Literatura | Un viejo (y casi perdido) texto de Severo Sarduy

"Adiós, Severo, hasta la Victoria (la de Samotracia, claro está), siempre". 

Hombre sentado.
Apoteosis de Severo. | Imagen: Árbol Invertido

¿Cómo sería Severo Sarduy cuando en estos días cumpliese sus 85 años?

Me lo pregunto porque poseo un texto de Severo, inédito en la red y al que deseo sacar del limbo del soporte papel y dárselo a conocer a los lectores, pero no sin contarles la historia de su génesis.

En la década de los ochenta, del siglo pasado, uno de los mejores suplementos culturales del mundo (el mejor, según Carlos Fuentes) era el de Diario16, en Madrid, a cuyo consejo editorial me honra el haber pertenecido. Ya casi al final de la década, a la redacción se le ocurrió la idea de pedir a destacados intelectuales de todo el mundo, pero con clara preferencia del iberoamericano, que escribieran la contratapa del suplemento bajo el rubro Mi libro favorito. La cosecha fue fabulosa, y un editor con despierto sentido de la oportunidad podría publicar un libro de lo más enjundioso con el producto de semejante empresa.

Para que se hagan una idea de lo que fue aquella contratapa, en ella, además de las grandes firmas de nuestro idioma colaboraron, reseñando los libros que van entre paréntesis, los portugueses Lidia Jorge (Orlando, de Virginia Woolf), Eugenio de Andrade (el Romancero español) y Al Berto (Bajo el volcán, de Malcolm Lowry); los italianos Gesualdo Bufalino (Les contrerimes, de Paul-Jean Toulet) y Claudio Magris (La educación sentimental, de Flaubert); los británicos David Gilmour (El Gatopardo, de Tomasi di Lampedusa), Peter Ackroyd (El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde) y Anthony Burgess (En Nadar-Dos-Pájaros, de Flann O’Brien); el francés Michel Tournier (El viaje iniciático de Nils, de Selma Lagerlof); el norteamericano Paul Theroux (En la Patagonia, de Bruce Chatwin); el checo Milan Kundera, quien eligió la obra del polaco Gombrowicz; y el sueco Artur Lundkvist, con un artículo sobre diez novelas del siglo, entre ellas Nostromo, de Conrad; Ulises, de Joyce; La muerte de Virgilio, de Hermann Broch; Absalón, Absalón, de Faulkner; Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias; y Terra nostra, de Carlos Fuentes. Y ya que estamos en ella, creo que poseo la colección entera de la contratapa y en ella no figura nada más que un autor mexicano, mejor dicho, una autora, Bárbara Jacobs, con Tres cuentos, de Flaubert.

Del resto quisiera destacar dos espléndidos textos que hubo que dividir en dos entregas: el que Mario Vargas Llosa dedicó a Ficciones, de Borges, y el soberbio análisis que hizo María Zambrano de Seis personajes en busca de un autor, de Pirandello.

A mí se me dio el encargo de activar los contactos con escritores latinoamericanos que eran amigos míos y quisieran participar en el proyecto. Y claro que quisieron: conservo como oro en paño los manuscritos de Claribel Alegría (Rayuela), Luis Fayad (Pedro Páramo), Salvador Garmendia (La isla misteriosa, de Julio Verne), Ignácio de Loyola Brandão (Robinson Crusoe), Vlady Kociancich (el clásico chino Sueño en el Pabellón Rojo) y el escritor de la RDA Fritz Rudolf Fries, nacido en Bilbao, traductor del Amadís de Gaula y de Rayuela, y cuyo libro predilecto resultó ser Moby Dick. Pero no conservo, hélas!, el manuscrito de Álvaro Mutis, que se decantó por el Quijote.

Todos los textos mencionados hasta aquí se publicaron a lo largo de 1989 y 1990. Pero conservo además los manuscritos de otros cinco textos que no llegaron a publicarse por la debacle que se abatió sobre Diario16 y acabó con la publicación y su suplemento. Son los de Fanny Buitrago (El coloso de Marusi), Hernán Valdés (que no se limitó a un solo libro y tituló su aporte “Entre Proust y Fowles”), Antonio Cisneros (otro clásico chino, T’ung Shu), Miguel Barnet (Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde) y mi bueno y querido Lizandro Chávez Alfaro, entonces embajador nicaragüense en Budapest, que escribió un texto memorable sobre Hambre, de Knut Hamsun.

