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Biblioteca Liberal | Ludwig von Mises: "Liberalismo. La tradición clásica"

"El paraíso socialista será el reino de la perfección, habitado por auténticos superhombres irremediablemente felices. De semejantes absurdos está llena toda la literatura socialista."

"El Hijo del Hombre" (1964) de René Magritte. Fragmento.
"El Hijo del Hombre" (1964) de René Magritte. Fragmento.
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LIBERALISMO. LA TRADICIÓN CLÁSICA

El presente es el primer capítulo del libro homónimo publicado por primera vez en 1927 por la editorial Gustav Fischer (Jena, Alemania). Esta obra sintetiza las concepciones de Ludwig von Mises, una de las figuras más influyentes del pensamiento liberal del siglo XX. Varios Premios Nobel de Economía como Friedrich A. Hayek, John R. Hicks, Milton Friedman, Maurice Allais, James M. Buchanan y Vernon L. Smith lo han considerado una gran influencia.

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1. El liberalismo

Los filósofos, sociólogos y economistas del siglo XVIII y principios del XIX elaboraron un programa político que se convirtió, más o menos, en una orientación de política práctica primero en Inglaterra y en Estados Unidos, luego en el continente europeo, y finalmente también en otras partes del mundo civilizado. Pero este programa nunca se llevó íntegramente a la práctica en ningún país y en ninguna época. Incluso en Inglaterra, que se reconoce como la patria del liberalismo y como modelo de país liberal, nunca se consiguió realizar todas las instancias de este ideario. Para no hablar del resto del mundo, donde sólo se acogieron algunas partes del programa liberal, mientras que en otras, no menos importantes, se rechazaron a priori, o bien se acogieron por breve tiempo, para luego ser abandonadas. En una palabra, podemos decir, aunque con cierta exageración, que el mundo atravesó por algún tiempo una era liberal, si bien el liberalismo no pudo nunca desplegar todas sus posibilidades.

Sin embargo, el dominio de las ideas liberales, aunque por desgracia demasiado limitado en el tiempo, fue suficiente para cambiar la faz de nuestro planeta. Con él se inauguró un grandioso desarrollo económico. La liberación de las fuerzas productivas humanas multiplicó la cantidad de los medios de subsistencia. En vísperas de la guerra mundial, que sin embargo fue ya resultado de una larga y dura lucha contra el espíritu liberal y el comienzo de una época de rechazo aún más encarnizado de los principios liberales, el mundo tenía una densidad demográfica nunca alcanzada antes, y cada uno de sus habitantes un tenor de vida superior al que jamás fuera posible en los siglos anteriores. El bienestar creado por el liberalismo redujo notablemente la mortalidad infantil, plaga implacable de los siglos precedentes, y mejorando las condiciones generales de vida, prolongó la duración media de ésta. 

El economista, historiador y filósofo austriaco Ludwig von Misses (1881-1973).
El economista, historiador y filósofo austriaco Ludwig von Misses (1881-1973).

Este flujo no afectó sólo a un restringido estrato de privilegiados. En vísperas de la guerra mundial, el tenor de vida del obrero de los Estados industriales europeos, de los Estados Unidos de América y de los dominios de Ultramar ingleses era superior al del aristócrata de años no muy lejanos. El obrero podía no sólo comer y beber cuanto quería, sino también dar a sus hijos una educación mejor; podía participar, si quería, en la vida cultural de la nación; y podía ascender a los estratos sociales superiores si poseía los requisitos y la fuerza suficiente para ello. 

Precisamente en los países más adelantados en sentido liberal la mayoría de quienes ocupaban la cima de la pirámide social estaba formada no por personas favorecidas desde su nacimiento por unos padres ricos y bien situados, sino por individuos que, partiendo de condiciones de estrechez económica, supieron hacerse camino con sus propias fuerzas y el favor de las circunstancias. Desaparecieron las viejas barreras que habían separado a amos y siervos. Sólo existían ya ciudadanos con derechos iguales. A nadie se le rechazaba o perseguía por su pertenencia étnica, por sus convicciones o por su fe. En el plano interno habían cesado las persecuciones políticas y religiosas, y en el plano internacional las guerras empezaban a ser cada vez más raras. Los optimistas presentían ya la era de la paz perpetua.

Pero luego las cosas cambiaron. Desde el siglo XIX el liberalismo fue objeto de una aguerrida oposición que al final consiguió anular gran parte de sus conquistas. Hoy el mundo no quiere ya saber nada del liberalismo. Fuera de Inglaterra el término mismo de "liberalismo" se pronuncia incluso con desprecio; en la propia Inglaterra sigue habiendo "liberales", pero muchos, acaso la mayoría, lo son de nombre, digamos más bien que son socialistas moderados. El poder de gobierno está hoy en todas partes en manos de partidos antiliberales. El antiliberalismo pragmático ha desencadenado la guerra mundial e inducido a los pueblos a encerrarse en sí mismos, protegidos por prohibiciones a la importación y a la exportación, aranceles, medidas antimigratorias y otras por el estilo. Dentro de los Estados, ese antiliberalismo ha acometido una serie de experimentos socialistas, con el resultado de reducir la productividad del trabajo y aumentar la penuria y la miseria. Quien no quiere cerrar los ojos no podrá menos de reconocer por doquier los síntomas de una inminente catástrofe económica. El antiliberalismo nos está llevando hacia un colapso general de la civilización.

"El liberalismo no es una teoría orgánica; no es un dogma rígido".

