Aventura | Jilma que estás en el cielo: una expedición al Pico Turquino

Relato de una aventura que condujo al autor, tras un largo y fascinante trayecto, al punto más elevado del archipiélago cubano: el Pico Turquino.

Busto de José Martí (obra de Jilma Madera) sobre el Pico Turquino.
Busto de José Martí (obra de Jilma Madera) sobre el Pico Turquino. | Imagen: Amilkar Feria Flores

Se sabe que el oportunismo baña la suerte de los aventureros. Pensaba en Indiana Jones y la flexibilidad de su lienza ético-moral, como paradigma de prácticas canallescas para alcanzar elevados propósitos. No me considero aventurero, ni oportunista, y me baño cuando estoy de ánimo. En todo caso me salpico. Pero, despedir el siglo XX por todo lo alto (y hablo literalmente), se me había convertido en un imperativo dúctil para las concesiones. Tenía cuatro pesos en los bolsillos, que apenas alcanzaban para tabacos, y quería subir el Pico Turquino. ¡Menudo dilema para un fin de milenio!

A veces me avergüenza confesar mi ateísmo, un ateísmo informal, o inmoral, como preferiría definirlo, adoctrinado por esos revisionistas rusos del marxismo y buena dosis de incredulidad innata. Pero es obvio que “algo” existe. Lucrecia, la mayor de mis primas paternas, Secretaria del Comité de Base del Partido en uno de esos Ministerios, andaba como loca buscando capacidades que completaran el mínimo requerido por la Administración del Parque Nacional Pico Turquino para asegurar un autorizo de acceso, con guía y gastos incluidos. Escuchar a Lucre por el auricular, y reafirmar mi panteísmo, eran la misma cosa. “Algo” animaba este mundo y me estaba prestando la debida atención. A los cinco minutos me volvió a llamar, estaba desesperada. No aparecía más gente, y conmigo no era suficiente. Llamé a otros dos primos, Julieta y Ernesto, contándoles en lo que andaba Lucrecia. Ellos, indignados, me dijeron que era inadmisible que no los hubiera contactado antes. Y yo, para evitar discordias, dije que sí, que los llamaba de parte de ella.

La finalidad del viaje era entregarle allá arriba los carnets del Partido a unas muchachitas recién juramentadas. Durante esa década vi a muchos amigos y conocidos incinerar o enterrar ese documento, pero nunca me pasó por la cabeza cómo podría ser el ritual de entrega. Ahí se me espabiló el antropólogo: ¿De qué manera una cultura humana, a punto de saltar a un nuevo milenio, podía perpetuar una ideología a la que sus cómplices europeos, en pleno, habían renunciado diez años atrás? Caso de estudio. Motivo extra para la aventura.

En el pico de la piragua 

Tuvimos que llenar un formulario asfixiante, como esos inquisitoriales “cuéntame tu vida” que abundaban entonces:  Militancia ¿Qué debía suscribir en ese campo? ¿Ecologista? ¿Ortodoxo? ¿Abakuá? No me quedó de otra que pedir ayuda. Como si fuese un aborigen polinesio en la ardua tarea de ser evangelizado, Lucrecia suspiró y tradujo para mí, casi por señas, que si era militante o no. Pánico. Lo mismo Julieta y Ernesto. Lucre dejó en suspenso el asunto hasta el lunes siguiente. Se asesoraría con otros cuadros del Partido si había cabida para “no militantes”.

Fueron cuarenta y ocho horas muy tensas. ¿Y si no nos aprobaban? En cualquier caso, podíamos largarnos por nuestra cuenta a la Sierra Maestra y empezar a trepar montañas por la primera falda que se nos atravesara. Vamos, que no era como para cortarse las venas. Podíamos ir cuando se nos antojara… y tuviéramos dinero. El lunes parecíamos cuatro huevos en ebullición (se había sumado el novio de Julieta). Decidimos encontrarnos en casa de tía para esperar que Lucre regresara del Ministerio. Cuando apareció, dio mil vueltas para soltar la noticia: sin nosotros, y cuatro gatos más reclutados a última hora, no cubriríamos el cupo reglamentario.

