Se habla por estos días mucho sobre la transición en Cuba como si fuera un pedido a domicilio, aquí y ahora. Hay demasiada hambre de justicia acumulada. Desde que el cubanoamericano Marco Rubio está en la Casa Blanca, y sobre todo después de que el ejército norteamericano extrajo a Nicolás Maduro de Caracas, este pedido para Cuba parece más tangible y urgente. Pero, pensar con realismo sobre la transición en Cuba exige una honestidad brutal. No estamos ante un simple cambio de gobierno ni una reforma cosmética. No es algo solo transaccional. Intentamos decir adiós a un sistema que lleva más de seis décadas enquistado en el cuerpo nacional, moldeando instituciones, economía, lenguaje, memoria e incluso carácter.
El comunismo en Cuba ha sido mucho más que una coartada ideológica. Se ha convertido en una estructura de control total que ha atravesado generaciones, ha empobrecido materialmente al país y ha producido una deformación humana profunda. Ha sido un experimento social extremadamente violento y prolongado que encontró en la condición insular —la experiencia física de un pueblo rodeado de mar, sin fronteras porosas, sin posibilidad de huir a pie— un terreno especialmente propicio para el aislamiento y el control.
Cuba ha sido pieza de un tablero mayor: útil para el eje de potencias enfrentadas a Estados Unidos, útil para el discurso latinoamericanista que necesita un símbolo de resistencia, útil para la izquierda internacional que prefiere el mito nostálgico antes que la realidad de las cárceles. Demasiados intereses coinciden en que nada cambie. Se mueven más fuerzas e intereses confabulados internacionalmente, incluso en Occidente, a favor de que la dictadura sobreviva a cualquier precio (el eje de potencias enemigas de la democracia occidental, la red de grupos y partidos de izquierda o extrema izquierda, los movimientos latinoamericanistas) que los que apuestan por el "derecho de los cubanos a tener también derechos".
Mientras tanto, Cuba se desangra.
Y uno de los pocos factores potentes en pro de la ansiada hora de la justicia para Cuba surge con la administración de Trump y el papel decisivo de Marco Rubio en la política que busca drenar el pantano del crimen organizado en la región, donde medró siempre el régimen cubano a la cabeza de la violencia ideológica y física. Parece una oportunidad histórica, aquí y ahora.
Por eso, cuando se habla de “transición”, conviene preguntarnos si esa palabra tan manejable sería suficiente. Tal vez Cuba no necesite echar a andar el mecanismo manso de una transición gradual, sino un corte en profundidad, expulsando "el mal radical" o absoluto del totalitarismo comunista, un sistema que no ha sido vivido con esa profundidad por el resto de países latinoamericanos (a excepción quizás de Venezuela bajo el chavismo, un mal "hijo" del régimen cubano) y cuyas experiencias generacionales resultan difíciles de situar dentro del contexto regional, pues la Cuba descendiente de la Stasi pertenece más al bloque de Europa del Este, a las tramas opacas y a los traumas inefables detrás del telón de acero. Necesitamos cualquier golpe de realidad que nos saque del estado terminal en que el sistema maniató y detuvo nuestra historia.
Creo que se necesita humildad para reconocer cuántas cosas no podemos controlar. Y si estamos enfrentados a inmensas fuerzas de la historia global, fuerzas de la naturaleza, en una estrecha franja de tierra, y si somos el resultado impotente de un experimento social a que nos sometió aquello que Reagan llamó el "Imperio del Mal", probablemente desconozcamos exactamente dónde están la puerta de salida y el punto de retorno. Y debiéramos abrir más nuestras mentes tanto a los planes como al impredecible azar o las "secretas leyes" del universo (diría Borges). No deslegitimar ni descartar a priori nada que nos pueda extraer ese cuerpo extraño llamado comunismo.
Yo imagino esa salida en tres días. No tres días literales, sino etapas más o menos progresivas resumidas en una especie de capítulo del Génesis de la libertad. Tres momentos históricos.
El primer día: el día imprevisible
No me atrevo a describirlo.
Se desgarra el velo de la noche que parecía eterna.
¿Será una nueva rebelión como la del 11 de julio de 2021, pero definitiva e imparable? ¿Una fractura interna en el poder? ¿Una presión externa decisiva? ¿Una negociación inesperada? ¿Un derrumbe súbito? ¿La huida del tirano?
Quisiera que este día pasara sin víctimas, pero sobre todo sin más víctimas inocentes.
Un primer día que probablemente será doloroso. Toda ruptura profunda lo es. Pero ese día tendrá un rasgo esencial: el comunismo dejará de ser irreversible. El miedo cambiará de bando. El abuso de poder dejará de parecer intocable.
