Vidas | Félix Varela, geopolítico americano (II)

La vida y la obra del cubano Félix Varela estuvieron siempre ligadas a la búsqueda de la libertad y en contra del despotismo, "sin importar el lugar ni la corrección de bandos, en cualquier lugar de Europa como en América".

Retrato de Félix Varela.
Copia de unos de los pocos retratos que se conservan de Félix Varela. Al fondo, vista del patio interior del Centro de estudios que, en La Habana, lleva su nombre. | Imagen: Árbol Invertido

En el artículo anterior presentamos los fundamentos del pensamiento geopolítico de Varela. Veamos pues ahora algunos de sus elementos puntuales y esenciales.

Europa: España

Desde luego, el primer punto de análisis de Varela es la metrópoli, España. Con él comienza el estudio cubano de ese país, que ha de extenderse en Martí. El sacerdote arriba a unas Cortes mínimamente democráticas, que lo considera un español de las provincias de ultramar; pero nunca un provinciano. Contrariamente a lo que se ha dicho, en ese tormentoso cuanto amenazado parlamento, la delegación cubana es bien recibida y escuchada desde el momento en que ingresa, con gran retraso por un problema de credenciales perdidas, hasta el momento en que el parlamento deja de existir, menos de un año después; sus propuestas son consideradas y a veces aprobadas; otras, no. Es lo que ocurre en cualquier parlamento en el mundo. Por otro lado, los diputados españoles estaban demasiado obsedidos por sus desgracias internas como para entender cabalmente a la audaz representación de la Isla, y para colmo en la persona de un sacerdote liberal, aunque no faltaban entre los diputados españoles; pero tal vez fue la única ocasión en que no se intentó engañar o ignorar vilmente a los diputados cubanos en España. 

Era demasiado esperar que en esos meses dramáticos las Cortes atendieran la petición de reconocimiento de la independencia de las colonias, la autonomía para Cuba y la abolición de la esclavitud. Durante todo el siglo se verá cómo la inteligencia cubana supera a la española, en la palabra y en la acción. En 1890 la infanta Eulalia declarará que La Habana es una capital moderna y Madrid, no. España es un país retrógrado, que no logra sacarse, con rebeliones militares, las supervivencias feudales; Cuba es un enclave del capitalismo internacional, con los Estados Unidos enfrente, y una clase intelectual y política al día. Los líderes cubanos aman a España y se manejan con una orientación ideológica y moral muy superior, lo que les lleva necesariamente a juzgarla con severidad, como lo hacían sus pariguales peninsulares. 

Martí, hijo de españoles, será muy cercano siempre a todo lo bueno de España, incluso, y especialmente, cuando lidera una guerra contra su Gobierno; Varela, hijo de una cubana, parece deshacerse de un exceso de simpatías por España después del fracaso del trienio liberal. En su “Breve exposición de los acontecimientos políticos de España, desde el 11 de junio hasta el 30 de octubre de 1823, en que de hecho se disolvieron las Cortes”, el cubano comienza fallando no contra la reacción española en las personas de sus líderes sino en la realidad, que había constado personalmente, de “un pueblo fanático que creía que no podía ser religioso, si no era esclavo”. Esa frase resume su juicio. Para Varela no solo el orden social, sino la misma fe religiosa es impensable sin la libertad. Un pueblo educado en el error contrario carece de posibilidades de acceder a ambas dimensiones de felicidad y moralidad. Él lo ha visto: 

Apenas habían salido el Gobierno y las Cortes de Sevilla, cuando aquel pueblo se entregó a los mayores excesos, robó los equipajes, destruyó todo lo que pertenecía al Congreso, maltrató las personas de los patriotas, y entre otras pérdidas causó la de casi todos los papeles de la Secretaría del Congreso, y de manuscritos preciosísimos de algunos particulares que contenían trabajos científicos de muchos años.