La alarma había propiciado un gran lío de equipajes atravesados en el pasillo del tren. El desconocimiento del terreno hizo que siguiéramos rumbo a Manzanillo, desde una encrucijada que existe antes de llegar a Bayamo. Hicimos un desembarco de emergencia en Malvango, un pueblito hacia el oeste, y desde ahí regresamos en un tren multipropósito que cargaba lo que le cupiera. Sacando la cabeza por la ventana de mi banco, podía ver las de las vacas que viajaban en el vagón contiguo. El confort inaugural de nuestro coche, al salir de La Habana, experimentó un lamentable y gradual desahucio, mezclando el aire acondicionado con los aromas de las cabinas sanitarias. Muy pronto la urea en estado líquido campeó por su respeto, avanzando y retrocediendo por el pasillo con los vaivenes del coche. Finalmente, de Camagüey en adelante, desligaron la climatización y todos terminamos por abrir las ventanas. 

La comisión de recibimiento en Bayamo no cabía de impaciencia, algo más calmados cuando Victoriano, un miembro del grupo, los había llamado desde un teléfono público en Malvango. Así llegamos, entre vacas y correo postal, sudados y descompuestos por las casi veinticuatro horas de acarreo.

Llegando a la Escuela del Partido ocupé una litera, me di un baño fenomenal, y salí a recorrer Bayamo, la cuna independentista. Por las calles y parques me fui encontrando con otros del grupo que andaban en el mismo plan, y terminamos el recorrido juntos, haciendo tiempo antes del horario de comida. Esa noche bebimos copiosamente y me fui interesando en las candidatas que serían congratuladas con el carnet. En aquel entonces estaba muy solo, y las recomendadas me parecieron fascinantes. Reconozco que me alejé demasiado de la ética y el espíritu antropológico. 

Al día siguiente fuimos a dar a una base de campismo en el municipio Bartolomé Masó, algo así como el campamento base para subir al Pico. Existen dos vías de acceso a la cima, que no es otra cosa que un solo sendero que une a Santo Domingo, en la vertiente norte, con las Cuevas, en la costa sur, pasando por el Turquino. Como el objetivo es llegar arriba, casi todos regresan por donde mismo subieron. Aquellos que habían escalado indistintamente por cualquiera de las dos vertientes, aseguraban que la sur es más exigente, y debe ser salvada en una sola jornada de ida y regreso. Por el trayecto que cubriríamos en esta expedición, se hacía en dos días; el primero desde Santo Domingo hasta un campamento conocido como Aguada de Joaquín, y el segundo hasta la cumbre, haciendo luego todo el recorrido de regreso hasta el lugar de origen.

Hablando en Plata

La transportación estaba convenida como parte del paquete. El viaje desde la base de campismo hasta Santo Domingo lo hicimos sin grandes novedades, pero justo allí, durante la larga espera de otro carro y su malhumorado chofer, comenzaron los inconvenientes. Se trataba de un Zil de doble tracción perteneciente a las Fuerzas Armadas, conducido por un mulato grande y jorocón que se ganó la desconfianza de todos desde que salimos. Los giros y frenazos para cambiar de velocidades arrancaban expresiones de pánico a los expedicionarios, aferrados a cuanta cosa pareciera sólida a bordo. 