Aunque ese día no lo podemos diseñar, sabemos que, cuando llegue, deberá abrir una puerta real y no una simulación.
El segundo día: impedir la regeneración del mal
Aquí comienza la verdadera transición en Cuba.
El segundo día es el momento de coser las heridas. Sin ambigüedades. Sin pactos que perpetúen las estructuras represivas.
Ese día debería incluir, creo yo, como mínimo:
- Liberación inmediata e incondicional de todos los presos políticos.
- Desarme, disolución y desmantelamiento de la policía política, confiscación de todos sus recursos y archivos.
- Confiscación de los activos del aparato represivo, en especial del partido único, mediante procesos transparentes, para ponerlos al servicio de la nación.
- Restablecimiento por decreto de la libertad de expresión plena, en todos los medios y formatos.
- Convocatoria urgente a elecciones libres y plurales.
- Inhabilitación de los responsables del aparato represivo para ocupar cargos públicos.
- Plebiscito nacional sobre la continuidad o prohibición del Partido Comunista como fuerza política.
No hablamos de venganza estéril. Se trata de impedir efectivamente la regeneración del sistema que parasitó y destruyó al país. Otras transiciones fallidas en el mundo cometieron un error común: permitieron que el antiguo poder conservara sus tentáculos económicos y de inteligencia.
Cuba no puede permitirse ese error.
El tercer día: fundar la República posible
Quizás este sea el día más complejo y, para mí, el más hermoso. Día de empezar de verdad.
No me imagino este día lleno de discursos, sino de decisiones que sanen. Decisiones que nos devuelvan la dignidad y los derechos básicos.
Pienso, por ejemplo, en el exilio. En los que se fueron y en los que nacieron ya fuera. Cuba tendrá que devolver la ciudadanía plena a todos sus hijos desterrados y a sus descendientes directos. Hijos, nietos, bisnietos. El país no puede seguir partido en mil pedazos. Habrá que abrir caminos para que ese exilio regrese a aportar, invertir y ayudar en la reconstrucción.
Al mismo tiempo, una transición verdadera delimitará responsabilidades externas. Se deberá identificar a aquellos actores políticos, económicos e intelectuales que, desde fuera, sostuvieron y legitimaron la maquinaria represiva. La nueva República tendrá derecho a establecer límites claros a quienes fueron cómplices activos, incluida la inhabilitación para entrar, influir o lucrar en la vida pública nacional.
El mayor reto vendrá de revertir las numerosas marginalidades creadas por el totalitarismo. Significa integrar de verdad a todas las identidades y voces, incluso a quienes usaron entre consignas o vitrinas, devolverles su autoridad como sujetos políticos: los negros usados como prueba de igualdad, los discriminados por su orientación sexual, las mujeres exhibidas como símbolo mientras seguían relegadas, los creyentes perseguidos, los campesinos empujados a la pobreza. Significa que nadie vuelva a ser un instrumento o un decorado de un relato oficial.
También imagino un país que nombre y restaure a las víctimas. Que las reconozca, dejando constancia del daño. Para que el silencio nunca vuelva a convertirse en política de Estado.
Intentar —por fin— la República “con todos y para el bien de todos”.
Será el día de pasar del entusiasmo a la responsabilidad. Y más que derribar al régimen, aprender a vivir sin él.
Dentro del relato geopolítico que divide el mundo entre “buenos” y “malos”, donde parte de la izquierda internacional presenta a Estados Unidos como el “mal absoluto” y absuelve al totalitarismo, Cuba ha sido mostrada durante décadas como una isla heroica frente al gigante Goliat. Ese relato pasional también ha calado en muchos cubanos, alimentando un nacionalismo inflamatorio que prefiere la ruina ("hundirnos en el mar") antes que perder "la gloria" o admitir ayuda externa. Sin embargo, ningún país se salva solo después de haber sido devastado estructuralmente.
Quizás el mayor acto de madurez nacional venga de reconocer que el experimento comunista fracasó con todos nosotros adentro. Que el sistema totalitario no es reformable. Y que no hay milagro económico posible bajo un modelo diseñado para controlar, no para prosperar.
Parece poco probable que la transición en Cuba llegue por trámites administrativos o por enroques entre las familias que hoy se reparten el poder. Empezará de verdad con una cirugía mayor para desprendernos del "mal radical". Toda cirugía mayor implica riesgos. La alternativa sería la metástasis.
Ignoro cómo llegará el primer día.
Pero sí sé que el segundo y el tercero deben estar listos en nuestra imaginación, en nuestros debates y en nuestros borradores.
Porque cuando ese momento llegue —y llegará— no habrá tiempo para improvisar la libertad.
Y Cuba, el pueblo de Cuba, no puede dejar pasar la oportunidad histórica de sobrevivir.
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