Para saber qué es el liberalismo y cuáles son sus objetivos, no basta con dirigirse simplemente a la historia y comprobar las aspiraciones de los políticos liberales con sus realizaciones, ya que el liberalismo nunca ha conseguido realizar su programa según sus intenciones. Pero tampoco los programas y los comportamientos de aquellos partidos que hoy se proclaman liberales pueden aclararnos las ideas sobre el verdadero liberalismo. Ya hemos aludido al hecho de que en la propia Inglaterra hoy se entiende por liberalismo algo que se parece más al torysmo y al socialismo que al viejo programa del librecambismo. Ante el espectáculo que nos muestra a liberales que consideran compatible con su liberalismo luchar por la estatización de los ferrocarriles, de las minas y de otras empresas, o incluso por la imposición de aranceles protectores, no es difícil convencerse de que no ha quedado más que el nombre.

Tanto menos puede ser hoy suficiente estudiar el liberalismo en los escritos de sus grandes fundadores. El liberalismo no es una teoría orgánica; no es un dogma rígido. Es lo contrario de todo esto: es la aplicación de las teorías científicas a la vida social de los hombres. Y así como la economía política, la sociología y la filosofía no han permanecido en silencio desde los tiempos de David Hume, Adam Smith, David Ricardo, Jeremy Bentham y Wilhelm Humboldt, así la doctrina del liberalismo, aunque haya permanecido idéntica en su línea de fondo, es hoy distinta de la que era en tiempos de aquellos pensadores. Desde hace muchos años nadie ha tratado de exponer de manera esquemática el significado y la esencia de la doctrina liberal. Bastaría esta sola circunstancia para justificar nuestro intento.

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2. El bienestar social

La doctrina liberal considera exclusivamente el comportamiento de los hombres en este mundo. Se interesa prioritariamente por el aumento del bienestar exterior material, de los individuos, y no se preocupa directamente de sus necesidades interiores, de sus exigencias espirituales y metafísicas. A los hombres no les promete la dicha y la felicidad, sino simplemente la máxima satisfacción posible de todos aquellos deseos que pueden ser satisfechos mediante la disponibilidad de objetos del mundo exterior.

Se le ha reprochado al liberalismo de diversas maneras esta su actitud exterior y materialista. Se ha dicho que la vida del hombre no se agota en comer y beber; que existen necesidades muy distintas y más importantes que las elementales de alimentarse, vestirse, tener cobijo; que aun la mayor riqueza terrena no podría jamás dar al hombre la felicidad, y dejaría insatisfecha y vacía su interioridad, su alma; que el mayor error del liberalismo, en una palabra, habría sido el no haber sabido ofrecer nada a las más profundas y nobles aspiraciones del hombre.

Sin embargo, los críticos que así afirman demuestran con ello mismo que son ellos los que tienen una imagen bastante reductiva y muy materialista de estas aspiraciones más altas y nobles. Con los medios humanos de que dispone la política se puede ciertamente hacer a los hombres ricos o pobres, pero nunca se puede llegar a hacerlos felices y a satisfacer sus anhelos más íntimos y profundos. Aquí fallan todos los expedientes externos. Todo lo que la política puede hacer es eliminar las causas externas del sufrimiento y de la pena; puede promover un sistema que dé pan a los hambrientos, vestidos a los desnudos y un techo a los desheredados. 

Edición príncipe de "Liberalismo. La tradición clásica" (Gustav Fischer Verlag, Jena, Alemania, 1927) de Ludwig von Misses.
Edición príncipe de "Liberalismo. La tradición clásica" (Gustav Fischer Verlag, Jena, Alemania, 1927) de Ludwig von Misses.

Pero la dicha y la felicidad no dependen de que se garantice el alimento, el indumento y el cobijo, sino de todo lo que se guarda en el interior del hombre. Si el liberalismo fija su atención exclusivamente en los bienes materiales, no es porque minusvalore los bienes espirituales, sino porque está convencido de que lo que hay de más alto y profundo en el hombre no puede quedar sometido a reglas externas. Trata de crear tan sólo el bienestar exterior, porque sabe que la riqueza interior, la riqueza espiritual, no puede venir al hombre desde fuera, sino sólo desde su interior. No quiere sino crear las condiciones preliminares para el desarrollo integral de la vida interior. Y nadie puede dudar de que el ciudadano del siglo XX, que vive en condiciones de relativo bienestar, puede satisfacer sus necesidades espirituales mejor que el ciudadano del siglo XIX, siempre preocupado por la supervivencia cotidiana y por las amenazas de los enemigos.

Naturalmente, a quien abraza el ideal de la ascética integral, siguiendo el ejemplo de algunas sectas asiáticas o cristianas de la Edad Media, o asume como humano modelo de comportamiento la frugalidad de los pájaros en el bosque y de los peces en el agua, nada tenemos que objetar cuando reprochan al liberalismo su actitud materialista. Sólo podemos pedirle que nos deje ir por nuestro camino, como nosotros le dejamos que sea feliz a su modo, y que disfrute tranquilamente de su clausura, lejos del mundo y de los hombres.

Nuestros contemporáneos, en su inmensa mayoría, no entienden los ideales ascéticos. Pero cuando se ha rechazado en principio una conducta de vida ascética, no se puede luego reprochar al liberalismo su aspiración al bienestar material.