No lo pensé dos veces: en cuanto el guía asignado se tiró del camión en marcha, lo seguí como su sombra. Se llamaba Pepín, era menudo, asmático y vivaz. Me hizo una seña para que siguiéramos a pie. Me dijo que ese camionero estaba loco, que él lo conocía y que siempre estaba metido en problemas. Caminamos a la par del carro, mientras la gente continuaba protestando por el trato de vacas que les daban. El chofer paró el carro en seco, y todos en el depósito de carga resbalaron despavoridos hasta una soga de seguridad tensada al fondo. En cualquier plano habría sido un frenazo intrascendente, pero no a los 45 grados de inclinación que tenía esta carretera, una de las más pendientes de Cuba. Además de obtusa, su peligrosidad estaba esmeradamente adornada con curvas cerradas y la inminente proximidad de abismales barrancos. El chofer se apeó de la cabina y nos pasó por el lado muy encabronado. Su aliento olía a kerosene. Estaba borracho. Fue hasta la parte trasera y echó cuatro pingas y cojones. Se creó un clima muy tenso, pero las mujeres y niños aplacaron la situación entre llantos y reclamos. Mi primo Ernesto también continuó a pie con nosotros.

Embalse de Paso Malo desde el Alto del Naranjo.
Embalse de Paso Malo desde el Alto del Naranjo. | Imagen: Amilkar Feria Flores

La construcción de la peliaguda vía, sin ningún interés turístico o económico visible, perseguía el propósito de —hasta donde sabemos—, acercarnos a la historia. Muy cerca del Alto del Naranjo, donde rendía término, se hacía camino a pie hasta la Comandancia de La Plata, Estado Mayor del Ejército Rebelde. Llegamos antes que el transporte, usando los atajos que Pepín conocía. Esperamos un poco. Al llegar los arriesgados senderistas, prendidos como garrapatas al camión, alguien tuvo la peregrina y entusiasta idea de ir hasta la Comandancia, oportunidad que aproveché para escurrirme en sentido opuesto por el muy bien señalizado sendero de montaña. Pero pronto se impuso la cordura colectiva. Habíamos perdido mucho tiempo esa mañana. Quería emprender la marcha ya, entre otras cosas para librarme de unos improvisados juglares que venían en el camión cantando loas a la Revolución como si estuviera recién estrenada. Lamento no haber tenido poder para incautarles los fabulosos instrumentos: guitarra de plywood crudo con cuerdas de alambres telefónicos, timbales de tímpano tensado con polietileno, y maracas de flotantes sanitarios rellenos de gravillas, joyas delirantes del luthierismo local.

A no tratarse de fuerza mayor, de nada sirve esperar a nadie subiendo una montaña. Cada cual lleva su ritmo. Si te apuras o atrasas vas en detrimento de tu energía en la batalla contra la gravedad. Pensé por un momento en mi prima Lucrecia, que había quedado varada en la base de campismo con una crisis sacrolumbar después de organizar todo aquello. El grupo demoraba mucho. La temperatura había cambiado con la altura. No podía esperar demasiado, o me enfriaba. Llegué a un parador conocido como Teatro de Nubes, con una vista despampanante del Pico, que alcancé a ver brevemente antes de ser tragado por las nubes. Pepín me alcanzó, agitado y preocupado, celebrando mi marcha. Me hubiese querido acompañar, pero tenía que cumplir con su trabajo. Lo dejé allí esperando a los otros. El excelente estado de los senderos, con apoyos de cuerdas y pasamanos rústicos en las pendientes inclinadas, facilitaba el camino. 

Cuando llegué a la Loma del León, a la que le faltaba el calificativo de “Pelao” pues era la única cúspide sin vegetación por todo aquello, las nubes empezaron a cubrirlo todo. Ya estaba confrontado al temible tibisí, una gramínea trepadora que crece en esas altitudes. Sus bordes serrados son cortantes como navajas, por lo que tuve que echar garra a mi camisa de mangas.

