Otro episodio de los delirios de Petro ha vuelto a colocar al presidente colombiano en el centro de la polémica regional. En un discurso cargado de retórica anticapitalista, Gustavo Petro afirmó que Miami “va a desaparecer”, redujo a la ciudad a simples “lentejuelas” y sostuvo que “es mejor vivir en Cuba”, una comparación que ignora tanto la realidad del exilio cubano como la crisis estructural que atraviesa la isla.
Desde una comodidad presidencial ajena a la experiencia cotidiana, Petro contrapuso una Miami presentada como “fantasmagoría artificial” a una Cuba idealizada como espacio de superioridad cultural. La afirmación no solo desata controversia por su tono, sino porque borra deliberadamente las razones que han llevado a millones de cubanos a huir del país para asentarse, precisamente, en esa ciudad que el mandatario colombiano desprecia.
Hablar desde el privilegio y la ceguera ideológica
Reducir a Miami a un decorado de “lentejuelas” implica negar su dimensión histórica y social. La ciudad no es solo un espacio de acogida para quienes escaparon del autoritarismo cubano, venezolano o nicaragüense; es también un polo de oportunidades, prosperidad y movilidad social, donde se han construido trayectorias de vida exitosas en el ámbito empresarial, cultural, científico y profesional.
Para buena parte del exilio cubano, Miami ha sido mucho más que refugio: ha significado acceso al trabajo, a la propiedad, a la libre expresión y a un futuro para sus hijos. Despreciar ese recorrido vital equivale a borrar décadas de esfuerzo, integración y progreso, sustituyéndolos por una imagen ideológica simplificada que sirve más al discurso que a la realidad.
Cuba idealizada, Cuba real
En el núcleo de los delirios de Petro está la confusión —o la negación— entre cultura y sistema político. La cultura cubana que sobrevive y se proyecta al mundo lo hace pese al régimen, no gracias a él. Escritores, artistas, músicos y cineastas han tenido que crear en condiciones de censura, vigilancia y castigo, o directamente en el exilio.
Presentar a Cuba como un lugar “mejor para vivir” desconoce la realidad de quienes arriesgan la vida en el mar o atraviesan selvas y fronteras para escapar de un modelo que no ofrece horizontes materiales ni libertades civiles básicas.
La comparación planteada por Petro omite también la experiencia de quienes permanecen en la isla, atrapados en una cotidianidad marcada por apagones prolongados, escasez de alimentos y medicamentos, salarios que no cubren necesidades básicas, deterioro de la vivienda y un sistema de control político que penaliza la disidencia.
La Cuba real no es únicamente la del migrante que huye, sino también la del ciudadano que hace colas interminables, que ve derrumbarse edificios, que depende de remesas para sobrevivir y que no puede decidir libremente su futuro político. Presentar ese contexto como “mejor lugar para vivir” implica una desconexión profunda con la vida cotidiana de la isla.
Los recurrentes delirios de Petro
El discurso de Petro sobre Miami y Cuba encaja en una línea política ya conocida. No es la primera vez que el mandatario colombiano elogia abiertamente a regímenes autoritarios de izquierda o minimiza sus déficits democráticos. Ha defendido públicamente al Gobierno cubano en foros internacionales, ha evitado condenas claras a la represión tras las protestas del 11 de julio de 2021 y ha insistido en presentar a La Habana como referente cultural y ético.
A ello se suman otras expresiones de su retórica anticapitalista, como la constante demonización del “consumo”, la crítica a las ciudades globales como espacios vacíos de sentido o la contraposición entre “pueblos dignos” y “sociedades alienadas”.
Petro y sus lazos con el régimen cubano
Las declaraciones de Petro no pueden desligarse de sus lazos políticos y simbólicos con el régimen cubano. Desde el inicio de su mandato, el presidente colombiano ha mantenido una relación fluida y sin fricciones públicas con La Habana, evitando cuestionar la existencia de presos políticos, la ausencia de pluralismo o la criminalización del disenso.
Esa cercanía se expresa no solo en gestos diplomáticos, sino también en el lenguaje: Cuba aparece en su discurso como proyecto moral, no como sistema político responsable de una crisis humanitaria y migratoria persistente.
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