Relato | Añoranza

"Por más que aguardó, atento a cada rumor y tufo, la puerta no volvió a abrirse".

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"El sabueso de los Baskerville" (inspirado en la novela homónima de Arthur Conan-Doyle). | Imagen: Pixabay

Le traicionó su buen olfato seguramente.

No se percató de los signos; del crispado silencio que en cierto momento empezó a presidir las cenas, de las visitas a deshoras, casi siempre de un amigo de la familia que se llevaba algo oculto; o de que nadie cambiaba ya las flores que se marchitaban en los jarrones.

Tampoco de cuando empezaron a embutir las maletas, como hacían cuando alistaban el paseo de la temporada de calor; sólo que esta vez parecían prepararse, entre cuchicheos, para un viaje distinto. El padre les dirigía como un capataz. Algo se traían, pero él no prestó atención.

Hasta que desaparecieron.

Pese a todo el sigilo, una madrugada acabaron por despertarle con sus tropezones y el ruido que hacían al arrastrar sus trastos. Alzó la cabeza para verles, pero sólo el pequeño le dirigió una mirada triste al cerrar la puerta y apagar la luz. Ni siquiera se acercó a hablarle. Aun así, se tendió a esperar.

Sin embargo, por más que aguardó, atento a cada rumor y tufo, la puerta no volvió a abrirse. Dos noches después, no había perdido todavía la fe en el regreso de su clan; pero ya la sed le abrasaba y raros calambres empezaban a atenazar sus tripas.

¿Adónde habían ido? ¿Y por qué demoraban tanto?

Se dio a pasearse cabizbajo de un lado a otro de la enorme casa. Deteníase a revisar los rincones; hocicaba contra cada puerta. Con las bombillas muertas, la penumbra reinaba casi siempre a su alrededor, por lo que a menudo se sumía en el sueño, como si hubiera anochecido.

Veíase correr entonces a la orilla del mar, casi a la par del niño gritón cuyo rumbo seguía, jadeando. O relamiéndose ante una tarta cubierta de velitas encendidas, coronada su testa por un sombrero de cartón que a la familia entera provocaba risa. Súbitos estallidos de luz le bañaban.

Amaba aquella casa, con su olor a gladiolos frescos y vapores de carnes suculentas. No conocía otra. En sus gentiles predios había abierto los ojos por primera vez, entre mimos, y allí se le antojó de pronto que los cerraría para siempre, famélico y abandonado por los suyos.

La panza se le pegó pronto al espinazo. Un letargo se adueñó de él después. A tal punto llegó su debilidad, que sintió quebrar sus coyunturas y acabó por desplomarse, presa de raros estertores. Una oscuridad más negra que el sueño le envolvió entonces, y casi dejó de respirar.

Habría sucumbido pronto al vacío, de no ser por la mano que le rescató y calmó su sed con agua fresca, y su hambre con trocitos de pan. Un tropel de hombres vestidos de idéntica forma había irrumpido en la casa poco antes, pero él no pudo verlos.

Vaciaron la biblioteca y el despacho; arrojaron a la calle libros, camas y juegos de tocador.

Todo en torno resplandeció con las ventanas abiertas.

Tomaron los intrusos posesión de la sala, el comedor y los aposentos. Instalaron en el patio una tienda de campaña antes de empezar a desmontar de las paredes los cuadros y fotos de la familia, que trocaron por retratos de una misma cara, y banderas y escudos de distinto tamaño.

Vaciaron la biblioteca y el despacho; arrojaron a la calle libros, camas y juegos de tocador. Un camión vino a llevarse los jarrones y la vajilla. Poco a poco, los pasillos se fueron llenando de rústicas literas en que los hombres se echaban a dormir por meticulosos turnos.

Se habituó, al tiempo, a acompañarles dondequiera que iban. Partían a sus faenas antes del alba, en grupos de tres o cuatro, tras engullir un simple agua con azúcar y a bordo de veloces automóviles. Cerraba los ojos al sentir batir sobre su cara la fresca brisa de la madrugada.

Uno que parecía jefe de la manada indicaba el rumbo. Llevaba consigo, además de un fierro a la cintura, papeles que consultaba de vez en cuando. Manejaban por ratos en algún vecindario, circundándolo hasta dar con la puerta que buscaban.

La echaban abajo a patadas si los moradores no respondían pronto a sus vociferaciones y golpetazos. Él irrumpía el primero no bien saltaba la cerradura. Alentado por la cuadrilla, se echaba después bramando sobre quienes salían, aún medio dormidos, a su paso.