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3. El racionalismo

Otra acusación recurrente dirigida contra el liberalismo es la de racionalismo, en el sentido de que quisiera someterlo todo a reglas racionales, desconociendo así el notable papel que desempeñan y no pueden menos de desempeñar en la existencia humana los sentimientos y, sobre todo, los elementos de irracionalidad.

Ahora bien, el liberalismo no ignora en absoluto que los hombres se comportan también irracionalmente. En efecto, si actuaran siempre y en todo caso racionalmente, sería superfluo exhortarles a asumir la razón como criterio de sus acciones. El liberalismo no sostiene que los hombres actúen siempre racionalmente, sino simplemente que deberían siempre hacerlo en su propio interés bien entendido. Y la esencia del liberalismo consiste cabalmente en llevar el elemento de la razón también a la política, dándole importancia que nadie le discute en todos los demás campos de la acción humana.

Si al médico que aconseja a su paciente unas reglas de vida racionales —es decir, higiénicas—, éste respondiera: "Sé perfectamente que sus consejos son racionales, pero mis sentimientos me impiden seguirlos y me vienen ganas de hacer todo lo que perjudica a mi salud, a pesar de saber que obrar irracionalmente", creo que sería difícil felicitarse por semejante persona. Cualquier cosa que hagamos para alcanzar un fin que nos hemos propuesto, trataremos de hacerlo racionalmente. Quien quiera atravesar las vías del tren no elegirá precisamente el momento en que éste pasa; quien quiera coserse un botón evitará pincharse el dedo con la aguja. En cualquier campo de actividad el hombre ha elaborado técnicas que le indican los procedimientos que debe seguir para no obrar irracionalmente. En una palabra, todos reconocen que conviene dominar las técnicas que pueden utilizarse en la vida, y cualquiera que se dedique a un curso cuyas técnicas no domina es considerado un aficionado.

Hay quien piensa, en cambio, que en la política las cosas deberían ser de otro modo. Aquí deberían decidir, no la razón, sino los sentimientos y los instintos. Si se trata de establecer qué hay que hacer para crear una buena instalación de iluminación nocturna por las calles de la ciudad, en general se discute sólo de criterios racionales a adoptar. En cambio, apenas se llega en la discusión al punto en que hay que decidir si la iluminación debe ser gestionada por privados o por el Estado, la razón ya no vale, y lo que debe decidir es la pasión, la ideología; en una palabra, la irracionalidad. ¿Se puede saber por qué?

Organizar la sociedad humana según un esquema lo más conforme posible a un fin es una cuestión totalmente prosaica y objetiva, no diferente de la construcción de una instalación para iluminar las calles o de la fabricación de telas o de muebles. Los asuntos de Estado y de gobierno son ciertamente más importantes que todas las demás cuestiones de que el hombre se ocupa a diario, porque la organización social constituye la base de todo lo demás, y la acción de cada individuo sólo es posible y eficaz en una colectividad constituida funcionalmente. Pero, por más importantes que sean, no dejan de ser siempre obra del hombre y por tanto también deben ser juzgados según las reglas de la razón humana. Como en todas las demás cuestiones que atañen a nuestro obrar, también en las cuestiones políticas la mística no puede menos de causar daños. 

Nuestra capacidad de comprensión es bastante limitada; no podemos pretender desvelar los enigmas últimos y más profundos del universo. Pero la circunstancia de que jamás podremos explicar definitivamente el sentido y el fin de nuestra existencia no nos impide tomar medidas para evitar las enfermedades contagiosas o vestirnos y alimentarnos adecuadamente, ni debe impedirnos dar a la sociedad una conformación que permita conseguir de la manera más racional los fines terrenales que nos proponemos. Tampoco el Estado y el ordenamiento jurídico, el gobierno y la administración son realidades tan sublimes, perfectas y exclusivas que no merezcan ser incluidas en la esfera de nuestro pensamiento racional. Los problemas de la política son problemas de técnica social, y su solución debe intentarse con el mismo método y con los mismos instrumentos de que disponemos cuando nos aplicamos a la solución de otras tareas de carácter técnico: es decir, con la reflexión racional y con el análisis de las condiciones objetivas. Todo lo que el hombre es, y lo que eleva por encima del animal, lo debe a la razón. ¿Por qué, entonces, precisamente en la política, debería renunciar al uso de la razón y confiarse a sentimientos e instintos oscuros y confusos?

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4. La meta del liberalismo

Está muy extendida la opinión de que el liberalismo se diferencia de las demás orientaciones políticas porque privilegia y defiende los intereses de una parte de la sociedad —propietarios, capitalistas, empresarios— frente a los otros estratos sociales. Pero se trata de un supuesto sin fundamento alguno. El liberalismo ha considerado siempre los intereses generales, nunca los de un grupo particular cualquiera. Tal era el significado de la célebre fórmula de los utilitaristas ingleses, que hablaban (si bien con una expresión poco afortunada) de la "máxima felicidad del mayor número posible". Históricamente el liberalismo fue la primera orientación política que se preocupó del bienestar de todos y no del de determinados estamentos sociales. Del socialismo, que también da a entender que persigue el bienestar colectivo, el liberalismo se distingue no por el fin al que tiende, sino por los medios que elige para obtener el mismo fin.

Si alguien sostiene que el éxito de una política liberal consiste o debe consistir en favorecer los intereses particulares de determinados estratos sociales, ésta es una cuestión sobre la que siempre se puede discutir, y una de las tareas de la presente exposición del programa liberal será precisamente mostrar la absoluta ilegitimidad de esta acusación. Pero no por esto se puede acusar a priori de deslealtad a quien formule esta acusación. Es posible que esa afirmación —que según nosotros es inexacta— se haga en perfecta buena fe. Y en todo caso, quien se lanza de este modo contra el socialismo admite que las intenciones del mismo son sinceras y que no quiere sino lo que dice querer.

