Vidas | Juan Manuel Salvat: “Siempre hemos estado cerca de Cuba”

Hombre de fe y cultura, la vida del editor Juan Manuel Salvat ha estado guiada por una obsesión: salvar en los libros la memoria de Cuba y de su exilio.

El editor Juan Manuel Salvat
El editor cubano Juan Manuel Salvat. | Imagen: Maye Primera

Las preguntas se hacen en Cuba, se empaquetan, van con olor a mar y a café hasta Miami. Las desenvuelve él, Juan Manuel Salvat, león viejo del exilio e inquilino de la memoria cubana. Salió muy joven de la isla, repitiendo el destino de estas palabras, y fundó una editorial que es ya legendaria: Ediciones Universal. Sobre ese largo camino hablamos, terciados por un amigo común —Monseñor Arturo, obispo de Santa Clara— que dio el impulso definitivo para que estas preguntas regresaran de su diáspora, no sin respuesta.

Querido Juan Manuel, usted es sagüero —como Wifredo Lam o Roberto González Echevarría—; nació en esa ciudad de Las Villas en 1940, ¿cómo recuerda usted sus primeros años, sus primeros pasos, lecturas y amores?

Nací en Sagua la Grande el 27 de marzo de 1940. Mis padres fueron Manuel Salvat Martínez (de Sierra Morena) y Consuelo Roque Olivé (de Quemado de Güines). Papá trabajó en una finca de cañas cerca de El Uvero. Allí cortó cañas y luego fue pesador de las mismas. Muy pequeño tuvo que trabajar para ayudar a mis abuelos pues con nueve hijos necesitaba ayuda. Llegó a ser “capataz” de la finca y a dirigirla.

Mi abuela materna enviudó muy joven y fue a vivir a Sagua con sus seis hijos. Papá conoció a mamá en Sagua y se casaron. Fueron a vivir a la finca. A mamá se le ocurrió comenzar a cocinar para los campesinos y logró ahorrar lo suficiente para comprar una bodega de víveres en Sagua. Allí nacimos los tres hermanos: Teresa, Gabriel (el más pequeño y ya en el Reino de Dios) y yo.

Sagua era un pueblo acogedor y en general feliz. Con su bello parque, centro de reunión de gran parte de los sagüeros, jóvenes y viejos. A papá le fue bien en la bodega, que era principalmente para los que trabajaban en el campo. El kindergarten y hasta el primer grado los estudié en el Colegio del Apostolado, donde enseñaban las monjas. Tengo felices recuerdos de esa época, pero mejores aún cuando comencé a estudiar en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús de los jesuitas. En el hogar y en mis colegios aprendí a conocer y querer a Jesús, centro de mi vida, y a María, nuestra Madre. Terminado el sexto grado ingresé en el Instituto de Segunda Enseñanza de Sagua. El grupo de profesores era magnífico, todos graduados de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana.

No quisimos dejar del todo el colegio y la enseñanza, religiosa y social, que recibíamos de los jesuitas. Por eso fundamos en 1952 la Agrupación Católica de Sagua, una congregación mariana muy similar a la Agrupación Católica Universitaria (ACU) de La Habana. Llegamos a tener, en 1957, alrededor de 125 miembros, casi todos estudiantes del Instituto. Todos los años teníamos retiros espirituales en El Calvario de La Habana.

En la estación de radio de Sagua logramos comenzar un programa, Justicia social, que impartía información sobre la Doctrina Social Cristiana. Reuniones semanales, deportes, ayuda a los más necesitados, solidaridad con las huelgas, especialmente de los trabajadores del azúcar, y muchas otras actividades. Los domingos teníamos un espacio reservado para los “agrupados” en la capilla del colegio. Fueron muy importantes para nosotros los padres jesuitas: Benigno Juanes, Antonio Altamira, Marcial Bedoya y el hermano Estévez, todos ya fallecidos y de muy grato recuerdo.

Fue en el colegio de los jesuitas donde realmente comencé a tener un gran amor por la lectura. Recuerdo leer de niño historias de animales, fábulas, pero también comencé a disfrutar la historia universal y la de Cuba. Recuerdo la Historia de Malet, de Marbán, de Calixto Masó, de Portuondo y otros autores cubanos. Las revistas Bohemia y Carteles, los periódicos diarios…

Fui formando una biblioteca con libros comprados en la librería “La Peña” que quedaba en Carmen Ribalta, frente a la Plaza. Mis padres habían arreglado nuestra vieja casa frente al correo y me permitieron buenas estanterías (confeccionadas en el taller de Casanova) para los libros.