Vista de El Turquino desde la loma del León.
Vista del Pico Turquino desde la Loma del León. | Imagen: Amilkar Feria Flores

El primer aguacero me atrapó de lado. Las gotas venían horizontalmente, anunciándose con un bramido creciente. Tenía alguna ropa protegida en bolsas de nylon dentro de la mochila, pero no mucha en realidad, de modo que tenía que llegar a la Aguada de Joaquín completamente entripado, resbalando por las laderas de un fango que parecía jabón. Esa fue la tónica del camino en lo adelante: lluvia, resbalones, aire seco y frio, y otra vez frio, mucho frio. La Aguada, próxima a los 1600 metros de altura, me sorprendió agarrotado hasta la punta del pelo más largo que tuviera en el cuerpo. 

Me recordó un paisaje septentrional envuelto en nieblas. Un humo espeso y blanco salía por la chimenea del ranchón. Me brindaron un jarro de café humeante y me tiraron por encima una colcha raída, el mismísimo Vellocino de Oro. Al restablecerme de la hipotermia dejé la mochila en el barracón para huéspedes, sumamente rústico, elevado del suelo sobre pilotes, y fui hasta el sitio exacto que le da nombre a este lugar. Se trata de un paredón escalonado de varios metros de altura del que brotan decenas de surtidores con agua fría y cristalina, filtrada permanente de las nubes por el Pico de Joaquín. Comencé a preocuparme por la tardanza de los otros. Llevaba allí casi dos horas, cuando empezaron a aparecer a intervalos, extenuados y mojados.

Esa noche me cagué en la puta hora que nací. Supongo que fue un registro fecal de natalidad para todos los que compartimos la barraca, algo así como un meconio colectivo. No había forma humana de ovillarse sin que el frío se colara hasta la médula de los huesos. Mis primos y yo nos apretujamos y tapamos con un nylon que transpiraba y condensaba nuestros alientos para volver a enfriarse. Inconforme, una de las muchachas escapó de alguno de los capullos grupales que se habían formado y se me alojó en posición fetal en el regazo... Ni pensar que la sangre fluiría a donde no debía en aquellas circunstancias. Por las ranuras del piso de tablas entraba la glacial versión de Satanás en calzoncillos. Todos protestaban, moviendo el haz de luz de sus linternas a través de la densa neblina que no permitía ver a más de tres metros de distancia. En cuanto hubo un atisbo de luz afuera, me vestí, castañeándome los dientes, y entusiasmé a los otros a seguirme, pero sus letargos estaban esperanzados con unos minutos de sueño.

El Martí cimero

Si hasta aquí pensaba haber hecho una proeza, estaba más perdido que el Almirante de la Mar Oceánica cuando, al tocar tierras americanas, creyó llegar a Cipango. La elevación bicúspide de Joaquín y Regino, de 1670 metros de altura, es la prueba de fuego de todo el recorrido. Estaba sudando la gota gorda. Me quité la camisa. Un dolor ácido se apoderó de mis músculos impulsores. Paraba a intervalos breves para resollar, mientras experimentaba la respiración por los oídos. Luego continuaba, paso a paso, medrando penosamente hacia arriba. Después todo fue más simple, siguiendo por un estrecho sendero en la cresta de la cordillera. Va uno tan relajado después del mal rato, que, al llegar al Pico, a los 1972 metros, no das crédito. Parecía alucinante la revelación del Poeta sobre su basto pedestal de piedras apiladas. 

Pico de Joaquín y Regino, Sierra Maestra.
Pico de Joaquín y Regino, Sierra Maestra. | Imagen: Amilkar Feria Flores

Hacía cinco meses, en febrero de 2000, Jilma Madera abandonaba este mundo a los 84 años. La noticia me conmovió. La vi sólo una vez, en el Museo Nacional de Bellas Artes, y mi timidez de adolescente me impidió saludarla, algo que lamenté por mucho tiempo. Discípula de Juan José Sicre, fue la autora del Cristo de La Habana, en las alturas de la Cabaña. Sin embargo, su obra más elevada (en términos altitudinales) es este busto en bronce de José Martí. Lo colocó aquí su amiga Celia Sánchez junto a su padre, Manuel Sánchez Silveira, para celebrar el centenario del natalicio del Poeta. La sentencia martiana de la tarja empotrada en el pedestal, dice: “Escasos como los montes, son los hombres que saben mirar desde ellos, y sienten con entrañas de nación, o de humanidad”. De aquí para arriba no hay más nada en este archipiélago. Las tiñosas no se arriesgan a las complejidades climáticas de tales altitudes. Lamenté no ver nada hacia abajo. Todo el perímetro del claro, que parece una tonsura en la crisma de la montaña, estaba cubierto de vegetación arbustiva.