Friedrich A. Hayek (1899-1992) Premio Nobel de Economía de 1974 y el economista, historiador y filósofo Ludwig von Mises (1881-1973).
Friedrich A. Hayek (1899-1992) Premio Nobel de Economía de 1974 y el economista, historiador y filósofo Ludwig von Mises (1881-1973).

Muy distinta es, en cambio, la actitud de aquellos críticos del liberalismo que le reprochan no estar al servicio de la colectividad sino de los intereses particulares de ciertos estratos sociales. En este caso se trata de críticos al mismo tiempo desleales e ignorantes. Al elegir este terreno de conflicto, demuestran que son íntimamente conscientes de la debilidad de su propia causa, y por tanto recurren a armas envenenadas, pues no pueden esperar vencer de otro modo.

Si al enfermo que desea una comida que le perjudica el médico le hace notar lo insensato de su deseo, nadie sería tan loco que dijera: "El médico no quiere el bien del enfermo, de otro modo no le prohibiría disfrutar de esa comida suculenta". 

Cualquiera, en cambio, comprenderá que si ese médico aconseja al enfermo renunciar al placer de esa comida que le perjudica, es precisamente para evitarle un daño físico. Y, sin embargo, parece que en la vida social las cosas tienen que ser diferentes. Si el liberal desaconseja determinadas medidas demagógicas porque prevé sus consecuencias negativas, se le llama enemigo del pueblo y se aplaude en cambio al demagogo que, ocultando las consecuencias negativas que se derivarán, aconseja aquellas medidas porque aparentemente ofrecen una utilidad momentánea.

"La política antiliberal es una política que destruye capital".

La acción racional se distingue de la irracional porque la primera comporta sacrificios momentáneos, pero que son aparentes, porque serán compensados por las consecuencias positivas que se derivarán. Quien evita la comida suculenta pero perjudicial para la salud hace un sacrificio sólo momentáneo y aparente: el premio que obtendrá —o sea, la no producción del daño— demuestra que en realidad el sujeto no ha perdido sino que ha ganado. Pero para obrar de este modo es necesario prever las consecuencias de la acción. Y es precisamente de esto de lo que se aprovecha el demagogo. Al liberal que pide hacer un sacrificio momentáneo se le acusa de egoísmo y de actitud antipular, mientras que él presume de ser altruista y de estar de parte del pueblo. Sabe muy bien cómo llegar al corazón de quien le escucha, y cómo suscitar sus cálidas lágrimas cuando recomienda sus recetas y denuncia toda la indigencia y la pobreza de este mundo.

La política antiliberal es una política que destruye capital. Aconseja aumentar la dotación del presente a expensas del futuro. Es exactamente lo que sucede en el caso del enfermo del que hablábamos: en ambos casos, un consumo mayor en el presente se corresponde con un empeoramiento de las condiciones en el futuro. Ante este dilema, hablar de contraposición entre quién es duro de corazón y quién ama a su prójimo es deshonesto y mendaz. Y esta acusación no se refiere sólo a los políticos y a la prensa diaria de los partidos antiliberales. Puede decirse que casi todos los estudiosos de "política social" se han servido de estos métodos deshonestos de lucha.

El hecho de que en el mundo existan indigencia y pobreza no es un argumento contra el liberalismo, como tiende a creer desde su estrecho punto de vista el lector medio de periódicos. El liberalismo quiere eliminar la indigencia y la pobreza, y piensa que los métodos que propone son los únicos capaces de alcanzar ese fin. Quien crea que conoce un método mejor, o también sólo distinto, que lo demuestre. Es cierto que esta demostración no puede ser sustituida por la afirmación de que los liberales no se interesan por el bienestar de todos los estratos sociales, sino sólo por el de un solo grupo privilegiado.

El hecho de que existan indigencia y pobreza no sería una prueba en contra del liberalismo ni aun cuando el mundo actual siguiera efectivamente una política liberal, ya que siempre quedaría abierta la cuestión de si con una política distinta la indigencia y la pobreza no serían aún mayores. Pero se da el caso de que hoy el funcionamiento de la institución de la propiedad privada está paralizado o impedido precisamente por una política antiliberal, y por consiguiente es totalmente impropio querer deducir un argumento contra la verdad de los principios liberales de que la realidad actual no sea toda ella como se desearía que fuera. Para darnos cuenta de lo que el liberalismo y el capitalismo han realizado ya, basta comparar el presente con las condiciones de la Edad Media o de los primeros siglos de la Edad Moderna. Pero para comprender qué sería capaz de realizar si no fueran continuamente obstaculizados, sólo disponemos de la reflexión teórica.

Ronald Reagan explica en una entrevista cómo crear ciudadanos libres y no clientes del Estado (1986).

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5. Liberalismo y capitalismo

Solemos llamar "sociedad capitalista" a una sociedad que encarna los principios liberales, y "capitalismo" a la correspondiente condición social. El realidad, puesto que en toda la esfera de la política económica apreciamos tan sólo una aproximación más o menos amplia al liberalismo, la condición dominante del mundo actual nos ofrece sólo una imagen imperfecta de lo que un capitalismo plenamente desarrollado significa o podría significar. Sin embargo, es absolutamente legítimo llamar a nuestro tiempo la época del capitalismo, puesto que todo lo que ha creado riqueza en esta época debe reconocerse a las instituciones capitalistas. Si la gran masa de nuestros contemporáneos puede hoy disfrutar de un tenor de vida superior al que todavía hace pocas generaciones sólo podían disfrutar los ricos y ciertos estratos particularmente privilegiados, lo debemos únicamente a lo que de las ideas liberales sigue vivo en nuestra sociedad, a los elementos de capitalismo contenidos en nuestra sociedad.

