El rostro de Eliezet Sesma Diago ha ido enflaqueciendo desde que en 2021 entró a esa máquina de trucidar huesos que es el sistema penitenciario socialista cubano. Su hijo Jonathan, de apenas diez años cuando arrestaron a su padre por participar en las manifestaciones del 11 de julio de 2021 (11J), ahora ha espigado y ya le alcanzó en tamaño.
Tras más de un año en prisión, Eliezet fue llevado ante el Tribunal Municipal de Arroyo Naranjo, La Habana, junto a otros catorce cubanos, por participar en las protestas en La Virgen del Camino, en el municipio capitalino de San Miguel del Padrón.
Le imputaban cargos grandilocuentes: atentado, desacato, desórdenes públicos e instigación a delinquir. La solicitud inicial fue aún mayor: penas de hasta diez años de privación de libertad.
Un condena desproporcionada
Familiares de Sesma declararon a la prensa independiente en 2022 que consideraban desproporcionadas las penas solicitadas por la Fiscalía, porque en La Virgen del Camino nadie resultó herido o lastimado, ni siquiera un policía.
Una amiga de Eliezet, que prefiere no revelar su nombre y con quien conversé para este artículo, dice que aquel día él salió a gritar por la libertad de Cuba, por sus derechos y los de su hijito.
Según cuenta, se trata de un hombre pacifista por naturaleza y su reacción ante la agresión de efectivos de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) contra manifestantes como él fue alzar sus brazos y gritar "¡No a la violencia!". Pero:
"La policía lo golpeó y mucho."
En su juicio un policía testificó lo contrario: que Eliezet llevaba unas trenzas y que, a más de 60 metros y desde un tumulto de más de cien personas, le lanzó una piedra. Pero su amiga nota incongruencias en el testimonio. El acusado nunca ha llevado trenzas y, humanamente, es difícil identificar a tal distancia y en un grupo tan grande quién tiró una piedra.
Sobre el cuerpo delgado de Eliezet acabaron cayendo nueve años de prisión.
Bajo la espada de Damocles del régimen
Las cárceles cubanas huelen a azufre.
Testimonios recientes de reos, familiares y organizaciones independientes describen el sistema penitenciario socialista como uno marcado por el hacinamiento, la escasez de alimentos y agua, la falta de atención médica y medicamentos, condiciones sanitarias deficientes, violencia y castigos disciplinarios excesivos, así como restricciones a las comunicaciones y visitas.
Para los presos políticos se suma, a todo eso, una serie de represalias que incluyen aislamiento, traslados punitivos, amenazas y torturas. Bajo tal espada de Damocles está Eliezet. Mientras tanto, la vida continúa su tumbo afuera. Contó la amiga:
"Su hijo está creciendo sin su único referente, en una edad en la cual lo necesita más que nunca, la adolescencia; su madre nunca estuvo presente y como papá asumió su total custodia y educación. Es doloroso. Oírlo lastima el alma, me deja llorando."
Ella ha escuchado la voz entrecortada de Eliezet, un padre desesperado que ve cómo:
"Sin motivos, lo han alejado de su razón de vivir."
De otro lado, las calles de Cuba socialista rebosan de la droga llamada El Químico, violencia, hambre y miseria; y Eliezet piensa tras los barrotes en los peligros para un adolescente que no entiende por qué su padre está en la cárcel.
Las noticias que llegan al preso no son las mejores. Relató la amiga:
"Le robaron dos veces en el cuartico donde vivía. Dejaron al hijo de Eliezet sin nada."
El régimen de La Habana anunció un indulto para 2.010 reclusos a inicios de marzo de 2026. Sin embargo, organizaciones pro derechos humanos en la isla señalaron que, al inicio de esa ronda, un ínfimo porcentaje de los excarcelados eran presos por motivos políticos.
Eliezet y su amiga solo creen que "un milagro" puede acabar con la condena que ya pasó su primera mitad. El de la libertad pudiera llegar antes de que acabe el año. Pero los días pasan y la distancia entre un padre y su hijo se agranda. Esa, solo Dios puede componerla. La única esperanza para un país a la deriva, ahogada en el sufrimiento de los inocentes.
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