Había un abismo entre los liberales españoles de 1820, llevados otra vez al poder por una rebelión de los militares apoyada por sectores ilustrados de las clases medias y altas, y el pueblo llano, sometido al oscurantismo y la depravación, que estaba incapacitado para entender las ventajas de la libertad y acabaría apoyando a sus esclavizadores. Martí jamás creyó que el pueblo español sostendría a su Gobierno una vez que estallara la guerra por la independencia: pero eso fue lo que hizo, hasta el último hombre y la última peseta. Varela había visto más de cerca la falencia del pueblo español, en una circunstancia ideal para entenderla. La incapacidad del pueblo español para asimilar la libertad recorrerá todo ese siglo y llegará hasta el apoyo a la rebelión de Francisco Franco, y solo cesará definitivamente cuando un descendiente de Fernando VII, Juan Carlos, rechaza el golpe de estado militar de 1981. Varela y Cuba están en las antípodas de estas incapacidades. Acá la monarquía, la política de sacristía, las lealtades feudales, son cosa de risa. Existen, sí, por la fuerza; luego son ajenas; lo que es propio es estar contra ellas y a favor de la libertad. Hombre universal, Varela no fue antiespañol ni contrario a sus mejores tradiciones: defendió lealmente y con valentía el Gobierno legítimo, amistó con los liberales de las Cortes, sus “beneméritos compañeros”, y con el poeta Quintana, celebró a los valientes defensores del Gobierno constitucional; editó un libro en inglés sobre santa Teresa de Ávila, y al mismo tiempo supo ver dónde estaba la debilidad del pueblo español de entonces. Y vivía en los Estados Unidos, donde el mundo liberal inaudito en la Península había alcanzado una primera y contundente realización. 

A esta desconexión fundamental, Varela añade la evidente para todos: la incapacidad de la nación española para retener a sus colonias, como precisa en “Tranquilidad de la Isla de Cuba”, artículo de El Habanero

Los pueblos que por su debilidad se hallan en el triste estado de colonias, esto es, en el producir para los goces de otro más fuerte, solo pueden soportar esta desigualdad social, en virtud de una recompensa que encuentran en la protección y garantía que se les presta; pero en el momento en que voluntariamente o por necesidad son abandonados; y, lo que es más: expuestos por su protector nominal a una ruina inevitable, ¿bajo qué pretexto puede exigirse este sacrificio? Es preciso estar muy alucinado para sostener semejante absurdo.

América se está liberando y el cubano pregunta con sorna: “¿y la mitad del Nuevo Mundo, deberá sufrir la tiranía de una manchita europea?” España es “un palmo de tierra, pobre, ignorante, al contacto de naciones fuertes, sin el dominio de los mares ni esperanza de tenerlo”, una nación nula ante la competencia geopolítica y la rebelión americana.

Europa: Los diabólicos aliados

Como diputado a las Cortes, Varela estuvo en el centro de la agresión de la Santa Alianza y sus aliados contra el liberalismo español. Ya en la “Breve exposición…”, denuncia los acontecimientos sin dejarse perturbar por las apariencias y las ideologías: Inglaterra se presenta como bastión del liberalismo constitucional burgués, incluso más radical que el español, y por lo tanto distinto a las monarquías absolutas de la Alianza y Francia: debía ser pues un defensor de las Cortes. Y desde luego hay una lucha por el poder europeo entre esas potencias, que los españoles intentaron manejar. Finalmente, Inglaterra abandona a las Cortes y Varela falla: “ha permitido que de cierto modo se sancione para lo futuro, que los pueblos no pueden arreglar sus cosas interiores, sino que han de estar a la merced del más fuerte”. Criterio geopolítico vigente hoy. Pero no lo estaba para el cura habanero, que jamás confió en los ingleses: “protección siempre esperada por los incautos, había sido entonces un prestigio para el Gobierno Constitucional”. Aplastante ironía. Era imposible marear al curita de treinta y cuatro años, devoto de la Verdad. 

"...Varela enfrenta la Europa post napoleónica, fanática de la monarquía absoluta con dinero burgués, enemiga de la libertad en el mundo entero"

Una sola palabra de disgusto de Inglaterra hubiera detenido la agresión francesa, porque en fin de cuentas Rusia, Austria y Prusia fingían estar lejos, físicamente y en la intención de sus bolsillos. El Gobierno español había acabado comprendiendo también la hipocresía inglesa, pero estuvieron esperando algún apoyo hasta el final. Los franceses habían declarado que carecían de quejas contra España, “pero que las doctrinas establecidas en esta nación podían ser perjudiciales a la Francia”. Que los atrasados españoles se dieran una monarquía constitucional molestaba a sus vecinos más o menos absolutistas, de manera que enviaron cien mil soldados a corregir esa peligrosa desviación del ideal monárquico. Varela concluye: “no se quería sino la total destrucción de la libertad española, y el Gabinete inglés permanecía pasivo observador de este grande atentado”. Varela enfrenta la Europa post napoleónica, fanática de la monarquía absoluta con dinero burgués, enemiga de la libertad en el mundo entero.