Amilkar Feria junto con sus primos, ante el busto de José Martí en el Pico Turquino.
Amilkar Feria junto con sus primos, ante el busto de José Martí en el Pico Turquino. | Imagen: Amilkar Feria Flores

Otra vez debí esperar más de una hora hasta que se completara el grupo. La ceremonia fue una calamidad. Las muchachas lloraban, no sé si por haber logrado la cima o por recibir aquella libreta de cuotas ideológicas. Les dimos caramelos y refrescos y emprendimos el regreso. En la Aguada de Joaquín me despedí de los guardas forestales. Para abajo todos los santos ayudan, aunque te laceres los músculos de frenado. 

Sobre las 5:00 p.m. quedé paralizado ante un espectáculo similar al de las mariposas monarcas en América del Norte. Centenares de heliconius (Heliconius charithonius ramsdeni) comenzaron a posarse en las ramas de un arbusto seco de unos tres metros de alto. En los 15 minutos que estuve atontado con aquella epifanía, terminaron por cubrirlo completamente, pugnando por ocupar el más mínimo resquicio. No pude hacer fotos por falta de luz bajo la tupida vegetación. Fue hipnótico ver aquel árbol cubierto de mariposas palpitantes en lugar de hojas. En Santo Domingo, a las 8:00 p.m., informé que veinte personas estaban de regreso en la oscuridad de la noche, y me respondieron: “Correcto”. A las 12:15 a.m. Lucre nos recibió en la base de campismo con un emplasto de caisimón amarrado por una toalla a la cintura.

Mapa del recorrido.
Mapa del recorrido.
Amílkar Flores
Amilkar Feria Flores

La Habana (1967). Escritor y artista visual. Licenciado en Pedagogía en Artes; Diplomado en Antropología Cultural y en Producción Simbólica. Ha ejercido como ilustrador gráfico, analista de prensa, periodista y profesor universitario. Ha publicado, entre otros, los títulos: Las dulces horas (Premio Pinos Nuevos 2007 (Poesía, Unión, 2008)); Algunas animalezas y otras bestialidades (Narrativa, Ediciones Extramuros, 2010 y Crónicas diluvianas (Narrativa, 2010). Cuenta con numerosas exposiciones personales y colectivas en Cuba y el extranjero. Actualmente desarrolla el proyecto de experimentación artística Observatorio Entrópico de Palatino.

Comentarios:


Isel (no verificado) | Jue, 02/12/2021 - 01:08

Otra crónica genial, Amilkar, como siempre. Las fotos, estelares.

Anónimo (no verificado) | Jue, 02/12/2021 - 09:28

Es una experiencia --subir este pico acompañando al autor, leer este texto, disfrutarlo-- ¡tremendamente gratificante! Gracias Amílkar por esta gran aventura que quisiera siempre repetir. Maravilloso.

Amilkar Feria … (no verificado) | Dom, 19/12/2021 - 08:55

¡Gracias, Isel! Me alegra disfrutaras el recorrido y el paisaje. Abrazos!

Enrique Hernández (no verificado) | Lun, 17/01/2022 - 19:08

Papo, me encantó esa crónica montañera. ¡Dale, que vas bien, y parriba!

Añadir nuevo comentario

Plain text

  • No se permiten etiquetas HTML.
  • Las direcciones de correos electrónicos y páginas web se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.