Desde luego, la sólida fraseología demagógica presenta las cosas de manera totalmente distinta. Si le hiciéramos caso, nos inclinaríamos a pensar que todos los progresos de las técnicas de producción beneficiarían exclusivamente a una restringida esfera social, mientras que las masas se van empobreciendo progresivamente. Pero basta pararse un momento a reflexionar para ver que los resultados de todas las innovaciones técnicas e industriales se traducen en una satisfacción cualitativamente mejor de las necesidades de las masas. Todas las grandes industrias productoras de bienes finales trabajan directamente por el bienestar de las grandes masas, y para el mismo trabajan también todas las industrias productoras de semielaborados y de maquinaria. Los grandes desarrollos industriales de las últimas décadas, así como los del siglo XVIII, con expresión ciertamente no muy feliz conocemos como "revolución industrial", tuvieron como efecto cabalmente una satisfacción cualitativamente mejor de las necesidades de las masas. 

"La demagogia no ha conseguido depreciar enteramente los términos 'liberal' y 'liberalismo' tal como había deseado".

El desarrollo de la industria textil, de la industria del calzado mecanizada y de las industrias alimentarias se tradujo en beneficio de las grandes masas por la naturaleza misma de tales sectores, con el resultado de que las propias masas hoy se visten y se alimentan mejor que en otro tiempo. Pero la producción en masa no se preocupa sólo de alimentar, vestir y dar cobijo a las grandes masas, sino también de otras necesidades. La prensa es una industria de masas, lo mismo que la industria cinematográfica, e incluso los teatros y otros lugares artísticos son cada vez más frecuentados por las masas.

No obstante, gracias a una machacona agitación de los partidos antiliberales que desfigura completamente los hechos, hoy se asocia a los conceptos de liberalismo y capitalismo la imagen de una miseria creciente y una desbordante pauperización del mundo. Es cierto que la demagogia no ha conseguido depreciar enteramente los términos "liberal" y "liberalismo" tal como había deseado. En el fondo no es fácil desembarazarse del hecho de que estos dos términos, a pesar de los esfuerzos de la agitación antiliberal, evocan algo de lo que toda persona sana advierte en su interior cuando oye pronunciar la palabra "libertad". La agitación antiliberal renuncia entonces a pronunciar con demasiada frecuencia la palabra "liberalismo" y prefiere más bien ligar el término "capitalismo" a las situaciones escandalosas que atribuye al sistema. 

En efecto, el término "capitalismo" sugiere la imagen del capitalista de corazón de piedra que no piensa más que en su propio enriquecimiento, aunque el único medio para conseguirlo sea la explotación de su prójimo. Son muy pocos los que, cuando contemplan la imagen del capitalista, son conscientes de que un verdadero ordenamiento social capitalista en sentido liberal comporta, por su propia naturaleza, que el único modo de enriquecerse, para el capitalista y el empresario, es el de proporcionar al prójimo aquello que éste piensa que necesita. En lugar de hablar de capitalismo cuando se discute de los enormes progresos del tenor de vida de las masas, la agitación antiliberal prefiere hablar de capitalismo tan sólo cuando se refiere a uno cualquiera de los fenómenos que fueron posibles precisamente porque se renunció al liberalismo. Que el capitalismo pusiera a disposición de las masas, por poner un ejemplo, un bien de consumo de alimento agradable como el azúcar, esto no se dice. Del capitalismo en relación con el azúcar se habla en cambio solamente cuando en un país el precio del azúcar sube por encima del precio de mercado como consecuencia de la formación de un cártel de productores. ¿Cómo si tal cosa fuera siquiera imaginable si se aplicaran los principios liberales! En un Estado liberal, en el que no existen tarifas protectoras, no sería siquiera imaginable la formación de cárteles capaces de elevar el precio de una mercancía por encima del que se forma en el mercado mundial.

La argumentación con la que la demagogia antiliberal llega a adosar todas las distorsiones y las consecuencias negativas típicas de la política antiliberal precisamente al liberalismo y al capitalismo, es la siguiente: empieza afirmando que los principios liberales tienen como objetivo favorecer los intereses de los capitalistas y de los empresarios contra los intereses de los demás estratos sociales, de suerte que el liberalismo estaría a favor de los ricos contra los pobres; luego observa que muchos empresarios y capitalistas, sobre la base de ciertas premisas, se baten a favor de los aranceles protectores y otros a su vez incluso a favor de los armamentos —y ahí los tenemos, listos para declarar que todo esto es política capitalista. 

"El liberalismo no es una política que fomente los intereses de esta o aquella clase social".