Sabedor de lo lento que molían las muelas del molino contable de Diario16, a varios de los autores les adelanté el honorario de mi propio bolsillo, esperando que reembolsaría tales adelantos cuando los textos se publicaran. Fue una inversión fallida pero de la que no me arrepiento, pues ello me permite ofrecerles acá, con la conciencia muy tranquila, un texto imperdible y hasta ahora inédito en la red, el de Severo Sarduy sobre el Diccionario, que fue una de las mejores contratapas que se dieron a conocer a fines del siglo pasado en Culturas16. Acá se las entrego, con la advertencia de que la transcripción es literal, todas las cursivas son del propio Severo.

Hombre durmiendo.
Dormición de Severo. | Imagen: Árbol Invertido

Mi libro favorito: el Diccionario, por Severo Sarduy

No podría escoger un solo libro. A menos que todos los libros no sean uno solo anunciado, recreado, corregido y aumentado, borrado, interpretado, quemado y vuelto a escribir a lo largo de la historia.

Si tuviera que decidirme por un libro adoptaría sin lugar a dudas al que contiene, aunque en el más absoluto desorden, es verdad, a todos los otros: el Diccionario.

A diario me paseo por ese espejo cóncavo en que las palabras dan una idea, aunque miniaturizada fiel, del universo; lo consulto, lo hojeo, le añado, quizá con demasía, eso que no sé por qué en España llaman cubanismos y para que mí no es sino la lengua castiza, normal. También, como sucede con los amores excesivos, a veces lo ignoro, lo soslayo, escribo sistemáticamente lo contrario de lo que me aconseja —y con él esa impertinente que lo azuza y acicala cada año—: nada más que para molestarlo.

Muchos suponen que el bilingüismo es algo perfecto, que esa doble pertenencia elimina y engloba, en su sano equilibrio, dos felicidades opuestas para la total felicidad de su posesor, algo así como la bisexualidad. La suposición tiene algo de cierto; también tiene su atenuante: en esa carrera desaforada en que transcurre el día yendo y viniendo de un idioma a otro, es decir, de una parte a otra del manoseado Diccionario. Porque algunas palabras surgen, sin motivo alguno, en el otro idioma, y se aferran a él como gato con las uñas afiladas. Seguramente lo hacen, ellas también, nada más que para molestarme, malditas.

Hace algunos años, cuando escribía Cobra y Colibrí, consultaba mucho más el Diccionario.

Tenía entonces uno de sinónimos y antónimos; eso le dio a mi prosa un brillo, una exuberancia, un lujo un poco fanfarrón que hacía pensar en el palacete de un nuevo rico, en el sueño de una portera lograda. Me pusieron en Buenos Aires “el millonario del lenguaje”. Pero todas las monedas las acuñaba el Diccionario.

Alejo Carpentier los utilizó aún más que yo. Sus libros están plagados de pertinencias y exactitudes en que se escucha la Voix de son Maître. En esa oportuna parodia, que no por odio, propone de su prosa Guillermo Cabrera Infante, la pulcra dicción del Maître se convierte en una adicción.

Ahora, no sé si será la edad, recurro mucho menos al consuelo de la sinonimia. Me da igual que la misma palabra se repita; eso le ha dado a mi escritura cierta severidad, la sequedad de la pobreza escogida.

Pero no se piense que mi compulsión de enumeraciones se limita al Diccionario. No, me apasionan todas las taxonomías, repertorios, elencos, álbumes, guías, listas de todo tipo, catálogos. Es como si todos esos ordenamientos giraran alrededor de algo que los sustenta, de algo al mismo tiempo estructurante y oculto, borrado para siempre, que sería como una definición o una imagen de Dios.