Véase la nota “Política francesa con relación a América”, del segundo número de El Habanero:

A los que como yo hayan observado de cerca la conducta de la Santa Alianza por medio de su nación ejecutora, que es la Francia, no podrá coger de nuevo todo cuanto se diga sobre intrigas y proyectos liberticidas, ni podrán dudar un momento que los gabinetes europeos trabajan cuanto pueden, sin reparar en la naturaleza de los medios, para que el Nuevo Mundo sea esclavo del antiguo; mas sin embargo, como hay muchas personas que aun no han formado la idea que deben de la infernal política de esos santos, me parece conveniente insertar la instrucción dada por el gabinete francés al personaje que destinaba para la revolución de América, y ponerla algunas notas para llamar la atención de los americanos. Dicha instrucción, habida como se consiguen todas estas cosas, cuando se sabe intrigar (que también los americanos entienden un poquito) y no se ahorran pesetas, se imprimió en el Morning Cronicle de Londres, y ha sido traducida y reimpresa en El Colombiano de 24 de noviembre del año pasado.

He aquí que la desconexión con la lucha interna de España no libera a Varela de la política europea del día, porque la reacción absolutista pretende extenderse a la América. Aunque ahora es difícil precisar, por lo tormentoso de la política mexicana de esos años, las circunstancias concretas denunciadas en el documento, queda claro que Francia está tratando de subvertir descaradamente a los independentistas, mediante una fina labor de inteligencia y soborno que se dirige a los militares y al clero. Después de destruir la incipiente democracia española, el gobierno de Luis XVIII pretendía revertir la independencia de las excolonias españolas, y quedarse con algunas. Hoy puede parecer delirante este propósito, y lo era también entonces, pero se intentó en serio. Téngase en cuenta que el regreso del ex emperador criollo Iturbide a México, que le cuesta la vida, tuvo como fondo la amenaza de una invasión europea, que él decía querer evitar. 

Muchos años después Napoleón III fabricará otro Imperio en México con un archiduque pariente, nuevo delirio criminal que hará cenizas Juárez. Este mismo número de El Habanero publica otro documento en que la inteligencia francesa expresa claramente su propósito “de atraer otra vez las colonias al antiguo orden de cosas; pero si todos los otros esfuerzos y procedimientos no producen un favorable resultado, queda sólo por último recurso obtener por la fuerza de las armas lo que no se ha conseguido por medio de las negociaciones que se están practicando”. La reacción europea, como vemos, se siente muy estimulada por “el éxito que han tenido en Europa las revoluciones de Nápoles, Piamonte, Portugal y España”, porque en efecto Austria había invadido esas regiones de Italia como Francia se había impuesto en la Península. En “Reflexiones sobre la situación en España”, en ese mismo número, Varela afirma que “el choque de la libertad contra el despotismo va a empeñarse de un modo terrible”. Y él se encuentra pues en lucha contra “la Santa, o sea la diabólica Alianza”. Y contra la Francia mercenaria, y contra sus discretos aliados los ingleses.

Varela denuncia los horrores de “las dos” naciones ejecutoras de “la Santa Alianza”: y véase cómo lo subraya. Francia, con la intervención militar a favor del borbón español, cuyo exceso de prepotencia absolutista les resulta incómodo, pero siempre útil a los fines de frustrar la lucha europea por las libertades, que será imparable en todo el siglo, especialmente en París. Austria, imperio con colonias europeas en sus fronteras que no perderá hasta el siguiente siglo, ha sido encargada de destruir el triunfo liberal en el reino de Nápoles, y lo logra después de “haberse saciado en la sangre de los infelices napolitanos y haber reducido aquel país a tan terrible esclavitud que ni siquiera tienen el consuelo sus malhadados habitantes de dar un suspiro en medio de sus penas, porque éste sería un nuevo delito”. No hallo alusiones suyas a Prusia, por entonces un estado débil debido a la fragmentación de Alemania en principados. Pero sí a “esa misma Rusia que ha sido la principal de las naciones continentales en derribar la Constitución de España”. Varela tiene claro que Rusia domina la Alianza y que amenaza incluso a sus aliados: 

No hay duda: el poder colosal de la Rusia, que como un gran gigante pretende extender un brazo sobre el Oriente, teniendo ya otro en el norte de Europa, amenaza a las naciones de un orden inferior, y no sería muchos que experimentasen, no ya una inundación de bárbaros como antiguamente, sino una inundación de bayonetas rusas, que para el caso es un poco peor. El equilibrio europeo cuya conservación es el principal objeto de las naciones, está destruido, y éste es el indicante más seguro de una guerra.