La vida social era muy importante en el parque La Libertad, al lado de la parroquia. Allí había retretas y formábamos tres líneas: mujeres, hombres y parejas. Ir al mar también era un entretenimiento especial para nosotros. En el verano cerraban los comercios, una semana los de la izquierda y otra semana los de la derecha. Así podía papá tener un día para la familia. Y los disfrutamos mucho en La Isabela y en Cayo Esquivel. En ese cayo tengo los mejores recuerdos de mi vida. Todavía hoy conversamos lo mucho que nos gustaba esa arena perfecta y ese mar azul que invitaba a zambullirse en sus aguas.

Nos quedábamos unos días en el Hotel Ortiz que había sido construido a mano por el propietario, Miguel Ortiz, con mucha ayuda de su esposa Guillermina Itermendi de Ortiz. Era simple y de madera, con cuartos de literas pequeñas y un comedor donde se comían deliciosos pescados y mariscos de la zona. Y, por supuesto, muchísimos ostiones que nosotros mismos, en chalanitas, despegábamos del mangle.

Allí en Cayo Esquivel me hice novio de la muchacha más linda, inteligente y acogedora: Marta Ortiz. Ella tenía 13 años y yo 15. En diciembre cumpliremos 60 años de casados. Todos los días doy gracias a Dios por haberme dado la mejor esposa, la que me ha acompañado en muchos difíciles momentos y que hoy cuida mi salud con amor y dedicación.

No todo era lindo, pero sí vivimos una vida feliz que recordamos con agrado. A los 16 años ya ayudaba a papá en la bodega los fines de semana, costumbre que se extendió mientras estuve en ese terruño maravilloso que fue Sagua “la Máxima”, como la llamaba Jorge Mañach, como la recordaban Loveira y Solís, Robau, Albarrán y tantos otros hijos que la enaltecieron con sus importantes y exitosas vidas.

Había injusticias, pero creo que íbamos creciendo en mejores posibilidades para la mayoría. La enseñanza se extendía al campo y en el Instituto estudiaban alumnos de todos los rincones del pueblo y todos en contacto fraterno. Teníamos que crecer en justicia y solidaridad, avanzar en lo económico, crear más oportunidades para todos, pero se avanzaba, no se retrocedía.

Usted salió de Cuba en agosto de 1960, luego de haber sido expulsado de la universidad, y pidió asilo en la embajada brasileña. ¿Cómo recuerda aquellos días calurosos, la despedida de su familia, el movimiento y el peligro? ¿Cómo se arroja uno al exilio?

Me matriculé en la Universidad de La Habana y en mayo de 1959 comenzamos de nuevo a estudiar. Ya para entonces era miembro de la Agrupación Católica Universitaria y allí, en la residencia de San Miguel y Masón, vivía yo. Deseábamos los jóvenes estudiantes de la ACU lograr adecentar la Universidad y convertirla en el mejor centro de educación de Cuba, tanto en la enseñanza académica como en la conciencia social y la honradez, que tanta falta hacía en el país.

Pronto nos enfrentamos a una realidad política que pretendía controlar todo. Cuando visitó Cuba el entonces dirigente de la URSS, Anastas Mikoyán, quien había dirigido la sangrienta intervención rusa en Hungría, un grupo de estudiantes pensamos que sería correcto llevar una corona de flores en forma de bandera cubana a la estatua del apóstol Martí en el Parque Central. No fuimos contra el gobierno sino protestando por un flagrante atentado a la memoria libertaria de José Martí. Pero allí nos esperaban para llevarnos presos y a los pocos días nos expulsaron de la Universidad con un acto en la Plaza Cadenas, al que asistimos aunque nos impidieron hablar.

Amenazaron con llevarnos presos, con el tristemente recordado grito de “¡paredón!”. Tuvimos que escondernos, pedir asilo y salir del país. Pero siempre hemos estado cerca, luchando y al tanto de nuestra Cuba. La sentimos en el alma y la amamos en el corazón. Y seguiremos haciendo todo lo posible porque logre orientarse hacia un camino de libertad, justicia y solidaridad para lograr la felicidad de todo el pueblo.

Librería Universal, Miami.
Librería Universal en la Calle Ocho, Miami.

Es usted, por antonomasia, el editor de la diáspora cubana. ¿Cómo llegó a materializarse el proyecto de Ediciones Universal? ¿Cómo ha sido esta ruta de más de medio siglo?

