El olor de la crisis
Todos los productos cárnicos se habían echado a perder. Con apenas una hora de electricidad al día y temperaturas extremas (la sensación térmica había llegado a rozar los 40 grados Celsius), el desenlace era casi inevitable. Al abrir la nevera, un olor nauseabundo invadió la habitación.
No era simplemente el hedor de alimentos en descomposición; era un olor penetrante, semejante al que desprende un cadáver durante el proceso de putrefacción. Por el conducto de desagüe de la nevera corría un hilo de líquido rojizo, una mezcla de agua y sangre de la carne descompuesta. Ni siquiera el tapón de silicona colocado para sellar la salida lograba contenerlo.
Daniela Medina, doctora en medicina, abandonó el sistema de salud en 2024 para abrir una pequeña tienda privada donde vende pollo, picadillo y otros productos de primera necesidad. Su salario mensual, que era de 7.360 pesos cubanos, apenas le alcanzaba para comprar unas diez libras de pollo. Para reunir el capital inicial de su negocio, vendió la lavadora, el televisor, el juego de muebles y hasta varios equipos de cocina que había heredado de su madre, fallecida en 2019.
La crisis alimentaria en Cuba
El verano llegó a Cuba y, con él, se agudizó la crisis energética que ya golpea directamente la capacidad de los cubanos para conservar sus alimentos. A los apagones diarios se suma un problema que viene desde antes: la brecha entre los precios de los productos básicos y los salarios es cada vez mayor. En la mayoría de los casos no alcanza siquiera para cubrir la alimentación de un solo día.
Así lo confirmaron varios habitantes de la provincia de Ciego de Ávila entrevistados en la cola de la tienda de Daniela, donde la libra de pollo cuesta 700 pesos. Según ella, los márgenes de ganancia son cada vez menores y ha tenido que dejar de comercializar varios productos porque ya no le resulta rentable.
Brian, trabajador por cuenta propia, explica:
"Tenemos que vivir al día porque no podemos comprar comida para guardar. Tienes que adquirir solo lo que vas a consumir en la jornada, y eso molesta muchísimo porque nunca tienes lo que te hace falta. Yo trabajo particular, pero si no hay corriente, no puedo trabajar. Y el transporte cuesta muy caro: un triciclo eléctrico cobra 300 pesos por viaje."
Frank Daniel coincide en el diagnóstico y no oculta su frustración:
"Con estos apagones todo está paralizado. No se puede guardar comida en los fríos porque todo se echa a perder. La situación está muy mala, todo muy malo. ¡Estamos jodidos!"
El problema no se limita a los hogares. Los continuos apagones han imposibilitado actividades clave para la economía y la producción de alimentos en el país. Varios productores agropecuarios consultados alertaron sobre el impacto directo de los cortes eléctricos en sus procesos productivos.
Manuel, agricultor del municipio de Ciro Redondo, en Ciego de Ávila, cultivó arroz durante años, pero tuvo que abandonar ese cultivo. Explicó:
"Es impensable. El arroz necesita mucha agua y, con el poco tiempo de electricidad que nos dan para bombearla, es imposible."
Ante esa realidad, ha diversificado sus cultivos, pero esta vez solo para el consumo de su familia:
"Ya no puedo cultivar para comercializar."
Con preocupación, también advirtió sobre la próxima campaña agrícola:
"Conozco a todos los campesinos de por aquí y te digo que la mayoría de los que siembran frijoles este año no lo van a hacer."
¿Cómo se vive en un país sin electricidad y con altas temperaturas del verano?
Daniela describe así lo peor de todo:
"Hemos ido normalizando vivir sin corriente, que se te eche a perder la comida, dormir en un portal porque el calor no te deja estar dentro de la casa. Estoy segura de que esto pasa en otro país y ya se habría resuelto el problema, pero nos hemos acostumbrado a que la miseria y la oscuridad sean nuestra forma de vida; es nuestra normalidad."
El 16 de marzo de 2026, Cuba entera quedó sin electricidad tras una nueva caída del Sistema Eléctrico Nacional (SEN). Fue el sexto apagón total registrado en un lapso de año y medio. Este nuevo colapso volvió a evidenciar la fragilidad de la infraestructura eléctrica cubana, un sistema dependiente de las importaciones de combustible y con centrales termoeléctricas envejecidas que continúan siendo su principal soporte.
El plato que se repite: así ha cambiado la dieta y ha cansado al cubano
La dieta del cubano ha ido transformándose al ritmo de las crisis, y no precisamente ha ganado en variedad. Durante la pandemia de la COVID-19, un mecanismo estatal ya desaparecido permitía a las familias acceder, de manera esporádica, a paquetes de pollo, salchichas, aceite y picadillo, distribuidos a través de los delegados de las circunscripciones. El precio era elevado, pero aun así resultaba más asequible que las alternativas que vendrían después.
