En 24 horas, el aire acondicionado de cinco toneladas del Despacho Provincial de Cargas de la Empresa Eléctrica de Ciego de Ávila consume cerca de 168 kWh, el consumo promedio mensual de una vivienda cubana. Ese aire trabaja ininterrumpidamente y desde ahí se distribuyen los apagones a cada circuito de la provincia, que superan las treinta horas seguidas, con apenas una hora de servicio eléctrico entre un corte y el otro.
A unos pocos metros de ese lugar, en los portales de las familias avileñas, cerca de las 12 de la noche, duerme Liam, de tres años de edad, en un pequeño catre construido con madera y una tela gruesa. Viste un pulóver de tela fina y un short cosido por su madre con un pedazo de tela de un vestido viejo. Ella lo abanica con un pedazo de cartón de una caja. Dentro de su casa es imposible estar. Los días de este verano son de mucho calor; la sensación térmica llega a rozar los 40 grados en algunas zonas del país, principalmente en las provincias orientales.
Sistema eléctrico al límite
El lunes 6 de julio de 2026, la red eléctrica de Cuba sufrió un nuevo colapso masivo, el séptimo en los últimos 18 meses, según informó la estatal Unión Eléctrica. La desconexión del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) dejó sin servicio a todo el país y obligó a iniciar de forma gradual el proceso de restablecimiento del suministro. El fallo ocurrió en medio de la peor crisis energética registrada en las últimas seis décadas, marcada por el deterioro de las centrales termoeléctricas, la escasez de combustible y prolongados apagones diarios.
Aunque el siguiente jueves 9 las autoridades del sector informaron que el SEN había quedado nuevamente interconectado, la normalización del servicio no llegó en todos los lugares. Los cortes eléctricos continúan superando las cincuenta horas consecutivas, con breves períodos de electricidad entre una interrupción y otra.
La historia detrás del catre
Liam vive con su mamá en un barrio de Ciego de Ávila, en una casa modesta donde el calor se siente peor que en la calle. Ella es educadora en un círculo infantil de la zona, una profesión que exige paciencia, entrega y jornadas largas al cuidado de otros niños, incluido el de ella.
Su salario mensual es de 3.400 pesos cubanos, una cifra que no alcanza para cubrir ni una fracción de las necesidades básicas del hogar. Basta un solo ejemplo para entender la magnitud del desajuste: un ventilador recargable, hoy un objeto casi imprescindible para poder dormir durante los apagones, cuesta en el mercado informal cerca de 45.000 pesos, más de trece veces su salario completo. Comprarlo de una sola vez es, sencillamente, impensable; para muchas familias como la suya, requeriría meses de ahorro absoluto, sin destinar un solo peso a comida, transporte o cualquier otro gasto.
A esa realidad económica se suma una historia de familia monoparental, porque el padre de Liam no le da pensión alimenticia, ni apoyo, ni algún gesto de responsabilidad compartida. Desde entonces, ella ha cargado sola con la crianza, dividiendo cada jornada entre el trabajo en el aula, las tareas domésticas y la búsqueda incesante de alimentos para su hijo, una rutina que se repite día tras día sin descanso.
Frente a esa carencia, la madre ha tenido que inventar. En el patio de su casa tiene sembradas varias matas de plátano, una pequeña economía de subsistencia que ella misma cultiva y cuida entre turno y turno de trabajo. De esas matas de plátano saca lo necesario para cocinar en casa, pero también separa algunas manos para vender en el barrio. Con ese dinero extra compra lo que el salario no le permite: aceite, arroz, algún pedazo de pollo cuando aparece, o los medicamentos básicos que Liam pueda necesitar.
Su historia no es excepcional; es apenas una entre miles. La mamá de Liam representa a una generación de cubanos de entre 20 y 27 años obligada a sostener a su familia con alternativas más allá del salario.
La sed que se suma
El agua se ha convertido en otro frente de la crisis: de las 3.300 estaciones de bombeo de agua, el 87% depende directamente del SEN para funcionar, siendo este sector el segundo mayor consumidor de energía del país, según admitió el presidente del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INRH), Antonio Rodríguez Rodríguez, en el programa televisivo oficial Mesa Redonda Informativa, el jueves 26 de marzo.
Cerca del 43% de los hogares cubanos recibe agua cada tres días o más, mientras el sistema hidráulico opera con apenas un tercio del combustible necesario para el bombeo. La Habana se encuentra entre las provincias con mayor afectación, donde se han registrado protestas reclamando un servicio que en algunos lugares es prácticamente inexistente.
Las autoridades sanitarias han pedido a la población a través de consejos difundidos en el Canal Caribe hervir el agua para prevenir enfermedades gastrointestinales. Esta es una recomendación que resulta contradictoria en un contexto donde ni el agua ni la electricidad están garantizadas.
Peor que antes
Los cubanos se enfrentan a una crisis generalizada: económica, social y política. Tras toda una vida de trabajo, Martha, de 69 años de edad y jubilada de la Empresa Municipal de Comercio y Gastronomía, ha tenido que montar una cafetería en su casa para vender pan, refrescos y algún que otro producto enlatado y así poder sobrevivir. Como ella, miles de personas mayores que dedicaron su vida al trabajo han tenido que buscar nuevas formas de recibir ingresos. Dice Martha:
"Trabajé toda mi vida sin darme cuenta de que estaba sobreviviendo, pero ahora hay que seguir inventando para poder vivir."
Cuando habla del pasado, Martha recuerda una Cuba que, según su percepción, tenía algunas señales de desarrollo en determinados sectores:
Regresar al inicio"Esa Cuba no era perfecta, creo que nada en la vida lo es, pero algo sí te puedo asegurar: era mejor que la que estamos viviendo. Lo único que tienes que hacer es salir a la calle y preguntarle a cualquier persona."