En 1965 se habían cerrado los caminos para lograr un cambio político en Cuba. Había que buscar otros. Ya estaba casado y con tres hijos: Marta María, María Cristina y Juan Manuel II. Trece años después de este llegó Miguel Ángel. Trabajé en varios lugares pero no estaba a gusto, pues era solo trabajar para mantenernos. Entonces pensé en mi gran amigo: el libro.

Había solo dos librerías en Miami y no había editoriales comerciales con distribución. Comencé vendiendo libros por catálogos a personas e instituciones. Luego abrimos una librería en la Calle Ocho, número 2465. Mi suegro me hizo los estantes y mis padres me ayudaron en el trabajo. Mi esposa y suegra cuidaban de los niños. Una señora de Sagua, Julia Valle de Moreno, me prestó los dólares que necesitaba para levantar el negocio y subsistir. Por supuesto, en cuanto pude le devolví lo prestado. A mis suegros y padres: solo mi agradecimiento y amor.

En ese local pronto comenzamos a conocer autores que necesitaban un camino para publicar y distribuir sus creaciones. La poeta Ana Rosa Núñez, también bibliotecaria en la Universidad de Miami y una de las creadoras del centro de libros más importante fuera de Cuba: Cuban Heritage Collection, me ofreció mucha ayuda y consejos. Uno de los primeros libros fue la primera antología que se publicaba de cubanos del exilio: Poesía en éxodo. Teníamos amigos en casi todas las universidades norteamericanas, pues muchos de los abogados que salieron de la isla se convirtieron en profesores de español o bibliotecarios de esos centros de estudio, y con su ayuda las ventas aumentaron. Teníamos también una comunidad cubana fuerte y de muchos lectores que nos ayudaron a mantenernos y a ir desarrollando planes mayores.

Alrededor de 1970 adquirimos un terreno en la misma Calle Ocho y 31 Avenida. Allí construimos nuestro edificio de librería, almacén y oficinas. Con el tiempo el almacén se duplicó con un piso de metal. Y después construimos un segundo piso para ampliar las oficinas y tener un salón para presentaciones de libros y tertulias. En el 2013, debido a la caída de las ventas, el cambio hacia el libro electrónico y a los achaques de la edad, decidimos vender el edificio y solo mantener un almacén, pero seguimos publicando y distribuyendo esos libros.

Librería Universal, Miami.
Imagen del interior de la Librería Universal de Miami, antes de su cierre en el 2013. | Imagen: EFE

¿Qué autores representaron para usted un mayor reto en su trabajo editorial? ¿A cuáles libros y escritores recuerda con más cariño?

Cuando miro mi biblioteca (he pedido a mis hijos que sea llevada a Sagua), tratando de buscar preferencias, me encuentro en un callejón sin salida. Amo casi todos los libros que hemos publicado y todos tienen una historia de trabajo, pero también de valores muy positivos para la cultura cubana. Más del noventa por ciento de los casi 1700 títulos publicados son de temas o autores cubanos, especialmente de historia, arte, literatura y pensamiento cristiano cubano.

Por supuesto, recuerdo a José Sánchez-Budy, abogado en Cuba y profesor de literatura en la Universidad de North Carolina en Greensboro, a quien le publiqué cien libros, entre ellos algunos muy valiosos que preservan el habla y el folklore de Cuba como el Diccionario mayor de cubanismos, Diccionario de refranes cubanos, Diccionario de piropos cubanos, Antología de chistes cubanos y Filosofía del cubano y de lo cubano.

Siempre recordaré a Reinaldo Arenas, quien ya muy enfermo me envió su novela El color del verano. Ya le había publicado varias obras pero esta edición requirió un trabajo especial de revisión que hizo su gran amigo —a quien él señaló para ello—: Carlos Victoria. Carlos fue uno de los grandes narradores cubanos, poco conocido en la Isla.

Por supuesto publicar todas las obras de Lydia Cabrera ha sido algo muy especial y un orgullo en mi carrera de editor. Conocerla y escucharla, un privilegio especial.

¿Cómo ve el panorama de la literatura cubana hoy, tanto dentro como fuera de la isla? ¿Qué futuro le augura?