Hasta entonces, el pollo era el plato principal de la mesa de la mayoría de las familias cubanas. Pero con el paso del tiempo, ese producto fue quedando fuera del alcance de los cubanos. Las tiendas en MLC y, posteriormente, las que comenzaron a operar en dólares y otras divisas inaccesibles para la mayoría se apropiaron primero de ese mercadoo, convirtiendo al pollo entero en un artículo casi exclusivo de quienes recibían remesas o adquirían moneda extranjera de alguna manera.
Después llegaron los negocios privados, que hoy dominan la oferta, pero con un producto distinto: ya no es el pollo el que llega a la mayoría de las mesas, sino el picadillo de pollo, una opción más económica pero igualmente sometida a la escalada de precios.
Ese picadillo, que en su momento representó una alternativa más asequible frente al pollo, ha visto también cómo su precio no deja de subir. El resultado es que cada vez más familias cubanas se ven obligadas a prescindir de él, empujadas hacia una dieta cada vez más limitada, donde "resolver" cada día sustituye la posibilidad real de variar el menú o alimentarse.
El lujo de un vaso de agua fría
Un vaso de agua fría es, hoy, un lujo para muchos cubanos. La imposibilidad de enfriar siquiera el agua se ha convertido en una de las privaciones más silenciosas y, al mismo tiempo, más duras de la crisis energética que atraviesa el país. La sed se vuelve más difícil de calmar durante los meses de verano.
La falta de electricidad afecta además el acceso al agua potable. En muchos hogares, los cortes eléctricos interrumpen los sistemas de bombeo, obligando a las familias a esperar horas o incluso días para poder almacenar agua. Cuando finalmente llega, las altas temperaturas hacen que salga caliente por las tuberías expuestas al calor. Cuenta Aurora, otra residente en Ciego de Ávila:
"Hay días que una tiene que comprar hielo porque no se puede aguantar este calor, pero no siempre se puede. El dinero no alcanza para estar comprando todos los días. Muchas veces tenemos que tomar el agua directamente de la llave, pero sale caliente, como si estuviera hervida. Uno quisiera aunque sea tener un vaso de agua fría, pero ya eso se ha convertido en algo difícil."
Mientras la mayoría de las familias intenta resistir los apagones con los pocos recursos disponibles, un grupo reducido ha encontrado una alternativa. Se trata de quienes han podido acceder a paneles solares o estaciones portátiles de energía, conocidas popularmente por el nombre de EcoFlow, una de las marcas más extendidas.
Estas soluciones están disponibles principalmente para dueños de negocios o personas que reciben apoyo económico desde el exterior. Para la mayoría de los cubanos, continúan siendo tecnologías inaccesibles por sus elevados precios y las dificultades para adquirirlas.
La necesidad de combatir el calor también ha creado un nuevo mercado. En las calles cubanas se venden pomos de agua fría y hielo a unos 150 pesos. A simple vista, puede parecer una cifra pequeña, pero el cálculo cambia cuando se proyecta en el tiempo: comprar un pomo diario durante un mes representa unos 4.500 pesos.
Esa cantidad supera el salario mínimo mensual establecido recientemente en Cuba, fijado en 3.210 pesos, una cifra que, al cambio informal, equivale aproximadamente a 4,79 dólares.
En otras palabras, una persona que quisiera garantizar únicamente agua fría durante todo un mes tendría que gastar más de un salario mínimo completo. Y ese ingreso, además, no se recibe de inmediato: aunque la medida entró en vigor el 1 de julio de 2026, los trabajadores comenzarían a cobrarlo en agosto, correspondiente al mes vencido.
El agua fría, que durante años fue un elemento cotidiano, se ha convertido en otro reflejo de la crisis. En pleno verano, la electricidad determina no solo qué alimentos pueden conservarse, sino también algo tan básico como la posibilidad de beber un vaso de agua fresca.
Un verano que no termina
Cuba enfrenta el verano de 2026 con una combinación que pocos países tendrían que resistir al mismo tiempo: temperaturas extremas, apagones que superan las treinta horas diarias, salarios que no alcanzan ni para adquirir agua fría, y un campo que empieza a rendirse ante la imposibilidad de regar sus cultivos. Cada uno de estos problemas, por separado, ya representaría una crisis. Juntos, dibujan el retrato de un país que sobrevive administrando la escasez.
Este verano llegó con la promesa oficial de reformas, aumentos salariales y "transformaciones económicas". Pero para Brian, Frank Daniel, Daniela, Aurora o Manuel, esas promesas siguen sin traducirse en algo tan básico como conservar un plato de comida o beber un vaso de agua fría. Mientras el país espera que el sistema eléctrico se estabilice y las cosechas no terminen de perderse, millones de cubanos siguen midiendo el tiempo, como Brian, "al día": una comida, una hora de corriente a la vez.
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