Dainer, un niño de 11 años, se levanta antes del amanecer y recorre caminos rurales de Bahía Honda, en la provincia de Artemisa, para cortar palmiche y participar en labores de desmoche de palmas. Su historia fue documentada por el creador de contenido cubano Yeison López. El menor trabaja junto a Raidel, joven de 25 años que comenzó en el mismo oficio a los 11, pese a que la Constitución cubana prohíbe el trabajo de niñas, niños y adolescentes.
El video muestra a Dainer caminando por un sendero antes de la salida del sol hasta llegar al rancho desde el que parte a trabajar con su compañero. Después se ve a Raidel trepando una palma a gran altura, sujeto mediante sogas, mientras Dainer participa en las tareas desde el suelo. El joven advierte:
"Lo más peligroso es que se parta una soga o se caiga la palma."
Dainer, por su parte, afirma:
"Yo quiero dar un consejo a todos los jóvenes, para que trabajen y ganen mucha plata. Este consejo es para que trabajen duro y ayuden a sus familias".
Sus palabras dejan en evidencia el colapso absoluto de un sistema donde los niños se ven obligados a asumir empleos simplemente para sobrevivir. La miseria extrema en Cuba empuja a los más vulnerables a abandonar su infancia para llevar un plato de comida a la mesa.
Esta cruda realidad viola flagrantemente las propias leyes del país y sus compromisos internacionales. Aunque el artículo 66 de la Constitución de la República prohíbe de forma estricta el trabajo de menores, y el régimen ha firmado tanto la Convención sobre los Derechos del Niño —que los protege contra la explotación económica— como el Convenio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) —que fija en 18 años la edad mínima para labores peligrosas—, el régimen ignora por completo el riesgo mortal que enfrentan estos infantes en los campos.
Cuba Adentro es la línea editorial de Árbol Invertido dedicada a contar el país que permanece fuera del foco: sus provincias del interior, pueblos, campos y comunidades. Allí donde la distancia de los centros de poder agrava las carencias y condena demasiadas vidas al silencio, escuchamos sus voces, documentamos sus problemas y hacemos visibles sus necesidades, su dignidad y sus esperanzas. Cuba no termina en La Habana.