La realidad es totalmente diferente. El liberalismo no es una política que fomente los intereses de esta o aquella clase social, sino una política a favor de los intereses de la colectividad. No es, pues, que los empresarios y los capitalistas tengan particular interés en preferir el liberalismo. Su interés en preferir el liberalismo es idéntico al de cualquier otro individuo. Es posible que el interés particular de algunos empresarios o capitalistas coincida con el programa del liberalismo en algún caso particular, pero los intereses particulares de otros empresarios o capitalistas se oponen siempre. En realidad las cosas no son tan simples como se las imaginan quienes ven por todas partes "intereses" y "gente interesada". El hecho de que, por ejemplo, un Estado introduzca aranceles protectores sobre el hierro no puede explicarse simplemente por la circunstancia de que esos aranceles beneficien a los industriales siderúrgicos. 

Existen en el país también otros sujetos con otros intereses, incluso entre los empresarios, y en todo caso quienes se benefician del arancel sobre el hierro son una minoría insignificante. Tampoco puede suponerse que tenga algo que ver la corrupción, ya que los corruptos son también sólo una minoría. Además, ¿Por qué los que corrompen tienen que ser los unos, los proteccionistas, y no también sus adversarios, los librecambistas? La ideología que hace posible el proteccionismo no la crean ni los "directamente interesados" ni los que dejan comprar por ellos; la crean los ideólogos que regalan al mundo las ideas a las que luego todo se conforma.

En nuestra época, en la que triunfan las ideas antiliberales, todos razonan en términos antiliberales, así como hace cien años la mayoría razonaba en términos liberales. Si hoy muchos empresarios defienden el proteccionismo, ésta no es sino la forma que adopta su antiliberalismo. Pero todo esto nada tiene que ver con el liberalismo.

Diputado del Parlamento cubano descubre las ventajas de la propiedad privada (2025).

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6. Las raíces psicológicas del antiliberalismo

Los problemas de la cooperación social que este libro se propone discutir sólo pueden analizarse con argumentos racionales. Con racionalismo, obviamente, no se llega a captar el núcleo duro de la resistencia contra el liberalismo, ya que ésta no proviene de la razón, sino de una actitud psicológica que tiene aspectos patológicos: de un resentimiento y de un complejo que podemos llamar "complejo de Fourier", del nombre del célebre socialista francés.

Sobre el resentimiento, sobre la actitud malévola fruto de la envidia, poco hay que decir. El resentimiento entra en juego cuando alguien, aun encontrándose en condiciones bastante beneficiosas, odia hasta el punto de estar dispuesto a aceptar graves desventajas con tal de ver perjudicado el objeto de su odio. También muchos adversarios del capitalismo saben perfectamente que su condición sería menos favorable bajo cualquier otro sistema económico; pero aun siendo perfectamente conscientes de esto, se baten por una reforma, por ejemplo, el socialismo, porque esperan que también el rico al que envidian salga perdiendo. Repetidamente hemos oído decir a los socialistas que incluso la miseria material en la sociedad socialista será más soportable porque se tiene por lo menos la certeza de que nadie estará mejor.

En todo caso, el resentimiento puede combatirse si se emplean argumentos racionales. En definitiva, no es demasiado difícil explicar a quien está dominado por el resentimiento que su problema no puede ser empeorar la situación de quien está mejor, sino mejorar la propia.

Mucho más difícil es combatir contra el complejo de Fourier. Es éste una grave patología psicológica, una auténtica neurosis que debería interesar más a la psicología que a la política. Sin embargo, hoy es imposible fingir ignorar su existencia cuando se indagan los problemas de la sociedad moderna. Por desgracia, los médicos no se han ocupado nunca hasta ahora de las tareas que plantea el complejo de Fourier; tampoco Freud, el gran maestro del psicoanálisis, ni su escuela, han prestado atención a este problema en su teoría de la neurosis, aunque haya que agradecer a la psicología que haya descubierto la única vía que conduce al conocimiento de este conjunto de cuestiones.

Es posible que ni una persona entre un millón alcance en su vida las metas a las que ha aspirado. El éxito, incluso para aquellos a quienes sonríe la fortuna, es siempre con mucho inferior a la realidad que los ambiciosos sueños cotidianos permiten esperar en la juventud. Proyectos y deseos se quiebran mil resistencias, nos damos cuenta de que nuestras fuerzas son demasiado débiles para alcanzar las metas ideales que nos habíamos fijado. El naufragio de las esperanzas, el fracaso de los proyectos, nuestra insuficiencia ante los retos que otros nos ponen o que nos habíamos puesto nosotros mismos, son la experiencia más importante y dolorosa que cada uno de nosotros ha vivido, son el destino típico del hombre.

El hombre puede reaccionar a este destino de dos modos. Uno es el que sugiere la sabia visión de la vida de Goethe: "¿Acaso crees que debo odiar la vida y refugiarme en el desierto, sólo porque no todos mis sueños en ciernes maduraron?" —exclama Prometeo—. Y Fausto comprende, en el "momento supremo", que "la clave última está en la sabiduría": "La libertad, como la vida, sólo se merece si se está obligado a conquistarla a diario". No hay destino terreno adverso que pueda vencer esta voluntad y este espíritu. Quien toma la vida como es y no se deja oprimir por ella, no tiene necesidad de consolarse con el autoengaño sistemático y buscar en él un refugio a la propia autoconciencia lacerada. Si el éxito esperado no se realiza, si los golpes del destino frustran de improviso todo cuanto se ha obtenido en años de fatiga, él multiplica sus esfuerzos. Al destino adverso sabe mirarle a la cara sin concesiones.