Establezco un catálogo de catálogos. Recenso ahora tres de estas pasiones: de niño coleccioné con ahínco las minuciosas postalitas del Álbum de Oro Zoológico, en que aparecían seres tan improbables como el tato; el colibrí, volador fijo; el oso hormiguero o el ave–lira. Esas vistosas cuadricomías [sic, nota del T.], con el olor fresco y dulzón de los caramelos, fueron mi primer acceso a la ficción. A esa que aún hoy fatigo: la que aparece como un “efecto” de lo real.

Me hundo, pues, entre esos cuerpos adolescentes, a la vez recios y frágiles.

Más tarde, al llegar a Europa, compulsé con deleite la Guía Azul: no bastaban las iglesias, los conventos, los castillos y quesos de ese vasto museo que es el continente; quería, además, y con ellos su doble en las palabras, su analogía en los sonidos, su otra verdad.

La noche ahora me entrega, puntual e indiferentes, los cuerpos que el día me rechaza. Su mensajero es una guía holandesa, el Spartacus, donde está consignado y descrito en un depurado estilo internacional, todo lo que el planeta cuenta de gay.

Adentrarse en esas páginas es ya todo un “viaje”, en el sentido que la palabra tenía en los sesenta; sueño, despegue, vuelo, ser otro. Me hundo, pues, entre esos cuerpos adolescentes, a la vez recios y frágiles, que bailan desnudos entre drogas y flores frescas, en alguna “casa” flotante de los suburbios de Hong-Kong.

O entre ellos mismos —porque la guía es sumaria en la descripción de los cuerpos—, pero convertidos en masajistas integrales en algún baño art-nouveau de las afueras de Manila; o aún entre los mismos, pero ahora son obesos luchadores de sumo en un gimnasio ritual de Tokio. O son rubios robustos de Ámsterdam, o de México, o de Yakarta. O de La Habana.

Así me duermo.

Posdata de Ricardo Bada

Sólo hay un placer mayor al de la lectura de un bello texto. Y es el de transcribirlo al papel o a la pantalla, lo que acabo de hacer con este de mi querido Severo. Es como ir paladeando un buen Martini seco a pequeños sorbos. Y aquí, ahora, una vez más como siempre en nuestra despedida anual en la feria del libro de Fráncfort: Adiós, Severo, hasta la Victoria (la de Samotracia, claro está), siempre.

Ricardo Bada
Ricardo Bada

(Huelva, España, 1939). Escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de La generación del 39 (cuentos, Nueva York 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, Huelva 1994), Amos y perros (cuento, Huelva 1997), Me queda la palabra (conferencias, Huelva 1998), Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, Madrid 2000), Limeri de Bueno Saire (poesía nonsense, Río de Janeiro 2011), La bufanda de Cambridge (cuentos, Bogotá 2018) y El canto XXV (novela corta, Copenhague 2019). Su ópera breve La serenata de Altisidora (partitura de David Graham) se estrenó en  el Festival de Camagüey del año 2000.

Editor en Alemania, junto con Felipe Boso, de una antología de literatura española contemporánea, Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua] (Colonia 1981), y en solitario, de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, Madrid 1991), y en Bolivia de la única antología integral en español de Heinrich Böll (Don Enrique, La Paz, 1995). 

Ha sido y en varios casos sigue siendo colaborador regular del Centro Virtual Cervantes, Revista de Libros, Revista de Occidente, Vasos Comunicantes, Pérgola, ABC y Cuadernos Hispanoamericanos (España), Nexos, La Jornada Semanal y SoHo (México), El Espectador, El Malpensante y SoHo (Colombia), El País (Uruguay), Etiqueta Negra (Perú), Aurora Boreal (Dinamarca), Amsterdam Sur (Ámsterdam), La Nación y SoHo (Costa Rica) y La Opinión (Los Ángeles/California). Mantiene, además, desde noviembre 2009 la publicación semanal de su Diario en un blog del espacio MientrasTanto de la revista Fronterad (Madrid): https://www.fronterad.com/

Republicano y agnóstico, convicto y confeso, fue nombrado paradójicamente caballero de la Orden de Isabel la Católica, y padece –no menos paradójicamente– una curiosa  dolencia llamada sacralización. Tan luego él...

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