Hay aniversarios que son simples ejercicios de memoria y otros que funcionan como una forma de verificación. La prueba de que una obra no ha sido devorada por el tiempo, sino que ha sabido instalarse en esa zona resistente donde la literatura empieza a ser necesaria. Cuarta dimensión de la tarde (Ediciones La luz y Editorial Nagg y Nell) libro de poesía publicado en 2011, pertenece sin duda a esta última categoría.
A la distancia, ahora que convivo y cruzo mi destino con otros artistas, poetas y novelistas hondureños —seres iluminados en este Madrid que nos acoge en su amor hacia la diáspora latinoamericana—, la antología no se percibe como un volumen circunstancial ni como una cortesía editorial entre países amigos, sino como un artefacto cultural cuidadosamente concebido para desafiar las inercias del aislamiento.
37 poetas de Honduras y Cuba
Reunir a 37 poetas (12 hondureños y 25 cubanos) podría haber desembocado en un mosaico disperso; sin embargo, se consigue algo más difícil: una unidad en la diversidad. Es una conversación sostenida donde las diferencias no se atenúan, sino que se vuelven productivas. El mérito de Otoniel Natarén, Luis Yuseff y el mío no radica únicamente en haber organizado una selección eficaz, sino en haber entendido que toda antología es, en el fondo, una toma de posición frente al tiempo.
En este caso, esa postura es clara: apostar por una poesía viva, en proceso, que rehúye tanto el preciosismo inofensivo como del experimentalismo vacío. Hay en estas páginas —como bien advirtió Helen Umaña en su lúcido prólogo— una voluntad de sobriedad, una desconfianza hacia el verso dulzón y una inclinación por una palabra que no teme ensuciarse con la realidad.
Particularmente reveladora es la convivencia de tres generaciones en el corpus hondureño, un detalle que genera una continuidad casi orgánica. No se han roto los puentes entre ellas, y ese "aire de familia" al que alude Umaña se percibe como una ética compartida: la de una poesía que, aun dialogando con tradiciones universales, mantiene los pies firmemente plantados en su circunstancia. La influencia de nombres tutelares no se traduce en imitación, sino en una suerte de disciplina interior que permite a cada voz afirmarse sin estridencias.
Del lado cubano, la muestra despliega un abanico igualmente significativo. Desde figuras como Delfín Prats, Manuel García Verdecia, Luis Caissés y Mayda Pérez Gallego, hasta voces más jóvenes como Yoan Ricardo, Zulema Gutiérrez y Elizabeth Reinosa, el recorrido evidencia una tradición en movimiento, atravesada por tensiones históricas y por una conciencia aguda del lenguaje como espacio de resistencia. No es casual que este diálogo encuentre puntos de contacto en la manera de asumir la precariedad, la memoria y la esperanza: dos realidades distintas que comparten una historia de desafíos y una vocación de supervivencia cultural.
Un libro perdurable
Pero lo que convierte a Cuarta dimensión de la tarde en un libro perdurable no es solo su calidad literaria, sino el gesto que lo origina. El proyecto nació de mi amistad con Otoniel, tras un encuentro fortuito en una galería de la ciudad de Holguín, y creció con el entusiasmo de quienes suelen preceder las obras necesarias, contando con la complicidad de Luis Yuseff y Gustavo Campos. Logramos sortear obstáculos materiales y geográficos para materializar un objeto concreto. Ese proceso —envíos, correcciones y ediciones entre dos países— es parte de su significado tanto como los poemas que contiene.
Se podría objetar, acaso, el desequilibrio numérico entre los autores de uno y otro país, una asimetría que priva al conjunto de una mayor amplitud en la representación hondureña, pero incluso esa imperfección contribuye a humanizar el proyecto, recordándonos que las obras colectivas son siempre el resultado de negociaciones, afectos y contingencias.
La presentación en el Museo de Antropología e Historia de Honduras en 2011 confirmó lo que el libro ya insinuaba: que no se trataba solo de una publicación, sino de un acontecimiento; un momento en el que la poesía dejó de ser un ejercicio solitario para convertirse en un espacio compartido donde las voces se reconocen y se legitiman mutuamente.
Hoy, mientras rindo este breve homenaje desde el exilio, la obra se lee con una claridad que quizás no tenía en el momento de su aparición. En una época marcada por la fragmentación, este libro de resiliencia reivindica una idea fundamental: la lealtad a la literatura como puente y territorio común. Hay en sus páginas una lección silenciosa: la verdadera modernidad de la poesía no reside en su novedad formal, sino en su capacidad de crear comunidad.
Acaso sea esa su mayor conquista. Porque más allá de nombres o geografías, esta antología sigue siendo la flor gentil de una amistad que encontró en la palabra su forma más duradera.
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