El neurótico, en cambio, no puede soportar que la vida se presente con su verdadero rostro. Para él la vida es demasiado dura, prosaica, grosera. Para hacerse soportable, no quiere, como hace la persona sana, "seguir adelante resistiendo a cualquier violencia": su debilidad se lo impediría. Y entonces se refugia en una idea obsesiva. Según Freud, la idea obsesiva es "eso que se desea, una especie de consolación", caracterizada por "su resistencia a los ataques de la lógica y de la realidad". Por eso no basta explicarle al enfermo su insensatez con argumentos convincentes; para curarse, el enfermo tiene que superarla por sí mismo, debe aprender a comprender por qué no quiere soportar la verdad y busca refugio en sus obsesiones.

Sólo la teoría de la neurosis puede explicar el éxito que obtuvo el fourierismo, producto demencial de un cerebro gravemente enfermo. No es éste el lugar para demostrar la psicosis de Fourier mediante una cita puntual de los pasajes de sus escritos; esto es algo que sólo interesa a los psiquiatras o acaso a quienes se divierten leyendo las ocurrencias de una desenfrenada fantasía. Pero es importante observar que el marxismo siempre que se ve obligado a abandonar el terreno de la palabrería dialéctica y de la ridiculización y difamación del adversario, y hacer finalmente un razonamiento objetivo, no sabe presentar otra cosa que Fourier, la "utopía". Tampoco el marxismo consigue construir el modelo de sociedad socialista sin recurrir a dos temas ya adoptados por Fourier, y que contradicen cualquier experiencia y lógica. 

"El frustrado espera entonces obtener del derrocamiento del orden social existente el éxito que éste le ha negado".

Por una parte, la idea de que "el substrato material" de la producción, que existe por naturaleza y por tanto sin intervención del hombre, está disponible en medio tan abundante que no es necesario economizarlo, de donde la fe en un "aumento prácticamente ilimitado de la producción". Por otra, la idea de que en la comunidad socialista el trabajo se transformará, no será ya "una carga sino un placer", mejor dicho, se convertirá en "la primera necesidad vital". Cuando todos los bienes existen en abundancia y el trabajo es un placer, es claro que no es difícil construir el país de Jauja.

El marxismo cree que puede mirar con supremo desprecio, desde lo alto de su "socialismo científico", a los románticos y al romanticismo. Pero en realidad su procedimiento no es muy distinto, tampoco elimina los obstáculos que se oponen a la realización de sus deseos, sino que se contenta con vencerlos en sus fantasías.

En la vida del neurótico el autoengaño desempeña una doble función. Sirve para consolar por los fracasos y para esperar en los éxitos futuros. En el caso del fracaso social —el único que aquí nos interesa— la consolación consiste en convencerse de que la no consecución de las ambiciosas metas perseguidas no debe atribuirse a su incapacidad sino a las carencias del ordenamiento social. El frustrado espera entonces obtener del derrocamiento del orden social existente el éxito que éste le ha negado. Es totalmente inútil tratar de hacerle comprender que el Estado futuro que él sueña es irrealizable, y que la sociedad basada en la división del trabajo no puede sostenerse sino sobre la propiedad privada de los medios de producción. 

El neurótico se aferra tenazmente al engaño que se ha construido con sus propias manos, y cuando se encuentra ante la elección entre renunciar a él o al razonamiento lógico, prefiere sacrificar la lógica. Puesto que la vida le sería insoportable sin la consolación que encuentra en la idea socialista, la cual mostrándole que los errores que han ocasionado su fracaso no dependen de su persona, sino que están inscritos en el curso mismo de las cosas, levanta su autoconciencia postrada y le libera del torturador sentimiento de inferioridad. 

Como del fiel cristiano puede aceptarse fácilmente las desventuras terrenas porque espera la continuidad en la existencia individual en un mundo mejor ulterior, en el que quienes en la tierra fueron los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros, así para el hombre moderno el socialismo se ha convertido en el elixir contra el malestar de este mundo terreno. Pero mientras que la fe en la inmortalidad, la recompensa en el otro mundo y la resurrección han representado un estímulo a la regeneración virtuosa en este mundo, los efectos de la promesa socialista son totalmente distintos. Esta promesa no sabe imponer otro deber que el defender la política de partido del socialismo, que en compensación regala expectativas y reclamaciones.

Si ésta es la característica de la idea socialista, se comprende que todo seguidor del socialismo espere de él todo lo que le ha sido negado. Los autores socialistas prometen a todos no sólo la riqueza sino también la felicidad y el amor, el pleno desarrollo psíquico y físico de la personalidad, el despliegue de grandes potencialidades artísticas y científicas, etc. Recientemente sostuvo Trotski en un escrito que en la sociedad socialista el "nivel medio de la humanidad (…) se elevará a las alturas de un Aristóteles, de un Goethe o de un Marx". El paraíso socialista será el reino de la perfección, habitado por auténticos superhombres irremediablemente felices. De semejantes absurdos está llena toda la literatura socialista. Pero son precisamente estos absurdos los que ganan para el socialismo la mayoría de sus adeptos.

No se puede, ciertamente, llevar la psicoanálisis a todo el que sufra el complejo de Fourier, pues lo impediría, sino otra cosa, el número enorme de afectados. Aquí la única medicina es confiar al enfermo mismo la curación de su enfermedad. Mediante el conocimiento de sí mismo debe aprender a soportar su destino sin ir en busca de chivos expiatorios a los que echar todas las culpas; y debe intentar comprender cuáles son las leyes básicas de la cooperación social entre los hombres.