Maniataban sin demora a sus presas y se las llevaban, a rastras y empujones, de regreso a la casa ocupada. Les encerraban allí en cualquiera de los aposentos de la planta alta que, con las ventanas clausuradas y unos pocos camastros por todo mobiliario, habíanse vuelto tétricas jaulas.

Nunca asomaba por allí; pero al cabo de un tiempo empezaron a llevarle, un día sí y otro no, cerca de aquellas bartolinas. Pronto comprendió por qué: el miedo que infundía su presencia en los presos era tal, que de solo verle un hedor peculiar manaba de sus poros.

Al punto, los cautivos prorrumpían en lamentos y súplicas que los custodios acogían con risotadas mientras les contemplaban recular de mil grotescas formas. Pataleaban, se retorcían como bicharracos; pero al calor de las incitaciones que le hacían él acababa por darles alcance.

Atacaba a los cautivos hasta la fatiga, sabiendo que cada embestida suya tendría justa recompensa. Fue así que, a contrapelo de su natural bonachón, cobró afición por aquellas tandas de acoso, tanta que llegó a creer que no habría para él más sobresaltos ni otras tareas.

Pero una mañana los guardas le dieron una sorpresa, cuando vinieron a buscarle más temprano de la cuenta.

La pequeña y sombría comitiva recorrió en silencio las celdas de la planta alta hasta dar con cierto preso, a quien se condujo encapuchado hasta un camión. Él montó el último, de un salto ágil, para quedar frente a la puerta y cerrar el paso al cautivo.

El viaje pareció largo en el vehículo herméticamente cerrado. La hediondez del yodo y los detritus que se fue filtrando entre el blindaje del camión delataba la proximidad de la sucia bahía. La fetidez le hizo encogerse de pronto, pero ninguno de quienes le rodeaban se dio cuenta.

¿Adónde podían ir?

Se apean en el foso seco de una fortificación de piedra antigua, donde se ata al prisionero a un poste, de espaldas a un sólido muro. Queda así un rato, moviendo la cabeza ciegamente, mientras los guardas alistan sus fierros sin decir palabra. Más cerca, él le vigila.

Poco después oye la repentina descarga. Un silbido seguido de una explosión que timbra largo en sus orejas. Ve al maniatado agitarse en varios sentidos, como zarandeado por el impacto de muchas piedras, para luego desplomarse, envuelto en hálitos salobres y penetrantes.

Uno de los olores tórnase singular al instante. El aroma repica fuerte en su olfato mientras se arrastra, ávido, en pos suya, hasta alcanzar los charquitos oscuros y viscosos. Hunde en uno de ellos su lengua y cierra los ojos, ebrio con el sabor que enseguida embarga sus fauces.

La sangre del ajusticiado se le antoja néctar.

Se ve correr entonces junto al niño que ríe, a la orilla de una playa hermosa.

Se relame entonces, abandonado a un bestial regusto que parece causar alborozo entre los hombres que comienzan a rodearle, aplaudiendo y alzando sus fierros. La escena, por alguna razón, le trae recuerdos, y el vuelco de la memoria le paraliza y remonta a tiempos más serenos y felices.

Se ve correr entonces junto al niño que ríe, a la orilla de una playa hermosa. O coronado con un sombrero de cartón al pie de una iluminada tarta de cumpleaños. El perfume de los gladiolos remplaza al vaho de la pólvora, y la dulce mansedumbre a la amargura de la rabia.

Tose, escupe el macabro rastro que aún mancha su paladar, como si fuese veneno o vergüenza, para sentarse enseguida sobre sus patas traseras, alzar su hocico y arrojar después al negro cielo un desgarrador aullido de dolor y de añoranza.

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Manuel Ballagas

Nació en La Habana, Cuba. Publicó su primer relato a los 15 años, en la revista Casa de Las Américas. Obtuvo mención en el Premio David de 1967 con el libro Lástima que no sea el verano. Reside desde 1980 en Estados Unidos, donde ha ejercido el periodismo en medios como The Wall Street Journal, The Miami Herald y The Tampa Tribune. Fundó y codirigió entre 1981 y 1984 la revista literaria Término. Entre 2000 y 2003 fue consultor editorial de la revista Foreign Affairs en español. Ha publicado relatos, reseñas y poemas, además, en las revistas Gaceta de Cuba, Escandalar, Mariel, Linden Lane Magazine, Contratiempo, Sinalefa, Otro Lunes, y Revista Hispano Cubana. Es autor de dos novelas, un libro de relatos y un libro de memorias. Vive actualmente en Miami. Obras suyas han sido traducidas al inglés, francés, alemán y polaco. Actualmente se desempeña como consultor de medios, traductor y relacionista público. Es hijo del poeta cubano Emilio Ballagas.

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