En 2022 la Rusia de Putin vuelve a hacer actuales esas denuncias. El cubano detecta una colisión de intereses mercantiles entre los dos poderosos extremos de Europa:

Los ingleses, que ven atacada no su seguridad, porque esta lo está en la naturaleza, y en un mundo flotante de que puede disponer su gobierno, sino las ventajas de su comercio de la India, si la Rusia apoderándose de la Turquía consigue el gran punto de Constantinopla, y aún extiende sus conquistas hasta el Egipto, esperan que las naciones occidentales le declaren la guerra, o mejor dicho: incitan a que se la declaren para unirse a ella.

El diputado a Cortes no ha perdido la memoria:

Los ingleses hacen el papel de indiferentes con todo el mundo, y lo revuelven todo. Saben que son necesarios y están para oír proposiciones, o mandar que se las hagan, aunque siempre con el aire de indiferencia, desinterés y aún generosidad.

Cuando al fin ya América está siendo independiente, aparece la pugna entre los santísimos y los británicos en cuanto a las actitudes y las ofertas:

Los ingleses han procedido al reconocimiento de Colombia y México y han enviado un comisionado a Lisboa para persuadir que reconozcan al Brasil, y en caso de no hacerlo intime al gobierno portugués que queda reconocido por Inglaterra y continúe su viaje al Brasil para negociar sobre esta base. El mismo Gabinete inglés de una protección decidida a los griegos para oponerse a las miras de Rusia. Holanda ha seguido ya el ejemplo de Inglaterra en el reconocimiento de América. En una palabra: todo indica un rompimiento con la Santa Alianza (que se presenta muy ofendida) y la causa son las antiguas posesiones españolas. Luego esta nación será parte principal en el negocio, y la fidelísima isla de Cuba verá quién la defiende contra los esfuerzos no sólo de la América, sino del coloso inglés. (Suplemento al número 3 de El habanero).

En esta última frase se devela el fin de la geopolítica vareliana: Cuba; lo veremos mejor enseguida. Está claro para él sin embargo que la política inglesa dista de unas simpatías o apoyos a los americanos. Es simple egoísmo nacional, pragmática y flemáticamente considerado y decidido:

El tiempo, que es el mejor maestro, ha dado ya suficientes lecciones sobre este particular, y ha hecho conocer, a menos que no queramos cegarnos, que Inglaterra se ocupa muy poco de los intereses de España, sabe precaverse de los ataques de los Santos Aliados, quiere conservar contra ellos un gran recurso en la libertad americana, y en la Grecia (aunque esto último no tan claro); en una palabra: que Inglaterra quiere libres o súbditos ingleses en el Nuevo Mundo. Dígase si no, ¿qué fruto han producido los lloros y plegarias del gabinete español ni las misteriosas operaciones de los Santos Aliados? Mientras unos lloran y otros rabian, Inglaterra los contempla con su fría y acostumbrada fiereza, no por amor a los americanos, pues esa palabra no significa nada en política inglesa, sino por interés propio, que es la única regla de los gabinetes. (“Esperanzas frustradas”, El Habanero 6).

Varela tiene buenas razones para desconfiar de la política europea, absolutista o inglesa, y de ahí que considere, pensando en el futuro inmediato de España, un conflicto que no ocurrió al menos en la dimensión que sugiere, pero que nos ilustra del alcance de sus conocimientos y la audacia de sus simpatías: 

La política de Europa tiene ya bien preparada la víctima para inmolarla y acaso la destina a una suerte muy semejante a la que en 1772 y 1792 tuvo la desgraciada Polonia, y no sería extraño que Fernando VII muriese en París (no preso, sino sin poder salir ni abandonar la compañía de sus amigos), así como murió en San Petersburgo el desgraciado Estanislao III; y que los que ahora tratan como infame y llenan de baldones al ilustre patriota que puso en sus manos la joya inestimable de la libertad que han perdido, lloren sobre las ruinas de su país, como los miserables polacos lloraron sobre el suyo los malogrados triunfos de un Kosciusko. (“Reflexiones sobre la situación en España”, El Habanero 3).