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Claves de lectura

Ludwig von Mises (1881-1974) es una figura clave del pensamiento económico moderno y del liberalismo clásico: consolidó la tradición de la Escuela Austríaca, defendió el orden de mercado y formuló una crítica influyente al socialismo basada en el problema del cálculo económico (la imposibilidad de asignar racionalmente recursos sin precios de mercado). 

Su influencia en el pensamiento liberal y económico del siglo XX se ha manifestado en la obra posterior de varios ganadores del Premio Nobel de Economía, como el también austriaco Friedrich A. Hayek, que afirmó en una entrevista:

Mises me influyó mucho; los primeros problemas teóricos que abordé surgieron de su teoría del dinero y el ciclo económico, que desarrollé. Así que, hasta mediados o finales de los treinta, en mi época, fui un economista puro, preocupado por el dinero, el capital y las fluctuaciones industriales.

En una entrevista de 1987, James M. Buchanan, ganador del Nobel en 1986, reconoció también la importancia de Mises en su obra, lamentando no estudiarlo desde sus inicios:

No estuve tan directamente influido por Mises porque entré en contacto con su obra bastante tarde. Cuando yo era estudiante de posgrado, nadie siquiera mencionaba a Mises, aunque Camino de servidumbre de Hayek acababa de publicarse; Hayek era, en cierto sentido, una figura notoria. No llegué a familiarizarme con Mises hasta que escribí un artículo sobre la elección individual y la votación en el mercado en 1954. Después de haber terminado el primer borrador, volví a revisar qué había dicho Mises en La acción humana. Y descubrí, de manera asombrosa, que él había llegado más cerca de decir lo que yo estaba intentando decir que cualquier otro.

Liberalismo (1927) es una de las obras más influyentes de Mises para el pensamiento liberal clásico. Ha sido traducido a más de 20 idiomas y cuenta con más de 30 ediciones. El libro sintetiza su visión de la modernidad liberal y anticipa debates posteriores sobre planificación, democracia y economía, convirtiéndose en un texto de referencia para la tradición liberal contemporánea.

En el prefacio a la edición de 1985 por Cobden Press (San Francisco) y The Foundation for Economic Education (Nueva York), el economista y ensayista Louis M. Spadaro define a Liberalismo como

Un libro sobre la sociedad libre; sobre lo que hoy en día se denominarían las “implicaciones de política” de una sociedad de ese tipo en la conducción tanto de sus asuntos internos como externos; y, muy especialmente, sobre algunos de los obstáculos y problemas, reales o imaginados, que se interponen en el camino para establecer y mantener esa forma de organización social. 

Y destaca aún más su relevancia con esta afirmación:

El hecho sorprendente es que prácticamente ninguno de quienes han defendido alguna forma alternativa de organización económico-social ha ofrecido una discusión similar de sus respectivas propuestas. Incluso hoy, la creciente legión de autores que nos agasajan con críticas detalladas al capitalismo y con pronósticos sobre su inminente desaparición se muestra extrañamente reticente a abordar las “contradicciones” u otras dificultades que podrían surgir en el funcionamiento del sistema que prefieren o auguran.

La economista e investigadora estadounidense Bettina Bien Greaves señala, en el prólogo del mismo volumen, una de las virtudes más relevantes del libro:

Mises no solo ofrece breves explicaciones de muchos fenómenos económicos importantes, sino que también presenta, de manera más explícita que en cualquiera de sus otros libros, sus concepciones sobre el gobierno y su papel muy limitado pero esencial en la preservación de la cooperación social que permite el funcionamiento del mercado libre. Las ideas de Mises siguen pareciendo frescas y modernas, y los lectores encontrarán su análisis plenamente pertinente. 

El economista e historiador Richard M. Ebeling, especialista en liberalismo, apunta en su ensayo "Ludwig von Mises y el verdadero significado del liberalismo":

En lugar de las premisas iniciales de los colectivistas sobre los conflictos inevitables entre los hombres en términos de "clase social", nacionalidad y raza, o intereses de grupo estrechos, Mises insistió en que la razón y la experiencia demostraban que todos los hombres podían asociarse en paz para su mutuo progreso material y cultural. La clave para esto fue comprender y apreciar los beneficios de la división del trabajo. Mediante la especialización y el comercio, la raza humana tiene la capacidad de superar la pobreza y la guerra. Los hombres se convierten en socios en un proceso común de cooperación social, en lugar de ser antagonistas, intentando dominar y saquear a los demás.

En Liberalismo, Mises parte del principio de la propiedad privada y demuestra cómo las otras libertades liberales clásicas se derivan de los derechos de propiedad. Argumenta además que el liberalismo libre de la intervención estatal es necesario para promover la paz, la armonía social y el bienestar general.

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Ludwig von Mises

Ludwig von Mises

(Lemberg, Austria, 29 de septiembre de 1881 — Nueva York, Estados Unidos, 10 de octubre de 1973) fue un economista, filósofo y teórico social austro-americano, considerado uno de los principales representantes de la Escuela Austríaca de Economía y una de las voces más influyentes del liberalismo clásico del siglo XX. Su obra abarcó teoría económica, historia del pensamiento y filosofía social, destacándose por su defensa de los mercados libres, el papel central del individuo en los procesos económicos y su crítica al socialismo y la intervención estatal, argumentando que sin precios de mercado no es posible un cálculo económico racional; también desarrolló un enfoque metodológico propio, la praxeología, que concibe la economía como ciencia de la acción humana, y escribió obras fundamentales como La teoría del dinero y el crédito (1912) y La acción humana (1949), que han marcado profundamente el pensamiento económico liberal contemporáneo.

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