a llamar, pero en esta ocasión para informarme de que factores económicos que hacían posibles algunos de nuestros proyectos, viajes, etc., no habían visto bien esa reunión, y fue algo que me cabreó mucho y se lo expresé en esa llamada, porque durante toda mi vida he actuado con recta conciencia y no para congraciarme con nadie; que mis motivaciones exclusivamente están fundamentadas en un servicio íntegro a la causa para lograr la democratización de nuestra patria; que tal juicio tan superficial sobre mi persona yo nunca lo aceptaría.

"Una astilla de nuestro mismo palo"

Toda una década intensa de trabajos muy fructífera, rica por sus frutos, pero las buenas relaciones políticas rara vez duran toda la vida. Y fue cuando por "éxito" —al parecer— todo se truncó. También me quedó la duda, o la herida, de si fue Bruto, una astilla de nuestro mismo palo, quien atravesó y envenenó nuestras buenas y excelentes relaciones.

¿Qué me quedó en lo personal de La Rosa Blanca? Grandes momentos y recuerdos vividos que volvería a repetir, un archivo bien nutrido de fotografías, documentos y también algunos secretos personales que morirán en mi interior porque así, con tal intención, Rafael Díaz-Balart me los contó. También varios rosales de color blanco que planté un buen día en mi pequeño jardín de casa, y de los que tengo el enorme placer de verlos florecer una o dos veces al año.

Entonces comprendí que ya mi lugar no estaba dentro de La Rosa Blanca, que algunas personas con mucha influencia dentro de la estructura me habían ganado la partida, que el debate, al parecer, dentro de La Rosa Blanca ya iba ahora sobre impresiones y expectativas externas, y no, como en el pasado, sobre la Cuba que queríamos reconstruir y sus valores. Mi retirada fue en silencio; de ella nunca hubo comunicados ni reproches públicos, tampoco elogios. 

Tal y como habíamos comenzado silenciosamente trabajando juntos desde una discreta trastienda, así también discretamente nos distanciamos. Había aprendido en lo personal una certeza que aún hoy mantengo: sin virtudes y reconciliación ética no hay convivencia ni transición democrática duradera; también aprendí a nunca permitir que la política devore mi dignidad, a asumir conscientemente que la lucha íntegra y auténtica exige que tarde o temprano una vez más vuelvas a quedarte solo. Me retiré a mis cuarteles de invierno sabiendo que me marchaba entero, y eso en una vida de combate cívico no es poco. Al llegar una vez más la primavera observé una rosa blanca, intacta, pero frágil. 

Entonces pensé que las flores no nacen para durar, sino para significar. Que su sentido no está en resistir el tiempo, sino en recordar algo mientras están vivas; no sobreviven al clima, pero dejan su aroma, y su aroma, a veces, permanece más en los buenos recuerdos. Entonces me levanté y tomé con cuidado una de ellas, no para ponerla en un altar ni sobre una tumba, sino sobre el lugar donde sus espinas enseñan sobre la naturaleza humana, que la vida continuaba, que Cuba seguía oprimida y yo continuaba también atado a ella, y que más que nunca debía recitar una vez más como quien murmura en su interior una sabrosa oración y entona ese fragmento de poesía que todos conocemos:

Cultivo una rosa blanca

en junio como en enero

para el amigo sincero

que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca

el corazón con que vivo;

cardo ni ortiga cultivo;

cultivo la rosa blanca.

José Martí

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Rigoberto Carceller

Rigoberto Carceller

(Santiago de Cuba, 1963). Escritor, activista y expreso político cubano, vinculado en su juventud al Movimiento Cristiano Liberación, del que fue uno de sus primeros integrantes y promotores en el oriente de Cuba. Fue condenado a cinco años de prisión por "propaganda enemiga" y salió de Cuba desterrado a España en 1993. Desde el exilio impulsó iniciativas como Puente Familiar con Cuba y Cuba Democracia ¡Ya!. Es autor del libro de memorias Queloides (Diversidad Literaria, España, 2026).

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