En ambas fechas el estado polaco fue repartido entre Rusia, Prusia y Austria, y en 1792, entre otras razones, para eliminar la Constitución del 3 de mayo de 1791, con la que polacos y lituanos habían intentado avanzar hacia el orden liberal con una monarquía constitucional. Era el mismo caso de Francia contra España. Es poco probable que Varela pensara en una repartición o una ocupación permanente de España, pero sí en una condición semicolonial con respecto a Francia. No ocurrió así porque el país francés, a diferencia de la Santa Alianza, avanzó poco a poco hacia la monarquía constitucional y el orden liberal, incluso republicano. Sin embargo, Portugal sí acabaría muy subordinado a la Inglaterra de entonces, durante todo el siglo. Y Nápoles solo se libraría de Austria al incorporarse, décadas después, al liberal Reino de Italia creado por el revolucionario Garibaldi. 

A no dudar, el cubano siguió atento a la evolución política de Europa durante toda su vida. En El mensagero semanal, publicación que haría en Nueva York con Saco, hallamos en 1829 un texto no firmado, pero seguramente escrito por Varela, que informa sobre el reconocimiento del rey de Portugal Miguel por parte del Gobierno norteamericano. Miguel, absolutista, estaba siendo desafiado por su hermano Pedro, primogénito y heredero del trono que se había proclamado Emperador del Brasil. Pedro era liberal y acabó imponiendo a su hija como reina en Lisboa. En esta disputa, tanto Inglaterra como los Estados Unidos debieran, según sus proclamadas ideologías, apoyar a los liberales. De manera que Varela comenta:

Este gobierno acaba de reconocer a D. Miguel como legítimo soberano de Portugal, medida que prueba a la evidencia que el gobierno es una cosa y el pueblo es otra, y que la política no conoce otras reglas que las del interés, valuado a juicio de los gobernantes. Para nosotros es también esta una prueba (si es que necesitábamos alguna) de que Inglaterra es una dictadura política, aun sobre los países que podían estar sujetos a ella; dictadura que no aparece tal por la maestría del más astuto de los gabinetes.

"Varela (...) estuvo siempre con la libertad y contra el despotismo, sin importar el lugar ni la corrección de bandos, en cualquier lugar de Europa como en América"

El pueblo yanqui es liberal, su Gobierno lo ignora. Pienso que hay una errata, y que el texto debió decir: “los países que podían NO estar sujetos” a la dictadura inglesa, en este caso los Estados Unidos. 

Hay por lo menos dos trabajos más referentes a Europa, atribuidos a Varela, que no he podido consultar. Pero es en estas páginas de El Habanero donde se despliegan sus opiniones. Varela, como vemos, estuvo siempre con la libertad y contra el despotismo, sin importar el lugar ni la corrección de bandos, en cualquier lugar de Europa como en América. Y en su momento, los gobiernos europeos perseguían y destruían esa libertad que el geopolítico americano, el cristiano cubano, debía apasionadamente defender.

Rafael Almanza
Rafael Almanza

(Camagüey, Cuba, 1957). Poeta, narrador, ensayista y crítico de arte y literatura. Licenciado en Economía por la Universidad de Camagüey. Gran Premio de ensayo “Vitral 2004” con su libro Los hechos del Apóstol (Ed. Vitral, Pinar del Río, 2005). Autor, entre otros títulos, de En torno al pensamiento económico de José Martí (Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1990), El octavo día (Cuentos. Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 1998), Hombre y tecnología en José Martí (Ed.  Oriente, Santiago de Cuba, 2001), Vida del padre Olallo (Barcelona, 2005), y los poemarios Libro de Jóveno (Ed. Homagno, Miami, 2003) y El gran camino de la vida (Ed. Homagno,Miami, 2005), además del monumental ensayo Eliseo DiEgo: el juEgo de diEs? (Ed. Letras Cubanas, 2008). Colaborador permanente de la revista digital La Hora de Cuba, además de otras publicaciones cubanas y extranjeras. Decidió no publicar más por editoriales y medios estatales y vive retirado en su casa, ajeno a instituciones del gobierno, aunque admirado y querido por quienes lo aprecian como uno de los intelectuales cubanos más auténticos.

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