Lamentablemente, existen muchas barreras que impiden conocer a las dos orillas, lo que escriben sus hacedores de cultura. A veces logramos conseguir obras que se escriben en Cuba y se publican en el extranjero, especialmente en España. Es el caso de Leonardo Padura que es hoy el escritor cubano vivo más conocido en el mundo, y creo que su obra merece ese éxito. También su valor en exponer los temas tal y como son en la realidad cubana. Reinaldo Arenas se sigue leyendo, pero el exilio cubano está pasando por cambios generacionales que quizás nos alejen de lo propiamente cubano, y muchos jóvenes comienzan a preocuparse más por su mundo real que por su nacimiento. Sus estudios y realización personal son distintos a los nuestros.

Cuba debe abrirse para un intercambio libre entre todos los que piensan y escriben sobre ella en todos sus tiempos, incluyendo el presente. Entonces la literatura cubana alcanzará su mejor destino.

¿Qué sentido y relación tienen para usted las palabras patria, fe y memoria?

La fe la baso en el amor a Jesús que aprendí desde muy joven. Un amor que se profundiza en el conocimiento de esa entrega inmensa de Jesús por todos nosotros. Para mí ver a Jesús en el Huerto de los Olivos es la meditación más profunda. Lloró por mis pecados, sufrió y murió por salvarnos. Un amor como ese merece una respuesta de amor. Trato, con baches y debilidades, de sentir y seguir ese camino.

Para mí patria y Cuba son lo mismo. He logrado vivir como cubano toda mi vida aunque haya estado alejado de la tierra, pero siempre en contacto con los amigos de allá y con toda su cultura. Amo a Cuba y estoy seguro que al final de mis días pediré a Jesús y a María que ayuden a esa tierra que ha sufrido demasiado. Que termine este viacrucis y que el pueblo cubano pueda lograr, con libertad, la felicidad.

La memoria va fallando. Los años se sienten. Pero, como siempre digo a mis amigos, todavía pienso, con fallos pero pienso. Y además camino. Dios es bueno conmigo y así todavía puedo producir algunos libros valiosos más.

Ha llegado el tiempo de las memorias de mi generación. Acabo de publicar Del idealismo al desencanto de José Álvarez, Pepín, como obra póstuma, pues murió de COVID-19 antes de verla. Y trabajo en las también memorias de Alberto Muller y Antonio García Crews. Pronto Javier Figueroa terminará una historia del Directorio Revolucionario Estudiantil que seguramente será publicado en 2022, si Dios me da tiempo.

¿Qué piensa usted del presente y del futuro de Cuba? ¿Se reconoce usted y la cultura que ha ayudado a difundir en las circunstancias que nos tocan en suerte? ¿Qué papel debe jugar la cultura y la literatura cubana —de aquí y de allá— en la construcción del porvenir cubano?

Quizás haya dado algunas respuestas. A mí me duele el presente de Cuba en cuanto al sufrimiento del pueblo y me duele el exilio pues está muriendo la generación más conocedora de su historia y cultura. Aunque también veo jóvenes que cantan y escriben a Cuba, algunos que viven en la isla, otros jóvenes que llegan al exilio y también jóvenes que han sido educados en el amor a Cuba por sus padres. Eso me da esperanza en ese encuentro feliz entre todos, sin rencores, con mucho amor. Pues solo el amor construye, y en Cuba será muy necesario para que todos hagamos el máximo para que el país vaya por caminos de libertad, honestidad, justicia, bienestar y siempre solidaridad, que es amor. Y todo, siempre, ad maiorem Dei gloriam.

 

 

Xavier Carbonell
Xavier Carbonell

(Camajuaní, Cuba, 1995). Escritor, periodista y editor. Ha realizado estudios de filología, comunicación y filosofía en distintas universidades. Trabajó como investigador y profesor en la Biblioteca Diocesana "Manuel García Garófalo". Es editor de la revista Árbol Invertido y corresponsal de SIGNIS, la Asociación Católica Mundial para la Comunicación. Recibió el Premio "Paco Rabal" de Periodismo Cultural por su crónica "Mi canon sentimental del cine cubano", y el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara por su novela El libro de mis muertos. Con El fin del juego obtuvo el XXV Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Gastrónomo por vocación, aunque no por oficio, y furibundo fumador de puros. Espera el apocalipsis en muy buena compañía y sobrevive tras las trincheras de su biblioteca. 

 

Comentarios:


Juan Carlos Evora (no verificado) | Mié, 20/10/2021 - 01:27

Excelente entrevista que me transporta a mi niñez y juventud
Mucha salud para Manolito excelente persona y amigo
Éxitos

Amilkar Feria … (no verificado) | Sáb, 23/10/2021 - 04:34

Xavier, hermoso respeto el de esta entrevista. Lindo trabajo, me gustó!!!

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